Como algo sé de narrativa, me puse a pensar que si quisiera crear un rey o un presidente de ficción, jamás tomaría de modelo a Santos, por una sencilla razón: no hay una mínima coherencia entre lo que el personaje piensa y dice, y lo que hace. Y eso lleva a que el lector o el público o el pueblo –o como quiera que se llame– no le crea. O, para decirlo en un lenguaje narrativo, el personaje no resulta verosímil.