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Ver la Versión Completa Con Imagenes : Las aventuras de Bella


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Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
Los mejores licores
esquimala
15-11-2011, 10:05:25
Nos quedamos en silencio, oyendo los distan tes gritos de los marineros en cubierta.
Luego sen timos el perezoso oleaje mientras la otra embarca ción se alejaba de nosotros.
Al instante, el gigantesco barco volvió a mo verse, cada vez más deprisa, como si
navegara a toda vela, y yo volví a repantigarme contra los fríos barrotes dorados, con la
mirada fija y perdida.
No estéis triste, querido mío dijo Bella, que me observaba. La larga melena le cubría los
pechos y la luz se reflejaba en los mórbidos miem bros. Continuamos en el mismo
torbellino.
Me volví y me tumbé boca abajo, pese al incó modo metal que tenía entre las piernas,
hundí la cabeza en mis brazos y, durante largo rato, lloré en silencio.
Finalmente, cuando mis lágrimas se secaron, oí de nuevo la voz de Bella.
Ya sé que estáis pensando en vuestro amo me dijo con cariño. Pero, Tristán, recordad
vuestras propias palabras.
Suspiré contra mi brazo.
Recordádmelas, Bella le requerí con mucha calma.
Que toda vuestra existencia no era más que una súplica por disolveros en la voluntad de
los demás. y así sigue siendo, Tristán. Estamos pro fundizando cada vez más, todos
nosotros, en esa disolución.
Sí, Bella asentí quedamente.
No es más que otra vuelta de tuerca con tinuó. Ahora entendemos más sutilmente lo que
hemos sabido desde que nos hicieron prisio neros.
Sí, Bella, que pertenecemos a otros.
Volví la cabeza para mirarla. Si intentáramos tocarnos, la posición de las jaulas
únicamante nos permitiría rozarnos las puntas de los dedos, así que era mejor mirar
simplemente su encantador rostro y sus sensuales brazos mientras permanecía allí,
agarrada tranquilamente a los barrotes.
Es cierto añadí yo. Tenéis razón. Sentí cómo se me comprimía el pecho y de nuevo
aquel familiar reconocimiento de mi impotencia, no como príncipe, sino como esclavo,
totalmente dependiente de los caprichos de nuevos y desco nocidos amos. ,
Al observar el rostro de Bella, aprecié el despertar de la curiosidad que ardía en sus
ojos. No sabíamos qué tormentos o qué éxtasis nos aguar daban.
Dimitri se había dado media vuelta y estaba profundamente dormido, al igual que
Laurent, tumbado en la jaula de abajo.
Bella se estiró otra vez como un gato y allí se quedó, tendida sobre el colchón de seda.
La puerta se abrió y entraron los jóvenes asistentes vestidos de seda; eran seis, al
parecer uno para cada esclavo. Se aproximaron a las jaulas y, tras abrir los cerrojos, nos
ofrecieron una bebida caliente y aromática que, con toda seguridad, con tendría otra
placentera sustancia narcótica.
CAUTIVERIO SENSUAL
Cuando Bella se despertó ya era de noche. Se volvió hacia abajo y vio las estrellas a
través de un diminuto ventanuco enrejado. La gran embarca ción rechinaba y zumbaba
surcando las olas.
Pero, antes de que sus sueños se disiparan, notó que la levantaban, la sacaban de la jaula
y la colocaban otra vez sobre un almohadón gigante, esta vez encima de una larga mesa.
Varias velas estaban ardiendo, Bella olió el perfume a incienso y, a lo lejos, oyó una
música vibrante e intensa.
Los encantadores jóvenes se habían colocado alrededor de la princesa y le frotaban la
piel con el dorado ungüento, sonriéndola mientras trabaja ban. Le estiraron los brazos
hacia arriba y guiaron sus dedos para que se agarrara otra vez al borde del cojín. Con un
pincel y el destellante pigmento dorado colorearon cuidadosamente los pezones.
Bella estaba demasiado consternada para emitir el menor sonido. Permaneció inmóvil
para que le pintaran los labios y luego, los suaves pelos del
pincel perfilaron diestramente sus ojos con el pol vo dorado que los asistentes
esparcieron a continuación por las pestañas. Le mostraron unos grandes pendientes
enjoyados y soltó un gritito sofocado al sentir que le perforaban los lóbulos, pero sus
sonrientes y silenciosos secuestradores se apresuraron a acallarla y consolarla. Los
pendientes se quedaron colgando de las pequeñas y abra sadoras heridas pero el dolor se
desvaneció al sentir que le apartaban las piernas y sostenían por encima de ella un
cuenco con relucientes y apetitosas frutas. Le quitaron la diminuta malla del pu bis y
unos tiernos dedos le dieron unas palmaditas y le acariciaron el sexo hasta que despertó.
Luego, Bella se quedó mirando el mismo rostro encanta dor de piel aceitunada que la
había saludado la primera vez. El que debía de ser su asistente cogió la fruta del cuenco
dátiles, trozos de melón y melocotón, pequeñas peras, bayas rojas para mojar cada pieza
en una taza de plata con miel.

Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
Los mejores licores
esquimala
15-11-2011, 10:06:03
Cuando le separaron las piernas, Bella se per cató de que iban a introducir la fruta con
miel dentro de su cuerpo. Su sexo bien adiestrado presionó irresistiblemente mientras
los dedos se dosos metían profundamente el melón, luego la siguiente pieza y la otra,
provocando ardores y suspiros cada vez más intensos.
La princesa no podía contener los gemidos, pero sus secuestradores parecían aprobarlo.
No cesaban de asentir con la cabeza y sus sonrisas eran cada vez más radiantes. Estaba
llena de fruta, y sentía cómo surgía abultada de su interior. En ese momento le estaban
mostrando el resplande ciente racimo de uvas que iban a colocarle entre las piernas.
Luego le colgaron un encantador ramito de flores blancas sobre la cara, le abrieron la
boca y el ramito quedó ajustado entre sus dientes, con sus céreos pétalos aleteando
levemente contra las mejillas y la barbilla.
Bella intentó no morder el tallo y se limitó a sostenerlo firmemente. A continuación le
emba durnaron las axilas con una espesa capa de miel y le incrustaron algo redondo,
quizás un dátil, en el ombligo. Le rodearon las muñecas con brazaletes y también le
ajustaron unas pesadas tobilleras. El cuerpo de Bella ondeaba casi irresistiblemente
sobre la almohada a medida que aumentaba en ella la tensión. Aquellos rostros
sonrientes la seducían.
También experimentó un intenso miedo al verse transformada lentamente en un simple
objeto de lujo.
Pronto la dejaron a solas con la severa adver tencia de que permaneciera quieta y en
silencio.
La princesa oyó que se estaban haciendo otros preparativos apresuradamente por la
habitación, y más suspiros. Casi podía distinguir el ritmo de otro corazón que latía
ansiosamente cerca de ella.
Finalmente, sus capturadores volvieron a aparecer en su campo de visión.
Sujetando el abultado almohadón, la levanta ron como si fuera un tesoro, y cuando la
música sonó con más fuerza la llevaron escaleras arriba, mientras las paredes de su sexo
se aferraban al enorme relleno de frutas y miel y los jugos gotea han desde su interior.
La pintura dorada se secó sobre los pezones provocándole una peculiar tensión en la
piel. Todo su cuerpo estaba sometido a nuevos estímulos.
La habían llevado a una gran cámara ilumina da con una luz suave y trémula. El olor del
incien so era embriagador. El aire transportaba la pulsa ción rítmica de panderetas, el
rasgueo de arpas y las agudas notas metálicas de otros instrumentos. Sobre su cabeza,
los cientos de pequeños fragmentos reflectantes, cuentas centelleantes e intrincados
diseños dorados del tejido que colgaba del techo cobraron vida.
La instalaron en el suelo y cuando volvió la cabeza desamparadamente, pudo vislumbrar
a los músicos a su izquierda, en un extremo, y justo a su lado, a la derecha, a sus nuevos
amos.
Sentados con las piernas cruzadas mientras degustaban un abundante banquete de
delicioso aroma, y vestidos con prendas y turbantes de seda con complejos bordados, le
lanzaban ojeadas de vez en cuando mientras hablaban entre ellos con voces rápidas y
poco audibles.
La princesa se tumbó sobre el gran cojín aga rrándose con fuerza a los extremos, con las
pier nas bien abiertas como le habían inculcado en el pueblo y en el castillo. Sus
silenciosos y temerosos asistentes se retiraron de nuevo a las sombras, no sin antes
advertirla e implorarle con gestos y mi radas lastimosas que guardara silencio. Perma
necieron cerca de ella para vigilarla, pasando desapercibidos para los que allí comían
tan opípa ramente.
«Ah, ¿qué es este extraño mundo en el que he renacido? », pensó Bella mientras la fruta
se hin chaba contra la estrechez de su enardecida vagina.
Sintió que sus caderas se alzaban por encima de la seda y los pendientes palpitaban en
sus orejas. La conversación continuaba con una fluidez natural y de vez en cuando uno
de los señores tocado con turbante le sonreía antes de volver a charlar con los demás.
Pero había aparecido otra figura. Algo atisbó por el rabillo del ojo, a la izquierda, y
Bella vio que se trataba de Tristán.
Lo traían a cuatro patas, guiado por una larga cadena sujeta aun collar con joyas
incrustadas.
También estaba lustrado con la loción dorada, y sus pezones cubiertos de oro. La espesa
mata de vello púbico estaba salpicada de pequeñas joyas centelleantes y el miembro
erecto relucía bajo el fino ungüento dorado. Tenía las orejas perforadas, no con
pendientes colgantes sino con un rubí en cada lóbulo. Llevaba el cabello peinado con
raya en medio, exquisitamente cepillado con polvo de oro. La pintura dorada perfilaba
sus ojos, espesaba sus pestañas y definía la asombrosa perfección de su boca. Los ojos
azules ardían con un resplandor iridiscente.
Sus labios se movieron levemente para dibujar una media sonrisa mientras lo conducían
hacia ella. No parecía estar triste ni asustado sino más bien perdido en su deseo de
cumplir lo que le or denaba el encantador ángel moreno que lo guiaba.

esquimala
15-11-2011, 10:07:10
Cuando el muchacho de piel oscura lo llevó sobre Bella y le empujó la cabeza hacia la
axila izquierda de la muchacha para que tocara la miel con el rostro, Tristán se puso a
lamerla.
Bella suspiró al sentir la intensa presión húmeda de la lengua en la curva de la axila. Sus
ojos se agrandaron mientras él la limpiaba del líquido, produciéndole cosquillas en la
cara con el pelo, y luego empezaba a nutrirse de la axila derecha con la misma avidez.
Parecía un dios extranjero encorvado sobre ella: su rostro pintado, sus poderosos brazos
y aquellos hombros pulimentados hasta conseguir un lustre magnífico parecían recién
salidos de lo más profundo de sus más inconfesables sueños.
El ágil guía de dedos largos obligó a Tristán, con un tirón de la frágil cadena de oro, a
descender por el cuerpo de la princesa y tomar con su re luciente boca el dátil
almibarado del ombligo.
Las caderas y el vientre de Bella se alzaron con acentl1ados movimientos al sentir el
contacto de los labios y los dientes de Tristán. Un gemido sur gió de su interior, y las
flores que sostenía en la boca temblaron contra sus mejillas. Como a tra vés de una
bruma, la princesa vio sonreír a los ayudantes, que asentían con beneplácito y la in
ducían a continuar con ademanes de ánimo.
Tristán se arrodilló entre sus piernas. Esta vez no fue necesario que el asistente le guiara
la cabeza. Con un gesto casi salvaje, el príncipe esclavo mordisqueó el relleno de fruta,
y la suave presión de las mandíbulas contra el pubis de la princesa casi la hicieron
enloquecer.
Tras consumir las uvas, la boca de Tristán se comprimió contra los labios púbicos de
Bella pa ra atrapar con los dientes los gruesos pedazos de melón.
Ella se retorcía y se agarraba con fuerza al al mohadón mientras alzaba las caderas sin
control.
La boca de Tristán se adentraba cada vez más por sus profundidades, mordisquendo y
lamiendo el clítoris mientras extraía más trozos de fruta. En un frenesí de movimientos
ondulantes, Bella for cejeó para ofrecer la fruta a su compañero.
La conversación que antes llenaba la habita ción se había desvanecido. La música
sonaba gra ve y rítmica, casi obsesiva, acompañada por los gemidos de la princesa que
se convirtieron en ja deos vociferantes mientras los jóvenes asistentes rebosaban de
alegría y los observaban orgullosos desde sus puestos.
Las mandíbulas de Tristán trabajaban con efi cacia sobre ella, vaciándola. En ese
instante suc cionaba los jugos que rezumaban por su entre pierna, y la lengua volvía
incesantemente sobre su clítoris con amplios y lentos lametones.
Bella sabía que su cara estaba al rojo vivo. Los pezones eran dos pequeñas almendras
doloridas. Su cuerpo serpenteaba con tal violencia que las nalgas se levantaban del
cojín.
Pero, con un angustiado gemido de decep ción, vio que levantaban la cabeza de Tristán
tirando de la pequeña cadena. Bella sollozó queda mente.
Por suerte todavía no había acabado. Los asistentes obligaron a Tristán a desplazarse
hacia arriba y, diestramente, le urgieron a darse media vuel ta ya colocarse de nuevo
encima de ella. Luego su verga descendió sobre los labios de la muchacha mientras la
boca de él se abría completamente para cubrir el pubis. La princesa levantó la cabeza
para lamer el miembro, intentando atraparlo fir memente entre sus labios, y de pronto lo
capturó y tiró de él hacia abajo mientras alzaba los hombros.
Lo chupó febrilmente, hasta la base. El dulce sabor a miel y canela se entremezcló con
el caliente aroma salado de la carne de Tristán. Bella movía rápidamente las caderas
sobre el cojín y, encima de ella, el príncipe lamía el diminuto nódulo es condido en su
entrepierna. Tristán llevó su boca hasta que atrapó los gruesos y palpitantes labios
púbicos con los dientes ya continuación lamió la miel que exprimía de ellos.
Bella, entre gruñidos que parecían casi lloros, chupaba el miembro del príncipe con la
cabeza echada hacia atrás, contrayendo la boca al ritmo de los espasmos que Tristán
provocaba al lamerle el clítoris y el monte púbico con una fuerza repen tinamente
violenta. Cuando el ardiente y deslum brante orgasmo inundó todo su cuerpo, provo
cando fuertes y gimientes suspiros, la princesa sintió la eyaculación de él desbordándose
en su interior.

