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Predeterminado José Pékerman es el personaje del año Calificación: de 5,00

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Dudé en postear este artículo en deportes, pero es un logro que involucra a toda la sociedad, por eso lo pongo en esta sección, un justo homenaje a un hombre que nos regresó la confianza en un deporte de multitudes, demostrando que con seriedad, esfuerzo y honestidad se pueden conseguir las metas. Un ejemplo para el país.

Cita:
Por qué José Pékerman es el personaje del año?

Por: JUAN ESTEBAN CONSTAÍN |10:16 p.m. | 07 de Diciembre del 2013


Jugadores y cuerpo técnico celebran la clasificación

Muy pronto su estilo fue símbolo de seriedad y del éxito. Con discreción y cortesía, con trabajo.

Este año, el personaje del año en Colombia es un argentino. Como lo será en muchos otros países del mundo, supongo. Incluso en la Argentina, donde todos los años, claro, el personaje del año suele ser un argentino. Solo que el nuestro, sin hablar tanto, sin cargar a ningún niño, sin bendecir a nadie desde el balcón, obró un milagro de verdad: le devolvió la fe del fútbol a Colombia, y puso a su Selección en el Mundial luego de una agónica sequía de 16 años con sus días y sus noches. (Lea también: la carta de Pékerman a los colombianos)

Habrá quien diga que en un país como el nuestro, donde hay tantos problemas, es una exageración que el fútbol llegue a ser tan importante y trascendental. Y sí, es una exageración. Pero es que esa es otra de las virtudes del fútbol, y acaso una de las razones por las cuales es tan importante y trascendental para nuestro país, y para muchísimos otros en el mundo entero: por las pasiones que desata; por las exageraciones y lealtades que inculca y autoriza.

El fútbol es un acto de fe –a favor o en contra: no hay religión sin descreídos– que se renueva en el corazón del hincha con cada partido y cada gol, cada jugada magistral e inolvidable, cada balón dividido que es el mejor resumen de la vida.Y aunque Colombia no haya sido nunca una gran potencia futbolera y nuestra tradición no sea tampoco la más rica ni la más famosa, acá también le rezamos a la pelota, por qué no. (Vea el especial de los personajes del año)

Hay un hecho inquietante, con respecto a nuestro fútbol, que quizás ya algún sociólogo debe de haber estudiado en serio, hasta el fondo. Algún sociólogo o algún adivino. Me refiero a que aquí, desde hace mucho, la Selección Colombia ha sido el único “proyecto de nación” (como dicen) que ha funcionado de verdad, por absurda y superficial que parezca la hipótesis. Lo que no lograron entre nosotros ni la política ni la guerra, lo logró muchas veces el deporte.

Por eso José Néstor Pékerman es el personaje del año en Colombia. Porque llegó a trabajar con discreción, sin conceder con las presiones y las truculencias de siempre. Porque muy pronto su estilo fue el símbolo de la seriedad y del éxito, y porque encontró por fin un equipo, sacando lo mejor de cada uno de sus jugadores. Porque ganó los partidos que tenía que ganar y remontó los que tenía que remontar, cosa increíble aquí, y lo hizo con la mejor estrategia: con su manera de ser y de jugar.

No son pocos los que creen que este técnico entrerriano es el mejor de América, o uno de los mejores. Y lo demostró cuando dirigía los equipos juveniles de la Selección Argentina, con los que ganó tres mundiales: en el 95, en el 97 y en el 2001. Luego, en el 2004, se hizo cargo de la Selección de mayores, y con ella fue al Mundial del 2006 en Alemania: una Argentina ordenada y promisoria que salió por penaltis en cuartos de final, perdiendo contra el local. Fue él el secreto gestor de la primera convocatoria de Messi a una Selección de su país.

José Pékerman nació en Villa Domínguez, en la Provincia de Entre Ríos, el 3 de septiembre de 1949. Descendiente de una familia de judíos ucranianos, su papá lo llevó muy pronto (a los tres meses) a vivir en el sur: en el Puerto de Ibicuy, donde el tren desembocaba en el Río Paraná para que los turistas cruzaran en barco a la otra orilla. Cuenta el periodista Ignacio Turín que allí pusieron un bar los Pékerman: el padre y la madre, Óscar y Raquel, y los dos niños: Luis y José, que no hacía más que jugar a la pelota. Luego, buscando un mejor destino, se mudaron a Buenos Aires.

Un día, en sus años de juventud, Pékerman enfrentó con el equipo de su barrio a la 7ª división de Argentinos Juniors. Ese día le ofrecieron entrar al club de La Paternal, y dijo que no porque primero estaba el estudio. Su papá, que debía de ser un hombre sensato, lo convenció de lo contrario, y así empezó a entrenar con el equipo en el que debutaría en primera, el 21 de agosto de 1966: casi 9 años estuvo allí el aguerrido mediocampista, hasta 1975 cuando lo vendieron al Medellín.

