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Ver la Versión Completa Con Imagenes : Mi vida en el cuckold


Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
Los mejores licores
velkan
12-05-2026, 14:43:40
Hola, escribi este relato que es muy largo, subo la primera parte, si les gusta subo las demas partes

Me llamo Alejandro, tengo 36 años y llevo doce años casado con Valentina. Ella tiene 32 y es, sin duda, la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Somos colombianos de clase medio-alta y vivimos en una casa grande y moderna dentro de un conjunto cerrado de Fusagasugá, Cundinamarca. La casa tiene dos pisos amplios, jardín con palmeras que dan sombra fresca, una piscina pequeña que brilla bajo el sol cálido de la sabana y un garaje doble donde siempre está parqueado nuestro Toyota Prado negro último modelo, ese que huele a cuero nuevo y a ambientador de vainilla cada vez que subimos. Las niñas van a colegios privados del sector: Sofía, de once años, ya con su celular y sus auriculares inalámbricos pegados a la oreja, y Martina, de tres, que todavía corre descalza por el piso de porcelanato con su chupete y su oso de peluche arrastrando.
Nuestra vida por fuera parece perfecta: fines de semana en el club del conjunto, asados en la terraza al atardecer, viajes cortos a Girardot cuando el calor aprieta demasiado. Pero por dentro… por dentro hay un fuego que solo yo conozco. Y Valentina lo sabe, aunque nunca lo admite del todo.
Hace año y medio se operó: abdominoplastia completa y levantamiento de senos. No se los agrandó, solo los levantó y los dejó firmes, altos, perfectos. Las cicatrices ya casi no se ven, solo unas líneas finitas y claras debajo de cada pecho y una muy sutil en la parte baja del abdomen que apenas se nota cuando está desnuda. El resultado es brutal. Su abdomen ahora es plano, firme, con esa piel muy blanca, cremosa y luminosa que se ve aún más suave y tersa. Sus pechos, antes ya hermosos, ahora están más altos, más redondos, con pezones que apuntan hacia arriba como invitando a morderlos. Es alta, esbelta, con piernas largas y ese culo carnoso y firme que tiembla ligeramente cuando camina descalza por la casa. Su piel es tan blanca, casi translúcida, que se sonroja con facilidad y brilla bajo el sol de Fusagasugá como si estuviera siempre untada en aceite de coco. Su cabello castaño oscuro, largo y ondulado con mechas más claras, le cae hasta media espalda y huele siempre a shampoo de vainilla.
Hace meses dejé de ver porno por completo. Lo hice por ella. Valentina se ponía celosa como una loca cada vez que me descubría. “¿Otra vez con esas putas? ¿Eso es lo que te gusta más que yo?”, me reclamaba. Así que lo corté de raíz. Ahora, cuando tengo ganas, solo me masturbo con fotos y videos que le he tomado a ella: esa en la playa arrodillada en la arena blanca con el bikini negro, el agua lamiéndole los muslos, la sonrisa pícara… o escribo relatos en mi celular sobre cómo me es infiel. Es lo único que me pone realmente duro últimamente.
Nuestra vida sexual es complicada, pero para mí es la mejor que he tenido. La amo con todo. Cuando conectamos, conectamos de verdad. Casi siempre en misionero: me encanta tenerla boca arriba, mirarla a los ojos, sentir su piel blanca contra la mía, besar su cuello mientras entro despacio y profundo. A veces sacamos el Satisfyer, ese vibrador de succión clitoriano que le vuelve locas las piernas. Ella lo sostiene contra su clítoris mientras yo la follo, y me encanta ver cómo llega al orgasmo de una forma que yo solo no logro provocarle. Esas noches son mágicas. Pero no siempre pasa. Muchas veces ella se queda a medio camino. “No soy tan caliente, Alejandro, ya lo sabes”, me dice con una sonrisa cansada. Yo siento que la satisfago… pero no completamente. Siempre queda esa sensación de que su cuerpo pide algo más.
Todo empezó hace cuatro meses, cuando Valentina decidió volver al yoga tres veces por semana en un estudio premium de Fusagasugá. “Necesito reconectar con mi cuerpo después de la cirugía y el estrés de las niñas”, me dijo una noche mientras se untaba crema en ese abdomen plano y firme frente al espejo del baño principal. Yo me reí por dentro. Sabía que su cuerpo llevaba años desconectado de mí. El instructor se llamaba Mateo. Treinta y dos años, alto, piel aceitunada, brazos tatuados, voz grave y ronca. Lo vi una vez cuando fui a recogerla en el Prado. Valentina lo miraba con esos ojos café profundo que nunca me había mirado a mí: con curiosidad, con algo que parecía hambre contenida.