esquimala
15-11-2011, 10:09:12
Forcejearon, entrelazados, mientras a su alre dedor, en la concurrida tienda, reinaba el
silencio.
Bella no veía nada. Ningún pensamiento habitaba en su mente. Sintió que Tristán se
apartaba suave mente, y oyó de nuevo el grave retumbar de vo ces. Supo que levantaban
de nuevo el cojín y la transportaban.
Estaban bajando por las escaleras. En la habitación de las jaulas percibió a su alrededor
unos
excitados cuchicheos. Los angelicales asistentes se reían y hablaban en susurros
mientras deposita ban el almohadón sobre una mesa baja.
Luego ayudaron a Bella a arrodillarse y la mu chacha vio a Tristán que a su vez se
arrodillaba delante de ella. El príncipe le rodeó el cuello con los brazos y alguien guió
los brazos de Bella alrededor de la cintura del príncipe. La muchacha sintió las piernas
de Tristán pegadas a las suyas. La mano de su compañero sostenía el rostro de ella
contra el suyo mientras Bella seguía contemplando a los muchachos angelicales que
cada vez se aproximaban más, les acariciaban, les besaban todo el cuerpo.
Bella distinguió en la penumbra los rostros delicados y serenos de los demás príncipes y
prin cesas que observaban la escena desde sus jaulas.
Pero los encantadores capturadores habían cogido las palas pintadas que colgaban de las
jaulas de ambos príncipes e hicieron destellar estos ex quisitos instrumentos bajo la luz
para que Bella pudiera apreciar los intrincados adornos de volutas y flores y las cintas
de color azul claro que ondeaban colgando de los mangos.
Con cuidado, echaron hacia atrás la cabeza de Bella, le plantaron la pala ante la cara y
se la lleva ron hasta los labios para que la besara. Tristán, arrodillado ante ella, hizo lo
mismo. Sus labios formaron aquella misma media sonrisa cuando re tiraron la pala.
Luego se quedó mirándola.
Tristán se agarró a Bella con fuerza cuando llegaron los primeros azotes; era evidente
que in tentaba contener con su cuerpo el impacto de los golpes mientras ella gemía y se
retorcía bajo la pala tal y como le había enseñado la señora Lo ckley. De todos los
rincones llegaban las risas de senfadadas de los presentes. Tristán besaba el pelo de la
muchacha y friccionaba febrilmente su carne con las manos mientras ella se apretaba
cada vez más, con los senos aplastados contra su pecho, las manos extendidas sobre su
espalda, las cimbrean tes nalgas inundadas de un cálido hormigueo y las antiguas
erupciones convertidas en pequeños nudos bajo los golpes de la pala. Tristán no podía
mantenerse quieto. Sus gemidos provenían de lo más profundo de su pecho. La verga se
erguía en tre las piernas de ella y la dilatada punta húmeda se deslizaba suavemente en
su interior. Las rodi llas de la muchacha se separaron del cojín y su boca encontró la de
Tristán, mientras los jubilosos secuestradores redoblaban el ímpetu de los azotes y unas
manos ansiosas unían cada vez con mayor presión los cuerpos de los dos esclavos.

esquimala
15-11-2011, 10:16:54
Bueno, aquí termina el segundo libro.
El tercero se llama "La liberación de la Bella durmiente" y relata todos los "martirios" adicionales por los que tiene que pasa Bella en esas tierras lejanas antes de volver a su reino.
Ya espero comentarios y aprobaciones a ver si lo subo o no....
abrazos....

CANTI*
16-11-2011, 00:13:14
clarooooooooo....
subelo.....
este como que les va a ir peor....
carajo.... de guatemala pa guatepior!!!
subelo... el relato esta bastante bueno...
a mi me tiene aca pegado....
el tercer libro en espera para ser leido....
de la misma forma qeu los anteriores, de a paginas por que no toods los dias los puedo leer...
y es muy canson leer todo eso en un solo ratico...
pero el relato esta interesante y deseo saber qeu pasa con bella... y su liberación...

besos y cuidate linda esquimala!
aaahh y me alegra que te alegre lo que a mi me alegra de tu alegria....
ajajajajajjajajajajaj

esquimala
16-11-2011, 09:16:34
En El despertar de la Bella Durmiente:
Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe.
Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inmediato como esclava y la trasladó a su reino.
De este modo, con el consentimiento de sus agradecidos padres y ofuscada por el deseo que le inspiraba el joven heredero, Bella fue llevada a la corte de la reina Eleanor, la madre del príncipe, para prestar vasallaje como una más entre los cientos de princesas y príncipes desnudos que servían de juguetes en la corte hasta el momento en que eran premiados con el regreso a sus reinos de origen.
Deslumbrada por los rigores de las salas de adiestramiento y de castigo, la severa prueba del sendero para caballos y también gracias a su creciente voluntad de complacer, Bella se convirtió en la favorita del príncipe y, ocasionalmente, también servía a su ama, lady juliana.
No obstante, no podía cerrar los ojos al deseo secreto y prohibido que le suscitaba el exquisito esclavo de la reina, el príncipe Alexi, y más tarde el esclavo desobediente, el príncipe Tristán.
Tras vislumbrar por un instante al príncipe Tristán entre los proscritos del castillo, Bella, en un momento de sublevación aparentemente inexplicable, se condenó al mismo castigo destinado para Tristán: la expulsión de la voluptuosa corte y la humillación de los arduos trabajos en el pueblo cercano.

esquimala
16-11-2011, 09:17:17
En El castigo de la Bella Durmiente:

Tras ser vendido al amanecer en la plataforma de subastas del pueblo, Tristán se encontró enseguida maniatado y enjaezado al carruaje de Nicolás, el cronista de la reina, su nuevo, apuesto y joven señor. Por su parte, Bella, que fue destinada a trabajar en el mesón de la señora Lockley, se convirtió en el juguete del principal huésped de la posada, el capitán de la guardia.
Poco después de su separación y venta, tanto Bella como Tristán se sintieron seducidos por la férrea disciplina del pueblo. Los gratos horrores del lugar de escarnio público, el establecimiento de castigo, la granja y el establo, el sometimiento a los soldados que visitaban la posada, todo ello enardecía sus pasiones al tiempo que les infundía un gran terror, hasta hacerles olvidar por completo sus antiguas personalidades.
El severo correctivo que padeció el esclavo fugitivo, el príncipe Laurent, cuyo cuerpo fue atado a una cruz de castigo para ser mostrado en público, sólo sirvió para subyugarlos más.
Mientras Bella por fin encontraba en los castigos un motivo de orgullo a la altura de su espíritu, Tristán se había enamorado desesperadamente de su nuevo amo.
No obstante, cuando la pareja apenas se había reencontrado y los dos se habían confiado su desvergonzada felicidad, un grupo de soldados enemigos atacó el pueblo por sorpresa. Bella, Tristán y otros esclavos escogidos, entre los que se hallaba el príncipe Laurent, fueron secuestrados y trasladados por mar hasta la tierra de un nuevo señor, el sultán.
A las pocas horas del ataque, los cautivos se enteraron de que no iban a ser rescatados. Según lo acordado entre sus soberanos, habían sido condenados a servir en el palacio del sultán hasta que llegara el momento de volver sanos y salvos junto a la reina Eleanor para someterse a nuevas penalidades.
Los esclavos, a quienes retienen en jaulas doradas y rectangulares en la bodega del barco del sultán, aceptan su nuevo destino.
Nuestra historia continúa.
Es de noche en el tranquilo buque. El largo viaje llega a su fin.
El príncipe Laurent está a solas con sus pensamientos y reflexiona sobre su esclavitud...

esquimala
16-11-2011, 09:18:25
CAUTIVOS EN EL MAR




Laurent:
Es noche cerrada.
Algo había cambiado. En cuanto abrí los ojos supe que nos acercábamos a tierra. Incluso en la lóbrega bodega percibí el olor característico de tierra firme.
Así que el viaje está llegando a su fin, pensé. Finalmente sabremos lo que nos depara esta nueva cautividad en la que estamos destinados a ser inferiores e incluso más abyectos que antes.
Experimenté miedo, pero también cierto alivio. Sentí tanta curiosidad como terror.
A la luz de un farol, vi que Tristán yacía despierto en su jaula, con el rostro alerta y la mirada perdida en la oscuridad. Él también sabía que el viaje casi había concluido.
Sin embargo, las princesas desnudas continuaban durmiendo. Parecían bestias exóticas en sus jaulas doradas. La menuda y cautivadora Bella era como una llama amarilla en la penumbra; el cabello negro y rizado de Rosalynd cubría su blanca espalda, hasta la curva de las pequeñas nalgas redondeadas. Arriba, la grácil y delicada figura de Elena permanecía tumbada de espaldas, con su lisa cabellera de color castaño extendida sobre la almohada.
Qué carne tan apetitosa la de estas tres tiernas compañeras de cautividad: los redondeados bracitos y piernas de Bella pedían a gritos que la pellizcaran, allí acurrucada entre las sábanas; la cabeza de Elena estaba reclinada hacia atrás, abandonada por completo al sueño, con las largas y delgadas piernas muy separadas y una rodilla apoyada contra los barrotes de la jaula; Rosalynd se puso de costado mientras yo la miraba, y sus grandes pechos de rosados,
oscuros y erectos pezones cayeron apaciblemente hacia delante.
Más a la derecha, el moreno Dimitri rivalizaba en belleza con el rubio Tristán. El rostro de Dimitri, sumido en un profundo sueño, exhibía una frialdad peculiar pese a que cuando estaba despierto era el más afable y tolerante de nuestro grupo. Probablemente los príncipes, enjaulados con las mismas precauciones que las princesas, no parecíamos más humanos ni menos exóticos que nuestras compañeras.
Todos llevábamos entre las piernas nuestra correspondiente protección de malla dorada, lo que prohibía hasta el más mínimo examen de nuestros ansiosos sexos.
Todos habíamos llegado a conocernos muy bien durante las largas noches en alta mar, cuando los guardias no estaban lo bastante cerca para oír nuestros susurros; y en las largas horas de silencio, que ocupábamos en pensar y soñar, quizá llegamos a conocernos mejor a nosotros mismos.
-¿Os habéis dado cuenta, Laurent? -susurró Tristán-. Estamos cerca de la costa.
Tristán era el más angustiado. Lamentaba la pérdida de su amo, Nicolás, aunque no por eso dejaba de observar todo lo que pasaba a su alrededor.
-Sí -respondí en voz baja, echándole un vistazo. Su mirada azul lanzó un destello-. No puede estar muy lejos.
-Sólo espero que...
-¿Sí? -insistí yo-. ¿Se puede esperar algo, Tristán?
-... que no nos separen.
No respondí. Me recosté y cerré los ojos. ¿Qué sentido tenía hablar si pronto nos revelarían nuestro destino y no podríamos hacer nada para alterarlo?
-Pase lo que pase -dije distraídamente-, me alegro de que el viaje haya finalizado y de que pronto sirvamos para algo.


Tras las pruebas iniciales que nuestras pasiones tuvieron que soportar, los secuestradores no habían vuelto a hacernos caso. Durante toda una quincena nos habíamos sentido
torturados por nuestros propios deseos. Los jóvenes criados que nos cuidaban se limitaban a reírse quedamente de nosotros y se apresuraban a atarnos las manos cada vez que nos atrevíamos a tocar los triángulos de malla que aprisionaban nuestras partes íntimas.
Por lo visto, todos habíamos sufrido por igual. No teníamos nada con que distraernos en la bodega del barco aparte de la visión de nuestras desnudeces.

esquimala
16-11-2011, 09:19:03
No podía evitar preguntarme si estos jóvenes cuidadores, tan atentos en todos los demás aspectos se percataban del adiestramiento implacable que habíamos recibido en los apetitos de la carne, si eran conscientes de que nuestros señores y amas nos habían enseñado en la corte de la reina a anhelar hasta el chasquido de la correa para aliviar el fuego interior que nos consumía.
Durante el anterior vasallaje nunca había transcurrido más de medio día sin que hubieran empleado por completo nuestros cuerpos; hasta los más obedientes habíamos recibido castigos constantes, y los que habían sido enviados del castillo a la penitencia del pueblo tampoco habían conocido un descanso mucho mayor.
Eran mundos diferentes. Eso habíamos convenido Tristán y yo durante nuestras susurrantes conversaciones nocturnas. Tanto en el pueblo como en el castillo se esperaba que habláramos, aunque sólo fuera para decir «sí, mi señor» o «sí mi señora”. Nos daban órdenes explícitas y nos enviaban de vez en cuando a hacer recados sin ningún acompañante. Tristán incluso había conversado largo y tendido con su apreciado amo, Nicolás.
Sin embargo, antes de dejar el dominio de nuestra reina nos habían advertido que estos sirvientes del sultán nos tratarían como si fuéramos animales. Aunque aprendiéramos su extraña lengua extranjera, jamás nos hablarían. En la sultanía, cualquier humilde esclavo del placer que intentara hablar se ganaba un castigo inmediato y severo.
Las advertencias se habían confirmado. A lo largo de todo el viaje nos habían premiado con palmaditas y caricias, y nos habían conducido de un lado a otro acompañados por el
más tierno y condescendiente de los silencios.
En una ocasión en que la princesa Elena, llevada por la desesperación y el aburrimiento, habló en voz alta para rogar que le permitieran salir de la jaula, los criados la amordazaron de inmediato. Luego le ataron los tobillos y las muñecas a la cintura por la espalda y colgaron su cimbreante cuerpo de una cadena sujeta al techo de la bodega. Así estuvo mientras sus asistentes la miraban con gesto ceñudo, indignados y escandalizados, hasta que sus vanas protestas cesaron.
Después la hicieron descender con extremados cuidados y atenciones. Besaron sus silenciosos labios y untaron con aceite los doloridos tobillos y muñecas hasta que las marcas de los grilletes de cuero desaparecieron.
Los muchachos de las túnicas de seda incluso le cepillaron el liso y brillante cabello castaño y masajearon las nalgas y la espalda con sus sabios dedos, como silas bestias irascibles como nosotros debieran ser amansadas de esta manera. Por supuesto, enseguida se detuvieron al percatarse de que la suave sombra de rizado vello de la entrepierna de Elena estaba húmeda y ella no podía mantener quietas las caderas contra la seda del confortable colchón, de lo excitada que estaba al sentir su contacto.
Con leves gestos de enfado y movimientos de cabeza, la hicieron arrodillarse y la sujetaron otra vez por las muñecas para ajustar a su pequeño sexo la inflexible protección de metal, cuyas cadenas abrocharon firme y rápidamente alrededor de los muslos. Luego la volvieron a introducir en la jaula con los brazos y las piernas atados a las barras mediante resistentes cintas de satén.
Sin embargo, esta demostración de pasión no los había enfurecido. Al contrario, antes de cubrir el húmedo sexo de la princesa lo habían acariciado, sonriéndole como si aprobaran su ardor, su necesidad. Pero ni todos los quejidos del mundo hubieran doblegado a los jóvenes sirvientes.
Nosotros, los demás cautivos, tuvimos que contentarnos con observar sumidos en un silencio lascivo, mientras nuestros propios órganos apetentes palpitaban en vano.

