Las balas que matan en Colombia
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Las balas que matan en Colombia

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Las balas que matan en Colombia Jueves 23 de junio de 2011 Conversación de Germán Castro Caycedo con Pablo Escobar ....



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Las balas que matan en Colombia

Jueves 23 de junio de 2011
Conversación de Germán Castro Caycedo con Pablo Escobar Gaviria realizada el 7 de noviembre de 1994. (La fecha es incorrecta, al parecer un error de redacción, la dejo intacta pero en la entrevista hablan de 1987)






En los años más fuertes del narcotráfico en Colombia, Castro Caycedo conversó con Pablo Escobar, el capo de capos, quien le explicó cómo son las balas con que murieron asesinados los principales protagonistasde la vida nacional.

Corría 1987 y uno de los sitios preferidos por Pablo Escobar era su oficina, una quinta moderna en la parte alta de El Poblado, cerrada por una “cortina de acero” que se movía mediante sensores eléctricos, como él mismo los llamaba. Yendo por una avenida entonces poco transitada, usted se encontraba con un muro y cuando se abría la cortina podía ver adentro extensos prados rodeados por un camino angosto, en el centro un lago y en la mitad del lago un chorro de agua que se elevaba más o menos tres metros y caía nuevamente, llenando la estancia con su sonido. A mano derecha y al fondo estaba la casa, rodeada por árboles y debajo de ellos, un jardín con plantas de hojas grandes y a su lado otras plantas con flores.

La construcción era sencilla, a base de grandes ventanales y como se dice, todo Medellín sabía que allí funcionaba el cuartel general de Escobar.

Ahora solamente recuerdo una mesa de billar en el primer piso en la que jugaban sus guardaespaldas, una escalera de madera bien pulida y lacada, y arriba, su oficina, decorada tal vez con algún paisaje al óleo, un ventanal a través del cual se proyectaban la fuente y los prados y al lado izquierdo de su escritorio un guerrero macizo, de unos sesenta centímetros de alto, fundido en bronce. Ese era su símbolo y me parece que su razón de ser, porque siempre que hablábamos, él se calificaba así, como un guerrero y cuando quería destacar la hombría de alguien solamente tenía una frase en el filo de los dientes. “¡Ese es un guerrero!” y cuando buscaba soluciones contundentes, “¡Hay que actuar como un guerrero!” y cuando medía la fortaleza, “¡Los únicos que no pueden llorar son los guerreros!”.

El primer “padrino”

Una noche en “Filo de hambre” (uno de los escondites de Escobar) me acordé del guerrero de bronce y cuando inicié el tema respondió:
—Es que en este país uno se hace es en la guerra. Yo me hice en la guerra, en una guerra muy violenta que fue la guerra del Marlboro. Le juro que ni los mismos paisas –a menos que hayan sido bandidos en aquella época– saben que existió ese tropel. Digamos que fue lo que hubo antes de comenzar la coca y que fue de donde salieron los primeros capos y de donde salieron los primeros sicarios. Ahí nacieron los sicarios. La guerra del Marlboro fue el…
—¿Preludio?
—Sí, eso. El preludio de todas las guerras que vinieron después. A mí me parece que si vamos a recordar y a hacer historia, usted tiene que partir en tres esta cosa. Digamos que hasta 1973, contrabando y capos del contrabando. Del 73, ¿qué será?, al 79, las dos primeras generaciones de duros de la coca, y del 80 para acá, la última cochada que es a la que los gringos le pusieron dizque cartel.

En esa primera época vivía el más teso de Antioquia que se llamaba Ramoncachaco. Ramoncachaco era trabajador de don Alfredo, al primer hombre que en este país se le dijo Padrino, que le hicieron un escándalo y que como no le pudieron comprobar nada, se agarraron de una pendejada para poder meterlo a la cárcel.

Sucede que para su seguridad, él tenía una pantalla de televisión, lo que se llama ahora un circuito cerrado, pero en ese tiempo la gente lo veía como algo extraterrestre y utilizaron eso para llevarlo detrás de las rejas, acusándolo de contrabando.

Claro que don Alfredo siempre fue un contrabandista de cigarrillos, de whisky, de relojería, de pianos de segunda. Compraba todo eso allá arriba, en los Estados Unidos, lo traía en barco, lo metía de contrabando por Turbo o por Tolú. Una vez llegó a meter treinta y ocho camiones bien cargados. Yo recuerdo el famoso escándalo que se formó… Esta viene a ser la parte de la historia en que la gente del contrabando se fue pasando al negocio de la droga.