La primera señal fuerte fue un martes. Llegó a casa a las diez y media de la noche. Las niñas ya dormían. Yo estaba en la sala escribiendo uno de mis relatos. Cuando escuché la puerta del garaje, guardé todo rápido. Valentina entró todavía con la malla de yoga ajustada, el cabello suelto y húmedo de sudor. Olía distinto. No era el jabón del gimnasio. Era un olor a hombre: sudor fresco, colonia amaderada y, por debajo, ese aroma almizclado, sexual, de piel contra piel después de follar. Se acercó, me dio un beso rápido y subió a ducharse.
Esta vez no esperé. Subí detrás de ella. Cuando salió del baño envuelta solo en una toalla blanca, su piel muy blanca todavía brillaba por el vapor. La toalla apenas cubría sus pechos levantados y firmes. La atraje hacia mí, le quité la toalla y la besé con hambre. Su boca sabía a menta, pero debajo había un leve sabor salado. La llevé a la cama.
La puse boca arriba, exactamente como a mí me encanta: misionero puro. Le separé las piernas largas y blancas y bajé la boca hasta su coño. Estaba hinchado, caliente, los labios rojos y brillantes. Lo lamí despacio. Estaba mojada… demasiado mojada. Había un sabor más fuerte, más salado, mezclado con su néctar dulce. Mi polla latió con fuerza. Mientras la comía, mis dedos recorrían su abdomen plano, pasaban por la cicatriz casi invisible y subían a sus senos altos y sensibles.
—Dios… Alejandro… —gimió ella, agarrándome del cabello.
Me coloqué encima, entré despacio y profundo, sin condón, como siempre. Su coño me recibió abierto, caliente y resbaladizo como nunca. Empecé a follarla con ritmo lento pero intenso, mirándola a los ojos. Su piel blanca se sonrojaba en el pecho y las mejillas. Sus senos se movían perfectos con cada embestida. Valentina buscó el Satisfyer en el cajón, lo encendió y lo presionó contra su clítoris mientras yo seguía penetrándola. Me encanta ver esa imagen: ella sujetando el aparatito, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, temblando cada vez más.
—Así… no pares… —susurró, clavándome las uñas en la espalda.
Conectamos como hacía tiempo no lo hacíamos. Sus caderas subían al encuentro de las mías, sus ojos fijos en los míos. El Satisfyer vibraba fuerte contra su clítoris mientras yo entraba y salía profundo. Ella empezó a temblar. Sus contracciones me apretaron fuerte. Se corrió de verdad: un orgasmo largo, intenso, gritando mi nombre bajito, temblando entera, sus jugos mojándome los huevos. Yo seguí follándola unos segundos más, sintiendo que era el mejor sexo de mi vida… y luego salí de ella.
Valentina, todavía jadeando, se incorporó rápido, me tomó la polla con la mano y se la metió en la boca. Empezó a chuparme con ganas, bajando hasta mis huevos, lamiéndolos y succionándolos exactamente como a mí me gusta para correrme rápido. Sus labios carnosos y su lengua caliente hicieron el resto. Me vine fuerte en su boca, chorros calientes que ella tragó sin dudar, mirándome a los ojos con esa sonrisa satisfecha.
Nos quedamos abrazados, sudados, respirando agitados. Valentina me miró con los ojos brillantes y una sonrisa pequeña y satisfecha.
—Qué rico estuvo eso… —murmuró, besándome el cuello—. Últimamente me tienes loca.
Esa noche dormí con una mezcla de amor profundo y sospecha deliciosa. Porque mientras la cogía, no dejaba de imaginar que esa humedad extra, ese olor a hombre, esa forma en que su coño me había recibido tan abierto y ansioso… era porque Mateo la había follado antes. Y lejos de molestarme, me había puesto más duro que nunca. Nuestra vida sexual acababa de mejorar de golpe… gracias a la sospecha de que me estaba siendo infiel.
A partir de ahí empecé a buscar señales. Y las encontré todas.
Sus tangas aparecían en el cesto con manchas blancas y espesas que no eran mías. Olían a coño excitado y a semen seco. Una tarde encontré un chupetón morado en la cara interna de su muslo blanco. Ella dijo que se había golpeado con la bicicleta estática. Mentira.
Los martes y jueves siguientes, cuando llegaba del yoga, repetimos la misma escena: yo la esperaba con ganas, la ponía boca arriba, la comía, la follaba en misionero profundo y ella usaba el Satisfyer hasta correrse fuerte. Cada vez su coño estaba más sensible, más mojado, más abierto. Cada vez gemía más fuerte. Cada vez nuestra cogida era mejor. Valentina empezó a buscarme más, a besarme con más ganas.
Yo sonreía por dentro. Sabía exactamente qué le pasaba.
Y eso es solo el principio.

Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
Los mejores licores
latinosnaughty
12-05-2026, 16:19:26
Sabes que es un relato bueno cuando estas leyendo y se te va despegando la llanta. Saludos mi estimado.

MEMIN
12-05-2026, 19:31:03
para los gustos ...los colores

y a usted le encanta comer embolado....

Augustus_cole
13-05-2026, 06:48:29
Buen relato

velkan
18-05-2026, 15:44:45
Las semanas siguientes fueron una lenta y deliciosa espiral. Ya no necesitaba que Valentina llegara directamente del yoga para que el deseo explotara. El fuego se había encendido y ahora ardía solo, en cualquier momento del día. Yo seguía escribiendo mis relatos en el celular cuando las niñas no estaban cerca, masturbándome con las fotos de ella en la playa, pero cada vez más las pistas reales se mezclaban con mis fantasías y todo se volvía más intenso.

Las pistas empezaron a aparecer de formas más sutiles y constantes.

Un jueves por la tarde llegó más tarde de lo normal. Eran casi las once. Entró a la casa con una sonrisa que no le conocía: relajada, luminosa, casi pícara. Me dio un beso largo en la cocina, más profundo de lo habitual, y me susurró al oído:

—Hoy me sentí muy bien en el yoga… el cuerpo me responde diferente.

Su cabello olía a shampoo de vainilla, pero debajo había un leve toque de colonia amaderada de hombre. No dije nada. Solo la abracé por detrás mientras ella abría la nevera, rozando mi polla ya dura contra su culo firme. Esa noche, después de que las niñas se durmieran, no esperé. La tomé de la mano y la llevé al salón. La puse contra la pared, de pie, y la besé con hambre. Valentina respondió con la misma intensidad, riendo bajito entre besos.

—Estás muy caliente hoy… —dijo, mordiéndome el labio.

La giré, le bajé los shorts de pijama y la penetré desde atrás, de pie, contra la pared. Era una posición nueva para nosotros. Sus manos se apoyaron en la pared, su espalda arqueada, ese culo blanco y redondo empujando hacia mí. La follé con ritmo profundo y constante, una mano en su cintura y la otra acariciando sus senos altos y firmes por debajo de la camiseta. Ella gemía más alto, más libre.

—Así… más fuerte… me encanta cuando me coges así —jadeó, girando la cabeza para besarme.

Fue diferente. Más animal. Más juguetón. Terminamos en el sofá: ella arriba, cabalgándome despacio al principio, luego más rápido, sus tetas moviéndose frente a mi cara mientras yo le agarraba las caderas. Me miró a los ojos con una sonrisa traviesa que nunca le había visto.

—Estás diferente últimamente… más intenso —murmuró entre gemidos—. Me gusta mucho.

Cuando estaba a punto, se bajó, me chupó con ganas y terminó tragándose todo, lamiendo mis huevos como le gusta a mí. Después nos quedamos abrazados en el sofá, sudados y riendo bajito.

—Nunca había estado tan cachonda —confesó, trazando círculos en mi pecho con el dedo—. No sé qué me está pasando, pero no quiero que pare.

Yo aproveché el momento. Le acaricié el cabello y le dije al oído, con voz ronca:

—¿Y si te imaginas que no soy solo yo el que te está cogiendo así? ¿Que hay otro hombre que te abre y te llena mientras yo miro?

