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Espóiler

Que este año sí vayamos día por día. Y contestemos a la histeria sin histeria.

Ricardo Silva Romero

01.01.2026 22:00
Actualizado: 02.01.2026 00:01

Esto siguió de largo. No hubo Navidad. No hubo fin de año. No hubo tregua. Porque nuestra política no solo es una guerra de versiones oficiales, sino que es una guerra degradada: una guerra que paga la población civil. El Gobierno, entre el pensamiento mágico y la astucia, aprovechó tanto la oposición mezquina como el aturdimiento de fin de año para pegar su enésimo grito de independencia –su constituyente innecesaria, más su nueva cúpula del ejército que ya para qué, más su salario vital que ojalá salga bien, más su UPC que va a obligar a todo el mundo a gastar más en salud– que es un grito de guerra porque se da desde el poder y vuelve enemigo a cualquiera que pregunte por qué: a las magistrados que cuestionen los decretos y a los congresistas que se atrevan a recordar que solo han detenido las leyes que han visto torcidas.

Qué peligrosa y qué vieja es esa capacidad para bocetear enemigos: los enemigos son abstracciones –las EPS, el Banco de la República, la Registraduría, los medios hegemónicos, los empresarios, los megarricos, los ricos, los traidores– que los líderes inescrupulosos les entregan a sus fanáticos, pero esta versión oficial, efectista e incesante, que lo ha reducido todo a rotativo penumbroso de los de antes, ya va otra vez en que “liberal” es una mala palabra y “democracia” es sinónimo de “fascismo”. Y entonces no hubo tregua de vacaciones, no, hubo citas citables de falsos tribunos de los ninguneados –en manos de ellos “el pueblo” es el opio del pueblo–, y hubo opositores trinando desde el inodoro, y analistas en chanclas poniendo a pensar a su país, y contratistas del Estado empeñados en “perturbar a los burgueses”.

Una vez más: “el ocio” era la pausa a la que tenían derecho los soldados romanos antes de reanudar la batalla. Pero este gobierno de espíritu rancio pero efectivo, tan discutible, tan criticable, tan investigable, tan procesable, hace todo lo que puede para no dar pausas porque no está proponiendo debates, sino fabricando enemigos e imponiendo narrativas. Vale la pena, si se tiene el valor para reclamar el ocio, repetirse una pequeña película de hace cuarenta años que se llama ‘Juegos de guerra’: su clímax es un agónico pulso con una inteligencia artificial que está a punto de poner en marcha un holocausto nuclear, y todo se resuelve cuando su protagonista logra convencer a la máquina de que más bien jueguen triqui: es entonces cuando el aparato aprende –alerta de espóiler– que la única manera de ganar una guerra es no librándola.

Cualquier guerra, de bombazos o de narrativas, es el antónimo del arte, la negación brutal del ocio que nos iguala, la violenta simplificación de un mundo repleto de voces, de matices, de razones: habría que dejar de dar batallas perdidas e inútiles contra esos liderazgos narcisistas hasta conjurar esta política que no es una forma de la compasión, sino del trastorno.

Este gobierno de espíritu rancio pero efectivo, tan discutible, tan criticable, tan investigable, tan procesable, hace todo lo que puede para no dar pausas porque no está proponiendo debates, sino fabricando enemigos e imponiendo narrativas

Estamos viviendo el falso final que viven los dramas: la escena en la que los héroes postizos están aplastando a los supuestos enemigos y parece que no hubiera nada por hacer. Qué ganas de no votar por nadie. Qué desilusión esta política pirotécnica que deja solo al Catatumbo. Qué imperdonables estos gobiernos turbios que viven resignados a sus daños colaterales. Pero que el cambio de año, que es una ficción, sirva para dejar atrás esta cultura del sino: no hay que ser dramaturgo, ni vidente, ni historiador ni optimista para predecir que si llevamos a cabo el trabajo que nos tocó en suerte con cierta humildad, como un servicio, un día triste de estos será más difícil zanjarnos y más fácil librarnos de políticos estafadores y obsoletos. Que este año sí vayamos día por día. Y contestemos a la histeria sin histeria.

Fuente: El Tiempo