Empanadasde
29-02-2012, 21:24:13
Solo para buenos lectores.
Les aseguro que no se arrepentirán. :)
Entresijos de una guerra (Capitulo 1)
"...mi única norma a la hora de hacer mi trabajo es que si me los tiro, entonces por lo menos he de disfrutarlo. Es otra manera de que todos salgamos ganando..."
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Me llamo Erika Kaestner. Al menos eso es lo que dicen los nuevos documentos de identidad que recibí esta misma mañana antes de subirme al coche que me lleva hacia la casa en la que ejerceré como institutriz para la hija pequeña de un coronel de las SS. Viviré allí -a unos treinta kilómetros al norte de una intratable ciudad de Berlín que un día me vio jugar en sus calles- hasta nueva orden y con el propósito de informar una vez a la semana de cada uno de los movimientos del Coronel Scholz.
Suena arriesgado pero ya lo he hecho muchas veces. He conseguido información de incalculable valor para mis superiores valiéndome de todo tipo de engaños, artimañas, falacias y promesas vacías. Recapitulando en la brevedad del cuarto de siglo de mi vida encuentro que he sido actriz, cantante, prostituta, rica heredera, mujer de negocios y hasta una simple rubia tonta que parece no enterarse de nada. Soy cualquier cosa que requiera la situación. No sé si nací para esto, pero desde luego, sí me formaron para ello hasta el punto de poder decirse que no sé hacer otra cosa.
Ni siquiera me acuerdo de mi nombre. La persona que era, o la que iba a ser, murió el día en que mi padre intentó sacarnos de Alemania cuando todo esto comenzó a gestarse. Éramos ciudadanos alemanes pero a nadie le importó porque no estábamos de acuerdo con la ideología que avanzaba imparable como la lepra por todo el territorio de nuestro país. Sólo los ciudadanos alemanes que se comprometiesen con el partido o sus causas podían seguir siéndolo. A mi padre lo mataron cerca de la prometedora frontera con Suiza que queríamos cruzar, mi madre corrió la misma suerte tras servir primero para el deleite de unos cuantos "soldaditos valientes" y yo… yo fui encontrada cerca de la frontera después de que un jodido teniente me reventase las entrañas y me diese por muerta. Crecí en un orfanato para huérfanos alemanes en territorio suizo, situado cerca del cantón francés. Decidí colaborar con las tropas francesas tan pronto como me fue posible y por circunstancias de la vida, terminé trabajando para algún departamento del servicio de inteligencia francés.
Mi puerta se abrió pocos segundos después de que el vehículo se detuviese y me apeé delante de la fachada principal de la vivienda. Un caserón imponente con hectáreas de finca, cuadras, jardines y todo un sinfín de comodidades que la familia Scholz podía permitirse gracias a un linaje militar estrechamente ligado al partido.
-¿Erika Kaestner?
Me volví hacia la voz que me llamaba y me quedé anonadada. Se suponía que el Coronel Scholz era un hombre que casi rondaba los sesenta años, de aspecto frágil, pelo canoso y nada agraciado pero el hombre que se dirigía hacia mí era todo lo contrario. Un apuesto joven de aproximadamente mi edad -quizás unos veintiséis o veintisiete años como mucho-, alto, perfectamente uniformado, peinado con raya al lado e intachablemente afeitado. Asentí cuando me dio la mano.
-Soy Herman Scholz, usted es la nueva institutriz de mi hermana, si no me equivoco – le asentí de nuevo sacando mi pitillera -. Mi padre me ha pedido que la reciba, ha tenido que ausentarse por asuntos de su cargo.
¿Herman Scholz? Tenía entendido que no iba a cruzarme con el hijo mayor del Coronel, me habían dicho que se encontraba destinado cerca de Polonia.
-No sabía que el Coronel Scholz tuviese un hijo – le mentí esperando que mi curiosidad le invitase a justificar su presencia.
Me sonrió gentilmente dejándome ver unos remarcados rasgos masculinos.
