Heráclito
05-12-2024, 07:53:10
El estilo de liderazgo de Petro facilita escándalos como el de Bonilla
por Juanita León
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El presidente, Gustavo Petro y el Exministro de Hacienda, Ricardo Bonilla.
Para justificar la salida de su ministro de Hacienda por las acusaciones de corrupción que pesan en su contra, Gustavo Petro ahora se presenta como víctima de un “golpe blando” en versión macroeconómica. Pero su estilo de liderazgo también facilitó que el escándalo de la Ungrd haya cobrado hasta la cabeza de su ministro
Es cierto, como dijo el presidente en su larguísimo trino en el que le pide la renuncia a Bonilla, que las transacciones presupuestales siempre han existido en el Congreso, particularmente en las comisiones económicas. La Comisión Interparlamentaria, la que supuestamente Bonilla sobornó con contratos, la llaman la “comisión de la comisión”, como contó La Silla en esta historia hace unos meses.
Durante el primer mandato de Álvaro Uribe, el entonces ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, propuso eliminarla, pero solo contó con el respaldo de unos pocos congresistas. Entre ellos, Germán Navas, del Polo, que la definió como “ese peaje que se le montó al gobierno nacional en manos de algunos privilegiados”.
Un año después, en 2007, una comisión convocada por el Banco de la República, en la que estaban Alejandro Gaviria, Rodrigo Botero y Mauricio Cárdenas, recomendó, otra vez, acabarla. El Congreso ignoró la recomendación y tanto Carrasquilla como Cárdenas, cuando fue su turno de ser ministro de Hacienda, lidiaron con esta comisión para lograr la aprobación de los créditos internacionales.
“Las transacciones presupuestales siempre han existido en el Congreso”, dice la profesora de los Andes Mónica Pachón, experta en el Congreso. Explica que el congresista es reconocido en el Capitolio y en sus regiones no por sacar leyes sino por su capacidad de incidir en los proyectos del Ejecutivo, y en “bajar” la plata hacia sus zonas de influencia política a partir de una negociación política con el gobierno de turno.
“Ese proceso se puede seguir en la gaceta del Congreso”, dice Pachón, porque los congresistas meten proposiciones con inversiones en sus regiones en el Plan de Desarrollo y en el proyecto del Presupuesto y luego se traducen en leyes y decretos. “Pero que el ministro de Hacienda esté haciéndole el mandado a los congresistas y las conversaciones que se ven ahí con el director de la Ungrd es otro nivel y no debería ocurrir”, dice Pachón.
Y es que si bien esas negociaciones para conseguir el respaldo a las reformas del ejecutivo a cambio de ‘cupos indicativos’, inversiones regionales o ‘mermelada’ siempre han existido, en este caso la negociación fue a otro precio. A juzgar por las confesiones de la asistente de Bonilla, Alejandra Benavidez, a la Fiscalía, involucró el direccionamiento de contratos a contratistas especificos escogidos por los congresistas que tenían que aprobarle a Hacienda el cupo de endeudamiento.
Lo fue a otro precio porque Petro tiene –por voluntad propia– una coalición minoritaria, porque incentiva el desmantelamiento de la tecnocracia, porque a pesar de la impopularidad de sus reformas se empeña en pasarlas sin modularlas, y porque él le pinta a sus ministros la ‘tierra prometida’ de su gobierno pero usa en la práctica muy poco su poder para superar los escollos intermedios para llegar allá. Además, les exige el sacrificio de cumplir el programa de gobierno sin dejarse ‘intimidar’ por los organismos de control.
La implosión de la coalición
En abril de 2023, nueve meses antes de las negociaciones de Bonilla con los congresistas que ahora lo tienen contra las cuerdas, el presidente Petro había decidido romper abruptamente su coalición en el Congreso. Sacó a sus ministros liberales –a Cecilia López, José Antonio Ocampo y Alejandro Gaviria— y cortó con partidos grandes como el Conservador, la U y el Liberal que lo habían acompañado en su primer semestre en reformas importantes como la tributaria.
Así, de un día para otro y sin que hubiera una razón aparentemente fuerte para hacerlo, el gobierno implosionó su coalición y se quedó sin la mayoría de votos que necesitaba para pasar sus reformas. A diferencia de los anteriores, el gobierno Petro se encontró en la posición inédita de ser una fuerza minoritaria en un Congreso en el que el “partido del gobierno” siempre había tenido la capacidad de sacar adelante sus proyectos bandera.
A partir de ahí, Petro decidió que su nuevo “esquema de gobernabilidad’ estaría basado en la negociación al ‘detal’ con congresistas de cada uno de los partidos, liderada por el respectivo ministro del ramo de la reforma que se discutiera. Para ello, empezó su esfuerzo por romper cada una de las bancadas para negociar con senadores y representantes de manera individual.
