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Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
Los mejores licores
Heráclito
03-05-2025, 10:29:37
Lo peor del cuento en este momento es que no se asoma un candidato fuerte, carismático, que sea capaz de aglutinar a las masas y enfrente al presidente-candidato. Lo más cercano podría ser Claudia o quizás Vargas Lleras. De resto no hay con qué hacer un caldo.

Antes de la "consulta", el gobierno estaba sumido en su incompetencia y su corrupción. Hoy, ha resurgido reivindicando derechos de los trabajadores formales a los que nadie podría decir que no. Algo ha mejorado su aprobación, pero no le alcanza para 2026, salvo que la oposición siga fragmentada.

Guerra a Muerte

Luis Guillermo Vélez Cabrera

Es curioso que los mismos que se irritan por una nota de prensa donde se hace una relación de los influenciadores pagados del régimen, ahora aplauden cuando el presidente de la República le declara la guerra a muerte a sus opositores.

Hay un claro doble racero en el tema. Por un lado, sensibilidad de pompa de jabón ante cualquier crítica –aunque la plata de las bodegas del régimen salga de nuestros bolsillos– y por el otro, deshumanización del contradictor. HPs es lo más suave que les han dicho.

El caso es que a Petro se le fue la mano con las analogías bolivarianas y esta vez escogió una que invoca el aspecto más oscuro de la personalidad del Libertador. La guerra a muerte que le declaró a los “españoles y canarios”, en lo que han llamado la Campaña Admirable, fue un genocidio puro y simple. Una limpieza étnica de grandes proporciones que hoy sería fácilmente tipificada como un crimen contra la humanidad.

Los apologistas del presidente dirán que son inocuos excesos verbales proferidos al calor de las masas. Otros calladamente le justificarán el resentimiento argumentando agravios reales o imaginados del pasado. La oligarquía lo tenía bien merecido, será la justificación.

La verdad es que nunca en la historia republicana se había tenido a un jefe de Estado –quien debería simbolizar la unidad nacional– vociferando tal cantidad de improperios en contra de sus contradictores. Gaitán es lo más cercano, pero nunca fue primer mandatario, y cuando ejerció funciones públicas guardo prudencia con sus palabras. López Pumarejo, el verdadero reformador, sufrió una brutal y calumniosa oposición, pero nunca se dejó tentar por las provocaciones mientras que Rojas, quien probablemente tenía tantas o más razones para rabiar contra sus enemigos, fue igualmente cauteloso.

Todos sabían que las palabras matan. Como efecto acabó pasando cuando la civilidad democrática se fue erosionando a finales de los cuarenta hasta que acabamos con un tiroteo en el Congreso de la República. Y después vino La Violencia, un fenómeno netamente político alimentado en muy buena medida por la retórica descarriada.

Es difícil saber a dónde nos llevará el escalamiento de este discurso del odio escupido desde la presidencia. Quienes estén leyendo encuestas en la Casa de Nariño quizás concluyan que les está funcionando. El desdoblamiento entre la popularidad de Petro (que aumenta) y la de su gobierno (que disminuye) es ciertamente sorprendente. La ficción de que el presidente y el resto de la rama ejecutiva son dos cosas diferentes, donde el primero es un vengador justiciero y los segundos un sartal de incompetentes, está confirmando su utilidad.

La pregunta que hay que hacerse es cómo debe reaccionar la oposición, no solamente ante el escalamiento de la violencia verbal sino ante el renovado ímpetu del régimen.

No parece acertado responder insultos con insultos, aunque es importante resaltar que ciertas cosas, como la declaratoria de guerra a muerte, son inaceptables. Lo otro es recuperar la iniciativa política en clave electoral.

Haber negado la reforma laboral no fue un error, como lo han dictaminado miembros destacados de la opinocracia. Lo que fue un error era hacerlo sin un plan para el día después. El petrismo improvisó el suyo anunciando una consulta popular que le ha dado propósito a un gobierno esencialmente desorientado.

A estas alturas, para desactivar la bomba de relojería que le arrojó el gobierno a la oposición, lo mejor sería negar el concepto de esta en el Senado. Vendrán las consabidas acusaciones de indolencia oligárquica-esclavista, etc. pero estas durarán un par de semanas hasta que el próximo escándalo oficial distraiga a la opinión. Paralelamente, se podría impulsar la reforma laboral de los liberales que atiende algunas de las reivindicaciones de los trabajadores sin todos los excesos anti-empleo de la propuesta petrista.

Sin embargo, en 2026 se necesita una narrativa que sirva como alternativa a la propugnada por el régimen. No basta con decir que no a casi todo, aunque esto sea el presupuesto lógico y primario de la oposición. Hay que proponer algo en su reemplazo. Hace unas semanas en esta columna se plantearon algunas ideas que se enmarcan en el plano del verdadero progresismo, pero uno tiene la impresión de que las políticas públicas como ítems de campaña son insuficientes.

Tampoco sirve decir que antes todo estaba bien –aunque ciertamente estábamos mejor que ahora, por lo menos en lo que a salud y seguridad se refiere–. Puede que la promesa de cambio de Petro haya desilusionado, pero esos mismos que votaron por él podrían darle un nuevo mandato al régimen si consideran que, a pesar de lo malo, sigue siendo mejor que el pasado.

Esa precisamente es la apuesta de Petro: encender el discurso para exacerbar los resentimientos y la rabia con el estado de cosas pasadas y presentes. Buscar culpables es la pócima mágica del populismo. La insatisfacción con los resultados tangibles de este gobierno fracasado –que muchas veces son contraproducentes para sus destinatarios– se compensa con la satisfacción psicológica que da la retribución de una afrenta percibida. Se ve con frecuencia en los debates sobre la igualdad. Para muchos es mejor que todos sean pobres –o sea, iguales en la pobreza– a que existan unos mucho más ricos que otros, así los pobres sean relativamente menos pobres frente a estos ricos muy ricos. O en la misma reforma laboral negada, que le confiere privilegios a los trabajadores formales, que son pocos, pero que condena a la precariedad a muchos que se mantendrán en la informalidad.

Petro ha encontrado su filón y lo va a explotar. Su vulnerabilidad está en que no tiene candidatos propios que le den la talla electoral. La oposición debe salir de la maraña de la consulta popular negando el costoso esperpento y definir sus candidatos. Pero, sobre todo, tiene que pensar seriamente en una visión de país que resuene con los millones de personas que creen que lo que había antes –y lo que hay ahora– no es satisfactorio.

Fuente: La Silla Vacía