Valentina se tensó un segundo, pero no se enojó. Su coño, que todavía estaba sobre mi muslo, se contrajo visiblemente. Soltó una risita nerviosa y me dio un golpe suave en el pecho.

—Estás loco, Alejandro… yo no soy capaz de eso. Pero… —bajó la voz, casi susurrando— la idea me pone un poco caliente, no te voy a mentir.

Esa noche dormimos pegados, con una complicidad nueva.

Los días siguientes las pistas siguieron llegando, cada una más clara.

Un martes llegó con el labial ligeramente corrido y una marca roja en el cuello que intentó disimular con el cabello. Cuando le pregunté, se rio y dijo que se había rozado con la correa de la mochila del yoga. Mentira. Yo sabía que era una boca hambrienta. Otra noche, mientras dormía, revisé su teléfono (sí, lo sé, pero la curiosidad me estaba matando). Había un mensaje de un número sin guardar: “Mañana te espero después de clase. Quiero repetir lo del vestuario”. Lo borró al día siguiente, pero yo ya lo había visto.

El sábado por la mañana, con las niñas en una fiesta de cumpleaños, tuvimos otra sesión distinta. La tomé en la ducha. La puse de espaldas a mí, bajo el agua caliente, y la penetré en spooning, lento y profundo, mientras le mordía el cuello y le susurraba al oído:

—Dime la verdad… ¿te gusta imaginar que otro te está cogiendo mientras yo te miro?

Esta vez no se tensó tanto. Gimió más fuerte, empujando contra mí.

—Calla… eres un pervertido —dijo entre jadeos, pero su voz sonaba excitada—. Aunque… sí, a veces lo pienso cuando estoy sola.

La saqué de la ducha, la puse de cuatro patas en la cama y la follé en perrito, fuerte, agarrándole el cabello. Valentina se corrió gritando, temblando entera, más salvaje que nunca. Después me montó ella, cabalgándome con ganas, riendo y besándome, más juguetona y abierta que en años.

—Nunca había disfrutado tanto el sexo contigo —me confesó después, todavía encima de mí, sudorosa y sonriente—. Me siento más mujer, más viva. No sé si es el yoga o qué, pero no quiero que cambie.

Yo la besé y le respondí:

—Entonces sigamos así. Y si algún día quieres probar algo más… yo estoy abierto.

Ella se rio, me dio un beso largo y profundo, y murmuró:

—Eres un loco… pero me encanta que seas así.

Otra pista llegó una tarde de jueves. Llegó con las mejillas sonrojadas y el cabello más revuelto de lo normal. Cuando se cambió en el cuarto, vi que su tanga estaba húmeda y con una mancha blanca y espesa que definitivamente no era mía. La guardé en mi bolsillo antes de que la lavara. Esa misma noche, después de cenar, la cogí en la terraza, bajo las estrellas, con las luces del jardín apagadas. La senté en la mesa, le abrí las piernas y la comí hasta que se corrió en mi boca. Luego la follé de pie, levantándola un poco, una posición nueva y exigente que nos hizo reír y gemir al mismo tiempo.

—Estás insaciable últimamente —le dije mientras entraba y salía.

—Y tú también… —respondió ella, mordiéndome el hombro—. Me encanta esta versión tuya. Me hace sentir deseada de verdad.

Cada vez que mencionaba la fantasía, aunque fuera de forma sutil (“imagina que otro te está cogiendo ahora”), Valentina se ponía más mojada, gemía más fuerte y se corría más intenso. Nunca lo admitía del todo, pero su cuerpo sí lo hacía. Empezó a buscarme más: una mañana me despertó chupándomela, otra noche me montó en la sala mientras veíamos una película. Nuestras conversaciones después del sexo eran más íntimas, más calientes.

—Nunca pensé que iba a disfrutar tanto —me dijo una noche, acurrucada contra mí después de una sesión en la que probamos que ella se sentara en mi cara mientras yo la lamía—. Siento que estoy descubriendo una parte de mí que no conocía.

Yo la abrazaba, la besaba y por dentro ardía de excitación. Las pistas seguían llegando: un perfume nuevo que no le había regalado, mensajes que borraba rápido del celular, la forma en que a veces se tocaba el cuello como recordando una boca ajena. Pero en lugar de pelear o confrontarla, yo usaba todo eso para follarla mejor, para probar posiciones nuevas, para susurrarle al oído que me encantaría verla con otro.

