El Plan Yinon sale nuevamente a la luz pública, en 1996, en el informe titulado A clean break. A new strategy for securing the realm (Un corte limpio. Nueva estrategia para garantizar la seguridad del reino [de Israel]), destinado al primer ministro israelí Benyamin Netanyahu, seguido de Coping with crumbling States. A western and israeli balance of power strategy for the Levant (Acompañando Estados en ruinas. Una estrategia occidental e israelí de equilibrio de las potencias en el Levante). Ambos documentos fueron redactados por Richard Perle (American Enterprise Institute), James Colbert (Jewish Institute for National Security Affairs), Douglas Feith (Feith and Zell Associates), Jonathan Torop (Washington Institute for Near East Policy), David Wurmser y Robert Loewenberg (Institute for Advanced Strategic and Political Studies).
El Plan Yinon preveía que Israel autorizaría el uso de su territorio para el despliegue de los misiles estadunidenses del proyecto conocido como Guerra de las Galaxias. A cambio, Estados Unidos debía derrocar a Sadam Husein y expulsar a los sirios del Líbano para acabar así con el mito de la nación árabe. En la zona chiíta irakí se crearía un Estado independiente que sería gobernado por una rama de la familia real jordana, para contrarrestar la influencia de la revolución islámica iraní.
Pero aquello no funcionó como los neoconservadores esperaban. El desastre absoluto de la guerra contra Irak, el fin del nacionalismo laico árabe y el alza de los precios del petróleo y el gas provocaron profundos cambios en la región. Desde Damasco hasta Dubai, desde Tel Aviv hasta Teherán, se está forjando un nuevo Oriente Medio, pero no se parece al esquema previsto.
El antiguo Oriente Medio se construyó sobre la base de las fronteras y las identidades políticas que las potencias europeas habían instaurado después de la caída del Imperio Otomano, en 1918. Se basaba en un nacionalismo laico de inspiración europea que se planteaba como objetivo una modernización política y social iniciada por la acción gubernamental. Ese tipo de nacionalismo -el "socialismo árabe"- alcanzó su apogeo durante la Guerra Fría, cuando podía contar con la ayuda militar, política y económica de la Unión Soviética de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Todo aquello se acabó con el derrumbe de la URSS. El fin del imperio soviético también dio lugar a graves crisis militares en muchos países árabes ya que, carentes del apoyo militar soviético, los regímenes nacionalistas no podían seguir modernizando sus ejércitos.
Poco a poco, los regímenes nacionalistas se vieron sometidos a duras pruebas, dejando a menudo un vacío que frecuentemente llenaron actores no estatales. Los casos de Libia e Irak son reveladores de esos drásticos cambios. También cambiaron la correlación de fuerzas ideológicas y la repartición del poder: el islam político se convirtió en sustituto del laicismo y supo integrar hábilmente los temas sociales y un nacionalismo antioccidental.
Por supuesto, como lo demuestran los ejemplos mencionados, "nuevo" no significa necesariamente "mejor" sino diferente. En cuanto al cambio, éste no resuelve en lo absoluto los conflictos que agitan la región, lo cual los hace mucho más peligrosos que en el pasado.
Un aspecto de esa modernización pudo verse en 2006, durante la agresión israelí que enfrentó a las Fuerzas Armadas de Israel con los hombres del Hezbolá y donde los tanques israelíes Merkava fueron impotentes ante los cohetes antitanque RPG-29 y los lanzacohetes del tipo Katiusha. Al mismo tiempo, actores no estatales -como el Hezbolá y el Hamas- tomaron el lugar de los ejércitos tradicionales.
Pero ante tales cambios, Israel creyó adecuado adelantar sus peones para ganar terreno interviniendo en teatros exteriores mucho más frecuente que antes y pasando de unas cuantas operaciones secretas y asesinatos selectivos a intervenciones más profundas en terrenos que lo obligan a exponerse más que en el pasado.
