Heráclito
23-01-2026, 23:49:32
Como siempre, en su columna editorial de El Tiempo, el estupendo escritor colombiano, Ricardo Silva Romero, pone el dedo en la llaga para mostrar a este gobierno infame tal y como es. De nosotros, solo de nosotros depende que el siete de agosto, este perverso experimento del vetusto socialismo de comienzos del siglo XX, pase a la historia como uno de los peores gobiernos que se recuerden, en el que corrupción e ineptitud, adobados de narcisismo, tienen a nuestro país al borde del abismo.
Ricos
Los pobres también lloran hoy, sobre todo ellos, en plantones y noticieros “hegemónicos”, porque la Nueva EPS no puede dar lo que el Gobierno no da.
Ricardo Silva Romero
22.01.2026 22:01
Qué normal se ha vuelto lo infame. Por qué solo a sus críticos les parece siniestro que el ministro de Salud, en nombre de un gobierno que ha tenido las vísceras para hundir un sistema sanitario con 52 millones de vidas a bordo, responda “los ricos también lloran” al llanto angustioso del gerente del hospital San Rafael: ¿hay que estar en cuidados intensivos para entender la gravedad del asunto?, ¿hay que estar esperando un medicamento agónico en alguna acera del país para tomarse a pecho las súplicas de las asociaciones de pacientes?, ¿hay que andar en quimioterapia para recibir como una puñalada la amenaza presidencial de liquidar las EPS que esta administración intervino para mal y para mal?, ¿hay que haberse pasado los últimos tres años en salas de espera, rodeado de colombianos de todas las suertes y detrás de las personas más importantes de la vida, para oírles a las enfermeras la frase “no era perfecto pero funcionaba”?
Qué tal uno llegar a los 75 años, como el ministro de Salud, a destruir lo que no pudo mejorar, a negarle al rescatable sistema que no le gusta la plata que necesita para atender a los enfermos, a desacatar las órdenes de la Corte Constitucional, a tirarle el teléfono e irrespetar a la prensa, a pensarse 442 cargos nuevos en plena crisis financiera del sector. Qué tal uno llegar a viejo a sabotear a los jóvenes. Si a la cabeza ingeniosa del ministro llega el título de Los ricos también lloran, la telenovela mexicana que luego de 248 episodios consigue que la desamparada Mariana Villarreal sea feliz con el rentista Luis Alberto Salvatierra, no es porque le guste el melodrama que suele anhelar la reconciliación de las clases sociales, sino porque sigue viviendo aquel 1979 en el que tantos creían que el único final posible era someterse o someter.
No hay que ser viejo, ni rico, ni conservador, ni liberal, ni columnista de un periódico que empezó antes de las grandes guerras, para pensar que –cuando está en buenas manos– el sistema de aseguramiento trata de cuidarles la salud a todos: los pobres también lloran hoy, sobre todo ellos, en plantones y noticieros “hegemónicos”, porque la Nueva EPS no puede dar lo que el Gobierno no da, pero cuando un político se lo apuesta todo a la guerra de las narrativas solo hay tiempo para abstraer, generalizar, estereotipar, estigmatizar, entregar a los perros bravos a todo aquel que se atreva a llorar los daños colaterales. Para que no se hable en concreto. Para que nadie cuente el cuento. Para que no se pronuncien los nombres ni las edades de los pacientes que mueren esperando, sino que se vaya la jornada gritándoles a enemigos hechizos.
"Hay que mostrar a sus víctimas, ricas o pobres, hasta que dejemos de dar la vida por los que nos enferman."
Nada se da por generación espontánea: tres científicos de tres siglos lo probaron en tres laboratorios. Colombia no apareció de la nada: no empezó en el gobierno del cambio, ni en la batalla contra las drogas, ni en la refundación paramilitar, ni en la paranoia estatal, ni en la revolución guerrillera, ni en el Frente Nacional ni en las guerras bipartidistas, sino que pasó por todo ello para captar –explicado con plastilina– que este país sale mal cuando los unos llegan al poder a joder a los otros. No nos han servido las parábolas del Dios de estos años: la pandemia no nos ha vuelto compasivos, no, la posverdad no nos ha puesto en claro que la ideología de los déspotas es el narcisismo. Pero hay que seguir contando las vidas, una a una, para que no sea tan fácil ser rastrero.
Toca retratar a estos gobernantes –capaces de desacatar la ley y sacrificar a sus gobernados– para recordar que hay un punto en el que la tal soberbia en realidad es la maldad.
Hay que mostrar a sus víctimas, ricas o pobres, hasta que dejemos de dar la vida por los que nos enferman.
Fuente: El Tiempo
PATRIOT
24-01-2026, 13:20:32
La salud sí necesita una reforma, pero no la que propone petro
INDIVIDUAL
26-01-2026, 09:45:40
Lo peor después de que el gerente hablo
De inmediato le envío una auditoría el gran dr muerte