esquimala
16-11-2011, 09:20:07
Deseé encaramarme hasta el interior de la jaula de Elena, despojarla del pequeño escudo de malla de oro e hincar mi verga en el pequeño y húmedo nido. Quise abrirle la boca con la lengua, apretar sus voluminosos pechos, chupar los pequeños pezones sonrosados y verla sonrojada de palpitante placer mientras la llevaba al éxtasis. Pero no eran más que sueños dolorosos. Elena y yo sólo podíamos mirarnos y esperar en silencio que tarde o temprano nos permitieran alcanzar el éxtasis en brazos del otro.
La delicada Bella era sumamente intrigante y la rolliza Rosalynd, con sus grandes y apenados ojos, resultaba absolutamente voluptuosa, pero era Elena quien se mostraba más ingeniosa, con un siniestro desdén por lo que nos había sobrevenido. Entre susurros se reía de nuestro destino y, al hablar, sacudía su espesa melena de color castaño por encima del hombro.
-¿Quién puede decir que ha disfrutado de tres opciones tan maravillosas, Laurent: el palacio del sultán, el pueblo, el castillo? -preguntaba-. Os lo aseguro, en cualquiera de esos lugares puedo encontrar deleites de mi agrado.
-Pero, querida, no sabéis cómo van a ser las cosas en el palacio del sultán -objeté-. La reina tenía cientos de esclavos desnudos. En el pueblo había cientos de siervos trabajando. Pero ¿y si el sultán tiene todavía más esclavos de todos los reinos de Oriente y Occidente, tantos que incluso pueda utilizarlos como escabeles?
-¿Creéis que será así? -preguntó, excitada. Su sonrisa adquirió una insolencia encantadora. Aquellos labios húmedos, la exquisita dentadura-. Entonces debemos encontrar alguna manera de hacernos notar, Laurent. -Apoyó la barbilla en la mano-. No quiero ser una más entre un millar de príncipes y princesas dolientes. Debemos asegurarnos de que el sultán se entera de quiénes somos.
-Tenéis ideas peligrosas, mi amor -Contesté yo-. No olvidéis que no podemos hacer uso de la palabra y que nos cuidan y castigan como si fuéramos simples bestias.
-Encontraremos la manera, Laurent -replicó ella con un guiño malicioso-. Antes nada os asustaba, ¿no es cierto? Os escapasteis simplemente por saber cómo os capturarían, ¿o no?
-Sois demasiado perspicaz, Elena -dije-. ¿Qué os hace pensar que no huí por miedo?
-Sé que no fue así. Nadie se escapa por miedo del castillo de la reina. Lo que incita a hacerlo es el espíritu de aventura. Yo también lo hice, ya veis. Por eso me sentenciaron al pueblo.
-¿Y mereció la pena, querida mía? -pregunté. Oh, si al menos pudiera besarla, derramar su buen humor en mi boca, pellizcarle los pezones. Era una crueldad enorme que no me hubiera encontrado cerca de ella durante nuestra estancia en el castillo.
-Sí, mereció la pena -contestó con aire meditativo-. Cuando se produjo el ataque sorpresa llevaba un año como esclava en la granja del corregidor. Trabajaba en sus jardines arrancando los hierbajos con los dientes, a cuatro patas, bajo la tutela del jardinero, un hombre corpulento y severo que nunca soltaba la correa.
»Yo estaba dispuesta a vivir algo nuevo -continuó. Se tumbó boca arriba y separó las piernas en un gesto habitual en ella. Yo no podía dejar de observar el espeso vello castaño de su sexo bajo la malla de oro-. Luego, los soldados del sultán llegaron como si los hubiera enviado con mi imaginación. Recordad, Laurent, tenemos que hacer algo para distinguirnos ante la corte del sultán.

esquimala
16-11-2011, 09:20:43
Me reí para mis adentros. Me gustaba su osadía. Por otro lado, también me gustaban los demás. Tristán era una mezcla seductora de fuerza y necesidad, que sobrellevaba en silencio su sufrimiento. Dimitri y Rosalynd, ambos arrepentidos, se dedicaban a agradar, como si fueran esclavos desde siempre en lugar de haber nacido en el seno de una familia real.
Dimitri apenas controlaba su inquietud y su deseo. No podía mantenerse quieto a la hora de recibir un castigo, aunque en su mente sólo hubiera lugar para elevados pensamientos de amor y sumisión. Había pasado su corta condena en el pueblo empicotado en el lugar de castigo público esperando los azotes de la plataforma giratoria. Rosalynd tampoco lograba controlarse a menos que la maniataran firmemente. Ambos habían esperado que el pueblo los purgara de sus temores y les permitiera servir con la delicadeza que admiraban en otros.
En cuanto a Bella... junto con Elena era la más encantadora, la esclava más excepcional. Parecía fría, pero su dulzura era innegable; una princesa reflexiva y rebelde.
De vez en cuando, durante las oscuras noches en alta mar, vi que me observaba a través de las barras de su jaula con gesto perplejo en su expresiva carita, y cuando la descubría sus labios se abrían dibujando una amplia sonrisa.
Cuando Tristán lloraba, Bella, con su voz suave, decía en su defensa:
-Amaba a su señor. -Y se encogía de hombros como sile pareciera triste pero incomprensible.
-¿Y vos no amabais a nadie? -le pregunté una noche.
-No, en realidad no -respondió-. Sólo a otros esclavos, de vez en cuando... -Entonces me dedicó aquella provocativa mirada que suscitó en mí una inmediata erección. Había en ella algo salvaje e intacto, pese a toda su aparente fragilidad.
Sin embargo, de vez en cuando, parecía cavilar sobre su reticencia.
-¿Qué significaría amarles? -me preguntó en una ocasión, casi como si hablara para sus adentros-. ¿Qué significaría rendir el corazón por completo? Anhelo los castigos, sí, pero amar a uno de los señores o de las amas... -De pronto pareció asustada.
-Os inquieta -dije yo comprensivamente. Las noches en alta mar y el aislamiento nos afectaban a todos nosotros.
-Sí. Anhelo algo que no he tenido antes -susurró-. Aunque no quiera admitirlo, lo anhelo. Quizás aún no he encontrado al amo o a la señora adecuados...
-El príncipe de la Corona fue quien os trajo al reino. Seguro que os pareció un amo verdaderamente magnífico.
-No, en absoluto -respondió tajante-. Apenas me acuerdo de él. Lo cierto es que no me interesaba. ¿Qué sucedería si me rindiera a alguien que me interesara? -Sus ojos adquirieron un extraño brillo, como si por primera vez hubiera descubierto todo un nuevo universo de posibilidades.
-No sabría deciros -le contesté, sintiéndome de repente totalmente perdido. Hasta aquel momento estaba seguro de que había querido a mi ama,lady Elvira. Pero entonces no estaba del todo seguro. Quizá Bella hablaba de un amor más profundo, más perfecto que el que yo había conocido.
El hecho era que Bella me interesaba. Allí arriba, más allá de mi alcance, en su cama de seda, con sus extremidades desnudas tan perfectas como una escultura en la penumbra y los ojos llenos de secretos a medio revelar.


No obstante, todos nosotros, a pesar de nuestras diferencias y nuestras charlas de amor, éramos auténticos esclavos. Eso era innegable.
Nuestra servidumbre nos había hecho accesibles y nos había provocado cambios permanentes. A pesar de los temores y conflictos que nos embargaban, no éramos los mismos seres ruborizados y avergonzados de otros tiempos. Nadábamos, cada uno a su propio ritmo, en la corriente turbadora del tormento erótico.
Mientras permanecía tumbado pensando, me esforcé por comprender las principales diferencias entre la vida del castillo y la del pueblo y por adivinar qué nos depararía esta nueva cautividad en la sultanía.

CANTI*
24-11-2011, 23:21:31
intriga ... intriga es lo que siento con este relato!!!!
que les pasara????
y otro que le quiere hacer la vuelta a bella....jumm...
esperando mas del relato que me a pegado la mayor de las intrigas...
la verdad nunca habia leido con tanta intriga...

esquimala
25-11-2011, 09:02:28
RECUERDOS DEL CASTILLO
Y DEL PUEBLO





Laurent:
Había servido en el castillo todo un año como esclavo de la estricta lady Elvira, quien cada mañana ordenaba que me fustigaran mientras ella tomaba el desayuno. Era una mujer orgullosa y reservada, con el pelo negro como el azabache y ojos de un gris pizarra, que pasaba las horas bordando delicadas labores. Después de los azotes, yo besaba sus pantuflas en señal de agradecimiento, con la esperanza de recibir una mínima migaja de elogio ya fuera por lo bien que había recibido los golpes o porque aún me encontraba de su agrado. Pero en muy contadas ocasiones me dedicaba alguna palabra; raras veces levantaba la vista de la aguja.
Por las tardes se llevaba la labor a los jardines y allí, para su divertimento, yo copulaba con princesas. Primero tenía que atrapar a mi linda presa, para lo cual tenía que emprender una ardua persecución a través de los parterres de flores. Luego había que llevar a la princesita sonrojada hasta donde se encontraba mi señora y dejarla a sus pies para que la inspeccionara. A partir de entonces comenzaba mi verdadero trabajo, que debía ejecutar a la perfección.
Por supuesto, me encantaba disfrutar de esos momentos, cuando vertía mi ardor en el cuerpo tímido y tembloroso que tenía debajo. Incluso la más frívola de las princesas quedaba sobrecogida tras la persecución y captura, y ambos ardíamos bajo la atenta mirada de mi señora que, con todo, continuaba con la costura.
Fue una lástima que durante este tiempo no coincidiera con Bella en ninguna ocasión. Ella había sido la favorita del príncipe de la Corona hasta que cayó en desgracia y la enviaron al pueblo. Sólo lady Juliana tenía permiso para compartirla con él. Yo la había visto fugazmente en el sendero para caballos y anhelaba tenerla jadeando bajo mis embates. Qué esclava tan bien dispuesta había sido incluso en los primeros días; la forma en que marchaba junto al caballo de lady Juliana era absolutamente impecable. Su cabello, dorado como el trigo, caía junto a aquel rostro en forma de corazón, y sus ojos azules centelleaban de encendido orgullo e indisimulada pasión. Hasta la gran reina sentía celos de ella.
Pero, al recordarlo todo otra vez, no dudé ni por un momento de la veracidad de las palabras de Bella cuando dijo que no había amado a quienes habían reclamado sus afectos. De haber podido mirar en el interior de su corazón, habría visto que estaba libre de ataduras.
¿Cuál había sido la característica particular de mi vida en los salones del castillo? Mi corazón sí llevaba cadenas. Pero me preguntaba cuál había sido la esencia de mi cautiverio.
Yo, pese a que estaba obligado a servir, era un príncipe, nacido de ilustre cuna, pero privado temporalmente de todo privilegio y obligado a pasar pruebas únicas en su género que planteaban grandes dificultades al cuerpo y al alma. Sí, ésa era la naturaleza de la humillación: que cuando finalizara y recuperara los privilegios sería como los que entonces se divertían con mi desnudez y me recriminaban severamente por la menor muestra de voluntad u orgullo.

esquimala
25-11-2011, 09:03:01
Lo veía más claramente en las ocasiones en que la corte recibía la visita de príncipes de otras tierras que se maravillaban de esta costumbre de mantener esclavos reales del placer. ¡Cómo me había mortificado que me presentaran ante estas visitas!
-¿Cómo conseguís que sirvan? -preguntaban, medio asombrados, medio encantados. Nunca sabías si lo que anhelaban era servir o dar órdenes. ¿Acaso conviven enfrentadas en todo ser vivo ambas inclinaciones?
La respuesta inevitable a su tímida pregunta consistía en una mera demostración de nuestra esmerada formación: debíamos arrodillarnos ante ellos, mostrar nuestros órganos desnudos para que los examinaran y levantar nuestros traseros para recibir los azotes.
-Es un juego de placer -decía mi señora, sin darle más importancia-. Éste de aquí, Laurent, un príncipe de exquisitos modales, me entretiene especialmente. Un día será el soberano de un próspero reino. -Entonces me pellizcaba lentamente los pezones y luego levantaba su palma abierta bajo el pene y los testículos para mostrarlos a sus embelesados invitados.
-Pero, de todos modos, ¿por qué no lucha, por qué no se resiste? -acaso preguntaba el invitado, posiblemente para disimular sus verdaderos sentimientos.
-Pensad en ello -decía entonces lady Elvira-. Está completamente libre de los ropajes que en el mundo exterior harían de él un hombre, para que pueda exhibir mejor los atributos carnales que hacen de él mi esclavo del placer. Imaginaos a vos mismo tan desnudo, indefenso y completamente rendido. Quizá también decidierais servir, en vez de arriesgaros a recibir una tanda de ignominiosos correctivos.
¿Algún recién llegado había renunciado alguna vez a pedir su propio esclavo antes de que cayera la noche?
En muchas ocasiones me había visto obligado a gatear con el rostro enrojecido y tembloroso para obedecer órdenes expresadas por voces poco familiares e inexpertas. Se trataba de nobles a los que algún día yo recibiría en mi propia corte. ¿Recordaríamos entonces esos momentos? ¿Se atrevería alguien a mencionarlos?
Lo mismo sucedía con todos los príncipes y princesas desnudos del castillo. Se ofrecía la mayor calidad para esta absoluta degradación.
-Creo que Laurent servirá como mínimo otros tres años -explicaba lady Elvira con frivolidad. Qué distante y eternamente atolondrada era-. Pero la reina es quien toma estas decisiones. Cuando se vaya, lo sentiré mucho. Creo que quizá sea su corpulencia lo que más me fascina. Es más alto que los demás, sus huesos son de mayor tamaño pero aun así su rostro es noble, ¿no os parece?
Entonces chasqueaba los dedos para que me acercara y, luego, me pasaba el pulgar por la mejilla.

esquimala
25-11-2011, 09:03:42
-Y su miembro -decía- es extremadamente grueso, aunque no excesivamente largo. Eso es importante. La manera en que las princesas se retuercen debajo de él. Simplemente, debo tener un príncipe fuerte. Decidme, Laurent, ¿cómo podría castigaros de alguna forma original, quizá de alguna manera en la que aún no he pensado?
Sí, un príncipe fuerte sometido a una subyugación temporal; el hijo de un monarca, con todas sus facultades comprometidas, enviado aquí como alumno del placer y del dolor.
Pero, ¿para qué provocar las iras de la corte y acabar condenado al pueblo? Eso era una experiencia enteramente distinta. Una experiencia que, aunque apenas saboreé, llegué a conocer en su mismísima quintaesencia.


Había huido de lady Elvira y del castillo tan sólo dos días antes de ser capturado por los secuestradores del sultán, y aún hoy ignoro por qué lo hice.
La verdad es que adoraba a mi señora. Era cierto. No cabía duda de que admiraba su arrogancia, sus interminables silencios. Sólo me hubiera agradado más si me hubiera azotado con mayor frecuencia con sus propias manos en vez de ordenárselo a otros príncipes.
Incluso cuando me entregaba a sus invitados o a los demás nobles y damas sentía el regocijo especial de volver a su lado, de que me llevara otra vez a su cama y me permitiera lamer el estrecho triángulo de vello que se abría entre sus blancos muslos mientras permanecía recostada contra los almohadones, con el pelo caído y los ojos entornados e indiferentes. Había sido todo un reto fundir su corazón glacial, hacerla gritar echando la cabeza hacia atrás y verla expresando finalmente su placer como la mayoría de princesitas lascivas del jardín.
Sin embargo, me había escapado. Aquel impulso me sobrevino de repente. Tenía que atreverme a hacerlo, levantarme, adentrarme en el bosque y que me buscaran. Claro que iban a encontrarme. Nunca dudé que fueran a hacerlo. Siempre encontraban a los fugitivos.
Quizás hacía ya demasiado tiempo que temía hacerlo, ser capturado por los soldados y enviado a trabajos forzados al pueblo. De pronto, me tentó la idea, como el impulso de saltar desde un precipicio.
Para entonces ya había enmendado todos los demás defectos; mostraba una perfección bastante aburrida. Nunca me protegía de la correa. Había desarrollado tal necesidad por el látigo que con sólo verlo mí carne temblaba con entusiasmo. Siempre atrapaba con rapidez a las princesitas en las persecuciones del jardín, las alzaba bien arriba cogiéndolas por las muñecas y las transportaba sobre el hombro, con sus calientes pechos contra mi espalda. Había sido un reto interesante dominar a dos e incluso a tres en una sola tarde y con idéntico vigor.
Pero esta cuestión de la huida... ¡Quizá quisiera conocer mejor a mis amos y mis señoras! Porque cuando me convirtiera en el fugitivo capturado sentiría todo su poder en la mismísima médula de los huesos. Sentiría todo lo que ellos eran capaces de hacerme sentir, por completo.