En ese momento yo era trabajador de don Alberto, otro contrabandista, al que yo considero fue mi maestro, porque era un guerrero y porque era inteligente y habilidoso.

Sucede que había tanto contrabando en esos momentos que vino la presión sobre las autoridades, estalló un escándalo y como consecuencia, se cayó el primer comandante de la Policía de Antioquia, dizque por ayudarle al combo del contrabando: ese fue el coronel Ibáñez.


La ley de la plata


La historia es que don Alberto cargó treinta y dos camiones –seis menos que don Alfredo que tenía el récord nacional con treinta y ocho– y los metimos por Turbo y luego los encaramamos hasta Medellín por una trocha inmunda que era la Carretera al Mar. Y mirá lo que es el país y lo que es la situación.

En ese recorrido, toda la policía de todo el camino recibió plata. Es que, hombre, esa vez nos salieron hasta las juntas de Acción Comunal y los inspectores de policía de las veredas a pedir plata, porque la cosa se volvió chisme general desde cuando desembarcamos esa mercancía y las cajas pasaron del buque a unos bongos y de los bongos a la playa y de la playa a los camiones. Arrancamos y cuando el convoy cruzaba por Santa Fe de Antioquia, nos encontramos con un teniente y su patrulla de seis policías –muchos para la época– con la orden de detenernos y de confiscar la mercancía. El teniente no estaba pidiendo dinero ni queriendo transar nada, pero los de abajo, los que nos dejaron salir de Turbo y los que “engrasamos” por la carretera, sí, de manera que cuando nos detuvimos, bajamos a tierra a hablar. Ahora recuerdo las palabras que le dijo don Alfredo a ese oficial:

—Vea teniente: para usted quitarme a mí esos treinta y dos camiones, necesita, en primer lugar, treinta y dos policías que sepan manejar camión, y treinta dos ayudantes y sesenta y cuatro cargueros… y, además, mil fusileros porque usted me va a tener que matar aquí mismo. Mejor dicho: usted, o recibe esta plata aquí o está poniendo en juego su vida.

Y los treinta y dos camiones entraron a Medellín pero como aquí también el chisme había hecho carrera, el run-run voló hasta Bogotá y allá pensaron que el coronel Ibáñez había recibido plata y lo destituyeron sin investigar nada.

Esa vez volvieron a poner preso a don Alberto y a todos los del contrabando. Me acuerdo que, riéndose, él me contó la indagatoria:
—¿Sabés qué me preguntaron?
–dijo– que a qué militares conocía. Entonces yo le respondí a la juez que conocía al general José María Córdova, al general Santander, al general…

Me dijeron que si conocía al coronel Ibáñez. Que si era amigo de él. Le dije que no, que nunca lo había visto.

Y es que él nunca vio al coronel. Y es que el coronel era recto, era sano, pero para ostentar que la Policía sí actuaba, los de Bogotá la pagaron con él, ¿me entiende?

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Comienza el negocio

Volviendo a agarrar la cuerda, volvamos a Ramoncachaco que ya se había pasado del negocio del contrabando con el grupo de don Alfredo, al de la coca y ahora era independiente y empezaba a dejar ver que por primera vez ganaba platica. Ya tenía, por ejemplo, el carro de moda que era el Nissan Patrol con rines niquelados, bocelería plateada, engallado más o menos como los de los esmeralderos de Boyacá. Un carro modelo 71 que cambió luego por otro, modelo 72… Por los modelos me acuerdo de la época. A este hombre le siguió yendo tan bien que al poco tiempo compró avioneta. Ese fue el ejemplo para que un poco después, muchos quisieran pasarse a la perica.
Ramoncachaco iba personalmente por la coca al Ecuador y me llegó a contar que la primera vez que entró allá con un avión –a mí me parece que su avioneta fue la primera aeronave que salió de este país por droga— todo le pareció tan fácil que volvió y volvió y se hizo cada vez más rico.

Más tarde, aquí hubo tres avionetas que se hicieron famosas: la de Jaime Cardona, que inclusive murió en un accidente aéreo con parte de su familia, la avioneta de don Alberto y la de Ramoncachaco. Eran avioncitos monomotor.

