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Los reyes del mundo

El lema terrible de ‘cada pueblo tiene los gobernantes que se merece’ nunca había resultado tan certero como hoy, aquí, ahora mismo.

Melba Escobar

Basta ver lo que ocurre en la franja de Gaza, en Ucrania, en Valencia, con la dana que se va llevando todo por delante, para entender que tal vez, en el género del terror futurista, la realidad ya supera a la ficción. Hay quienes se declaran deprimidos, infelices, derrotados ante un mundo gobernado por narcisos como Javier Milei, Nicolás Maduro, Donald Trump o Nayib Bukele. Vivimos en un planeta ideal para narraciones apocalípticas, para series audiovisuales del fin de los tiempos que nos muestran imágenes cada vez más parecidas a la realidad que habitamos. ¿Llegaremos al punto en el cual estas no sean ya ficciones sino documentales? ¿O habremos llegado ya a él?

Esto lo escribo mientras me tomo un café y afuera, aunque es domingo, unos hombres taladran la carrera tercera a la altura de la calle 12, en La Candelaria, en el centro de Bogotá, donde están reparando la calzada. Porque el mundo sigue, y una cuadra más arriba suena música tecno a todo vatio, aunque ya sea por la mañana. Pasa una moto a toda velocidad conducida por un joven sin casco, pero con un enorme ramo de flores mal sujetado. Y así todo se junta en la mitad del puente festivo en el cual todo parece igual que siempre, incluyendo a los turistas extranjeros que ahora son parte permanente del paisaje en esta parte de la capital.

Hoy cumple años mi hermana, hoy siguen hablando de la COP16, hoy en cualquier parte del globo se habla de corrupción, de abusos de poder, de cambio climático, de migraciones masivas, de guerras y de inteligencia artificial. Y, también, en cualquier lugar parecen estarse agotando las buenas ideas que alguna vez llegó a tener la burguesía para proponer soluciones colectivas, con el convencimiento de que, como decía Churchill, la democracia es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás.

Vivimos en un planeta ideal para narraciones apocalípticas, para series audiovisuales del fin de los tiempos que nos muestran imágenes cada vez más parecidas a la realidad que habitamos
Ya eso no es tan obvio para muchos. Es como si el espíritu del ser humano, ese mandamiento implícito en nuestra condición biológica de vivir por y para la manada, estuviese deshaciéndose en medio de una creciente epidemia de narcisismo. Al igual que a tanta gente sensata, me aterra una reelección de Trump en Estados Unidos, pero no me sorprendería. Y no me sorprendería porque Kamala ha centrado su discurso presidencial en que ella no es su adversario; no en lo que hará sino en lo que no hará.

Y así parece que estamos en esta tierra de pasiones desabridas a menos que sean individuales. A los políticos se les acabó la imaginación, y a los que se llaman moderados se les va toda la energía en garantizar el daño que no van a cometer en lugar de prometer el cambio tan esperado. Así, todo parece indicar que votamos por el que hará menos destrozos, no por el que permitirá construir hacia delante. Y es que, en medio de tantos desencantos, tenemos la percepción de vivir en sociedades indecentes donde la política no es otra cosa que un sistema de entretenimiento prefabricado a la medida de sus consumidores.

Competitivos hasta la ferocidad, ansiosos de aprobación, necesitados de vitrina y aclamación, nos encontramos sumergidos en un estado de codicia imparable mientras permanecemos siempre insatisfechos. Ante un mundo entregado a las predicciones del juicio final, quizá tenga sentido apoyarnos en el individualismo como la única fe posible. Una vez perdida la noción de la historicidad, si sentimos que la sociedad no tiene ningún porvenir, entonces es coherente permanecer en un eterno presente inagotable donde nuestros actos no tienen consecuencias. Ya en política, ya en religión, en cultura o medio ambiente, la percepción del abismo nos empuja al corto plazo, al adanismo y a la lógica de supervivencia del “sálvese quien pueda”. ¿Quién ganará las elecciones de mañana? Ni idea. Lo cierto es que el lema terrible de “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece” nunca había resultado tan certero como hoy, aquí, ahora mismo.

Fuente: El Tiempo