esquimala
25-11-2011, 09:04:20
Fuera cual fuese el motivo, esperé hasta que la dama se quedó dormida en la silla del jardín, entonces me levanté, eché a correr hacia el muro y trepé por él para saltar al otro lado. No escatimé esfuerzos para atraer su atención. Aquello se convertía en un intento inequívoco de fuga. Sin volver la mirada atrás, corrí por los campos segados en dirección al bosque.
No obstante, nunca me había sentido tan desnudo, tan completamente esclavo como en esos momentos en los que mostraba mi rebelión.
Todas las hojas, todas las altas briznas de hierba rozaban mi carne desprotegida. Mientras corría errante bajo los oscuros árboles, y cuando me arrastraba en las proximidades de las torretas de vigilancia del pueblo, me sorprendió sentir una vergüenza diferente.
Cuando se hizo de noche, tuve la impresión de que mi piel desnuda relucía como un faro que el bosque no podría ocultar. Pertenecía al intrincado mundo del poder y la sumisión, y equivocadamente había intentado escabullirme de sus obligaciones. El bosque lo sabía. Las zarzas me arañaban las pantorrillas. Mi verga se endurecía al menor sonido procedente de la maleza.
Nunca olvidaré el horror y la emoción finales de la captura, cuando los soldados me descubrieron en la oscuridad y completaron progresivamente el cerco sin dejar de gritar hasta tenerme totalmente rodeado.
Varios pares de manos rudas cayeron sobre mis brazos y piernas. Cuatro hombres me transportaron casi pegado al suelo, con la cabeza colgando y las extremidades estiradas, como si fuera un simple animal que les había proporcionado una buena cacería; así fui trasladado hasta el campamento iluminado por antorchas entre vítores, abucheos y risas.
En el tremendo e ineludible instante de ser juzgado, todo quedó un poco más claro. El príncipe de ilustre cuna se había convertido en un ser inferior y testarudo que debía ser azotado y ultrajado repetidamente por los fogosos soldados hasta que el capitán de la guardia apareciera y ordenara que me ataran a la gruesa cruz de castigo de madera.
Fue durante esa dura experiencia cuando volví a ver a Bella. Para entonces ya la habían enviado al pueblo y el capitán de la guardia la había escogido como su juguete particular. Allí, de rodillas sobre la tierra del campamento, era la única mujer presente. Su fresca piel, mezcla de rosa y blanco lechoso, era mucho más deliciosa con el polvo que se pegaba a ella. Bella magnificó con su intensa mirada todo lo que me sucedía.
Sin duda, yo aún la fascinaba; era un auténtico fugitivo y, de cuantos nos encontrábamos en el barco del sultán, el único que se había merecido la cruz de castigos.
En los primeros días que pasé en el castillo había tenido ocasión de echar un vistazo a varios esclavos que habían sido atrapados y que también estaban subidos a la cruz, con las piernas completamente estiradas en el madero transversal, la cabeza doblada hacia atrás sobre lo alto de la cruz de tal manera que mirara de lleno al cielo, la boca tensada por la tira de cuero negro que mantenía su cabeza en esta posición. Había sentido terror por ellos, pero me había admirado de que, en esta deshonra, sus penes estuvieran tan duros como la madera a la que estaban atados sus cuerpos.

esquimala
25-11-2011, 09:04:50
Luego fui yo el condenado. Me había introducido voluntariamente en la escena para atarme de la misma dolorosísima manera, con los ojos mirando hacia el cielo los brazos doblados detrás de la áspera estaca, los muslos separados, completamente estirados y doloridos, y la verga tan dura como cualquiera de las que vi antes.
Bella era una más entre miles de espectadores.
Me pasearon por las calles del pueblo acompañado del lento doblar del tambor, para que la multitud de lugareños que oía pero no podía ver me contemplara. Con cada nuevo giro de las ruedas de la carreta, el falo de madera colocado en mi trasero se agitaba en mi interior.
Había sido delicioso y a la vez extremado, la mayor de todas las degradaciones. Me descubrí a mí mismo deleitándome en todo aquello, incluso mientras el capitán de la guardia me azotaba el pecho desnudo, con las piernas separadas y el vientre al descubierto. Con qué facilidad tan sublime rogué con gemidos y espasmos incontrolados, pues sabía con toda certeza que jamás atenderían mis súplicas. Qué agradable cosquilleo de excitación había sentido en el alma al saber que no había la menor esperanza de clemencia para mí.
Sí, en aquellos momentos había percibido todo el poder de mis secuestradores pero también había descubierto mi propio poder; los que carecemos de todo privilegio aún podemos incitar y guiar a nuestros castigadores hasta nuevos reinos de ardor y atenciones amorosas.
Ya no me quedaban deseos de agradar, ninguna pasión que colmar. Sólo una entrega atormentada y divina. Había balanceado desvergonzadamente las nalgas sobre el falo que sobresalía de la cruz que penetraba en mí al tiempo que recibía los rápidos azotes de la correa de cuero del capitán como si fueran besos. Había forcejeado y llorado a mis anchas sin la menor dignidad.
Supongo que la única tacha en aquel magnífico esquema era que no podía ver a mis torturadores a menos que se situaran directamente encima de mí, lo cual sucedía con poca frecuencia.
Por la noche, instalado en la plaza del pueblo en lo alto de la cruz, oía cómo mis torturadores se reunían en la plataforma que tenía debajo, sentía cómo me pellizcaban el escocido trasero y me azotaban a verga. Deseé poder apreciar el desprecio y el humor en sus rostros, su absoluta superioridad al lado del ser tan ínfimo en que me habían convertido.
Me gustaba estar condenado. Me deleitaba esta exhibición despiadada y aterradora de insensatez y sufrimiento, aun cuando me estremecía con los sonidos que anunciaban más latigazos, con el rostro surcado por lágrimas incontrolables.
Aquello era infinitamente más soberbio que ser el juguete tembloroso y abochornado de lady Elvira. Mejor aún que el dulce entretenimiento de copular con princesas en el jardín.
Finalmente, también hubo compensaciones especiales, pese al doloroso ángulo desde el que observaba. El joven soldado, después de azotarme al compás de las campanadas de las nueve de la mañana, situó la escalera a mi lado y, mirándome a los ojos, besó mi boca amordazada.

esquimala
25-11-2011, 09:05:23
No pude mostrarle cuánto lo adoraba. Fui incapaz de cerrar los labios sobre la gruesa tira de cuero que me amordazaba y mantenía mi cabeza inmóvil. Sin embargo, él me sujetó la barbilla y chupó mi labio superior, luego el inferior y, por debajo del cuero, desplazó su lengua hasta el interior de mi boca. Luego me prometió en un susurro quea medianoche recibiría otra buena azotaina. Él mismo iba a ocuparse de ello; le gustaba fustigar a los esclavos malos.
-Tenéis un buen tapiz de marcas rosadas en vuestro pecho y en el vientre -dijo-, pero aún quedaréis más guapo. Luego, al amanecer, os tocará la plataforma pública, donde os desatarán y os obligarán a doblaros de rodillas para que el maestro de azotes haga su trabajo ante el gentío de la mañana. Cómo van a disfrutar con un príncipe grande y fuerte como vos.
Volvió a besarme, me chupó una vez más el labio inferior y recorrió midentadura con su lengua. Me agité contra la madera, me opuse a las ataduras mientras mi pene, tieso como una tranca, demostraba un más que voraz apetito.
Intenté mostrar de todas las maneras mudas que conocía mi amor por él, por sus palabras y por su actitud cariñosa.
Qué extraño resultaba todo, incluso el hecho de que tal vez él no me comprendiera.
Pero no importaba, aunque me dejasen amordazado para siempre sin poder contárselo a nadie. Lo que sí importaba era que había encontrado el lugar perfecto para mí y que nunca me levantaría. Debía convertirme en el emblema del peor de los castigos. Si al menos mi verga, mi pobre verga hinchada, conociera un momento de respiro, sólo un instante...
Como si hubiera leído mis pensamientos, el joven soldado me dijo:
-Pues bien, ahora te voy a hacer un regalito. Al fin y al cabo, queremos que este hermoso órgano se mantenga en buena forma, y eso no se consigue con holgazanerías -oí la risa de una mujer cerca de él-. Es una de las muchachas más encantadoras del pueblo -continuó mientras me apartaba el pelo de los ojos-. ¿Te gustaría echarle una buena ojeada primero?
Oooh, sí, intenté responder. Entonces, por encima de mí, vi un rostro de saltarines rizos rojizos, un par de dulces ojos azules, mejillas sonrojadas y unos labios que descendieron para besarme.
-¿Veis lo guapa que es? -me preguntó el soldado al oído. Y a ella le dijo-: Podéis empezar, ricura.
Sentí sus piernas que se enroscaban a las mías, sus enaguas almidonadas que me hacían cosquillas en la carne, su húmeda entrepierna frotándose contra mi pene y luego la pequeña vaina velluda que se abría al descender tan apretada sobre mí. Gemí con más fuerza de la que al parecer se puede gemir. El joven soldado sonreía por encima y volvió a bajar la cabeza para depositar sus besos húmedos,libadores.
Oh, qué pareja tan encantadora y ardorosa. Me revolví inútilmente bajo las ligaduras de cuero pero ella imprimía el ritmo a ambos, cabalgaba sobre mí, arriba y abajo, entre las sacudidas de la pesada cruz, y recorrió mi verga hasta que hizo erupción dentro de la muchacha.
Después de aquello no vi nada, ni siquiera el cielo.

esquimala
25-11-2011, 09:05:57
Recordaba vagamente que el joven soldado se había acercado para decirme que era medianoche, la hora de mi siguiente azotaina. También me dijo que, si era buen chico a partir de entonces y mi verga permanecía en posición firme con cada zurra, haría que me trajeran otra muchacha del pueblo la noche siguiente. En su opinión, un fugitivo castigado debía disponer de una muchacha con cierta frecuencia, aunque sólo fuera para agravar su sufrimiento.
Yo sonreí agradecido bajo la mordaza de cuero negro. Sí, cualquier cosa que agravara el sufrimiento. ¿Cómo podría ser un buen chico? Pues contorsionándome y forcejeando, haciendo ruido para expresar mi sufrimiento, extendiendo con fuerza hacia la nada mi verga hambrienta. Estaba más que dispuesto a ello. Deseaba saber cuánto tiempo estaría expuesto de esta guisa. Me habría gustado permanecer así para siempre, como símbolo perenne de bajeza, únicamente digno de desprecio.
De tanto en tanto pensaba, mientras la correa me alcanzaba los pezones y el vientre, en el modo en que lady Elvira me había mirado cuando me hicieron entrar empalado en la cruz por las puertas del castillo.
Al alzar los ojos la había avistado junto a la reina, en la ventana abierta. Entonces las lágrimas desbordaron mis ojos y lloré desesperadamente. ¡Era tan guapa! La veneraba precisamente porque sabía que entonces iba a imponerme el peor de los castigos.
-Lleváoslo -había dicho miseñora con aire casi hastiado, propagando su voz por el patio vacío-. Comprobad que lo azotan a conciencia y vendedlo en el pueblo a un amo o señora que sea especialmente cruel.
Sí, se trataba de otro juego de disciplina necesaria con nuevas normas, y en él descubrí una capacidad de sumisión con la que no había soñado.
-Laurent, iré al pueblo en persona para ver cómo os venden -dijo mi ama cuando me llevaban-. Me aseguraré de que servís en la ocupación más miserable.
Amor, un amor verdadero por lady Elvira lo había acentuado todo. Pero las posteriores reflexiones de Bella en la bodega del barco me confundieron.
¿Era la pasión por lady Elvira todo lo que puede llegar a ser el amor? ¿O se trataba simplemente del amor que uno puede sentir por cualquier dama perfecta? ¿Se podía aprender aún más en el crisol del ardor y el dolor sublime? Quizá Bella era más perspicaz, más honesta... más exigente.
Incluso con Tristán y el amor que sentía por su amo, uno tenía la sensación de que lo había entregado con demasiada rapidez, sin impedimentos. ¿Se lo había merecido verdaderamente Nicolás, el cronista de la reina? Cuando Tristán hablaba de este hombre, ¿aclaraba algún pormenor? Lo que se deducía de los lamentos de Tristán era el hecho de que el hombre había incentivado su amor con momentos de notable intimidad. Me preguntaba si, para Bella, una invitación así hubiera bastado.


Sin embargo, una vez en el pueblo, mientras permanecía en la cruz de castigo estirándome y retorciéndome bajo los azotes de la correa, el recuerdo de mi perdida lady Elvira se había vuelto agridulce. También era agridulce el recuerdo de la graciosa princesa Bella cuando estábamos en el campamento de soldados y me miró fijamente, con sincero asombro. ¿Acaso compartía ella el secreto que yo tanto había deseado? ¿Se atrevería también ella a hacer algo así? En el castillo se decía que se había buscado voluntariamente la condena a servir en el pueblo. Sí, ya entonces esa cosita atrevida y tierna me gustaba mucho.

esquimala
25-11-2011, 09:10:06
Pero mi vida como fugitivo castigado había finalizado nada más empezar. No llegué a ver nunca la plataforma de subastas.
En cuestión de segundos, durante aquellos últimos latigazos a medianoche, el ataque sorpresa cayó sobre el pueblo. Los soldados del sultán invadieron con estruendo las callejuelas adoquinadas.
Me cortaron la mordaza de cuero y las ligaduras y mi cuerpo dolorido fue arrojado sobre un caballo que salió al galope antes de que pudiera vislumbrar a mi secuestrador.
Luego, la bodega del barco, este pequeño camarote con tapices enjoyados en el techo y faroles de latón.
Embadurnaron mi piel abrasada con aceite dorado, me untaron el cabello con perfumes, y encadenaron la rígida protección de malla sobre mi pene y mis testículos de tal manera que era imposible tocármelos. Luego fui confinado a la jaula. A continuación, las preguntas tímidas y respetuosas de los demás esclavos cautivos: ¿Por qué me había escapado y cómo había sobrellevado la cruz de castigos?
El eco de la advertencia del emisario de la reina antes de dejar el reino:
-En el palacio del sultán... dejarán de trataros como seres inteligentes... os adiestrarán como a valiosos animales, y jamás, Dios lo quiera, intentéis hablar ni mostréis evidencias de otra cosa que el más simple de los entendimientos.
En estos instantes me pregunté, mientras la corriente nos llevaba mar adentro, si en esa tierra extraña los diversos tormentos del castillo y del pueblo se conciliarían.
Habíamos sido abyectos por mandato real, y luego por condena real. A partir de entonces, en un mundo extranjero, lejos de quienes conocían nuestra historia o condición, seríamos abyectos por nuestra propia naturaleza.
Abrí los ojos y de nuevo vi los faroles que colgaban de las horquillas de latón bajo los tapices entoldados del techo. Habíamos echado anclas.
Arriba se percibía un gran movimiento. Parecía que toda la tripulación estaba en pie. Se oían unos pasos que se aproximaban...