Pues le contaba que este hombre se fue la primera vez por la pasta a Quito, con plan de vuelo, o sea, legalmente, compró su mercancía, la empacó en las maletas y cuando llegó de regreso a Medellín, pasó por la aduana y vio que nadie sabía qué era eso. Nadie la conocía. Oigame: es que dizque nadie la miraba. Dizque levantaban la ropa y la revisaban y eso ahí, y nadie sabía qué era. Anote entonces cómo los de ese momento trabajaron la coca, de frente, y empezaron a movilizar fortunas completas.
Bueno, pero a todas estas, continuaba el contrabando de Marlboro en su auge, de manera que aquí había en este momento una mezcla de lo que podía llamarse la mafia de la época, que eran los contrabandistas más fuertes, y los que apenas se estaban iniciando en la droga, que también habían estado en el negocio del cigarrillo.
En esa cochada estaba Jaime Cardona, Ramoncacho, Mario Cacharrero, otro al que le decían El Pariente, que está vivo y llegó a tener diez carros… Este Pariente era un hombre alto, gordo, muy grande. Empezó a llevar, no sé en qué forma su mercancía y se compraba esos automóviles largos LTD. Él era la bomba: se cuadraba en el centro de Medellín con esos carros enormes y la gente parecía embobada mirándolos. Era famoso por sus autos.

El poder del dinero

Ese es el primer fenómeno que yo vi del narcotráfico desde mi sitio de joven porque, digamos que yo todavía estudiaba. Apenas había salido del bachillerato. Mire: me he puesto a pensar en esas cosas y cada vez veo más claro que esos fueron para mí los ejemplos que determinaron el futuro de mi vida y el futuro de la de muchos, de la de muchísimos muchachos que comenzábamos a vivir con ilusiones, pero ya sin muchas ganas de trabajar en una fábrica o en un almacén. Es que lo que veíamos –y por eso se lo cuento– era esa opulencia, sumada a la aventura, y sumada al poder que da el dinero. O, no me vaya a decir que el dinero no da poder y da fama. Y tampoco me va a poder negar que no hay un solo ser humano en este mundo al que no le guste la plata, la fama y el poder… y más a esa edad.

Bueno, los capos de la droga que yo admiraba en ese momento, eran entonces, Jaime Cardona, Mario Cacharrero, Ramoncachaco, desde luego El Pariente con sus automóviles y un muchacho que se llamaba Evelio Antonio Giraldo que fue el primer muerto de la mafia en Medellín. Lo mataron en 1972. Lo mataron ahí cerquita de donde quedaba El Colombiano, en una bomba de gasolina sobre Juan del Corral. Le dieron varios balazos cuando estaba al lado de su carro, un Dodge Demon modelo 68. Ahí usaron bala ‘dum-dum’ –la pusieron de moda– con un Magnum que es un revólver muy grande. Grandísimo. Se usaba mucho. Y se sigue usando todavía… Mire hombre: yo vi el cadáver de ese tipo y los agujeros que tenía eran impresionantes porque ese proyectil es de plomo, núcleo de plomo dicen los que saben, reforzado con un blindaje de cobre hacia la base, de manera que cuando toca la piel se achata el plomo y el cobre sigue ahí, firme y entonces la bala se vuelve… imagínese un hongo. Y como la bala no entra quieta sino que va dando vueltas, va retorciéndose a una velocidad la berraca –porque el cañón de las armas tiene “ánima” o sea unas estrías, un alambique tallado adentro para que al escupir el plomo lo ponga a girar como un trompo–, entonces piense en las troneras que logra taladrar en el cuerpo del paciente.
Ese fue el primer muerto de la coca. Anótelo porque es historia que no sabe nadie en este país… Claro que en esa época ya había habido muertos pero no de coca sino en la guerra del Marlboro.