Valentina ya no se ofendía. Sonreía, se sonrojaba y se ponía más cachonda.

El fuego estaba creciendo. La sospecha ya no era solo mía. Estaba compartida, aunque ella todavía no lo admitiera del todo. Y nuestro sexo… nuestro sexo se había vuelto adictivo, juguetón, intenso y lleno de complicidad.

Pero yo sabía que esto apenas estaba empezando.

velkan
18-05-2026, 15:49:00
Las semanas seguían pasando y la casa grande de Fusagasugá se había convertido en un escenario de deseo constante. Valentina ya no era la misma. Caminaba por los pasillos con un andar más seguro, más sensual, como si su cuerpo hubiera despertado de un sueño largo. Nuestras sesiones se habían vuelto adictivas y variadas: una mañana me despertó chupándomela con ganas mientras las niñas aún dormían; otra tarde me montó en la sala, cabalgándome despacio mientras veíamos una película, riendo y gimiendo al mismo tiempo; una noche me pidió que la cogiera de pie contra la pared del baño, con el agua de la ducha cayendo sobre nosotros. Probamos posiciones nuevas, risas entre gemidos, conversaciones sucias al oído que antes nunca habíamos tenido.

Pero yo seguía buscando más pistas. La sospecha se había convertido en una droga. Cada vez que ella salía al yoga, yo me quedaba en casa con la polla dura, escribiendo relatos o mirando sus fotos de la playa. Sabía que algo grande estaba pasando, pero necesitaba pruebas concretas.

El momento llegó un miércoles por la noche. Valentina había ido al supermercado Éxito con las niñas después de la cena. Dejó su celular cargando en la mesita de noche del cuarto principal, como siempre. Yo estaba solo en la casa. El corazón me latió fuerte cuando vi la pantalla encendida. Telegram estaba abierto en segundo plano. No lo pensé dos veces. Me senté en la cama, tomé el teléfono y abrí la aplicación.

El chat con “Mateo Yoga 💪” estaba ahí, en la parte superior, con más de 200 mensajes sin leer de los últimos días. Abrí la conversación y empecé a leer desde arriba. Lo que encontré me dejó sin aliento.

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**Valentina:**
Acabo de llegar a casa. Todavía me tiemblan las piernas, cabrón. Me dejaste destruida hoy en el vestuario 😩

**Mateo:**
Jajaja esa era la idea, puta. Me encanta cómo te corres cuando te follo contra los azulejos. ¿Tu marido notó algo cuando llegaste?

**Valentina:**
Casi. Llegué oliendo a ti. Tuve que ducharme rápido. Pero cuando me cogió después… estaba tan mojada que pensé que se iba a dar cuenta. Me corrí dos veces pensando en tu verga gruesa dentro de mí.

**Mateo:**
¿Le dijiste que mi polla te abre más que la de él? Jajaja

**Valentina:**
Casi. Le dije que últimamente estoy muy cachonda. No sabe que es porque tú me estás follando como una puta tres veces por semana. Me encanta cuando me tapas la boca para que no grite mientras me llenas.

**Mateo:**
Mañana después de clase te quiero de rodillas otra vez. Quiero que me tragues todo antes de irte a casa. Y después te voy a poner de cuatro y te voy a llenar el coño hasta que te corras gritando.

**Valentina:**
Dios… sí. Quiero sentir cómo me corres dentro otra vez. Tu semen me sale todavía cuando me siento en el carro. Me encanta irme a casa con el coño lleno de ti y que Alejandro me coja después sin saberlo.

**Mateo:**
Eres una puta casada deliciosa. ¿Le gusta más a tu marido cuando llegas recién follada?

**Valentina:**
Muchísimo. Me coge más duro, me hace correrme más fuerte. Pero nadie me folla como tú. Tu verga es más gruesa, más larga, me llega al fondo como él nunca ha podido. Me tienes adicta.

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Seguí bajando. Los mensajes eran cada vez más explícitos, más sucios, más detallados.

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**Mateo:**
Foto enviada (era una foto de su polla dura, gruesa y venosa, tomada en el vestuario).