Así hemos visto el Estado hebreo intervenir en Irak a través del Kurdistán para actuar de ambos lados de la frontera entre Irak y Siria. La presencia de Israel es evidente en los acontecimientos que se han sucedido en toda la región, desde Libia hasta Egipto y desde los Emiratos Árabes Unidos o Catar hasta el Líbano, gracias a cómplices locales y al inquebrantable apoyo de Estados Unidos.
Israel parece haber creído que puede triunfar donde los estadunidenses fracasaron. Con ayuda de Turquía se movilizaron expediciones fronterizas para ocupar regiones completas en Siria e Irak. Y mientras tanto se desarrollaban campañas desestabilizadoras contra los gobiernos, a pesar de la legitimidad de estos últimos. El presidente sirio ya era tratado como un paria pero el primer ministro de Irak, recibido pocos días antes en casi todas las cancillerías occidentales, fue súbitamente calificado de déspota.
Se trataba de un contrafuego encendido para desviar la atención de lo que iba a suceder en Gaza. Parecía que con la unión entre el "Eje de la Esperanza" (Irán, Siria y el Líbano, representado por el Hezbolá) y el Eje Pekín-Moscú ya era suficiente trabajo para los diplomáticos occidentales, además de todo lo que estaba pasando en Siria e Irak. Así que era un buen momento para ajustarles las cuentas a las organizaciones palestinas hostiles a los arreglos que quiere negociar Mahmud Abbas, el presidente sin mandato de la Autoridad Palestina.
Sin embargo, desde hace varias semanas estamos descubriendo con sorpresa la impotencia, tanto del poder político como del ejército israelí, ante la lucha de Hamas, de la Yihad Islámica y de las demás organizaciones presentes en el terreno, como el Frente Popular para la Liberación de Palestina-Comando General de Ahmad Jibril.
¿Qué les queda a los israelíes que, a pesar de su fracaso militar, siguen tratando de obtener una rendición incondicional de los combatientes palestinos?, sobre todo con el bloqueo impuesto a esa franja de tierra de 360 kilómetros cuadrados, apenas un poco más grande que la mitad del departamento más pequeño de Francia, el territorio de Belfort.
La invitación de Francia a los cristianos de Irak crea, por consiguiente, un tema de polémica entre los franceses. Pero sobre todo da a entender que si los israelíes liquidan a los palestinos a bombazos... en definitiva es algo aceptable en comparación con los sufrimientos de los cristianos del Oriente, obligados a huir de su país por culpa de los islamistas. Y se estimula a meter los movimientos de resistencia en el mismo saco que los movimientos sectarios.
Según esa perspectiva, un militante del Hamas es lo mismo que un yihadista del Emirato Islámico. Son, en efecto, muchos los que han manifestado -con toda razón- su solidaridad con los cristianos de Irak. Sólo que entre las víctimas de los grupos yihadistas no sólo hay cristianos... también hay kurdos, chiítas, ismaelitas y sunnitas...
Pero los propios cristianos de Irak no suscriben a la visión sesgada que nos quieren imponer. En una declaración reciente, un dignatario cristiano irakí criticaba con vehemencia la acción "humanitaria" de los países occidentales, que consiste únicamente en acoger a los cristianos en Europa, contribuyendo así a acabar con la presencia cristiana en Irak.
Los cristianos de Irak no están interesados en abandonar su país, su patrimonio y su historia. Los cristianos del Oriente aman cada piedra de Irak, de Siria o de Egipto tanto como cualquier ciudadano de cualquier otra confesión. Ellos han participado en todas las luchas, desde la independencia hasta nuestra época. Han sido los primeros en levantar las banderas del nacionalismo árabe y de la causa palestina... mientras que los emires del Golfo financiaban, con la complicidad de Occidente, los grupos yihadistas que hoy vemos en acción.
Señores Fabius y Cazeneuve, los cristianos del Oriente no están interesados en la invitación a instalarse en Francia que ustedes les hacen. Lo que sí quieren es que ustedes los dejen en paz.
André Chamy / Red Voltaire