Esa se dio por plaza. Comenzó aquí, se desarrolló aquí y fue a dar a los Estados Unidos. Se dio porque don Alfredo entraba tantos camiones, don Alberto entraba otros tantos, Jaime Cardona otros tantos. Salía el cigarrillo al mercado y como la saturación en las esquinas era cada día mayor, aumentaba la competencia, el precio se iba abajo y todos perdían plata. Entonces vinieron los primeros balazos. Como consecuencia, esto se puso candela y estando Ramoncachaco ya en el negocio de la coca, fue muerto por haber andado metido antes en el negocio del cigarrillo. Él fue, digamos, el segundo muerto de esa guerra tan beligerante y tan dura, que al que encontraran en la calle, lo mataban. Y se conocían todos. Y, además, la ciudad no era tan grande. Entonces mida usted la mortandad aquí y en los Estados Unidos, porque allá empezaron a caer los que les despachaban los envíos a los tres capos y luego los que se iban de aquí huyendo de la muerte.


Los espejos de Escobar


A mí me tocó vivir esa guerra pero muy de cerca. Yo la sentí encima de la cabeza y conté los muertos de aquí de Medellín –más de sesenta– y salí, hombre, bendito sea Dios, salí con vida.


Entonces fui de una generación que se hizo en la guerra. Claro que aquí parece que todos nos hicimos, nos hacemos y nos haremos en ella, pero yo digo que a mí me tocó más cerca que a muchos de los muchachos de mi época. Mire una cosa: a mí me tocó ver, por ejemplo, cómo fue la matada del primer hombre desde una moto. Y me tocó, eso sí una que otra vez, ver gente que volvía del más allá como don Alberto. Sucede que una vez él se puso a beber con los dos guardaespaldas y cuando terminaron arrancaron en su automóvil. Pero uno de ellos había metido bazuco y como esa cosa a algunos les produce delirio de persecución y agresividad y tanta joda, uno de los guardaespaldas –un expolicía, por cierto– que iba en el asiento de atrás se puso paranoico, sacó un revólver y le disparó al hombre. Él dice que se detuvo y alcanzó a abrir la puerta del auto, pero cayó allí mismo sin poderse mover. Muerto para los demás, pero dizque escuchaba todo, veía todo, entendía lo que sucedía. Que vio cuando el expolicía se alejó unos seis o siete metros para coger un taxi y él lo tenía en la mira y no podía hacer nada. Entonces dizque se acordaba de algo que yo siempre le repetía:


—Patrón, uno tiene que andar armado siempre. Uno con un arma al lado es otra persona. Si le pasa algo, por lo menos dispara al aire, llama la atención. El arma debe estar siempre cerca de uno cuando maneja o cuando se sienta a la mesa. Mejor dicho, siempre. Es que uno, definitivamente en este país de guerras, tiene que cargar un arma porque de lo contrario está jodido. Eso le decía yo y fíjese que ese día él no me había hecho caso.


Volviendo al cuento, digamos que a Ramoncachaco lo mataron en la bomba de Alivar que queda exactamente a seis cuadras del aeropuerto Olaya Herrera. Le dieron con un revólver Magnum, con balas planas, recortadas en la punta –la tres cincuenta y siete–. El que sepa qué es eso me va a entender muy bien cómo era aquella guerra. Y le dieron en el momento en que estaba echándole gasolina al Nissan Patrol, con un pasacintas a todo volumen, bailando salsa en el piso mientras le llenaban el tanque con gasolina. Y cuando cayó, porque el primer balazo lo mandó de culo para atrás, así de poderoso es el impacto de esa bala recortada, no quedó con un gesto de dolor, ni de miedo, ni de tragedia, mi hermano: Ramoncachaco quedó sonriendo. Quedó, como decían entonces, con la salsa que escuchaba en ese momento untada en la cara.


A él lo llamaba Ramoncachaco porque vestía bien –hablando de su ambiente de camaján– porque él era un camaján fino, bien vestido, con trajes verdes de paño de mesa de billar o trajes verde oliva o trajes verdes oscuros, carajo, y corbatas verdes claras o blancas y medias blancas y pañuelo blanco o amarillo, que corta bien con el verde, y zapatos de charol vino tinto. Imagíneselo usted. El hombre era un malevo: malevo porque también había venido de abajo.


Entonces ahí le cuento, por encima, quiénes fueron, digamos que los espejos de mi juventud. No digo mis ídolos, sino los ejemplos que tuve, en un momento en que uno ya decide definitivamente el camino que va a seguir en la vida. Y de todos ellos, le repito, que el que más me sirvió fue el de mi maestro que todavía esta vivo: don Alberto.

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Ninja Respuesta: Las balas que matan en Colombia

Los tipos de balas
Esa madrugada terminamos de hablar hacia la una porque Escobar dijo que tenía una cita:
—Nada especial, acompáñame.

