Heráclito
11-08-2024, 09:32:03
‘La estupidez organizada en la que vivimos provoca una amnesia de la historia’: Rob Riemen
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El ensayista neerlandés, que publicó 'El arte de ser humanos', previene sobre el regreso del fascismo y afirma que muchos de los males contemporáneos se deben al olvido de la tradición humanista.
HÉCTOR M. GUYOT - LA NACION (ARGENTINA) - GDA
Vivimos en un mundo asediado por la guerra y la amenaza de destrucción, marcado además por distintas crisis, desde la falta de confianza en la democracia hasta el calentamiento global. La razón profunda de este desasosiego reside en una crisis cultural que ha puesto en duda valores esenciales de la civilización occidental, sostiene Rob Riemen, ensayista nacido en los Países Bajos y fundador y presidente del Nexus Institute, un foro independiente creado en 1994 con el objeto de fomentar el debate intelectual y por donde han pasado grandes personalidades de nuestro tiempo.
Concentrada sobre todo en los avances de la ciencia y la tecnología, incapaces de dar una visión integral del hombre, la sociedad actual ha relegado el papel de las humanidades y las artes, y con ellas la sabiduría y el conocimiento del alma humana. Al mismo tiempo, dice Riemen, una invitación constante al entretenimiento y la distracción llevan a olvidar las enseñanzas de la historia, a tal punto que nos cuesta reconocer la raíz fascista de líderes que, desde la izquierda o la derecha, fomentan el nacionalismo, la intolerancia y la división.
Esta amnesia de la historia ha favorecido lo que Riemen llamó, desde el título de un libro que publicó en 2010, El eterno retorno del fascismo. “Quisimos creer en el progreso eterno y nos convencimos de que los seres humanos somos buenos. Un mundo Disney. Pero los hechos nos confrontan con una evidencia esencial que habíamos olvidado. Tenemos una naturaleza doble. Tenemos un lado bueno y otro malo. Podemos elegir la vida o la muerte. La segunda cuestión es que nos convertimos en una sociedad muy materialista. Y en el camino nos olvidamos del espíritu”.
Como antídoto, Riemen llama a un regreso al humanismo, propuesta que desarrolla en El arte de ser humanos (Taurus), libro que presentó recientemente en Buenos Aires. “Estamos ante una crisis civilizatoria y estamos perdiendo la perspectiva esencial, la que nos permite entender qué significa ser un ser humano. Solo desde allí podemos reflexionar (y actuar) sobre las muchas crisis actuales”, sostiene.
En el libro hay muchas referencias al surgimiento de los fascismos y de los totalitarismos en el siglo XX. ¿Qué paralelos encuentra entre aquella etapa histórica y nuestro tiempo?
A lo largo de la historia, la humanidad ha pasado por períodos como aquel muchas veces. Pero también ha tenido épocas de renacimiento e iluminación. Lo que es fascinante y al mismo tiempo trágico sobre nuestro tiempo es que no solo tenemos la tecnología para destruir todo, sino que, paradójicamente, tras la caída del Muro quisimos creer en el fin de la historia. Las grandes guerras han terminado, nos dijimos, el comunismo ha desaparecido, venció la democracia liberal y nuestro modelo capitalista va a sacar a todos de la pobreza. Un mundo maravilloso, ¿verdad?, como diría Louis Armstrong. Pero después crece Le Pen en Francia, llega un Geert Wilders a los Países Bajos. Ante el crecimiento de estos líderes de extrema derecha escribí un ensayo sobre el retorno del fascismo. ¿Cómo era posible esto?, me pregunté.
¿Y cómo fue posible?
Primero, quisimos creer en el progreso eterno, una idea de la Ilustración. Nos convencimos de que los seres humanos somos buenos. Un mundo Disney. Pero luego los hechos nos confrontan con una evidencia esencial sobre los seres humanos, que habíamos olvidado. Tenemos una naturaleza doble. Tenemos un lado bueno y otro malo. Podemos elegir la vida o podemos elegir la muerte. Lo segundo es que nos convertimos, apoyados en la ciencia y la tecnología, en una sociedad muy materialista. