Heráclito
28-11-2025, 06:59:52
Requisitos
¿Cómo es posible que este gobierno alérgico al clasismo termine en el triunfo aplastante de la rosca, de la camarilla, de la corte del rey?
Ricardo Silva Romero
27.11.2025 22:00
Actualizado: 27.11.2025 22:00
Cómo ha envejecido de mal la frase “cualquiera puede ser presidente”: pasó de ser una promesa de la democracia a ser una traición a la patria, una especie de broma macabra. En el patético siglo XXI, semejante parodia de la historia, ya hemos tenido jefes del Estado que han sido balbuceantes presentadores del Noticiero TV Hoy, gobernadores penumbrosos con hermanos condenados por paramilitarismo, muchachos que quieren ser presidentes cuando grandes, excombatientes que indultamos, acogimos y admiramos por sumarse a la democracia, pero luego les salimos a deber a sus trastornos. ¿Cómo es que es tan difícil, en este país de 53 millones de personas, un gobierno que no esté trenzado con el hampa? ¿Por qué una minoría corrupta y armada suele ganarnos la partida? ¿La gente es más o menos buena y el Estado colombiano la corrompe?
Cualquiera es presidente: ¿por qué el gobierno actual no puede tener entonces –se dirá– un gabinete de convidados de piedra que asienten en las transmisiones de esta televisión de régimen?, ¿por qué no nombrar en cualquier cargo, en el nombre del pueblo, a una activista sin título universitario que está siendo investigada por abusar de las aeronaves de la Policía?, ¿por qué no confiarles la inteligencia del país, como se hizo a principios de siglo, a figuras “con conexiones”? ¿No es obvio e insólito que se trate de sepultar la meritocracia en esta administración en contra de las instituciones, en esta oclocracia agónica que es otro amago de autoritarismo –sino que ahora “de izquierda”–, en la que se quiere creer que los diplomáticos son aristócratas y los médicos son niños ricos que se la pasan tomando café en el parque de la 93?
"Se busca una ciudadanía plural que no solo exija que se cumplan a cabalidad los requisitos constitucionales para ocupar cargos públicos"
Como en la pesadilla del Palacio de Justicia, repito, el colombiano de todas las suertes que se ha hecho a sí mismo –que ha estudiado lo suyo, ha trabajado desde la madrugada, ha cuidado día a día a su familia, ha arriesgado la vida y ha vivido del cuello con el corazón en la mano– sigue atrapado en el fuego cruzado entre los emancipadores del pueblo y los salvadores de “la democracia, maestro”: cuando no lo están desconociendo los herederos del cliché de Bolívar lo están arriando los usurpadores de las razones de Estado, y entonces vivir aquí en Colombia es una especie de exilio en la propia tierra: un exilio de puertas para adentro en el que se va dando la vida. No es fácil vivir en paz en este sitio: hay demasiados peajes por el camino. El trabajo duro es más duro, sí, pero el país está lleno de trabajadores a la altura de sus puestos.
La Constitución de 1991, que es una carta política contra las segregaciones, tiene claros tanto los requisitos como los méritos que debe cumplir un ciudadano de los nuestros para llegar a ser un funcionario: que levanten la mano todos los empleados públicos que a puro pulso –sin trampas ni dueños– han hecho una carrera en el Estado. ¿Cómo es posible que este gobierno alérgico al clasismo termine en el triunfo aplastante de la rosca, de la camarilla, de la corte del rey? ¿No es una prueba más de un sectarismo de los viejos tiempos combinado con un profundo desconocimiento de nuestras instituciones? ¿De verdad creen que las facultades de Medicina son clubes sociales o que los consulados son salones de bridge, como esas telenovelas remotas que fantaseaban con parejas de ricos que se decían “baby”?
Se busca una ciudadanía plural que no solo exija que se cumplan a cabalidad los requisitos constitucionales para ocupar cargos públicos –pues los requisitos nos igualan a plena luz del día–, sino que además vote por gobernantes que lleven a cuestas la historia, la carrera, la representación, el conocimiento, la compasión, la decencia y la autoridad moral para llamarse líderes.
Fuente: El Tiempo