Siempre conducía y conducía muy bien, usando poco los frenos y regulando la marcha a base de caja, entrando en las curvas con gran suavidad a pesar de la velocidad, ochenta, noventa kilómetros por hora, y poniendo sólo una mano sobre la cabrilla. La otra descansaba, bien sobre la barra de cambios o bien sobre un ametralladora MP5 que acomodaba en el borde del asiento y sostenía con parte de la nalga derecha. Dijo que me acomodara en el lugar del copiloto –Escobar fue corredor de autos– y atrás tomaron asiento dos de sus hombres. Dos minutos adelante marchaba un auto con otros cuatro hombres y una cuadra atrás, otro con cinco. Todos comunicándose permanentemente a través de pequeños radioteléfonos.

Una vez en marcha le dije que las balas era algo totalmente nuevo para mí y que si yo pudiera tener los diferentes tipos con que muere hoy el hombre colombiano, sería un buen ejercicio para continuar hablando. En ese momento pensé que si lograba conseguir esos proyectiles y luego ponía frente de cada uno a quienes lo usaban, abriría las puertas de una Colombia aterradoramente real que aún hoy sigo sin conocer. Con esas balas al frente podría preguntarles: ¿Por qué usan cada una? ¿Cuándo la usan? ¿Cómo las consiguen, qué nombres les tienen? ¿A qué distancia disparan? ¿Cómo planean el atentado? ¿Qué sienten antes de ejecutarlo? ¿Con qué ojos ven a la víctima, durante cuánto tiempo la siguen, qué piensan cuando la ven caer? En una palabra, con qué tela están hechos ellos, cómo es su alma. Cómo es su maldita existencia.

Escobar abrió los ojos y me pareció que estaba solamente concentrado en el pavimento, pero después de una pausa larga volvió a hablar:

—Cuando regrese, voy a tenerle los tipos de balas que se han usado y que se siguen usando en Colombia. Yo se las puedo conseguir con quienes las utilizan, pero métase una cosa en la cabeza: los colombianos no mueren con más de cinco o seis tipos de balas. Es que no son más de seis. Y para que piense un poco más, le cuento que todas son fabricadas en los Estados Unidos, compradas allá legalmente y, eso sí, traídas aquí de contrabando. Y traídas fácil. Y se consiguen fácil, ¿oiga?

La bolsa en la alacena

Un jueves de marzo luego de la media noche, Escobar se puso de pie y sacó de una alacena una pequeña bolsa de polietileno que aún conservo, la abrió sobre la mesita de centro de la sala y dejó caer siete balas sobre el vidrio.
—Cójalas, púlselas y yo le explico algo de cada una. Luego busque a los que las usan para que le cuenten lo que yo no sepa. ¿Por cuál comenzamos?
—Por las de Evelio Antonio Giraldo y Ramoncachaco. Los dos primeros de este baño de sangre.


—A ver –dijo– y tomó la primera en la palma de su mano derecha. La adelantó y empezó la lección: a Ramoncachaco le dieron con… esta. La del plomo achatado, la punto tres cincuenta y siete. Esa toca el cuerpo y se deforma con mucha facilidad, se vuelve una plasta allá adentro. Y el impacto es mucho más poderoso que el de una calibre treinta y ocho normal porque tiene más pólvora, o sea lo que llaman, “más propelente”. Mire lo que dice en la base: “S & W”. Eso quiere decir Smith & Wesson, de los Estados Unidos. Viene de fábrica.

La colocó dentro de la bolsa y con paciencia tomó una muy similar pero ya no achatada sino con un agujero en la punta:

—Esta es la famosa ‘dum dum’. Del mismo calibre de la otra y se usa también con Magnum. Esta es la de Evelio, más dañina, más peligrosa. Nadie que trabaje conmigo lleva esta mierda porque me parece cobarde usarla. Y menos si le meten mercurio metálico o cianuro entre el hueco. Esta ‘dum-dum’… mírela bien: ahí en la base dice, “SPL+P” ¿No es cierto? Eso quiere decir que tiene más pólvora de lo normal y que entonces va más lejos, se dice tiene mayor alcance. La fabrica la Remington de los Estados Unidos.

De todas me impresionó y me sigue impresionando una más corta pero pesada, gruesa: cobre en la punta. Cobre la vainilla. Una bala que esa noche brillaba más que las demás.

