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| La otra paz que vive en Medellín
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El ritmo vertiginoso que traía la guerra mafiosa en Medellín frenó en seco. En los barrios de la periferia, donde hasta hace poco cruzar cualquier calle –las llamadas ‘fronteras invisibles’– podía ser castigado con la muerte, ahora se puede caminar con tranquilidad. El silencio de las noches ya no e s interrumpido por ráfagas de fusil, sino por estallidos de pólvora. Hay fiestas casi todos los días en barrios donde antes había dolor y muerte.
La Medellín de hoy es diferente a la de comienzos de año, cuando el pronóstico de la violencia era desesperanzador. Al presidente Juan Manuel Santos le preocupaba el aumento de los homicidios. Por eso el entonces director de la Policía, el general José Roberto León, trasladó en marzo su despacho al valle de Aburrá y con un equipo de siete generales asumió, durante un mes, la tarea de atacar a la mafia. Aumentaron el pie de fuerza con 1.200 policías y crearon un Gaula metropolitano.
Después de julio vino una impactante disminución del 25 por ciento en las cifras de homicidios en relación con 2012. El pasado octubre fue el mes con menos muertes violentas en los últimos 30 años, con 44 homicidios. (El hoy comandante de la Policía local, el general José Ángel Mendoza, dice que todo se debe a las 21.653 capturas que llevan este año). Entusiasmado con los resultados, Santos condecoró al alcalde, Aníbal Gaviria, para reconocer sus éxitos en materia de seguridad.
La noticia de la condecoración fue recibida en el bajo mundo con una mueca. En ese ámbito es vox pópuli que las cúpulas de los dos bandos en guerra, los Urabeños y la Oficina de Envigado, hicieron un pacto de paz. Los jefes de ambos grupos concretaron la tregua en dos reuniones el pasado julio. La primera se hizo en Medellín y la segunda en una finca en San Jerónimo, un municipio cercano a Santa Fe de Antioquia, el lugar de veraneo de los paisas. Versiones recientes han dicho que también se dio una reunión en Argentina antes de sellar el pacto. SEMANA no logró confirmar aquel encuentro, aunque no se descarta, pues algunos jefes del hampa han tomado ese país como refugio.
El acuerdo se conoce como el ‘pacto del fusil’ y contempla cuatro puntos básicos. El primero: respetar los barrios que le pertenecen a cada estructura. Eso quiere decir que si la guerra reciente era por dominar todos los negocios ilegales (plazas de vicio, extorsión, contrabando o microtráfico) ahora cada quien se queda con lo que tiene. El negocio es suculento. Según Fenalco, en Medellín extorsionan a 25.000 pequeños comerciantes con cobros mensuales entre 10.000 y 100.000 pesos. Esto sin contar otros frentes de vacuna: los buses pagan 30.000 pesos diarios, los negocios informales 2.000 pesos y la noticia con la que abrió El Colombiano el jueves pasado decía que unos hombres armados fueron a pedirles vacuna a los contratistas del tranvía de Ayacucho. Además de eso, los combos, como si fueran una pyme, ahora distribuyen arepas, huevos y gas en los barrios.
Como la disputa por el botín se acabó, por eso acordaron como segundo punto suspender las confrontaciones. Si alguien va a matar, debe consultarlo con las cúpulas.
El tercer punto del pacto ordena levantar las ‘fronteras imaginarias’, que se habían convertido en una especie de minas quiebrapatas en la ciudad, así cualquier persona puede caminar libremente sin ser agredida.
Y el cuarto punto dice que si el integrante de un grupo desobedece se le aplica la pena de muerte. Esta fue la manera como entre criminales dieron remedio, al menos por ahora, al caos de los últimos años.
La historia parece calcada de lo que ocurrió cuando la mafia italiana se tomó Nueva York en los años veinte del siglo pasado. Luego de una guerra de tres años entre gánsteres (1928-1931) la vida se hizo tan insoportable para ellos que convocaron una cumbre secreta y acabaron con la figura de capo di tutti capi (un solo jefe de todo el hampa) y repartieron el bajo mundo entre cinco familias. Era la época de figuras legendarias como Lucky Luciano y Al Capone y en la que se inspira la película El padrino. En esa cumbre secreta, como en la de Medellín, se fijaron reglas: demarcaron el territorio de cada familia y prohibieron cometer asesinatos al azar. El que no cumplía el pacto era castigado con la muerte. Las dos cumbres secretas
La reciente guerra mafiosa de Medellín se inició después de la extradición de Berna, el máximo jefe de la Oficina de Envigado, en 2008. Él hizo parte del proceso de desmovilización del gobierno Uribe y, en el tiempo de las negociaciones, también convocó a una reunión a todas las cabezas de las bandas en una finca de San Jerónimo, y así mantuvo controlada el hampa en Medellín. Las cifras de homicidios cayeron en picada en ese entonces. Pero cuando lo extraditaron, la organización entró en una crisis de poder. Se quedó sin un mando estable y los que intentaron controlar la estructura, los que trataron ser capo di tutti capi, fueron cayendo uno a uno capturados o se entregaron vencidos a las autoridades. La cúpula se desmoronó hasta llegar a dos mandos medios que entraron en disputa: Valenciano y Sebastián. Desde 2009 Medellín se convirtió en un escenario de guerra que en cuatro años dejó más de 7.000 muertos.