“Siendo minoría es mucho más difícil patinar los proyectos en el Congreso, y sin acuerdos con los partidos tiene que convencerlos uno a uno”, dice el analista político Yann Basset. “Eso implica un tipo de transacción que a veces no es corrupción abierta sino que busca mover proyectos, infraestructura para su región pero a veces es franca y llana corrupción como aparentemente ha sido en la Ungrd, y viene siendo allí desde antes de este gobierno.”
Esa negociación al detal tampoco la estrenó este gobierno. Pero, como dice el analista de Eafit Gustavo Duncan, “se vuelve más costosa por el tamaño de las reformas que quería Petro”.
El presidente, que está convencido que deriva su mandato no de todos los colombianos, ni de los 11 millones que lo eligieron y ni siquiera de los 8, 5 millones que votaron por él en primera vuelta, sino de los que marcharon en las protestas del 2021 le apostó el capital político de su gobierno a sacar reformas radicales como la de la salud que contaban con muy poco consenso en la sociedad.
Como lo demostró una encuesta que hizo la Andi en su momento, la mayoría de colombianos consideraba que el servicio de su EPS podía mejorar, pero no quería acabar con ellas, que es justo lo que proponía la reforma. El rechazo a la reforma también unió a prácticamente todos los ex viceministros y ex ministros de salud de los últimos tres gobiernos que se odiaban entre sí; y a la mayoría de asociaciones grandes de pacientes y a muchas de los médicos.
“Los consensos en la opinión marcan hasta dónde el gobierno puede contar con el apoyo o no del Congreso”, dice Duncan. “Es distinto extorsionar cuando no está de acuerdo la sociedad con una reforma, que cuando está de acuerdo. Petro no quiso hacer una reforma con un amplio consenso social sino lograrla con la politiquería”.
El profesor del Rosario Basset dice que este episodio le recuerda el escándalo de Mensalao de Lula en Brasil en su primer período: “Tienes un gobierno de izquierda que llega por primera vez, un gobierno con ambiciones reformistas fuertes. Es minoritario y compartir el gobierno, implica moderar las ambiciones de reforma. Lo que hizo el PT fue no negociar el programa sino comprar a los congresistas”.
Lo que muestra todo el escándalo de la Ungrd es que el gobierno estuvo más dispuesto a negociar sus principios y caer en las mismas o peores prácticas políticas que Petro llevaba toda su vida denunciando como corrupción, que negociar sus reformas.
Con el ingrediente adicional de que este gobierno ha desmantelado la tecnocracia, que suele tener la capacidad de darle una mayor credibilidad a las reformas y de defenderlas ante las bancadas y los otros grupos de interés.
La tecnocracia económica de Hacienda, en particular, Petro la ha visto con más recelo desde que la dirección de presupuesto del ministerio se opuso públicamente al decreto de liquidación del presupuesto que él quería firmar al principio de este año pero dejaba en vilo vigencias futuras ya comprometidas por 13 billones de pesos.
Ese episodio, que provocó también la salida de su jefe de Planeación Nacional, el tecnócrata de izquierda Jorge Iván González, fue retomado por Petro en un consejo de ministros inmediatamente posterior en el que dijo tres cosas, según contó a La Silla un testigo presencial: que el cambio se hacía a partir de la confrontación, no de acuerdos; que quería funcionarios que trabajaran 24 horas y no le temieran a los órganos de control, a quiénes él mismo había vencido como alcalde de Bogotá en la Plaza de Bolívar cuando lo destituyó arbitrariamente el Procurador; y que el pecado originario de su gobierno había sido nombrar a técnicos como José Antonio Ocampo, Cecilia López, Alejandro Gaviria y Jorge Iván González porque desfiguraron su programa de gobierno. Por eso él prefería gobernar con activistas.
Lo repitió ahora en su trino de renuncia de Bonilla: “La técnica neutra, vuelta tecnocracia, solo es un engaño mental, no es más que poder de los más ricos de la sociedad y del mundo.”
Los ministros, entonces, no cuentan con un equipo que conozca el tejemaneje del poder, las formas necesarias para sacar adelante sus proyectos, que les digan cuando algo realmente los pone en riesgo de quedar en la cárcel o con sus carreras truncadas en la Procuraduría o Contraloría. La mayoría de ellos son activistas o académicos como Bonilla que se rodean de otras personas parecidas pero más inexpertas.
Estos ministros tampoco cuentan, como si lo hicieron sus equivalentes en gobiernos anteriores, con la posibilidad de que el presidente utilice su poder para llamar a un congresista reacio a convencerlo, porque si algo caracteriza a Petro es su distancia frente a su gabinete y su reticencia a remangarse la camisa para trabajar con ellos hombro a hombro.
Petro ha alentado una cultura de gobierno que justifica en sus promesas e intenciones de mejorar la vida de los excluidos todo lo que hacen sus funcionarios, así violen los procedimientos y las normativas a las que el presidente ha descrito en discursos públicos ”como el primer obstáculo de un gobierno”. Ahora, Bonilla necesitará que el fiscal que lo investigue también lo crea.
Fuente: La Silla Vacía
señorpfizer
05-12-2024, 13:08:09
Ahora los petristas denuncian a los petristas