—Es que el que la usa es más escrupuloso y vive brillándolas, dijo con una sonrisa, sin levantar la cara del pequeño montón. Esa es la calibre cuarenta y cinco. Mire: esta cuarenta y cinco es para matar elefantes. Aquí en Colombia la usan con las subametralladoras Ingram, israelíes o con la pistola Colt.
—¿A quién recuerda que hayan matado con esa?
Pensó un segundo y luego soltó:
—Leí en la prensa que a Lara Bonilla. Al ministro de Justicia. Con esta no se salva nadie.


(Silencio).


Escobar entendió la pausa y sólo despegué los ojos de la palma de su mano cuando preguntó:
—Usted era amigo de él, ¿verdad?
—Sí.
—Esta guerra… hombre.


Una bala para Escobar

Trajeron dos cervezas sin alcohol y salimos frente a la cabaña. Abajo se veían titilar nerviosamente las luces de Medellín y corría un aire helado que silbaba al chocar contra los pinos.

Un poco después tomó otras dos balas, parecidas a la anterior pero más pequeñas:

—Nueve milímetros –dijo–. La más común ahora. Esta, la del hueco, es también “dum-dum” pero blindada, por eso es plateada. Aquí la usan los bandidos con pistola Beretta o Browing y con subametralladoras Ingram y Uzi.
Acercó más la mano y señaló con detenimiento la punta hueca:

—¿Ve estas estrías por el borde del hueco?, preguntó y sin hacer una pausa, dijo: cuando la bala toca la piel se llena de aire y entonces estalla y se rasga por las estrías…A ver: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis estrías. ¡Seis balazos! A ver qué dice atrás: WIN. Es de la Winchester. Norteamericana.
(Unos años más tarde cayó acribillado no lejos de Medellín el procurador general de la Nación Carlos Mauro Hoyos y según los médicos forenses con quienes hablé posteriormente, en su cuerpo quedaron varios boquetes producidos por este proyectil).

—La otra –continuó Escobar– también es de nueve milímetros, convencional. El plomo viene forrado en cobre –se le dice enchaquetado o encamisado– y por eso, ese proyectil rara vez se deforma. Pero mire cómo son las cosas de las balas: se deforma cuando toca hueso o cráneo. Esta es la bala más utilizada ahora en el país.
(En adelante, realicé el conteo trágico de nuestros muertos en los diarios, agregándole una anotación a cada uno: la de las balas que los segaron. Con esta han caído la mayoría: Galán, Low Murtra, Antequera, Jaramillo, jueces, magistrados…).

Ya sobre el amanecer Escobar tomó las dos que quedaban. Ambas parecidas a una botella.

—Ambas son para fusil –dijo—. La más grande la utilizan el ejército, la policía y parte de la guerrilla. Es una siete sesenta y dos. Violenta. Imagínesela, para ser de fusil. Sin embargo, ya se están usando proyectiles más efectivos, más veloces y con la mitad del peso que esta siete sesenta y dos.
(Esa fue la del Mexicano. Según la policía salió de la ametralladora M60 emplazada en un helicóptero y lo alcanzó en la cabeza).

—¿Modernas, cómo cuál?, le pregunté y mostrándome la última respondió:
—Como esta. Igual pero más pequeñita y más potente. Esta es la cinco cincuenta y seis. Tiene mayor poder de penetración, más velocidad, más revoluciones y pesa sólo 11 gramos. La anterior pesa 24. ¿Sabe por qué es lo mejor que hay? Porque además del blindaje, la pólvora es una mezcla con TNT.

Esa fue la de Escobar.


Germán Castro Caycedo | Cromos.com.co

Fuente: http://www.cromos.com.co/especial-95...matan-colombia

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Predeterminado Respuesta: Las balas que matan en Colombia

Una entrevista histórica y una prueba que los jóvenes de Medellín y Colombia siguen siendo presa fácil del hampa...porqué? Porqué por que la dirigencia corrupta ha fracasado manejando este país.

La época de Pablo y sus tragedias siguen vigentes. Muy buen aporte Mashiro y por supuesto genial Germán Castro Caicedo...que crónica tan espectacular.


Última edición por armando2007; 23-06-2011 a las 21:26:35
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Predeterminado Respuesta: Las balas que matan en Colombia

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