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El candidato de Manchuria

por Luis Guillermo Vélez Cabrera

Iván Cepeda es un “buen ser humano”, sentenció María Jimena Duzán en su cuenta de X hace unos días.

Posiblemente. Tampoco había nada para indicar que Lenin fuera un mal ser humano cuando escribía ensayos revolucionarios en la Zúrich de 1916 o que Hitler fuera un mal ser humano cuando recorría convaleciente las cervecerías de Múnich en 1919.

Hugo Chávez también parecía un buen ser humano cuando se vistió de everfit para dar entrevistas circa 1998, afirmando sin parpadeo que era un buen demócrata y que dejaría el poder “en cinco años, sino antes”. Al igual que Castro, quien les dijo a los reporteros del New York Times desde la Sierra Maestra que nunca había sido comunista ni nunca lo sería. El Fidel que llegó a La Habana en 1959 y abrazaba bebés vestido con traje militar también parecía un buen ser humano.

Si ser un “un buen ser humano” es tener buenas maneras y hablar pausadamente en buen idioma, sin grandilocuencias, estridencias o insultos; Cepeda sería un buen ser humano. Saluda agradablemente, es atento y se expresa con articulación. Es disciplinado. No está involucrado en escándalos de corrupción, que sepamos, y parece una persona serena, con vida modesta y austera.

Dicen que Lavrenti Beria, el tenebroso comandante de la Nkvd, la policía secreta de Stalin, era igual. Hasta se parecen físicamente: anteojos con aros de metal, brazos recogidos detrás de la espalda, sonrisa fría, barba rala y camisas sin cuello. Como las que usaban los comisarios comunistas de antaño, o los maoístas. A Cepeda solo le falta usar kepis con estrella roja.

Pero eso no lo hace una mala persona y en eso María Jimena tiene razón. Uno se puede vestir como comunista y no serlo. El red chic puede estar de moda. O sino pregúntenle a Margarita Rosa, que vive en Miami y entre la clase de yoga y el bowl de açaí aboga por la estatización de la salud y la educación.

El problema es que Cepeda sí es un comunista. Ese pequeño pionero de pañuelo rojo en el cuello que se estrenó en la Juco a los trece años y se crió entonando La Internacional en los paraísos socialistas de la Cortina de Hierro sigue ahí. Y, tal vez, en su congruencia, le parece mejor ocultarlo que negarlo. Por eso da pocas entrevistas y evita los debates. Su programa de gobierno parece una inofensiva reedición del acuerdo de paz con las Farc, salpicado de elementos woke y jerga petrista, y no el programa del XXII Congreso de la Urss.

El tema central de su propuesta política es el “Acuerdo Nacional”, una iniciativa que suena cuca pero que nadie sabe bien en qué consiste. ¿Se trata de un pacto como el de Benidorm que llevó al Frente Nacional? ¿Es un acuerdo “sobre lo fundamental” como lo proponía Álvaro Gómez? ¿Es algo parecido a la “Unidad Nacional” de Santos?, que era un acuerdo tecno-burocrático para darle gobernabilidad a unas reformas.

O es, como muchos temen, una maniobra para meternos por la puerta de atrás la “Convención Nacional” del ELN.

Que a nadie se le olvide que Cepeda es el arquitecto-constructor de la Paz Total. La misma que ha causado 40.000 muertos en este trienio, según un estudio del Centro de Paz y Seguridad del Externado. La siguiente vuelta de tuerca será hacer realidad la fantasía elena de tener una constituyente corporativista de bolsillo. Para eso ya tienen un borrador en el monstruoso proyecto de ley elaborado por Eduardo Montealegre, que suplanta el ideal democrático de “una persona, un voto”, por representantes identitarios del “pueblo joven”, la etnia “Rrom”, la comunidad “campesina”, los “Lgtbi” y demás micro-segmentos sociales. Ni la Anac de Laureano se atrevió a tanto. Solo les falta darle su porción de curules constituyentes a Gabino, Calarcá, Mordisco y Márquez.

La pregunta clave es si el Cepeda presidente –de serlo, y para eso todavía falta un trecho– insistirá en imponer su proyecto de Acuerdo Nacional-Constituyente a los trancazos, inventándose teorías jurídicas para refundar la patria, o preferirá engavetar la idea una vez se dé cuenta que insistir en el propósito es lanzar el país a la guerra civil.

Porque de ese tamaño es la cosa. La izquierda colombiana siempre ha caído en la falacia de la sobrerrepresentación. Creen que personifican el pueblo y que sus contradictores son una minoría oligárquica que mantiene sus privilegios a punta de intimidación y engaño. Lo cierto es que la minoría son ellos y que cualquier victoria que logren será obtenida por coaliciones de oportunidad. Intentar reemplazar el consenso de 1991 con una constituyente bolchevique generaría una ruptura que acabaría en violencia, que es como suelen acabar estas cosas en Colombia. Remember 1949.

Da la impresión de que las agremiaciones empresariales que por estos días invitan a Cepeda a encuentros pecan de ingenuidad. Creen que lo pueden convencer de implementar mejores políticas públicas, pero él ya está convencido: uno no estudia filosofía marxista en Bulgaria para cambiar de opinión. Quizás resulta que los que se creen marioneteros acaban siendo ellos mismos las marionetas. Como memorablemente le pasó a la comunidad judía convocada por esta misma época hace cuatro años a tertuliar con Petro. Se trataba de intercambiar opiniones, pero el resultado fue un acto de campaña que legitimó la aspiración presidencial del mandatario más antisemita de la historia nacional.

El que intente dialécticas habermasianas con bolcheviques lo hace a su propio riesgo. “Tú tienes derecho a opinar lo que quieras y yo tengo derecho a fusilarte”, decía Stalin. No se sorprendan si a Cepeda, al igual que hizo Petro en su momento, le da por esculpir en cartón piedra su promesa de no convocar una constituyente para que una vez elegido le declare la guerra a muerte a sus opositores y anuncie el “momento constituyente” del que hablaba Negri (miembro de las Brigadas Rojas, por cierto).

Cepeda es un personaje indescifrable. Es un acertijo dentro de un misterio envuelto en un enigma, como describía Churchill a sus colegas rusos. Puede ser nuestro candidato de Manchuria, el espía topo que llega a la presidencia y que se destapa cuando es demasiado tarde. O puede ser la buena persona que describe María Jimena. El Nelson Mandela o el Pepe Mujica colombiano.

Hasta ahora solo él lo sabe. Nos corresponde a los demás cuestionarlo sobre sus verdaderas intenciones. Forzarlo a participar en debates, escudriñar su pasado y sus posiciones. Conocer a sus amigos. Preguntarle sobre cómo y con quién gobernaría y cuáles son sus ideas sobre los problemas del país. No nos podemos dar el lujo de quedar satisfechos con respuestas ambiguas o abstracciones. Lugares comunes como “con la paz todo, contra la paz nada” no sirven. Puede que nunca conozcamos al Cepeda de verdad, pero, si las cosas salen mal, por lo menos que nadie diga que no hicimos la tarea.

Fuente: La Silla Vacía