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Entre tanto fanatismo en boga por estos días, siempre es bueno leer palabras sensatas, esta vez provenientes de uno de nuestros mejores escritores.

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7 MAR 2015 - 9:00 PM

Contra el rencor

En 1942 Benedetto Croce, Filósofo agnóstico y liberal, escribió un ensayo que es justamente célebre en Italia: “Por qué no podemos no llamarnos cristianos”.

Por: Héctor Abad Faciolince

La palabra “cristianos” la pone Croce entre comillas para resaltar que lo suyo no es una declaración de fe católica ni de índole religiosa, sino más bien una constatación histórica: después de Jesús y de los Evangelios hubo una revolución en la manera de concebir la actitud hacia los enemigos. Cristo pone en crisis las antiguas virtudes del guerrero: el heroísmo, el honor y la venganza violenta. Para Croce, el odio, la ira y la revancha son de estirpe pagana, y en cambio la actitud de perdón y compasión de Jesús contagia a los filósofos medievales, renacentistas e incluso a los iluministas franceses.

La revolución que el filósofo italiano señala como herencia del cristianismo es la de vencer el mal con el bien, y sustituir la ley del talión del Antiguo Testamento (“ojo por ojo y diente por diente”) por la metáfora de “poner la otra mejilla” a los enemigos. Perdonar a los que nos ofenden, en vez de vengarnos de ellos, fue un extraño y paradójico descubrimiento de esa persona —real o ficticia no importa: real en las escrituras— que es venerada por casi un tercio de la población mundial: 2.200 millones de personas. Suspender el círculo vicioso de responder a la muerte con otra muerte, le da una oportunidad a la vida y a la convivencia.

Sonará raro que un ateo confeso como yo se declare también inevitablemente “cristiano” en el sentido de Croce. Creo que muchos ateos lo somos en ese sentido de la compasión y de la no-violencia que es quizá la mejor herencia de la religión (en tantos otros sentidos negativa) que fundó el predicador de Nazaret. Crecimos sumergidos en esa extraña idea religiosa de la que está impregnada la música de Bach, la pintura de Rafael y la poesía de Santa Teresa. Por eso me parece que hoy, más que nunca, es necesario apelar al sentimiento cristiano del perdón, invocado una y otra vez por el papa Francisco, para poder superar el largo conflicto armado colombiano. Y resulta por lo menos curioso que quienes más católicos se proclaman en el espectro político del país sean precisamente quienes más se están oponiendo (incluso contra el parecer de los obispos de su Iglesia) a la reconciliación y a la firma de la paz.

Hoy hay una marcha —a la que adhiero con entusiasmo— organizada por Antanas Mockus, que invoca el respeto por la vida. Los fariseos han intentado linchar mediáticamente al profesor Mockus, pero su lucha es hermosa y debemos apoyarla. Y acaba de ocurrir en La Habana algo impensable: generales vestidos de civil se han sentado frente a frente a discutir con los guerrilleros de las Farc. A discutir sobre entrega de armas, paz, política y desmovilización. En un gesto que habla muy bien de las fuerzas armadas: los militares han puesto la otra mejilla con tal de parar la guerra.

En esta guerra nadie está libre de culpa. Es inútil decir ahora quiénes más y quiénes menos. La paz no se hace con una espiral de recriminaciones de quién pegó primero y quién pegó más duro y quién más a mansalva y cuál fue más cobarde. Si es peor el secuestro o el falso positivo, la desaparición o la mina quiebrapatas. Basta de odio y rencor. El expresidente Gaviria ha propuesto algo sensato: una especie de amnistía contemporánea, basada en justicia transicional para todos: que incluya a los Rito Alejos y a los Timochenkos, a los parientes de Uribe, a los chuzadores del DAS y a los secuestradores de Íngrid y Emmanuel.

Cuando el anterior gobierno adelantó el proceso de Justicia y Paz, apoyé el perdón a los paramilitares, de los cuales fue víctima mi familia, a cambio de verdad. Por eso mismo hoy puedo invocar ese mismo valor cristiano (en el sentido de Croce) del perdón y de la reconciliación de toda la sociedad. Con una mínima dosis de justicia para la paz, con verdad sin rencor, y la ilusión de un país muy distinto: un país compasivo, no vengativo.
Fuente: El Espectador

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Última edición por Heráclito; 08-03-2015 a las 07:31:43
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