esquimala
25-11-2011, 09:10:54
A TRAVÉS DE LA CIUDAD
Y EN EL INTERIOR DE PALACIO




Bella abrió los oíos. No había dormido pero no le hacía falta mirar por una ventana para saber que era de día. El aire del interior del camarote era inusualmente cálido.
Una hora antes había oído que Tristán y Laurent susurraban en la oscuridad y se enteró por ellos de que el barco había echado anclas. Se había asustado un poco.
Después de aquello, había entrado y salido de sueños eróticos poco profundos, despertando todas las partes de su cuerpo como un paisaje al amanecer. Estaba impaciente por desembarcar, por conocer en todo su alcance lo que le iba a suceder, por sentirse amenazada por algo más tangible.
Cuando vio entrar en tropel a los delgados y bien parecidos asistentes, supo con certeza que habían llegado a la sultanía. En breve todos sus anhelos se convertirían en experiencias reales.
Los graciosos muchachos, que no debían de tener más de catorce o quince años pese a su altura, iban siempre suntuosamente vestidos, pero aquella mañana llevaban túnicas de seda con bordados y ceñidos fajines confeccionados en una exquisita tela rayada. Su negro cabello, acicalado con lociones, relucía y su inocente rostro estaba oscurecido por un aire inhabitual de inquietud.
Despertaron al instante a los demás esclavos reales, los sacaron de las jaulas y los condujeron a sus correspondientes mesas de cuidados.
Bella se estiró sobre la seda disfrutando de la repentina libertad, desembarazada de su confinamiento, y sintió un hormigueo en los músculos de las piernas. Echó una ojeada a Tristán y luego a Laurent. Tristán continuaba sufriendo mucho. Laurent, como siempre parecía ligeramente divertido. Pero entonces ya no había ni siquiera tiempo para despedirse. Rogó para que no les separaran, para que, ocurriera lo que ocurriese, lo descubrieran juntos y que, de alguna manera, su nueva cautividad les proporcionara momentos en los que pudieran hablar.
Los jóvenes asistentes aplicaron con rapidez el aceite dorado sobre la piel de Bella, con fuertes masajes que lo hacían penetrar en sus muslos y nalgas. Levantaron y cepillaron la larga melena con polvo dorado y luego volvieron a la princesa boca arriba con suma suavidad.
Unos diestros dedos le abrieron la boca, y con un suave paño, sacaron brillo a su dentadura. Le aplicaron una cera dorada sobre los labios y luego pintura, también dorada, sobre sus pestañas y cejas.
Desde el primer día de viaje, a Bella no le habían vuelto a decorar de un modo tan exhaustivo, ni tampoco a los demás esclavos. Su cuerpo reaccionó con familiares sensaciones.
Pensó vagamente en su capitán de la guardia y su divina rudeza, en los elegantes torturadores de la corte de la reina, tan distantes en su recuerdo, y sintió una necesidad desesperada de pertenecer otra vez a alguien, de ser castigada para alguien, poseída a la vez que castigada.
Ser poseída por otro merecía cualquier humillación.

esquimala
25-11-2011, 09:11:36
Volviendo al pasado, tuvo la impresión de que únicamente había estado en pleno florecimiento cuando era violada plenamente para satisfacer la voluntad de otro. Al sufrir por voluntad ajena era cuando había descubierto su verdadero yo.
Pero, durante la travesía por alta mar, un nuevo sueño, cada vez más profundo, había empezado a fulgurar en su mente: el sueño de que en esta tierra extranjera encontraría de algún modo lo que no había encontrado antes, alguien a quien pudiera amar de verdad. Se lo había confiado únicamente a Laurent.
En el pueblo le había dicho a Tristán que no era eso lo que quería, sino que lo que anhelaba era recibir un trato duro y severo. Pero en realidad el amor de Tristán por su amo la había afectado profundamente. Las palabras del príncipe habían influido en su ánimo en el mismo momento en el que ella expresaba sus contradicciones.
Luego, en alta mar, habían llegado esas noches solitarias, de anhelos insatisfechos y excesivas consideraciones acerca de todos los designios del destino y la fortuna. Había sentido una extraña fragilidad al pensar en el amor. Al pensar en entregar su alma secreta a un amo o a una ama, Bella se sintió más desconcertada que nunca.
El asistente le peinaba el vello púbico, le aplicaba pintura dorada y tiraba de cada rizo para levantarlo.
Bella difícilmente conseguía mantener las caderas quietas. Luego vio un espléndido puñado de perlas que el muchacho le mostraba para que las inspeccionara. Se las colocó entre el vello púbico pegadas a la piel con un fuerte adhesivo. Qué adorno tan precioso. Bella sonrió.
La princesa cerró los ojos durante un segundo; el sexo le dolía de vacío. Luego echó un vistazo a Laurent y comprobó que el dorado rostro del príncipe había adquirido un aire oriental. Sus pezones estaban primorosamente erectos, así como la gruesa verga. Estaban decorando el cuerpo de él de acuerdo con su tamaño y fortaleza, con grandes esmeraldas en vez de perlas.
Laurent sonreía al muchacho que hacía el trabajo y, por su expresión, parecía que lo despojaba mentalmente de sus lujosas ropas. Luego, el príncipe se volvió a Bella, se llevó lánguidamente la mano a los labios y le lanzó un beso sin que nadie más se percatara.
A continuación le guiño un ojo y Bella sintió crecer el deseo y la pasión que ardían en ella. Era tan hermoso, Laurent.
«Oh, por favor, que no nos separen», imploró ella. No porque pensara que alguna vez poseería a Laurent, pues eso sería pedir demasiado, sino por que estaría perdida sin los demás, perdida...
Entonces una duda la asaltó con toda su fuerza: no tenía ni idea de lo que iba a sucederle en la sultanía, no tenía el menor control sobre ello. Sabía lo que era ir al pueblo, lo sabía. Se lo habían contado. Incluso el castillo, lo sabía. El príncipe de la Corona la había preparado. Pero esto, este lugar, iba más allá de lo imaginable. Su cada vez mayor palidez se disimulaba bajo la pintura dorada que le cubría el rostro.
Los criados hacían gestos a los esclavos que tenían a su cargo para que se levantaran. Eran los mismos gestos exagerados y apremiantes de siempre para que permanecieran en silencio, quietos y obedientes, formando un corro los unos frente a los otros.
Bella sintió que le cogían las manos y se las enlazaban a la espalda como si por sí misma fuera incapaz hasta de hacer eso. El mozo tocó su nuca y luego le besó suavemente la mejilla mientras ella inclinaba la cabeza sumisamente.
La princesa todavía veía a los otros con claridad. Los genitales de Tristán también habían sido decorados con perlas. El príncipe relucía de pies a cabeza, sus mechones rubios estaban aún más dorados que su brillante piel.
Al mirar a Dimitri y a Rosalynd, descubrió que los habían decorado con rubíes rojos. Su pelo negro creaba un magnífico contraste con su piel satinada. Los enormes ojos azules de Rosalynd parecían adormilados bajo la orla de pestañas pintadas.
El amplio pecho de Dimitri estaba tieso como el de una estatua, aunque sus muslos de fuerte musculatura temblaban incontroladamente.
De repente, Bella dio un respingo cuando el mozo añadió un poco mas de pintura dorada a sus pezones. La princesa no podía apartar la vista de los pequeños dedos marrones, hechizada por el esmero con que trabajaban y por la forma en que sus propias tetillas se endurecían insoportablemente. Sentía que cada una de las perlas se adhería a su piel. Cada hora de hambre sexual pasada en la travesía por mar acentuó su silencioso anhelo.

esquimala
25-11-2011, 09:12:18
Pero a los cautivos les tenían reservada otra sorpresa. Bella observó a hurtadillas, con la cabeza aún inclinada, cómo los mozos extraían de sus profundos bolsillos ocultos otros juguetes terroríficos: varios pares de abrazaderas de oro con largas cadenas de delicados eslabones firmemente sujetas.
Bella ya conocía y temía las abrazaderas, naturalmente. Pero las cadenas... la inquietaban de verdad. Parecían traíllas, ya que tenían pequeñas asas de cuero.
El criado le tocó los labios para indicarle que permaneciera en silencio y luego, con presteza, pellizcó con sus dedos el pezón derecho y agarró una buena porción de carne con la pequeña y dorada abrazadera aconchada que cerró con un chasquido. Estaba forrada con un trozo de piel blanca pero la presión era inflexible. Todo el cuerpo de Bella pareció sentir el repentino y persistente tormento. Cuando le sujetaron la otra abrazadera con idéntica presión, el asistente cogió las largas cadenas por las asas y les dio un tirón. Era lo que Bella más temía. Aquel gesto la obligó abruptamente a moverse hacia delante entre jadeos.
El mozo le lanzó de inmediato una mirada ceñuda, sumamente contrariado por el quejido que la muchacha había proferido con la boca abierta, y le dio firmemente en los labios con los dedos. Ella bajó aún más la cabeza, admirada de las dos frágiles cadenas y de la sujeción que ejercían sobre estas partes misteriosamente tiernas de su cuerpo. Parecían dominarla por completo.
La princesa observó con el corazón encogido mientras la mano del asistente tiraba y sacudía las cadenas otra vez arrastrando a Bella hacia delante una vez más. Esta vez gimió pero no se atrevió a abrir los labios, y por ello recibió un beso de beneplácito que hizo que el deseo renaciera dolorosamente en su interior.
«Oh, pero no pueden llevarme a tierra de este modo», pensó. Enfrente veía a Laurent, sujeto del mismo modo que ella, furioso y sonrojado mientras el mozo tiraba de las odiosas cadenas y le obligaba a avanzar. Laurent parecía aún más desamparado que cuando estaba atado a la cruz de castigos en el pueblo.
Por un momento, Bella recordó el cruel deleite de los castigos del pueblo. Sintió con más agudeza esta delicada condena, el nuevo cariz de su servidumbre.
Vio que el joven criado de Laurent besaba la mejilla del esclavo con aprobación. Laurent no jadeó ni gritó. Pero su verga se convulsionaba de un modo descontrolado. Tristán se encontraba en el mismo estado de desdicha, pero su aspecto, como siempre, era de una tranquila majestuosidad.
Los pezones de Bella palpitaban como si los estuvieran fustigando. El deseo brotaba a borbotones por sus extremidades, la hacía estremecerse levemente sin mover los pies, y su mente de pronto se animó otra vez con sueños de un nuevo y especial amor.
Las ocupaciones de los jóvenes asistentes la distrajeron. Estaban cogiendo de la pared largas tiras de cuero rígido. Como todos los demás objetos de este reino, éstas también estaban tachonadas profusamente con joyas, lo cual las convertía en pesados instrumentos de castigo aunque, como si se tratara de listas de madera joven, eran absolutamente flexibles.
Sintió el ligero picor en la parte posterior de sus pantorrillas y tiraron de nuevo de la traílla doble. Debía seguir a Tristán, a quien habían obligado a ponerse de cara a la puerta. Los demás se alineaban probablemente tras ella.
Por primera vez en quince días, iban a salir de la bodega del barco. Se abrieron las puertas. El mozo de Tristán lo guió escaleras arriba jugueteando con la correa de cuero sobre sus pantorrillas para obligarle a andar. Por un momento, la luz del sol, que se derramaba desde la cubierta, les cegó. Llegó con un aluvión de ruido formado por el sonido de la muchedumbre, de gritos distantes, de un sinnúmero de gente.
Bella se apresuró a subir las escaleras de madera que sentía calientes bajo sus pies, pero los tirones de sus pezones la obligaron a gemir de nuevo. Era realmente ingenioso que la condujeran con tal facilidad mediante unos instrumentos tan refinados. Qué bien entendían estas criaturas a sus cautivos. La princesa apenas podía soportar ver las nalgas tersas y fuertes de Tristán ante ella. Le pareció oír gemir a Laurent por detrás. Sintió miedo por Elena, Dimitri y Rosalynd.
Bella había salido a cubierta y a ambos lados veía una multitud de hombres con sus largas túnicas y turbantes. Más allá, el cielo abierto y los altos edificios de ladrillos de barro cocido de la ciudad. De hecho, se encontraban en un puerto de gran actividad y, por todos lados, a derecha e izquierda, se veían los mástiles de otros barcos. El ruido, al igual que la mismísima luz, era aturdidor.

esquimala
25-11-2011, 09:13:01
«Oh, que no nos lleven a tierra de este modo», se dijo la princesa una vez más. Pero la apresuraron a seguir a Tristán a través de cubierta y a descender por una escalerilla moderadamente inclinada. El aire salado del mar se enturbió de pronto, cargado de calor y polvo, de olor a animales, estiércol y cuerda de cáñamo, y de la arena del desierto.
De hecho, la arena cubría las piedras sobre las que de repente Bella se encontraba. No pudo evitar alzar un poco la cabeza para ver la enorme multitud, contenida por los miembros de la tripulación tocados con turbantes. Cientos y cientos de rostros oscuros la escudriñaban a ella y a los demás cautivos. Había camellos y asnos cargados con altas pilas de mercancías, hombres de todas las edades ataviados con túnicas de lino, la mayoría de ellos con turbantes o bien cubiertos por los ondeantes tocados del desierto.
Por un momento Bella perdió todo el coraje. Este no era el pueblo de la reina, desde luego. Era algo mucho más real, pese a ser extranjero.
No obstante, su alma se recuperó en cuanto sintió un nuevo tirón en los pezones. Entonces vio aparecer a unos hombres vestidos con llamativos ropajes quienes, en grupos de cuatro, sostenían sobre sus hombros unas largas varas doradas de unas literas descubiertas y acolchadas.
Bajaron de inmediato uno de estos cojines transportables para dejarlo ante ella. De nuevo sus pezones sufrieron el tirón de las crueles traíllas al tiempo que la correa de cuero alcanzaba sus rodillas. Bella comprendió. Se arrodilló sobre el cojín, un poco deslumbrada por el espléndido diseño rojo y oro. Sintió que la empujaban para sentarla sobre los talones obligándola a separar las piernas, y una cálida mano instalada firmemente sobre su nuca le indicó que reclinara una vez más la cabeza.
«Esto es insoportable -pensó gimiendo tan suavemente como pudo-, que nos lleven así por toda la ciudad. ¿Por qué no nos llevan secretamente hasta su alteza el sultán? ¿No somos esclavos reales?»
Pero la princesa conocía la respuesta. La veía en los rostros oscuros que se apretujaban por doquier.
«Aquí no somos más que esclavos. Ningún miembro de la realeza nos acompaña. Simplemente somos valiosos y exquisitos, como las demás mercaderías que sacan de la bodega de los barcos. ¿Cómo ha podido permitir la reina que nos suceda esto?»
Sin embargo aquella frágil sensación de indignación se disolvió instantáneamente, como por efecto del calor de su propia carne desnuda. El asistente empujó las piernas para que las abriera aún más y le separó las nalgas apoyadas sobre los talones mientras ella se esforzaba por mostrarse lo más dócil posible.
«Sí -pensó mientras su corazón latía con fuerza y su piel absorbía la admiración de la multitud-, una posición muy buena. Pueden ver mi sexo y todas mis partes secretas.» Forcejeó con otra leve muestra de alarma. Entonces ataron con destreza las traíllas doradas a un gancho de oro que estaba dispuesto en la parte delantera del cojín, lo que las dejaba totalmente tensas y sujetaban sus pezones creando un agridulce estado de tensión.
El corazón de Bella latía demasiado deprisa. Su joven mozo la asustó aún más con aquellos desesperados gestos para que permaneciera callada, para que fuera buena. Le tocó los brazos con gesto exigente. No, no debía moverlos. Ya lo sabía. ¿Acaso había intentado alguna vez permanecer quieta con tal empeño? Cuando su sexo se convulsionó como una boca luchando por respirar, ¿se daría también cuenta la multitud?
Levantaron cuidadosamente la litera hasta apoyarla sobre los hombros de los portadores del turbante. La constatación de su exposición casi le provocó náuseas. Pero ver a Tristán más adelante, arrodillado sobre su cojín, la consoló y le recordó que no estaba sola en esto.
La ruidosa muchedumbre les dejó paso. La pequeña procesión avanzaba a través de un gran espacio abierto que partía desde el puerto.
Bella, invadida por cierto sentido del decoro, no se atrevía a mover ni un músculo. No obstante, veía a su alrededor el gran bazar: mercaderes con sus brillantes piezas de cerámica esparcidas sobre alfombras multicolores, rollos de seda y lino apilados, artículos de cuero y de bronce y ornamentos de plata y oro, jaulas con aves agitadas, cloqueantes; y alimentos cocinándose en cazuelas humeantes bajo polvorientos entoldados.
Sin embargo, el mercado al completo dirigía su atención y comentarios a los cautivos que eran transportados sobre las literas. Algunos de los espectadores se quedaban mudos junto a sus camellos, limitándose a observar. Otros, que parecían ser los más jóvenes, con la cabeza al descubierto, corrían a la altura de Bella, levantando la mirada para contemplarla, señalándola con el dedo y hablando apresuradamente.