La historia se ha contado muchas veces desde que volvió a nuestro país, ahora como técnico de la Selección Colombia: Pékerman jugó en el Medellín hasta 1978, cuando una lesión en la rodilla, una sombra que venía arrastrando desde los días finales de Argentinos, lo sacó para siempre del fútbol profesional. Aquí nació su primera hija; aquí le dijeron en el equipo que se recuperara, que siguiera cobrando su sueldo. Dice Luis Fernando Afanador que no lo hizo porque hacerlo habría ido en contra de sus principios, y entonces se fue.

De regreso en la Argentina, Pékerman vivió el Mundial de ese año manejando un taxi por las calles de Buenos Aires, mientras en los estadios la gente gritaba los goles de la Selección: una Selección en la que él mismo habría podido jugar si otra hubiera sido su suerte, y que fue campeona el 25 de junio de 1978, no exenta de polémicas y suspicacias. Él, mientras tanto, recogía pasajeros en su Renault 12, pues ningún trabajo es deshonra. Al contrario.

El estilo de su fútbol

En 1981 volvió al fútbol decidido a ser técnico, y en ese empeño tuvo el apoyo de Ricardo Trigilli, su viejo entrenador en Argentinos. Hizo el curso, recuperó su interés por la táctica y el juego. Con su mentor fue a dirigir a Chacarita, primero, y luego volvió a su casa, a La Paternal. Se hizo cargo así de las divisiones inferiores del club que lo había visto nacer, y sacó adelante un exitoso proyecto formativo de casi una década. Entonces se fue a Colo Colo por un año y medio, primero a las juveniles y luego al equipo grande.

Pero los dirigentes de Colo Colo decidieron no seguir con Pékerman porque tenía, a su juicio, un gran defecto: creía en los jóvenes y en los proyectos a largo plazo, en el trabajo; y creía también que los resultados en el fútbol son justo eso: la suma y el producto de un esfuerzo juicioso y metódico, un estilo, y no un botín que se debe perseguir porque sí, a ciegas cada partido, en nombre de una presunta eficacia que pocas veces logra serlo de verdad.

Ese aparente fracaso, como antes lo había sido el de la lesión en su rodilla, sirvió para que Pékerman encontrara un destino mejor: en 1994, por encima de todas las ‘roscas’, entró a la AFA como técnico de los equipos juveniles. Para entrar tuvo que ganarse un concurso; su proyecto fue el mejor y el más serio. Vino entonces su racha memorable de tres mundiales sub 20, y luego su nombramiento como director general de selecciones. En el 2004, tras el retiro de Marcelo Bielsa, asumió la Selección de mayores, con la que fue al Mundial y llegó a cuartos de final.

Pero para Pékerman no estar con Argentina entre los cuatro mejores equipos del mundo era un fracaso, una profunda tristeza que se le veía en la cara ese día de los penaltis contra Alemania, y al volver al país presentó su renuncia irrevocable. De nada sirvieron las súplicas de Julio Grondona, de los jugadores, de los hinchas: la decisión ya estaba tomada. Se fue entonces a disfrutar de sus nietos y a vivir, y solo un año después volvió a sentarse en el banco: en México, primero con el Toluca y luego con los Tigres de la UANL.

Su llegada a la Selección Colombia, el 5 de enero de 2012, fue casi un hecho providencial. Cuando acá ya nos resignábamos a estar contando centavos el día final de las eliminatorias, cuando parecía que todo iba a quedar en las manos fallidas de los mismos de siempre, como en El día de la marmota, algo pasó. No es necesario entrar en detalles, para qué. Pero algo pasó y las estrellas se alinearon para que Pékerman llegara al país a dirigir la Selección.

Y muy pronto su estilo fue el símbolo de la seriedad y del éxito. Con discreción y cortesía, con trabajo. ¿Que el equipo no siempre deslumbró? Claro que no, ninguno lo hace ya. Pero clasificamos bien que era el objetivo, con cosas que fueron justo las que tanto nos faltaron en estos años de amargura: con identidad, con garra, con orden y estrategia. Con fe: la fe que habíamos perdido y que Pékerman, con su voz parsimoniosa y su manera de entender al jugador, nos devolvió. Con su manera de ser y de jugar.

Es una exageración, sí, pero eso es lo bonito del fútbol, como decía un viejo poeta. Y quizás aquí ya aprendimos la lección –toquemos madera, nunca está uno a salvo– y sabemos que el triunfalismo en Colombia es un contrasentido, un pésimo augurio. Que nadie aquí empeñe su casa para irse a vernos campeones del mundo, porque trae mala suerte. Por Dios (por vos, Diego), que Pelé no nos mire ni nos nombre. Que esta vez nos ahorre su abrazo de la muerte. Él y Mick Jagger: que le hagan fuerza a Brasil, al que sea, no a nosotros.

Este año el personaje del año en Colombia es también un argentino. Con su sonrisa y su cara de Roger Waters. El nuestro se llama José Pékerman e hizo un milagro de verdad.


JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
Escritor, columnista de EL TIEMPO y autor de '¡Calcio!'
Especial para EL TIEMPO
Fuente: El Tiempo

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