-Permítame – dijo sacándose un mechero del bolsillo y acercándose un poco para darme fuego antes de seguir hablando -. Supongo que nadie se lo habrá mencionado, he estado un par de años fuera. Acaban de ascenderme y mi padre ha movido algunos hilos para que pudiese desempeñar mi nuevo cargo aquí. Tendré que ir a Berlín todas las mañanas, pero podré vivir en casa.
-Vaya, me alegro entonces. Le resultará infinitamente más cómodo que estar lejos de su familia – le contesté con mi mejor cara mientras comenzaba a elaborar un plan alternativo.
Herman no estaba en mis planes y no era precisamente un sirviente más o una criada menos, era otro hijo de puta de las SS. No me gusta nada encontrarme con algo así cuando me juego el cuello. Tenía que informar rápidamente de que estaba de vuelta en casa y tenían que reportarme un informe acerca de él. Para jugar bien, hay que tenerlo todo bien atado.
-Acompáñeme, por favor. Le mostraré su habitación y le presentaré a Berta. Es encantadora.
<<Sin ninguna duda Herman, seguro que el retoño más joven de tu asquerosa familia es la chica más encantadora del mundo>> pensé mientras le seguía.
Un mes. Tardé casi un mes en controlarlo todo en aquella maldita casa de cabrones engreídos y adinerados a base de un régimen abocado al fracaso. Lo sabía todo del Coronel, de la zorra de su mujer, de Herman, de Berta y de todo el servicio. Sabía por fin a qué hora iban y venían hasta los empleados que se ocupaban de la finca, del huerto y de las caballerizas. Incluso supe en menos de un mes lo que el Coronel ni siquiera sospechaba; que su petulante señora se la estaba pegando bien con uno de sus subordinados favoritos: Furhmann, un oficial pretencioso y lameculos que apenas debía sobrepasar la treintena y que se las daba de dandy. Por eso costaba encontrarla en casa, siempre estaba "atareadísima" hasta el punto de quedarse de vez en cuando a dormir en la casa que la familia tenía en Berlín, y desde luego, no lo hacía sola. Herman lo sabía también, no habíamos hablado de ello pero no hacía falta, se le notaba demasiado. Odiaba al tal Furhmann – que para colmo se dejaba caer por casa a menudo acompañando al Coronel – pero parecía no tener la menor intención de interferir en aquello de ninguna manera.
No me compadecía del Coronel, a él le gustaban más las mujeres que un caramelo a un chico. Se regocijaba con los escotes y los traseros de cada una de las criadas de la casa y yo misma le había sorprendido más de una vez mirándome. Pero no me mostraba nunca cohibida por ello, me daba asco, sí, pero eso me facilitaría las cosas. Cuando un hombre se encapricha con una mujer, por norma general suele acabar haciendo tonterías. Justo lo que necesito para que mi trabajo se simplifique notablemente.
La vida allí era tranquila, apenas ocurría nada especial salvo cuando se montaba una de esas fiestas de sociedad que llenaba la casa de gente absolutamente despreciable. Herman me propuso asistir a una de ellas casi tres meses después de mi llegada, y aunque jamás hubiese aceptado compartir una velada con todas aquellas ratas que conformaban la cúpula del poder alemán, acepté esa invitación teniéndola en cuenta como lo que era; el acceso a un tesoro. En las fiestas se habla, y se habla mucho.
Aquel día la casa Scholz amaneció entre una frenética organización que se afanaba por convertir el amplio comedor en una estancia digna del más refinado salón de fiestas. Los Scholz tenían que dar una imagen a la altura de lo que eran, asistirían mandatarios, cargos militares, pudientes empresarios… y todos ellos acompañadas por sus charlatanas esposas a las que seguramente se les escaparía más de una perla que yo sabría guardar a buen recaudo en mi mente. Y si ellas no se mostraban muy por la labor de "cooperar" con sus tertulias, siempre podría arrimarme a uno de sus esposos para entablar conversación. Con un buen vestido como el que tenía reservado, pocos se resisten a poner a una dama al tanto de su situación o sus quehaceres.
Continua...