esquimala
25-11-2011, 09:13:33
El criado se mantenía a la izquierda de la princesa y, con la larga correa de cuero, hacía algunos pequeños ajustes al largo pelo y de vez en cuando amonestaba ferozmente al gentío, al que obligaba a retroceder.
Bella intentaba no apartar la mirada de los altos edificios de ladrillos a los que cada vez se aproximaban más.
La transportaban por una pendiente ascendente, pero los portadores sostenían la litera en posición horizontal. La princesa se esforzó por mantener una postura perfecta pese a que su pecho se agitaba con los tirones de las crueles abrazaderas y las largas cadenas de oro que sostenían sus pezones temblaban bajo la luz del sol.
Se encontraban en una calle empinada. A ambos lados las ventanas se abrían, la gente señalaba y se quedaba mirando. La multitud se movía en tropel a lo largo de las paredes y el griterío se hacía de pronto más ruidoso al reverberar contra las piedras. Los mozos les obligaban a retroceder con órdenes cada vez más estrictas.
«Ah, ¿qué sentirán al mirarnos? -se preguntó Bella. Su sexo desnudo latía entre las piernas. Parecía sentirse tan deshonrosamente abierto-. Somos como bestias, ¿no? Toda esta gente miserable no se imagina ni por un instante que también a ellos podría sobrevenirles un destino así, por muy pobres que sean. Lo único que desean es la oportunidad de poseernos.»
La pintura dorada tiraba de su piel, sobre todo de sus pezones apretados.
Por más que lo intentaba, no podía mantener las caderas completamente quietas. Su sexo parecía derretirse de deseo y arrastraba todo su cuerpo con él. Las miradas de la multitud la alcanzaban y atosigaban, la afligían por su propio vacío.
Habían llegado al final de la calle. La multitud salió en torrentes a un espacio abierto en el que había varios miles más de personas espectantes. El ruido de las voces llegaba en oleadas. Bella no alcanzaba a ver el final de esta multitud ya que cientos de ellos se apiñaban para ver más de cerca la procesión. Sintió que su corazón latía aún con más violencia mientras atisbaba las grandes cúpulas doradas de un palacio que se alzaba ante ella.
El sol la cegó. Centelleaba sobre muros de mármol blanco, arcos morunos, gigantescas puertas que se cerraban con hojas doradas, torres encumbradas tan delicadas que hacían que los oscuros y toscos castillos de Europa parecieran en cierto modo chabacanos y vulgares.
La procesión torció bruscamente a la izquierda. Durante un instante, Bella vislumbró a Laurent a su lado, luego a Elena y su larga melena agitada por la brisa, y las figuras oscuras e inmóviles de Dimitri y Rosalynd. Todos obedientes, sobre sus literas acolchadas.
Los más jóvenes de la multitud parecían los más frenéticos. Vitoreaban y corrían arriba y abajo, como si la proximidad del palacio intensificara en cierto modo su excitación.
Bella vio que la procesión había llegado a un lado de la entrada y unos guardias con turbantes y grandes alfanjes que colgaban de sus fajines hacían retroceder a la multitud mientras se abría una pesada doble puerta.
«Oh, bendito silencio», se dijo Bella. Vio que llevaban a Tristán bajo el arco e inmediatamente ella lo siguió.
No habían entrado en un patio, como había esperado, sino que más bien se encontraban en un gran corredor con las paredes cubiertas de intrincados mosaicos. Incluso el techo formaba un tapiz de piedra con motivos florales y espirales. Los portadores se detuvieron. Las puertas de la entrada, que quedaban mucho más atrás, ya se habían cerrado. Todos se vieron envueltos en sombras.
Sólo entonces, Bella descubrió las antorchas de las paredes y las lámparas en los pequeños nichos. Un grupo numerosísimo de muchachos de rostro oscuro, vestidos exactamente igual que los mozos del barco, inspeccionaba a los nuevos esclavos en silencio.
Hicieron descender la litera de Bella. Al instante, el mozo agarró las traíllas y tiró de ella para que se pusiera de rodillas sobre el mármol. A toda prisa, portadores y literas desaparecieron por unas puertas que Bella apenas había tenido tiempo de descubrir. La obligaron a apoyarse también sobre sus manos, y el pie del mozo le pisaba firmemente la nuca para obligarla a bajar la frente hasta tocar el suelo de mármol.
Bella sintió un estremecimiento. Percibió unos modales diferentes en su asistente. Cuando el pie apretó con más fuerza, casi con rabia, sobre su cuello, ella besó apresuradamente el frío suelo, invadida por el temor de no saber lo que querían de ella.
Pero este gesto pareció aplacar al muchachito. La princesa sintió una palmadita de aprobación en la nalga.
A continuación le levantaron la cabeza y pudo ver a Tristán. Le obligaban a ponerse a cuatro patas delante de ella. Aquel trasero bien formado la incomodó aún más.
Pero mientras observaba sobrecogida de asombro, pasaron las pequeñas cadenas con eslabones de oro que apretaban sus pezones entre las piernas de Tristán y luego bajo el vientre del príncipe.

esquimala
25-11-2011, 09:14:12
« ¿Por qué?», se preguntó Bella sintiendo la presión reavivada con que las abrazaderas pellizcaban su carne.
De inmediato iba a conocer la respuesta. Notó que pasaban un par de cadenas entre sus propios muslos importunándole sus labios púbicos. Entonces una mano firme la agarró por la barbilla, le abrió la boca y le introdujo las asas de cuero como si se tratara de una embocadura que debía sujetar entre los dientes con la debida firmeza.
Se percató de que aquélla era la traílla de Laurent. Así que entonces debía tirar de él mediante las abominables cadenas igual que Tristán tiraba de ella. El menor gesto involuntario de su cabeza aumentaría el tormento de Laurent igual que Tristán haría con el suyo al tirar de las cadenas asignadas a él.
Pero lo que de verdad abrumaba a Bella era la globalidad del espectáculo.
«Estamos amarrados unos a otros como animalitos conducidos al mercado», pensó. Se sintió aun más confundida por las cadenas que tocaban levemente sus muslos y el exterior de sus labios púbicos. El roce contra su tenso vientre la perturbó todavía más.
« ¡Pequeño diablillo!», se dijo y echó un vistazo a las vestimentas de seda de su asistente. El criado le repasaba el pelo hasta la saciedad, forzaba la espalda de la muchacha para que se doblara aún más, de tal manera que elevara todavía más el trasero. Sintió las púas de un peine que acariciaban el delicado vello que rodeaba su ano mientras el ardiente rubor que la inundaba hacia enrojecer aún más su rostro.
¿Tenía que mover Tristán la cabeza de ese modo, haciendo que sus pezones palpitaran así?
Oyó que uno de los mozos daba una palmada. La correa de cuero descendió sobre las pantorrillas de Tristán y contra las plantas de sus pies desnudos. El príncipe comenzó a avanzar y ella se apresuró tras él.
Cuando Bella alzó la cabeza, lo justo para ver las paredes y el techo, la correa le dio en la nuca. Luego fustigó la parte inferior de sus pies igual que habían hecho con Tristán. Las cadenas tiraban de sus pezones como si tuvieran vida propia.
No obstante, las tiras de cuero les golpeaban con mayor rapidez y fuerza, apremiándolos a darse prisa. Una pantufla le propinó un empujón en el trasero. Sí, debían correr. A medida que Tristán cogía velocidad, ella hacía lo mismo, mientras recordaba con turbación cómo había corrido en una ocasión por el sendero para caballos de la reina.
«Sí, apresuraos –pensó y mantened la cabeza correctamente baja. ¿Cómo pudisteis pensar que entraríais en el palacio del sultán de otro modo?»
Las multitudes del exterior podían mirar boquiabiertos a los esclavos, probablemente igual que hacían ante la mayoría de prisioneros degradados, pero los esclavos del sexo de aquel palacio tan magnífico tenían que mantener las bocas abiertas por obligación.
A cada centímetro de suelo que recorría, Bella se sentía más abyecta. Notaba cómo aumentaba el calor en su pecho al quedarse sin aliento, y su corazón, como siempre, latía muy deprisa, demasiado ruidoso.
El pasillo parecía agrandarse, cada vez más ancho y más alto. El numeroso grupo de mozos franqueaba a los esclavos. No obstante, Bella aún atisbaba varias puertas arqueadas a izquierda y derecha, y salas cavernosas decoradas con los mismos mármoles de hermoso colorido.
La grandiosidad y solidez del lugar la sobrecogieron. Las lágrimas escocían sus ojos. Se sentía pequeña, totalmente insignificante.
Aun así, había algo absolutamente maravilloso en esta sensación. No era más que una cosita pequeña en este vasto mundo pero sí parecía tener su propio lugar, de un modo más inequívoco que en el castillo o incluso en el pueblo.
Sus pezones palpitaban ininterrumpidamente bajo la presión de las forradas abrazaderas. Algunos destellos ocasionales de luz solar la distraían. Sintió un nudo en la garganta, una debilidad general. El olor a incienso, madera de cedro y perfumes orientales la envolvió de súbito. Cayó en la cuenta de que en este mundo de opulencia y esplendor todo estaba en calma; el único sonido lo provocaban los esclavos que correteaban de un lado a otro y el chasquido de las correas. Ni siquiera los mozos hacían ruido, excepto el leve roce de sus túnicas de seda. El silencio parecía formar parte del palacio, como una extensión del dramatismo que les devoraba.

esquimala
25-11-2011, 09:15:00
Pero a medida que se adentraban más y más en el laberinto, mientras la escolta de mozos se demoraba un poco para dejar solo al pequeño torturador con su activa correa y la procesión doblaba esquinas y entraba en pasillos aún más anchos, Bella empezó a descubrir por el rabillo del ojo una especie de extrañas estatuas ubicadas en nichos que hacían las veces de adorno del corredor.
De pronto, cayó en la cuenta de que no eran verdaderas estatuas, sino esclavos vivientes instalados en nichos.
Finalmente tuvo que echar una amplia ojeada y, esforzándose por no perder el paso, miró a derecha e izquierda para observar a estas pobres criaturas.
Sí, hombres y mujeres se alternaban a ambos lados del pasillo, donde permanecían mudos de pie en los nichos. Cada una de las figuras había sido envuelta de arriba abajo con el lino teñido de oro, a excepción de la cabeza, sostenida muy erguida por un puntal sumamente ornamentado, y los órganos sexuales que quedaban expuestos en su gloria dorada.
Bella bajó la vista e intentó recuperar el aliento aunque no pudo evitar volver a levantar la mirada. Entonces lo vio más claro. A los hombres los habían atado con las piernas juntas y los genitales apuntando hacia delante, y las mujeres estaban amarradas con las piernas separadas completamente envueltas y el sexo al descubierto.
Todos permanecían inmóviles, con los largos puntales para el cuello, de exquisitas formas doradas, fijados a la pared posterior mediante una vara que parecía sujetarlos firmemente. Algunos de los esclavos parecían dormir con los ojos cerrados, otros tenían la vista fija en el suelo, pese a que sus rostros estaban ligeramente levantados.
Muchos de ellos tenían la piel oscura como la de los criados y sus abundantes pestañas negras eran características de la gente del desierto. No había casi ninguno tan rubio como Tristán y Bella. A todos les habían embadurnado de oro.
Bella, invadida por un pánico silencioso, recordó las palabras del emisario de la reina que les había hablado en el barco antes de partir hacia la sultanía: «Aunque el sultán cuenta con muchos esclavos de su propia tierra, vosotros, los príncipes y princesas cautivos, sois una especie de exquisitez especial y una gran curiosidad.»
«Entonces seguro que no nos atan y nos colocan en nichos como a estos pobres -pensó Bella-, perdidos entre docenas y docenas de esclavos, sólo para servir de adorno en un pasillo.»
Pero la princesa también era consciente de la auténtica verdad. Este sultán poseía una cantidad tan vasta de esclavos que podía sucederle cualquier cosa, tanto a ella como a sus compañeros cautivos.
A medida que avanzaba a paso apresurado, y sus rodillas y manos empezaban a irritarse debido al roce con el mármol, continuó estudiando estas figuras.
Pudo distinguir que a cada una de ellas le habían doblado los brazos a la espalda y que sus pezones dorados estaban expuestos y algunas veces sujetos con abrazaderas; todos llevaban el cabello peinado hacia atrás para dejar al descubierto los adornos enjoyados de las orejas.
Qué tiernas parecían aquellas orejas, ¡como penes!
Una nueva oleada de terror invadió todo su cuerpo. Se estremeció al pensar en lo que Tristán sentiría allí, sin el amor de un amo. ¿Y qué sucedía con Laurent? ¿Qué le parecería todo esto después del singular espectáculo que había ofrecido atado en la cruz de castigo en el pueblo?
Otro tirón de las cadenas sacudió a la princesa. Le dolían los pezones. La correa jugueteaba entre sus piernas, acariciaba su ano y los labios de su vagina.
«Pequeño diablillo», se dijo otra vez. No obstante, con aquellas cálidas sensaciones hormigueantes que recorrían todo su cuerpo, arqueó aún más la espalda para que sus nalgas se elevaran y se arrastró con movimientos todavía más animosos.
Estaban llegando ante una puerta doble. Con gran conmoción, vio que había un esclavo colocado a un lado de la puerta y una esclava al otro. Estos dos cautivos no estaban envueltos, sino completamente desnudos, aunque pegados a las puertas mediante unas bandas doradas que rodeaban su frente, cuello, cintura, piernas, tobillos y muñecas, con las rodillas muy separadas y las plantas de los pies pegadas una contra otra. Tenían los brazos estirados y levantados por encima de la cabeza, con las palmas hacia fuera. Los rostros de ambos parecían serenos. Sostenían en sus bocas racimos de uvas diestramente dispuestos y hojas doradas como la piel de ambos, de tal manera que las criaturas parecían esculturas.

