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06-11-2015, 22:19:08
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05-10-2024, 16:10:21
22 meses quedan para que Petro y su grupo regresen a la oposición. No dejarán mucho, pero con lo que quede pasarán dos cosas: la primera, que durarán su tiempo para regresar; la segunda, que se necesitarán varios gobiernos para remediar el desastre.

Que dejen algo

Luis Guillermo Vélez Cabrera

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Se les escucha decirlo en los pasillos y en los foros donde hay empresarios. Seguramente, a puerta cerrada, cuando no están, sino ellos, el reclamo será más vehemente. “Que dejen algo”, dicen los funcionarios de alto rango de este gobierno y los parlamentarios de la coalición oficial. También lo ha dicho Petro y Francia, con las mismas palabras, más o menos.

La solicitud tiene que ver con lo que perciben es la mezquindad del empresariado. O de los ricos, o de las oligarquías, o de la “clase dirigente”, escojan ustedes el objetivo de la invectiva. Especialmente cuando se discuten asuntos relacionados con impuestos o reformas legislativas vinculadas con los medios de producción.

A renglón seguido viene usualmente una cita del coeficiente de Gini para reforzar el punto. “Somos el país más desigual del mundo”, continúa el lamento gubernamental. Lo cual, además de ser falso, no significa gran cosa si fuera verdad. La desigualdad –o la igualdad– en este tipo de mediciones no quieren decir mucho en materia de prosperidad, justicia social, pobreza y desarrollo humano. Hay países relativamente desiguales, con poblaciones prósperas, como la China y los Estados Unidos, y países muy iguales, con poblaciones paupérrimas.

Guinea-Bissau, que tiene uno de los índices de mortalidad infantil más altos del mundo (55 por cada 1.000 nacidos) y un PIB per cápita de $912 dólares por persona, es más “igual”, según su Gini de 34.80, que el Reino Unido, que tiene un Gini de 35.10 y un PIB per cápita casi cincuenta veces más grande. Mientras que el 26% de la población de Guinea-Bissau vive en la pobreza extrema, en el Reino Unido solo el 0.2 % vive en esa condición. ¿Cuál entonces es un país más “igual”?

Se puede tener alta desigualdad en un entorno de riqueza –y eso no tiene por qué ser un problema– y se puede ser muy igual en la pobreza, lo cual siempre es indeseable (salvo que se crea en el modelo socialista cubano). Es más, cuando hay crecimiento acelerado de la economía, la desigualdad suele aumentar, porque unos se enriquecen más rápido y en mayor proporción que los otros, aunque al final todos acaban mejorando. Es el caso de la China. Y quizás sea el caso de Colombia en los últimos treinta años y, ciertamente, es el caso de Brasil y México.

Digresiones sobre la insulsa fetichización del Coeficiente Gini aparte, lo cierto es que la comprensión sobre la generación de valor económico que tienen los que ahora viajan en carros oficiales (o reciben jugosos estipendios de dinero público por “influenciar”) es bastante pandita.

Lo vimos hace unos días con la intervención que hizo Mafe Carrascal en defensa de la reforma laboral, de la cual es ponente. Confundir ingresos con utilidades en una empresa, como lo hizo en el debate donde intentó explicar por qué el aumento de los costos laborales propuesto era insignificante (no lo es), confirma que este tipo de personajes ignoran por completo el funcionamiento más básico de un negocio. Aquello de pagar nóminas, tomar créditos, desarrollar productos, abrir mercados y solucionar (en vez de crear) problemas claramente no es lo de ellos.

En esta mezcolanza de activismo, pseudo-intelectualidad, resentimiento, social-bacanería, vagancia, incompetencia y pura y dura habladera de mierda que es la izquierda posmoderna colombiana, el espacio para el análisis de ideas es más bien poco. Y para las ideas económicas menos.

Ya se ha dicho que la teoría marxista del valor embadurna todo el pensamiento de las lumbreras del régimen, el presidente incluido. La economía de mercado, están convencidos, no es un gana-gana donde se genera valor social para todos. Todo lo contrario: en este entendimiento lo que ganan unos, lo pierden otros. Es lo que explica la solicitud para que “dejen algo”. El empresario, para ellos, no es más que un parásito que extrae la plusvalía al trabajador para acumularla en su codicioso provecho. La acumulación del capital, como está convencido Petro, no solo genera pobreza, sino que está destruyendo el planeta. Por eso “dejar algo” suena apropiado. Como en “dejen algo” de todo lo que le han quitado a los demás y quédense con el resto, así no se lo merezcan.

Hay cierta condescendencia en las palabras de estos aprendices de brujo que nos gobiernan. El desprecio por la economía de mercado y los empresarios es evidente. Sin embargo, al mismo tiempo y de manera contradictoria se jactan de su tolerancia con quienes consideran son los verdugos del pueblo. Petro los deja existir por su gracia, cree él. Esta benevolencia del líder supremo que habita la Casa de Nariño debe, eso sí, ser correspondida. Con genuflexiones y pactos. Como el llamado acuerdo nacional que no se pudo materializar, no porque los empresarios no lo quisieran (al emperador desnudo siempre le van a admirar sus trajes invisibles) sino porque el gobierno nunca fue capaz de articularlo.

Si lo anterior fuera solo un problema de retórica desenfrenada, venga y vaya. Dos años de bilis se podrían –y se van– a aguantar. Lo que preocupa es la senda de destrucción a la que se han abocado. La primera baja de alta valor fue el sistema de salud. A punta de eslóganes (“la salud es un derecho, no un negocio” repetían como loras) destruyeron una institucionalidad de treinta años. Reemplazarla, se están dando cuenta ahora que se les muere la gente en las puertas de los hospitales, será una gesta algo más complicada que balbucear lugares comunes. Luego seguirán demoliendo los servicios públicos, las concesiones de infraestructura, el sistema energético, el sector de hidrocarburos, la industria de la construcción y cualquiera otra área de la economía donde se hubiesen diseñado esquemas de cooperación público-privada.

Recoger los pedazos cuando acabe el tsunami petrista no será tarea fácil. Habrá que pensar en la elaboración de un arrume de decretos para ser firmado por el/la nuevo/a presidenta el 7 de agosto de 2026. A lo Milei, pero sin la fanfarria. Al fin y al cabo, si insisten en hacer la revolución por la vía ilegal del decretazo tocará, hacer la contra-revolución por la vía legal de la derogatoria. Plumazo mata plumazo.

En cuanto a las leyes petristas, más o menos ocurrirá lo mismo. El Congreso ha demostrado su relativa independencia. En el cambio de gobierno, donde es casi seguro que el Pacto Histórico recibirá una pela brutal, las mayorías les serán esquivas. Aplaudiremos cuando se rescinda –ojalá para siempre– la nefasta reforma tributaria de Ocampo; se caiga la reforma pensional anti-jóvenes y se modifique la ley de Paz Total que se convirtió en un eufemismo de impunidad absoluta. Ojalá que los que nos “dejen algo” sean los enchufados del actual régimen, que tienen uñas largas (es contigo David) y espíritu pirómano (et tu Carolina), para poder empezar lo más pronto posible la reconstrucción.

Fuente: La Silla Vacía