Relojes02
07-08-2025, 16:06:03
Era el verano de 2012, tenía 22 años y estaba en una fiesta en casa de un amigo de la universidad. Allí conocí a Laura, una pelirroja despampanante: piel blanca como porcelana, pecas salpicadas en el rostro, ojos verdes que cortaban el aliento y un cuerpo que era puro deseo, con curvas apretadas en un vestido negro que dejaba poco a la imaginación. Bailamos pegados, sus caderas moviéndose contra mí, y el roce de su cuerpo me tenía al borde de la locura.
Al final de la noche, me susurró su dirección y un “ven si quieres” que sonó como una orden.No lo pensé dos veces. Salí de la fiesta, tomé un taxi con lo último que tenía y llegué a su apartamento, un loft pequeño con una cama enorme en el centro. Laura abrió la puerta en ropa interior de encaje negro, su cabello suelto cayendo sobre los hombros. “Llegaste rápido,” dijo, con una sonrisa que prometía problemas. Sin mediar palabra, me jaló hacia adentro y me besó con una intensidad que me dejó sin aire. Sus labios eran fuego, su lengua exigente, y sus manos ya estaban desabrochando mi camisa.
La empujé contra la pared, mis manos recorriendo su cuerpo, apretando sus pechos firmes, sus pezones duros bajo el encaje. Ella gimió, mordiendo mi labio, y deslizó su mano dentro de mi pantalón, acariciando mi erección con una presión que me hizo jadear. “Quiero todo de ti,” susurró, y se arrodilló, bajándome el pantalón. Su boca me envolvió, caliente y húmeda, moviéndose con una destreza que me hizo apretar los puños. No pude contenerme y la levanté, arrancándole la ropa interior con un movimiento rápido.La tiré en la cama, sus piernas abiertas invitándome. Besé su cuello, bajé por sus pechos, chupando sus pezones mientras mis dedos exploraban su entrepierna. Estaba empapada, suave, y sus gemidos se volvieron salvajes cuando jugué con su clítoris, alternando roces rápidos y lentos. “Ya, por favor,” suplicó, su voz rota por el deseo. La penetré de un solo empujón, su calor y estrechez arrancándome un gruñido. Nos movimos con furia, sus uñas clavándose en mi espalda, sus caderas chocando contra las mías. “Más fuerte,” exigió, y obedecí, embistiéndola hasta que la cama crujía.Su cuerpo se tensó, sus gemidos subieron de tono, y un orgasmo la atravesó, su vagina apretándome mientras temblaba. “Sigue,” jadeó, y no paré, empujando más profundo hasta que exploté dentro de ella, un clímax que me dejó sin fuerzas. Colapsamos, sudorosos, sus piernas enredadas en las mías. “Eso fue una locura,” susurró, besándome suavemente.A la mañana siguiente, me dio un café y un beso rápido. “Esto fue increíble, pero no tengo espacio para más,” dijo, con una sonrisa triste. Me fui, su aroma todavía en mi piel, sonriendo como idiota en el bus, sabiendo que esa noche me había marcado para siempre.