Natali-a90
25-11-2011, 09:15:21
Jajjaja muy bueno el relato, me gusto

esquimala
25-11-2011, 09:15:30
Pero la puerta se había abierto. Los esclavos pasaron junto a estos dos centinelas silenciosos en un visto y no visto.
Cuando la marcha aminoró, Bella se encontró en un patio inmenso, lleno de palmeras plantadas en macetas y parterres de flores bordeados de mármol veteado.
La luz del sol salpicaba las baldosas que Bella tenía enfrente. De repente, el perfume de las flores la reanimó. Vislumbró capullos de todas las tonalidades y descubrió, en un instante, que el vasto jardín estaba lleno de esclavos pintados de oro, enjaulados igual que otras hermosas criaturas, todos ellos colocados en posturas espectaculares sobre pedestales de mármol. Se sintió paralizada.
La obligaron a detenerse y le retiraron la traílla de la boca. Su mozo la recogió y se colocó a su lado. La correa jugueteaba entre sus muslos, le hacía cosquillas y la obligaba a separar las piernas. Luego, una mano alisó su pelo con ternura. Vio a Tristán a su izquierda y a Laurent a su derecha. Entonces comprendió que habían situado a los eslavos formando un amplio círculo.
De repente, el numeroso grupo de asistentes empezó a reírse y a hablar como si les hubieran liberado de algún silencio impuesto. Rodearon a los esclavos señalándolos con los dedos y gesticulando.
Una vez más, la pantufla pisaba el cuello de Bella, obligándola a bajar la cabeza hasta que los labios tocaron el mármol. Por el rabillo del ojo podía distinguir que forzaban a Laurent y a los otros a doblarse en la misma sumisa postura.
Un arco iris multicolor formado por las túnicas de seda de los criados los rodeó. El alboroto de la conversación era peor que el ruido de la multitud en las calles. Bella permanecía de rodillas, temblando, y sintió unas manos en su espalda y en el pelo, mientras la correa de cuero separaba aún más sus piernas. Varios mozos con túnicas de seda se situaron delante y detrás de ella.
De repente se hizo un silencio que acabó por destrozar la frágil compostura de la princesa.
Los criados se retiraron como si algo los apartara a un lado con un barrido. No se oía ningún ruido aparte del cotorreo de las aves y el tintineo de los carillones.
Luego Bella oyó el suave sonido de unos pies envueltos en pantuflas que se aproximaban.

CANTI*
06-12-2011, 19:18:20
exelente como siempre.....
que pasará con bella.....
intriga ... intriga...
esperando mas del relato.....
ojala y no me dejes iniciaooooo....
saludos y exitos !!!

esquimala
07-12-2011, 10:42:02
EXAMEN EN EL JARDÍN




No fue un hombre quien entró en el jardín sino que fueron tres. No obstante, dos de ellos permanecieron en segundo término por respeto al que se adelantó lentamente en solitario
Había un tenso silencio. Bella vio los pies y el bajo de la túnica del personaje que se movía alrededor del círculo. El tejido era suntuoso y las pantuflas de terciopelo tenían un rubí en la punta. Aquel hombre se movía con pasos lentos, como si lo inspeccionara todo minuciosamente.
Bella contuvo la respiración cuando él se aproximó a ella. La princesa miró de soslayo al sentir que la pantufla de color vino le rozaba la mejilla y se apoyaba luego en su nuca, para seguir a continuación toda la longitud de la columna vertebral.
Bella se estremeció, incapaz de contenerse. El gemido sonó fuerte e impertinente a sus propios oídos pero no hubo ninguna reprimenda.
Le pareció oír una risita. Luego, una frase pronunciada con suavidad hizo que le saltaran una vez más las lágrimas. Qué voz tan sedante e inusualmente musical. Quizás el idioma ininteligible la hacía más lírica. No obstante, lamentaba no comprender el significado de aquellas palabras.
Naturalmente, nadie le había hablado. Aquellas palabras estaban dirigidas a uno de los otros dos hombres, pero aun así la voz la estimuló, casi la sedujo.
De súbito, sintió que tiraban con fuerza de sus cadenas. Sus pezones se endurecieron y sintió un picor que al instante extendió sus tentáculos hasta la ingle.
La princesa, insegura y asustada, se puso de rodillas, y luego notó que tiraban de ella para que se levantara. Los pezones le ardían y su rostro estaba al rojo vivo.
Por un momento, la inmensidad del jardín la impresionó. Los esclavos atados, la abundante floración, el cielo azul, de una claridad pasmosa, en lo alto, la gran cantidad de criados que la observaban. Además, el hombre que se hallaba de pie ante ella.
¿Qué debía hacer con las manos? Se las puso detrás de la nuca y fijó la vista en el suelo embaldosado. En su mente sólo persistió una imagen sumamente vaga del amo que la escrutaba.
Era mucho más alto que los muchachos. De hecho, era un hombre muy alto y delgado, de proporciones elegantes, que parecía de mayor edad por su aire autoritario. Era él quien había tirado de las cadenas que aún asía.
De forma totalmente inesperada, se las pasó de la mano derecha a la izquierda y con la mano libre dio un manotazo en la parte inferior de los pechos de Bella, lo cual la sorprendió. La princesa se mordió el labio para contener las lágrimas. Pero el ardor que sintió en su cuerpo la desconcertó. Ansiaba que la tocaran, que volvieran a golpearla; suspiraba por sufrir una violencia aún más aniquiladora.
Cuando intentaba controlarse, vislumbró brevemente el oscuro cabello ondulado del hombre, que no le llegaba a los hombros. Aquellos ojos eran tan negros que parecían dibujados con tinta, y los iris grandes y relucientes, cuentas de azabache.
«Qué encantadora es esta gente del desierto» pensó Bella, y los sueños de la bodega del barco volvieron de repente a ella como una burla. ¿Amarlo? ¿Amar a este hombre que no es más que un sirviente como los demás?
De todos modos, aquel rostro le provocó miedo y turbación. De pronto le pareció una cara inverosímil, casi inocente.
De nuevo se oyeron unas sonoras palmotadas y Bella, incapaz de dominarse retrocedió unos pasos. Sus pechos se inundaron de calor. Su joven asistente le fustigó las piernas desobedientes con la correa. Bella se mantuvo quieta, lamentando aquel error.

esquimala
07-12-2011, 10:42:44
La voz volvió a hablar, tan suave como antes, tan melodiosa, casi acariciadora. Pero sus palabras hicieron que los jóvenes criados empezaran a actuar con toda presteza.
Bella sintió unos dedos suaves, sedosos, que se enroscaban sobre sus tobillos y muñecas y, antes de que pudiera comprender lo que sucedía, la habían levantado con las piernas alzadas en ángulo recto respecto del cuerpo, separadas por los mozos que la sostenían. También le estiraron los brazos hacia arriba mientras la sujetaban firmemente por la espalda y la cabeza.
La princesa temblaba espasmódicamente. Le dolían los muslos y el sexo estaba expuesto de un modo brutal. Luego sintió que otro par de manos le levantaba la cabeza y se quedó mirando fijamente a los ojos del misterioso gigante, su amo, que le dirigía una sonrisa radiante.
Oh, era demasiado apuesto. Bella apartó la vista al instante, con un pestañeo. Él tenía los ojos rasgados, lo cual le confería un aspecto levemente diabólico, y su gran boca provocaba en ella unas ganas tremendas de besarla. Pero, pese a lo inocente de su expresión, de aquel hombre parecía emanar un espíritu feroz. Bella percibía la amenaza en él. Lo sentía con su contacto. En aquella posición, con las piernas tan separadas, se sumió en un pánico silencioso.
Como si quisiera confirmar su poder, el amo le propinó unas rápidas bofetadas en el rostro que obligaron a Bella a gemir. La mano volvió a alzarse, esta vez para abofetearle la mejilla derecha luego la izquierda, hasta que de pronto Bella se puso a llorar de modo audible.
«Pero ¿qué he hecho?», se preguntaba mientras a través de la cortina de lágrimas descubrió que el rostro de él únicamente reflejaba curiosidad. La estaba estudiando. No era inocencia. Lo había juzgado erróneamente. Lo que en él fulguraba era sólo la fascinación que sentía por lo que estaba haciendo.
«De modo que se trata de una prueba -intentaba decirse la princesa a sí misma-. Pero ¿cómo puedo superarla o saber si fracaso?» Vio que las manos volvían a alzarse y se estremeció.
El hombre le echó la cabeza levemente hacia atrás y le abrió la boca para tocarle la lengua y los dientes. Bella, en un escalofrío, sintió que todo su cuerpo se convulsionaba asido por las manos de los criados. Los dedos exploradores le tocaron los párpados, las cejas y le enjugaron las lágrimas que surcaban su rostro mientras la princesa continuaba con la vista fija en el cielo.
Luego, Bella sintió las manos en su sexo expuesto. Los pulgares se introdujeron en su vagina y la abrieron de un modo insufrible mientras las caderas se balanceaban hacia delante provocándole una gran vergüenza.
Parecía que iba a explotar en un orgasmo, que no podría contenerse. ¿Estaría esto prohibido? ¿Y cómo la castigarían? Meneó la cabeza de un lado a otro intentando dominarse. Los dedos eran delicados, suaves, aunque firmes a la hora de abrirla. Si le tocaban el clítoris estaría perdida; sería incapaz de reprimirse.
Pero, a Dios gracias, el hombre tiró de su vello púbico, le pellizcó los labios, juntándolos con un movimiento rápido, y la dejó en paz.
Completamente aturdida, Bella giró la cabeza hacia abajo. La visión de su desnudez la acobardó aún más. Vio que su nuevo señor daba media vuelta y chasqueaba los dedos. A través de la maraña de su propio cabello comprobó que al instante los mozos alzaban a Elena como habían hecho antes con ella.

esquimala
07-12-2011, 10:43:28
Elena se esforzaba por mantener la compostura, pero el rosado y húmedo sexo abría la boca a través de la corona de vello de color castaño y los músculos de los muslos empezaban a contorsionarse. Bella observaba aterrorizada mientras el amo procedía a examinar a Elena como antes hizo con ella.
Los pechos erguidos, elevados con un marcado ángulo, se agitaban mientras el amo jugaba con la boca y los dientes de la muchacha. Pero cuando llegó la hora de las palmotadas Elena guardó un silencio absoluto. La mirada en el rostro del amo confundió a Bella todavía más.
Qué interés tan apasionado mostraba, qué concentrado estaba en lo que hacía. Ni siquiera el jefe de los penados del castillo, con todo su encanto le pareció tan delicado como él. La suntuosa túnica de terciopelo se entallaba perfectamente a su recta espalda y hombros. Sus manos demostraban una gracia persuasiva de movimientos al abrir la roja boca púbica de Elena; la pobre princesa movía las caderas, arriba y abajo, con deshonrosas sacudidas.
El sexo de Elena, abierto en toda su plenitud, húmedo y evidentemente hambriento, avivó desesperadamente el prolongado apetito de Bella en alta mar. Cuando el amo sonrió al tiempo que alisaba el largo pelo de Elena para apartárselo de la frente y examinaba los ojos de la muchacha, Bella experimentó unos celos incontenibles.
«No, sería espantoso amar a alguno de ellos», se dijo la princesa. No podía entregar su corazón. Intentó apartar la vista. Sus propias piernas palpitaban, aunque los mozos las sostenían hacia atrás con la misma firmeza de antes. También su propio sexo se hinchaba de manera inaguantable.
Sin embargo, aun quedaban más espectáculos por presenciar. El amo regresó hasta Tristán. Entonces lo alzaron en el aire con las piernas separadas del mismo modo. Bella vio por el rabillo del ojo cómo se esforzaban los jóvenes asistentes bajo el peso del príncipe esclavo, cuyo rostro estaba como la grana por la humillación que padecía mientras el amo examinaba a conciencia el órgano duro y enhiesto.
Los dedos del amo juguetearon con el prepucio, luego con la reluciente punta y extrajeron una única gota de humedad resplandeciente. Bella percibía la tensión en los miembros de Tristán pero no se atrevió a alzar la vista para observar el rostro de su compañero de cautiverio cuando el amo se dispuso a examinarlo.
La princesa pudo entrever el rostro del amo, los enormes ojos negros azabache y el cabello peinado hacia atrás, sujeto por detrás de las orejas, de cuyo lóbulo perforado colgaba un diminuto aro de oro.
Bella oyó cómo abofeteaba a Tristán, y cerró con fuerza los ojos cuando finalmente el príncipe gimió, entre los cachetes que parecían resonar por todo el jardín.
La princesa abrió de nuevo los ojos cuando oyó que el señor se reía entre dientes al pasar delante de ella. Entonces le vio levantar la mano casi distraídamente para pellizcar ligeramente su pecho izquierdo. Le saltaron las lágrimas; su mente se esforzaba por entender el resultado de las exploraciones que practicaba su señor; intentaba alejar el hecho de que él la atraía más que cualquier otro ser que la hubiera reclamado como propia hasta la fecha.
Entonces fue Laurent, a su derecha y ligeramente delante de ella, quien fue alzado para ser sometido a la inspección minuciosa del amo.
Mientras levantaban al enorme príncipe, Bella oyó que el señor soltaba un rápido torrente de palabras que inmediatamente provocó la risa de los demás asistentes. No hacía falta que lo tradujeran. Laurent tenía una constitución muy poderosa, su órgano era demasiado imponente.
La princesa alcanzó a ver en ese instante que el miembro de Laurent estaba completamente erecto; lo tenía bien adiestrado. La visión de los muslos fuertemente musculados y tan separados le devolvió los delirantes recuerdos de la cruz de castigo. Intentó no mirar el enorme escroto pero no pudo evitarlo.

esquimala
07-12-2011, 10:46:15
Al parecer, estos atributos superiores habían provocado una nueva excitación en el amo, que abofeteó con fuerza a Laurent en una sucesión asombrosamente rápida de golpes con el revés de la mano. El enorme torso se retorció mientras los mozos forcejeaban para mantenerlo quieto.
Luego el amo retiró las abrazaderas, las dejó caer al suelo y apretó los pezones del esclavo mientras éste gemía a voz en grito.
Pero había algo más. Bella lo vio. Laurent había mirado fijamente al amo; más de una vez. Sus miradas se encontraron. En ese instante, mientras el amo apretaba una vez más sus pezones, al parecer con fuerza, el príncipe se quedó mirando a los ojos de su señor.
«No, Laurent -pensó Bella con desesperación-. No lo provoquéis. No será como la gloria de la cruz de castigo, sino esos pasillos y el olvido más miserable.» De todos modos, el coraje de Laurent la fascinó por completo.
El amo rodeó al príncipe y a los mozos que lo sostenían. Entonces cogió la correa de cuero de uno de los criados y fustigó los pezones de Laurent repetidas veces. El príncipe no podía permanecer quieto pese a que ya había apartado la cabeza. Su cuello exhibía las nervaduras provocadas por la tensión y las extremidades le temblaban.
El amo parecía tan interesado y absorto en el examen como siempre. Hizo un gesto a uno de los otros dos hombres. Mientras Bella continuaba observando, trajeron al señor un guante de fino cuero dorado.
La piel estaba exquisitamente trabajada con diseños intrincados que decoraban toda la longitud del brazo hasta el gran puño. Todo el guante relucía como si estuviera embadurnado con algún bálsamo o ungüento.
Mientras el amo lo estiraba para adaptarlo a la mano y al antebrazo, Bella sintió su propia excitación y acaloramiento. Los ojos de su dueño casi parecían aniñados en su aplicación, su boca resultaba irresistible cuando sonreía, la gracia de su cuerpo en el momento de aproximarse a Laurent le pareció cautivadora.
El hombre llevó la mano izquierda hasta la nuca de Laurent para mecérsela y con los dedos le enredó el pelo mientras el príncipe miraba fijamente al cielo. Con la mano derecha enguantada, empujó lentamente hacia arriba entre las piernas abiertas de Laurent e hizo penetrar primero dos de sus dedos en el cuerpo del esclavo, mientras Bella observaba descaradamente.
La respiración de Laurent se hizo más ronca y rápida. Su rostro se oscureció. Los dedos habían desaparecido dentro del ano y parecía que toda la mano se abría camino en su interior.
Los mozos se acercaron un poco desde todos los lados. Bella advirtió que Tristán y Elena observaban con la misma atención.
Entretanto, el amo parecía tener ojos únicamente para Laurent. Lo miraba fijamente mientras su rostro se contraía de placer y dolor y la mano continuaba adentrándose más y más en su cuerpo. La muñeca también estaba dentro y las extremidades de Laurent habían dejado de estremecerse. Estaban paralizadas. Dejó escapar un suspiro prolongado y sibilante entre los dientes apretados.
El amo alzó la barbilla de Laurent con el pulgar de la mano izquierda. Se encorvó hasta que su rostro estuvo muy cerca del esclavo. En medio de un largo y tenso silencio, el brazo subió aún más por el interior de Laurent mientras el príncipe daba la impresión de estar a punto de desvanecerse, con la verga erecta y quieta rezumando una humedad diáfana en forma de diminutas gotitas.
Todo el cuerpo de Bella se tensó, se relajó y, de nuevo, se sintió al borde del orgasmo. Mientras intentaba contenerlo, sintió una creciente debilidad, un agotamiento extremo. De hecho, todas las manos que la sostenían le hacían el amor, la acariciaban.
El amo llevó su brazo derecho hacia delante, sin retirarlo del interior de Laurent. Este movimiento alzó aún más la pelvis del príncipe, dejando todavía más al descubierto los enormes testículos y el reluciente cuero dorado que ensanchaba el anillo rosa del ano hasta lo imposible.