Sebastián se había quedado con una buena parte de las estructuras que operaban en los barrios. Valenciano tenía plata porque manejaba los negocios del narcotráfico, pero tenía pocos hombres. Con afán por vencer a su enemigo, abrió la puerta para que los Urabeños entraran a Medellín. Desde Urabá, Chocó y Córdoba llegaron hombres armados con fusiles. Entrenados para el combate rural, trasladaron sus métodos a la ciudad. En los barrios los describían como hombres negros, que a veces se vestían de camuflado, cubiertos con pasamontañas y armados de fusil. La guerra se hizo en los barrios con armas largas entre bandas enemigas separadas por unas cuantas cuadras. Los Chilapos, como llamaban en los barrios a los Urabeños que llegaron de afuera, vencieron en la guerra a algunos hombres de Sebastián y a otros los compraron con mejores ofertas económicas. Pero ninguno de los capos ganó. Al contrario, como el reinado en el hampa dura cada vez menos tiempo, Sebastián y Valenciano fueron capturados y salieron de escena. La guerra por Medellín quedó liderada por difusos mandos de la Oficina de Envigado y alias Daniel, el jefe de los Urabeños en Medellín. De él poco se sabe.
Después de la caída de los capos (Valenciano a finales de 2011 y Sebastián en agosto del año pasado) la guerra mostró su peor cara. Ninguno de los bandos cedía. Los combatientes, cansados, cayeron en prácticas de horror para evitar ser vencidos. Los hechos eran deplorables. El pasado 16 de febrero desaparecieron dos niños en la comuna 13 y luego los encontraron desmembrados porque cruzaron la frontera de su barrio. Sus verdugos los vieron como enemigos. En Belén, otro sector de Medellín, mataron a un adolescente que se había quedado dormido en un bus y fue a dar a un barrio que no era el suyo. Supuestamente, representaba una amenaza. En el mismo sector, un hombre murió en la terraza de su casa una mañana en que madrugó para hacer una reforma. Se inició un enfrentamiento y una bala perdida le traspasó el corazón. Cerca de su casa, queda la única cancha del barrio, que era el escenario de guerra. Los Urabeños llegaban por zona rural a un costado de la cancha y se enfrentaba contra un combo de la Oficina que hacía guardia en un parque infantil. En una ocasión mientras otros jóvenes jugaban un partido de fútbol, se desató un enfrentamiento y dos inocentes que no alcanzaron a huir murieron en el fuego cruzado. Y en otro escenario de guerra, la comuna 8, dos jóvenes ajenos al sector, que hacían trabajo social, fueron retenidos. Después aparecieron desmembrados en una quebrada. El aberrante homicidio permitió confirmar que en Medellín funcionan casas de tortura que denominan ‘ratoneras’, a donde las víctimas entran vivas y salen picadas en pedazos. Con la situación saliéndose de madre, la Defensoría del Pueblo lanzó una alerta diciendo que en las zonas de guerra en Medellín había 95.000 personas en riesgo.
Paralelo a todo lo que ocurría, los jefes de los Urabeños y de la Oficina de Envigado iniciaron conversaciones clandestinas. No era la primera vez que intentaban sentarse a la misma mesa. En 2011, el obispo Julio César Vidal, en ese entonces desde Montería, estuvo mediando para una solución pacífica y voluntaria de la guerra entre bandas mafiosas. Esta vez, sin intermediarios, los mismos capos negociaron el pacto que cerraron el pasado julio.
Según dijo a SEMANA una persona metida en el proceso, en las negociaciones se debatieron varias causas que llevaron a la tregua. La primera, los elevados costos de los combates y el desgaste de mantener los enfrentamientos. La defensa judicial de los capturados y su manutención en las cárceles se estaba llevando un alto porcentaje de los ingresos. Ninguna empresa, así sea criminal, tiene la intención de trabajar a pérdida o al mínimo de ganancias. Los dineros de la extorsión y el microtráfico se hacían insuficientes y tuvieron que caer en lo absurdo. En algunos barrios llegaron a cobrar vacunas de 1.000 pesos a los taxistas por cada carrera y a la gente que trabajara y se ganara un mínimo le pedían tributos para la guerra. En el resto de la ciudad, llamaban a cualquier parte, una empresa o un apartamento, a ‘vacunar’.
La segunda razón que los llevó al pacto es que los hechos atroces y los atropellos a la gente los convirtieron en blancos de alto valor y les fueron granjeando una enorme pérdida de popularidad en los barrios.
La tercera razón es que, conscientes de lo anterior, los capos necesitaban ‘bajarse el perfil’. En últimas, sus familias viven en Medellín y ese es su sitio de descanso. El anonimato les permite tener una vida tranquila y dedicarse a los negocios y a hacer lo que corresponde, según se entiende en ese mundo, que es tratar de mutarlos de ilegales a legales. La tarea es más fácil para ellos sin mayor exhibición, sin enemistarse innecesariamente con las autoridades y contando con la tolerancia de la gente del común.
Y otra vez, volviendo a la comparación, el método también se parece al que utilizó Bernando Provenzano, exjefe de la Cosa Nostra italiana. En 1993, cuando asumió el mando, encontró una organización desgastada y con centenares de hombres presos. Las directrices que impartió Provenzano durante su jefatura, que terminó en 2006, quedaron en manuscritos. En esa especie de ‘manual del perfecto mafioso’ les ordenaba a sus hombres hacerse lo menos visibles posible y pensarlo bien antes de disparar. También les pedía que se presentaran como una figura caritativa.
En ese contexto, llama la atención que en los últimos tres años han sido capturados en Colombia más de 40 personas ligadas a la Cosa Nostra y la ‘Ndrangheta, muchas de ellas italianas, que sostenían negocios de narcotráfico con las mafias colombianas. No es de extrañar que en sus alianzas con los capos paisas hayan terminado compartiendo sus estrategias y directrices. 
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