**Valentina:**
Jajaja me estás matando. Esa verga me tiene loca. Ayer cuando me la metiste de una sola vez casi me desmayo del placer. Me encanta cómo me estiras.

**Valentina:**
Video enviado (era un video corto de ella en el vestuario, de espaldas, abriendo las nalgas para la cámara, su coño hinchado y brillando).

**Mateo:**
Qué rico coño tienes, puta. Mañana te voy a comer hasta que me ruegues que te folle.

**Valentina:**
Sí por favor. Quiero que me comas el culo también. Alejandro nunca me ha hecho eso. Contigo me siento tan puta, tan libre…

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Más abajo, mensajes de esa misma semana:

**Valentina:**
Hoy casi no pude concentrarme en clase. Solo pensaba en tu boca en mi clítoris mientras me follabas con los dedos. Me corrí tres veces en el vestuario. Estoy contando las horas para el jueves.

**Mateo:**
Buena niña. Te voy a grabar la próxima vez que te corras en mi verga. Quiero que veas cómo te pones cuando te lleno.

**Valentina:**
Me muero de ganas. Y después me voy a casa y dejo que mi marido me coja pensando que soy solo suya… pero los dos sabemos que ahora soy tuya.

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Leí todo. Mensaje por mensaje. Cada palabra me golpeaba como un latigazo caliente. Mi polla estaba durísima, palpitando dentro del pantalón. Valentina, mi Valentina, la mamá de mis hijas, la mujer de piel blanca y senos altos que yo amaba con todo, le escribía a otro hombre cosas que nunca me había dicho a mí. Le contaba cómo la follaba mejor, cómo le gustaba que la tratara de puta, cómo se iba a casa con su semen dentro y luego me dejaba cogérsela.

Escuché el ruido del Prado entrando al garaje. Guardé el teléfono exactamente como estaba y bajé rápido a la sala, fingiendo que estaba viendo televisión. El corazón me latía a mil.

Valentina entró con las niñas, cansada pero con esa sonrisa nueva y luminosa. Después de bañarlas y acostarlas, subió al cuarto. Yo la seguí. Apenas cerró la puerta, la atraje hacia mí y la besé con una urgencia que la sorprendió.

—Estás muy caliente hoy… —murmuró contra mi boca, riendo bajito.

No respondí. La puse boca arriba en la cama, le quité la ropa interior y la comí con hambre, pensando en todo lo que acababa de leer. Ella gemía más fuerte de lo normal, agarrándome el cabello.

—Dios, Alejandro… qué rico…

La follé en misionero, profundo y lento al principio, mirándola a los ojos. Luego la giré y la cogí en perrito, fuerte, agarrándole las caderas. Probamos una posición nueva: ella sentada encima de mí, de frente, moviéndose despacio mientras yo le chupaba los pezones. Valentina estaba desatada, más juguetona, más vocal.

—Más fuerte… cógeme más duro —jadeaba.

Cuando estaba a punto de correrme, le susurré al oído, usando las palabras que había leído:

—¿Te gustaría que otro te estuviera follando ahora mismo mientras yo miro?

Esta vez no se tensó. Gimió más fuerte, se corrió casi al instante, temblando entera, apretándome con fuerza. Después se bajó rápido, me chupó con verdadera desesperación, lamiendo mis huevos y tragándose todo cuando me vine.

Nos quedamos abrazados, sudados y respirando agitados. Valentina me miró con los ojos brillantes.

—Te amo tanto… —susurró—. No sé qué me está pasando últimamente, pero me encanta.

Yo la besé en la frente y sonreí por dentro.

Ahora sabía todo. Había leído las charlas más sucias, más explícitas. Sabía exactamente cómo Mateo la follaba en el vestuario, cómo ella le rogaba que la llenara, cómo se iba a casa con su semen dentro para que yo la cogiera después.

Y lejos de enfadarme, estaba más excitado que nunca.

El siguiente paso ya estaba cerca.

getuliovargas
18-05-2026, 17:54:25
Y yo que pensaba que el yoga era aburrido.

INDIVIDUAL
18-05-2026, 18:37:12
Gracias por el aporte

METRO LOBO AZUL
20-05-2026, 22:23:53
Muy buen relato, me imagine todo paso a paso. FElicidades portu historia