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El pasado del futuro

El ser humano es un animal fantasioso, el único con esa potestad de hacer de su vida una sucesión de quimeras y relatos.

Juan Esteban Constaín

Ayer, de puro desocupado, me puse a leer un texto magnífico que José Manuel Marroquín, el presidente de Colombia bajo cuyo gobierno se independizó Panamá, un gran filólogo y humorista, escribió a finales del siglo XIX sobre lo que iban a decir y a pensar los bogotanos de 1999. Lo mejor es que todo ocurre en globo aerostático, desde un atraco a mano armada hasta una serenata o un entierro, esa era la idea del porvenir que tenía el pobre Marroquín.

Imaginarse el futuro siempre ha sido una obsesión de nuestra especie, quizás eso sea lo que define a la humanidad: la imaginación con que piensa y recrea el tiempo, el de antes o el que vendrá. El ser humano es un animal fantasioso, el único con esa potestad de hacer de su vida una sucesión de quimeras y relatos, evocaciones y expectativas que le dan sentido y la jalonan, la van llevando hacia adelante para abrir ese camino ya intuido y soñado.

Los romanos practicaban el método político de la “adivinación”, que como su nombre lo indica consistía en invocar a los dioses, requerir la presencia y la compañía de la divinidad para hacer propicios y felices los días venideros. Los augures eran, en Roma, los sacerdotes encargados de presentir el curso del tiempo, y en cada ocasión solemne, sobre todo cuando se posesionaba un magistrado, leían el futuro en el vuelo de las aves, la “inauguración”.

En la Edad Media cristiana, que es la única que hay, y el nombre se lo puso uno de sus mejores exponentes, Francesco Petrarca, nada menos y nada más, en la Edad Media también hubo distintas formas del futurismo y la adivinación, la ciencia de predecir el futuro, el género literario e histórico de imaginar y describir lo que sería todo al voltear el camino. Claro, la obsesión del hombre medieval era el fin de los tiempos, la promesa apocalíptica del reino de Dios.

La Ciencia –así en mayúsculas, de eso se trata–, que es la gran invención de la Modernidad, también es su teología: el relato de su aspiración divina a conquistar y explicar y revelar el mundo y sus misterios.

Por eso la Modernidad fue la época en la que el futuro como idea cobró cuerpo y entidad, empezó a ser un lugar común, un territorio apetecible y conocido hacia el que la humanidad caminaba sin remedio y siempre para mejorar. No hay mito moderno más poderoso que el del progreso, la marcha hacia adelante, el relato de un presente que se mueve y avanza y por esa razón se supera a sí mismo, logra cosas más grandes y más felices.

La Ciencia –así en mayúsculas, de eso se trata–, que es la gran invención de la Modernidad, también es su teología: el relato de su aspiración divina a conquistar y explicar y revelar el mundo y sus misterios. Solo en la perspectiva del discurso científico, medible y cuantificable, racional, la idea del progreso tiene verdadero sentido, porque es allí donde está la línea de su evolución inmanente, esa palabra hoy perdida que quiere decir: “lo que va unido a su naturaleza”.

Pero toda visión del futuro es hija de su tiempo, como en el caso del texto de Marroquín, prisionera de la época que la engendra. El futurismo revela siempre los fantasmas y obsesiones, y los límites, de sus entusiastas militantes, como el reloj Hamilton que aparece en 2001: Odisea del Espacio, un reloj de manecillas que no pudo prever la gran revolución de lo digital. Igual que Volver al futuro 2: nos deslumbró en 1989 y hoy es ya un bellísimo documento del pasado.

Como las postales que Armand Gervais, un fabricante de juguetes francés, hizo imprimir para la exposición universal de 1900 en París. En todas había una imagen del año 2000: los niños en el colegio recibiendo la lección con un casco de metal, un gran señor oyendo las noticias del periódico en un gramófono, una pareja con escafandra caminando bajo el mar, los aristócratas llegando a la ópera en un pájaro de cristal.

¿Qué nos depara el futuro? Vale la pena imaginárnoslo, por lo menos para enternecer a quienes vivan en él.

Fuente: El Tiempo