Karl Marx: Haz lo que yo diga pero no lo que yo haga
Defensor del obrero, de la mujer, activista revolucionario. Sobre el papel. A la hora de la verdad el mito cae, como siempre, por su propio peso. Esta es la vida del autor del Manifiesto Comunista.
Viernes, 16. Octubre 2015 - 22:27
Karl Marx nace un 5 de mayo en Treveris (Prusia). Corre el año 1818. Sus padres, burgueses, son de ascendencia judía. Ella, religiosa y tradicional. Él ‘apóstata’ y, por cuestión de conveniencias sociales, protestante. El padre de Marx se declaraba liberal y con afinidad a la Ilustración. Karl, bautizado como luterano, además del mimo de sus padres tenía un padrino que le consentía aún más, el adinerado barón Ludwig von Westphalen.
En 1835 ingresa en la universidad de Bonn. Previamente no había resultado ser un alumno demasiado aplicado. Pasaba el tiempo en malas compañías, ellas le apodaron el Moro por su tez oscura. Allí tomó el hábito de escribir poemas mediocres, estudiar de vez en cuando, de beber mucho y de despilfarrar y endeudarse frecuentemente. Con lo último tuvo serios problemas. Adquirió fama de pendenciero y acababa metido en peleas y algún duelo. Esto propiciaría que en 1836 se trasladase a la universidad de Berlín. Se ennovia con Jenny von Westphalen, de 22 años, hija de su padrino. Él tiene 18.
Seis años después de su ingreso logra graduarse en Berlín, y previendo que allí no podría doctorarse acude a la universidad de Jena para lograrlo. Busca trabajo como docente, sin éxito. Reorienta pues su vocación hacia el periodismo donde sí triunfa.
Karl, Jenny y Helen
En 1843 contrae nupcias con Jenny. La boda y la dote las pagará la madre de la novia, que dos años después les hará otro regalo: una sierva, Helene Demuth. Helene desempeñaría durante toda su vida, y sin recibir salario alguno, todas las labores de la casa. Cocinar, coser, limpiar la casa, ocuparse de las hijas del matrimonio. Llevó como pudo la economía doméstica, y fue la encargada de calmar las ansias amatorias de un Karl que, pese a dejar encinta a su esposa siete veces, necesitó de otra fémina para saciar sus impulsos carnales.
Efectivamente, tal y como marcaba la época y pese a sus afanes revolucionarios, Carlos Marx y Jenny se afanaban por aparentar una vida tradicional, incluida la familia numerosa: tuvieron siete hijos en total. Pero como ninguno de los dos fue capaz de adecuar el tren de vida a sus limitaciones económicas, acabaron, naturalmente, arruinados, y viviendo en condiciones muy precarias. Pretendían llevar vida de aristócratas –Jenny, al menos, lo era- sin las rentas necesarias para ello. En esa tesitura morirían cuatro de sus vástagos -Guido, Francisca, Edgar y un pequeño que jamás tuvo nombre- con convulsiones, bronquitis y tuberculosis.
Pese a los esfuerzos de la sierva de la familia Helen Demuth, la familia Marx pasó varios años malviviendo de préstamos, empeños, donativos y sobre todo de la caridad de uno de sus amigos, Friedrich Engels. Hasta que en 1849 la madre de Jenny, de nuevo, les volvió a ofrecer –regalar más bien- suficiente dinero como para aguantar con cierta dignidad varios años más. En cuestión de una docena de meses ya habían dilapidado aquella fortuna.
Pese a tan desfavorable entorno -por lo menos económico-, Karl continuaba dejando encinta a su esposa. Y no sólo a ella. En 1851 tanto Jenny como Helen estaban embarazadas. Por supuesto, el acoso sexual al que sometía Karl a Helen era un secreto, por lo que hubo que buscar una solución para el hijo venidero. Y esa solución volvió a ser Engels, que asumió la paternidad del vástago, al que separaron de Helen, y guardó el secreto hasta justo antes de morir