Heráclito
24-04-2026, 08:56:58
Bienvenida la lucidez de Ricardo Silva Romero en estos momentos de rabias desatadas, de garras y colmillos, de puñaladas traperas, de escondrijos ideológicos, de matones, sonsonetes, escupitajos a la buena política, la de querer gobernar en vez de destripar contrarios o convertirlos en nazis.
Bienvenida la cordura. Un tarjetón que entre los extremos muestra a personas que quieren meterse en este costal de ratas a limpiar la casa, ponerla decente y abrir las puertas para que entren los mejores a mejorar el futuro. Solo hay que saber mirar.
Debatientes
Hay que debatir. Hay que medir qué tanto está enloqueciéndonos o reuniéndonos la fortuna de votar.
Ricardo Silva Romero
23.04.2026 22:01
Actualizado: 23.04.2026 22:01
Qué rara esta resignación a votar. Incluso si nos fuéramos a vivir a una casa en la montaña, como el compositor Helmut Bösengeist, donde ningún fanático se asomara a decirnos que estamos viendo algo que no estamos viendo o estamos pensando algo que no estamos pensando, seríamos incapaces de huirle al día de las elecciones: el día en que ejercemos la igualdad prometida con la ilusión de que esta vez no nos estafen. Qué alivio no estar tentado a votar por ninguna derecha, uf, en medio de un “gobierno del pueblo” empeñado en vandalizar lo público. Qué triste que el voto en blanco solo sea importante en las páginas del Ensayo sobre la lucidez, y qué lamentable, además, que se le venga a uno a la cabeza.
Se vota en la teoría: por “el cambio”, “la paz”, “la seguridad”, “la protección de las instituciones”, “el lado correcto de la historia”. Se vota, también, en la práctica: por una persona curada de espantos —una voz que conozca tan bien el Estado que no quiera tomárselo, sino cuidarlo— capaz de crear convivencias, cerrar brechas, defender libertades, honrar derechos, contagiar compasiones y ejercer la política que no es una fachada de los abusos del poder. Sí hay gente así en el tarjetón. Hay días en que parece que las ideologías hubieran resucitado. Hay días como del odio de Dios en los que triunfa la nostalgia por un bipartidismo que violente a todo el que no esté allá o no esté allí. Pero créanme que aún hay gente que no quiere narrar, sino gobernar.
El lío es que para notarlo tendría que haber debates, como los que se dan en las democracias superiores a las narrativas, que sean verdaderos exámenes a los candidatos. Se venía haciendo así. Servía. Pero los punteros en las encuestas no solo desconfían del procedimiento, sino que, extraviados en su pulso, se arrogan el derecho a elegir los debatientes. Sería triste terminar en “debates sastre”, a la medida, dignos de los días de este siglo XXI de burbujas delirantes y bodegas estruendosas —todo el mundo hablando al tiempo como en The Sound of Silence— que han sido el empeño de devolvernos a los días del siglo XX en los que los unos llegaban al poder a desquitarse de los otros, y se asumía que solo existían los unos y los otros: no se nacía azul ni se nacía rojo en los cuarenta, pero el país que votaba, arriado por sus vengadores, se lo creía a muerte.
"Hay que preguntarles por las convivencias, las brechas, las libertades, los derechos, las compasiones y los abusos del poder".
Sería un error de los de antes desterrar del debate a las candidaturas de aquel centro que ha sido un rescate ciudadano del liberalismo.
Qué erráticas y conmovedoras y agónicas han sido esas campañas. Qué valientes e importantes, de López a Fajardo, de Huertas a Bonilla, hasta el final. Tienen el coraje de los ciclistas que tratan de llegar a la meta en el límite de tiempo, uf, vamos. Tienen el espíritu de los futbolistas que se lanzan a hacer el gol de la honrilla en el último minuto. Encarnan, repito, las ciudadanías que han logrado los pactos de paz de estas décadas. Defienden con firmeza el milagro de nuestra Constitución de 1991. Celebran sin ambages el acuerdo del Teatro Colón. Siguen repitiendo el “nos están matando” que perdió su plural en este cuatrienio malgastado. Soportan a sus críticos. Soportan a los medios por más incómodos que sean. Insisten en la reconciliación mientras las máquinas de propaganda los cercan por resistirse al delirio. Dejan constancia. Dan la cara. Son más relevantes de lo que se cree, sí: no se nace uribista ni petrista en este sitio.
Hay que debatir. Hay que escuchar a todas estas candidaturas amenazadas de muerte. Hay que preguntarles por las convivencias, las brechas, las libertades, los derechos, las compasiones y los abusos del poder. Hay que medir qué tanto está enloqueciéndonos o reuniéndonos la fortuna de votar.
Fuente: El Tiempo