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06-11-2015, 22:19:08
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07-11-2024, 11:18:43
Al filo del abismo

Los caudillos no son sino unos charlatanes que se sirven de la ruina para perpetuarla, unos profetas del desastre que engendrarán.

Juan Esteban Constaín

Llevo años obsesionado con un libro del que ya otras veces he hablado aquí: una obra maestra, una joya, que escribió Grete de Francesco, historiadora austriaca y judía asesinada por los nazis en el campo de concentración de Ravensbrück. El libro se llama El poder del charlatán (sí: otra vez) y es una historia de la magia, la adivinación, los milagros y la superstición en la Europa del siglo XVI en adelante.

Se trata de un texto erudito y brillante, escrito con una gracia y una belleza muy extrañas, dado el tema, en el que Grete de Francesco muestra cómo la esencia de los milagreros y los charlatanes en aquel tiempo, la razón fundamental de su éxito y su prestigio, radicaba en la credulidad de su público, en la necesidad desesperada de esa gente de encontrar la salvación a cualquier costo. La vida era un acto de fe, un hecho milagroso, y así había que sobrevivirla.

Lo curioso es que esa época es también la del surgimiento de la Modernidad y todos sus discursos racionales e ilustrados, debajo de los cuales, en sus grietas, pervive ese espíritu esotérico que hace que las grandes masas prefieran aún la magia y el misterio para resolver su destino y su suerte. Es allí donde está el poder del charlatán, en la persuasión y la entrega que, de antemano, desde el principio, reconoce y promueve en su clientela.

Por eso, decía Grete de Francesco, el charlatán requiere y propicia que su auditorio esté al filo del barranco, desesperado, al acecho siempre de algún mesías que le ofrezca la salvación. La gente cree en sus embustes porque quiere creer, porque lo necesita con furia, porque es su última esperanza. Sus milagros son una ilusión: la convicción que tienen sus presuntos beneficiarios de que en efecto han ocurrido.


"Los pueblos se entregaban a sus presuntos salvadores que los embrujaban o que más bien explotaban su credulidad y sus dolencias, su rabia, su frustración."


Es un método recurrente que en el libro está ilustrado con el ejemplo y el recuerdo de la vida y las promesas de los grandes saltimbanquis, magos, tahúres, alquimistas y taumaturgos de la historia, desde Cagliostro hasta Giuseppe Francesco Borri, todos los cuales, además, usaban con eficacia y maestría el recurso de la propaganda: la difusión de un relato que hacía que la gente creyera en sus mitos y en sus patrañas.

El poder del charlatán tuvo pocos lectores en su tiempo, cuando salió en 1937. Pero dos de ellos, Walter Benjamin y Thomas Mann, nada menos y nada más, se miraron deslumbrados al descubrir que en él había una especie de clave secreta, un código que había que descifrar y que no tenía que ver con el contenido del libro en sí mismo sino con su manera tan profunda y tan lúcida de describir el comportamiento de las masas.

De hecho fue Thomas Mann quien lo dijo: "Este libro es una historia del fascismo y sus orígenes". No lo parecía, claro que no, porque ya para entonces la represión y la censura, el horror, se metían por todas las hendijas; pero ahí estaba la explicación de cómo y por qué semejante infierno había surgido, aupado por millones de personas que iban camino del desfiladero, dichosas, aplaudiendo a sus verdugos.

Los resortes del totalitarismo eran los mismos del pensamiento mágico en la temprana Modernidad: los pueblos se entregaban a sus presuntos salvadores que los embrujaban o que más bien explotaban su credulidad y sus dolencias, su rabia, su frustración. Los caudillos no eran (no son) sino eso: unos charlatanes que se sirven de la ruina para perpetuarla, unos profetas y mecenas del desastre que ellos mismos habrán de engendrar.

Quizás la democracia no sea sino una breve excepción en la historia de la humanidad, decía Jean-François Revel, un accidente frágil y fugaz que niega el verdadero espíritu de la humanidad, urgida siempre de utopías y delirios que al final, sin remedio, la llevan a ese abismo que es su espejo y su destino.

Fuente: El Tiempo