esquimala
07-12-2011, 10:48:10
Laurent soltó un grito repentino, un ronco jadeo que parecía clamar piedad. El amo lo mantuvo inmóvil, tan cerca de él que sus labios casi se tocaban. La mano izquierda del señor liberó la cabeza del esclavo, recorrió su rostro y le separó los labios con un dedo. Luego las lágrimas brotaron de los ojos de Laurent.
El amo retiró el brazo con gran rapidez, se desprendió del guante y lo arrojó a un lado mientras el esclavo colgaba asido por los mozos, con la cabeza caída y el rostro enrojecido.
El amo hizo un breve comentario y los asistentes se rieron otra vez con beneplácito. Uno de los mozos volvió a colocar las abrazaderas en los pezones del príncipe forzando una mueca en él. Al instante, el amo indicó con un gesto que dejaran a Laurent en el suelo y, de repente, las cadenas de las correíllas quedaron sujetas a una anilla de oro ubicada en la parte posterior de la pantufla del amo.
« ¡Oh, no, esta bestia no puede separarlo de nosotros!», pensó Bella. Pero esto no era lo que Bella temía. De hecho, lo que la aterrorizaba era que fuera Laurent y sólo él el escogido por el amo.
Los estaban bajando a todos al suelo. Bella se encontró de pronto a cuatro patas con la suela de suave terciopelo de una pantufla apretándole el cuello. Se percató de que Tristán y Elena se encontraban a su lado. Los empujaron hacia delante mediante las cadenas que les pinzaban los pezones, al tiempo que los azotaban con las correas de cuero para que salieran del jardín.
La Princesa alcanzó a ver el dobladillo de la túnica del amo a su derecha y tras él la figura de Laurent, que se esforzaba por seguir el paso de su señor. Estaba anclado a los pies del amo por las cadenas que tenía sujetas a los pezones y su pelo castaño le ocultaba el rostro misericordiosamente.
¿Dónde estaban Dimitri y Rosalynd? ¿Por qué los habían descartado? ¿Se quedaría con ellos alguno de los otros hombres que habían venido con el amo?
No había forma de saberlo. Aquel largo corredor parecía interminable.
Sin embargo, Dimitri y Rosalynd no le importaban realmente. Lo único que le interesaba de verdad era que ella, Tristán, Laurent y Elena estaban juntos. También, por supuesto, el hecho de que él, este amo misterioso, esta criatura alta, de elegancia increíble, se movía justo a su altura.
La túnica bordada le rozaba el hombro al avanzar, mientras Laurent se esforzaba por mantener el paso del amo.
La correa daba en el trasero y el pubis de Bella mientras se apresuraba a seguir a los otros dos.
Por fin llegaron a otra doble puerta y las correas de cuero les apremiaron a atravesarla y entrar en una estancia iluminada por lámparas. Una vez más, la firme presión de una pantufla sobre su cuello ordenó a Bella que se detuviera y luego se percató de que todos los criados se habían retirado y la puerta se había cerrado tras ellos.
El único sonido audible era la respiración ansiosa de los príncipes y princesas. El señor pasó junto a Bella para acercarse a la puerta. Se había corrido un cerrojo y una llave había girado. De nuevo, silencio.
Luego, Bella volvió a oír la melodiosa, suave y grave voz. Esta vez hablaba, vocalizando con un encantador acento, en su propio idioma.
-Bien, queridos míos, podéis adelantaros y quedaros de rodillas ante mí. Tengo muchas cosas que contaros.

esquimala
07-12-2011, 10:51:31
MISTERIOSO AMO




Qué desconcertante conmoción sintieron cuando les hablaron.
El grupo de esclavos obedeció de inmediato y todos dieron media vuelta para arrodillarse ante el amo, con las traíllas doradas sobre el suelo. Incluso Laurent pudo soltarse entonces de la pantufla del amo para ocupar su puesto junto a los demás.
En cuanto estuvieron todos quietos, arrodillados y con las manos enlazadas detrás del cuello, el amo dijo:
-Miradme.
Bella no vaciló. Alzó la vista hacia el rostro del hombre y lo encontró tan atractivo y desconcertante como momentos antes en el jardín. Era un rostro más proporcionado de lo que le había parecido: la boca amplia y afable tenía una forma perfecta, la nariz larga y delicada, los ojos, bien separados, irradiaban autoridad. Pero, por supuesto, era el espíritu lo que la atraía.
Mientras él pasaba la mirada por el grupo de los cautivos, Bella detectó la excitación que se apoderaba de todos y sentir su propio júbilo repentino.
«Oh, sí, es una criatura espléndida», pensó la princesa. De pronto, el recuerdo del príncipe de la Corona, que condujo a Bella al reino de su señora, y el del rudo capitán de la guardia, que fue su amo en el pueblo, estuvieron a punto de desaparecer por completo de su mente.
-Preciosos esclavos -dijo el amo, y sus ojos se fijaron en ella durante un breve y eléctrico momento-. Sabéis dónde estáis y por qué. Los soldados os han traído a la fuerza para servir a vuestro nuevo amo y señor. -Qué voz tan meliflua, qué calidez tan inmediata en el rostro-. También sabéis que siempre habréis de servir en silencio. Para los criados que se ocupan de vosotros sólo seréis como delicados animalillos. Sin embargo, yo, el mayordomo del sultán, no comparto la falsa idea de que la sensualidad destruye la inteligencia.
«Por supuesto que no», pensó Bella, pero no se atrevió a expresar en voz alta sus pensamientos. Su interés por el hombre se intensificaba rápida y peligrosamente.
-Los pocos esclavos que escojo -dijo mientras sus ojos volvían a desplazarse-, los que elijo para perfeccionar y ofrecerlos posteriormente a la corte del sultán, están siempre enterados de mis propósitos, de mis exigencias y de los peligros de mi carácter. Pero sólo en la intimidad de estos aposentos, dentro de esta alcoba, quiero que mis métodos se entiendan, que mis expectativas queden completamente claras.
Se acercó un poco más, se elevó sobre Bella y estiró la mano para buscar su pecho. Se lo apretó como había hecho antes pero con un poco más de fuerza, y un ardiente estremecimiento se propagó de inmediato hasta el sexo de la muchacha. Con la otra mano acarició la mejilla del príncipe Laurent y le rozó el labio con el pulgar justo cuando Bella se volvía para mirar, completamente inconsciente de lo que hacía.
-Eso es algo que nunca haréis, princesa -dijo el servidor del sultán, y la abofeteó súbitamente, con fuerza, obligándola a inclinar la cabeza con el rostro escocido-. Continuaréis mirándome hasta que os diga lo contrario.
Las lágrimas brotaron al instante de los ojos de Bella. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
Pero la voz del señor no denotaba irritación, sólo una leve indulgencia. Levantó la barbilla de la muchacha con ternura y ella se quedó mirándolo, a pesar de las lágrimas.
-¿Sabéis lo que quiero de vos, Bella? Respondedme.
-No, amo -contestó rápidamente. Su voz le resultó ajena.
-¡Que seáis perfecta, para mí! -respondió con dulzura, con una voz que parecía completamente repleta de razón, de lógica-.

esquimala
07-12-2011, 10:53:37
Esto es lo que quiero de todos vosotros. Que en esta vasta multitud de esclavos, en la que podríais perderos como un puñado de diamantes en el océano, no haya ninguno comparable con vosotros. Que brilléis no sólo por la virtud de vuestra sumisión sino por vuestra intensa y particular pasión. Os elevaréis de entre las masas de esclavos que os rodean. ¡Seduciréis a vuestros amos y a vuestras señoras con un fulgor que eclipsará a los demás! ¿Me entendéis?
Bella se esforzó por contener los sollozos en medio de su inquietud. Mantuvo la mirada fija en los ojos de él como si no pudiera apartarla aunque quisiera. Nunca había sentido un deseo tan abrumador de obedecer. La urgencia de aquella voz era completamente diferente al tono utilizado por los que la habían educado en el castillo o la habían castigado en el pueblo. Se sintió como si estuviera perdiendo incluso su personalidad. Se estaba derritiendo lentamente.
-Esto es lo que haréis por mí -prosiguió con una voz que cada vez se hacía más suave, persuasiva y resonante-. Lo haréis tanto por mí como por vuestros reales amos. Porque es lo que deseo de vosotros. -Cerró la mano en torno a la garganta de Bella-. Permitidme oíros hablar de nuevo, pequeña. En mis habitaciones, me hablaréis para decirme que queréis complacerme.
-Sí, amo -respondió Bella. De nuevo su voz le resultó extraña, llena de sentimientos que no había conocido en toda su dimensión en el pasado. Los cálidos dedos le acariciaron la garganta, parecían rozar las palabras que ella pronunciaba, las extraía de ella con mimos y daba forma a su tono.
-Sabed que hay cientos de criados -continuó el amo, quien entornó los ojos para desplazar la vista a los otros, aunque continuaba agarrándole la garganta-, cientos de sirvientes encargados de preparar suculentas tortolitas para nuestro señor el sultán, o excelentes machos y potros musculosos con quienes juguetear. Pero yo, Lexius, soy el único mayordomo jefe de los criados. Yo debo escoger y presentar a la corte los mejores entre todos los juguetes.
Ni siquiera esto lo expresó con enojo o premura.
Pero cuando volvió a mirar a Bella, sus ojos se agrandaron llenos de intensidad. La apariencia exterior de enfado aterrorizó a la muchacha, pero los delicados dedos fraccionaron la nuca mientras el pulgar acariciaba la piel de la garganta.
-Sí, amo -susurró ella de pronto.
-sí, absolutamente, querida -dijo él, en un tono casi musical. Pero su voz era más grave e imponente, como si demandara mayor respeto del que se desprendía de las propias palabras-. Sí, es absolutamente imposible que no os distingáis, que después de una sola ojeada a vosotros, los grandes señores de esta casa no estiren el brazo para arrancaros como una fruta madura, que no me feliciten por vuestro encanto, ardor, y silenciosa y voraz pasión.
Las lágrimas surcaron de nuevo las mejillas de Bella.
El amo retiró silenciosamente la mano. De repente, la princesa se sintió fría, abandonada. Se le atraganto un pequeño sollozo en la garganta pero él lo había oído.
Le sonrió amorosamente, casi con tristeza. Su rostro se había ensombrecido, mostraba una extraña vulnerabilidad.
-Divina princesita -le susurró-. Estamos perdidos, sabéis, a menos que se fijen en nosotros.
-Sí, amo -murmuró ella. Hubiera hecho cualquier cosa para que él volviera a tocarla, a sostenerla.
El modulado matiz de tristeza en la voz de él la sorprendió, la rindió por completo. Oh, si al menos pudiera besarle los pies.
Lo hizo, en un repentino impulso. Descendió hasta el mármol y sus labios entraron en contacto con la pantufla del amo. Lo hizo una y otra vez. Se preguntaba por qué la palabra «perdidos» la había deleitado tanto.
Cuando volvió a incorporarse, con las manos enlazadas en la nuca, bajó la vista con resignación. La castigarían por lo que había hecho. La habitación, el mármol blanco, las puertas doradas, eran como una luz con muchas facetas. ¿Por qué este hombre producía este efecto en ella? Por qué...
«Perdidos.» El eco musical de la palabra le llegó al alma.
Los dedos largos y oscuros de Lexius aparecieron para tocarle los labios. Le vio sonreír.
-Me encontraréis severo. Resultaré de una dureza insoportable -advirtió con amabilidad-. Pero ahora sabréis por qué. Ahora lo vais a entender. Pertenecéis a Lexius, el mayordomo real. No debéis fallarle. Hablad. Todos vosotros.

esquimala
07-12-2011, 10:55:27
Le respondieron a coro: «Sí, amo.» Bella oyó incluso la voz de Laurent, el fugitivo, que respondía con la misma prontitud.
-Ahora os explicaré otra verdad, pequeños -continuó él-. Tal vez pertenezcáis al señor supremo, o tal vez a la sultana, o a las hermosas y virtuosas esposas reales del harén... -Hizo una pausa como para dejar caer sus palabras-. ¡Pero también es cierto que me pertenecéis a mí! -exclamó-. ¡Así como a cualquiera! Yo me recreo con cada castigo que impongo. Así es. Es mi naturaleza, como la vuestra es servir. Vuestra naturaleza consiste en comer del mismo plato que el amo. Decidme que lo comprendéis.
-¡Sí, amo!
Las palabras brotaron de Bella como una explosión de aliento. Estaba deslumbrada por todo lo que les había dicho.
Lo observó fijamente mientras él se volvía entonces a Elena. Su alma se encogió pero no volvió la cabeza ni un milímetro, ni apartó la mirada que tenía fija en él. No obstante, advirtió que el amo también friccionaba los estupendos pechos de Elena. ¡Cómo envidiaba Bella aquellos pechos erguidos, prominentes! Los pezones eran de color albaricoque. Todavía la hirió más que Elena gimiera con tal fascinación.
-Sí, sí, exactamente -continuó el amo, con un tono de voz tan íntimo como cuando se dirigía a Bella-. Os retorceréis nada más sentir mi contacto. Os estremeceréis con el contacto de todos vuestros amos y señoras. Entregaréis vuestra alma a todos los que simplemente se detengan a miraros. ¡Arderéis como antorchas en la oscuridad!
De nuevo sonó el coro: «Sí, amo.»
-¿Habéis visto la multitud de esclavos que sirven de adornos en esta casa?
-Sí, amo -respondieron todos ellos.
-¿Os distinguiréis de la multitud de esclavos dorados por vuestra pasión, obediencia, por aplicar a vuestra sumisión silenciosa una tormenta ensordecedora de sentimiento?
-Sí, amo.
-Pues, ahora, hemos de empezar. Os purificarán como es debido. Luego, a trabajar de inmediato. La corte sabe que han llegado los nuevos esclavos. Os esperan. Una vez más, vuestros labios quedan sellados. Ni siquiera bajo el más severo de los castigos emitiréis un sonido con la boca abierta. A no ser que se os indique lo contrario, os arrastraréis a cuatro patas, con los traseros bien altos y la frente cerca del suelo, casi tocándolo.
Recorrió la silenciosa hilera de esclavos reales. Acarició y examinó otra vez a cada uno de ellos, demorándose algo más de tiempo ante Laurent. Luego, con gesto abrupto, ordenó a éste que fuera hasta la puerta. Laurent se arrastró como le habían indicado, rozando el mármol con la frente. El mayordomo real tocó el cerrojo con la correa de cuero y Laurent lo accionó al instante.
El amo tiró del cercano cordón de la campana.