Heráclito
10-04-2026, 06:05:11
Ricardo Silva Romero, de nuevo pone el dedo en la llaga. Vivimos una realidad del odio sembrado en el mesianismo donde la orden del que está más arriba es odiarnos los unos a los otros, o mejor, odiarnos a los otros y encubrir a los nuestros.
Por eso, cuando uno de los lados le da por ser incluyente, por mostrar que es posible la concordia, que reconocer la diferencia quizás es la salida para salvar este paisito de la muerte moral y física, el otro lado, el de la soberanía moral, el bueno porque sí y porque también, lo demoniza con fiereza.
A propósito, si les queda tiempo, recomiendo a los amigos de Denunciando, el último libro de Silva Romero: "Mural", un apasionante recorrido por las miserias de la toma del Palacio de Justicia. Sobrecogedor, sí, pero aleccionador. Tal vez, recordando ese pasado abominable, podamos entender al inquilino del Palacio de Nariño al que le quedan un poco menos de cuatro meses.
Condenadores
Todo mesianismo trae implícito su apocalipsis, su destrucción.
Ricardo Silva Romero
Sigo varado en un ejemplo que ha alcanzado la gloria de ser lugar común: en el paréntesis de la Navidad de 1914, de aquella Primera Guerra Mundial que aún es monstruosa e implacable, cuando los soldados británicos y los soldados franceses dejaron atrás sus trincheras para encontrarse con los soldados alemanes en la tierra de nadie, y entonces velaron a sus muertos, y liberaron prisioneros, y compartieron comidas, y cantaron villancicos, y jugaron partidos de fútbol, hasta caer en cuenta, cara a cara, de que no tenían razones para matarse. Pronto, en los primeros meses de 1915, los demenciales comandantes de ambos bandos prohibieron las treguas. Y para 1916, luego de las batallas infernales del Somme y de Verdún, fueron los propios reclutas –con los cerebros lavados y los dientes ensangrentados– los que se negaron a parar.
Sigo varado en este ejemplo, digo, porque sería lo ideal votar por líderes que no nos desdibujaran, ni nos enloquecieran ni nos prohibieran encontrarnos en las tierras de nadie a notar que no es necesario aniquilarnos.
Pero no está fácil votar, no, no está fácil separar a varios candidatos de las peores cosas que nos están pasando: la ceguera ante la labor clave de la JEP, el recrudecimiento de las guerras, el regreso de la política armada, el negacionismo del saboteo al sistema de salud, el desdén por los derechos, la vandalización del Estado, la enconada persecución a los críticos. Este Gobierno agónico reconoció día a día, al fin, a tantos ninguneados, pero también nos recordó una y mil veces, como lo han hecho voces de posguerras como las de Bell o Foucault o Rorty o Skinner, que las ideologías son narrativas –y vocabularios– que responden a las estructuras sociales, pero pueden terminar encubriendo poderes e intereses: se vuelve terriblemente usual que se calle la podredumbre o la violencia del bando al que se pertenece.
"La Nasa probó que tenemos este planeta en común, en plena Semana Santa, mientras Cristo volvía del infierno con la noticia de una tierra de todos. Pero la orden es aniquilarnos".
A ratos parece que estas narrativas mesiánicas, que empiezan por el mito “el Estado era inviable” como parodiando el bíblico “todo era oscuridad”, no solo fueran sugestiones hipnóticas para conducirnos a penosos trances, sino fachadas –enramadas estadísticas y retóricas que sirven de máscaras– tanto de la ambición de prevalecer como de la resistencia a reconciliar a la sociedad. En política los unos suelen tener razón sobre los otros, sí, hay mezquindad a diestra y siniestra. Y, sin embargo, ciertos votantes de estos días parecen anhelar una dictadura de su bando: una dictadura de su pueblo o de su patria que arrase a todo el que denuncie semejantes farsas. Tenemos a la mano todas las fábulas ejemplares: la Nasa volvió a probarnos que tenemos este planeta en común, en plena Semana Santa, mientras Cristo volvía del infierno con la noticia de una tierra de nadie que es de todos. Pero la orden es aniquilarnos.
Todo mesianismo trae implícito su apocalipsis, su destrucción: “Una civilización entera va a morir esta noche”, dijo el martes el impensable e inescrupuloso señor Trump, que fue reelegido por 77 millones de almas en busca de redención, como cualquier villano de cómic: cualquier Thanos. Pero su sentencia delirante contra el mundo persa, que luego se volvió un “cese al fuego” entre comillas, tampoco parece habernos servido para despertarnos a la lógica de la reconciliación: para recordar aquí en Colombia, por ejemplo, que estas campañas presidenciales son tan virulentas y tan sórdidas que suelen írsenos los cuatro años de nuestros gobiernos en las tareas de lidiar las heridas plagadas de sal, denunciar a los matones que se frotaban las manos en la trasescena, y vivir hartos de tantos comandantes de la Patria Loca que llegan a la Casa de Nariño a condenarnos por siempre y para siempre a las trincheras.
Fuente: El Tiempo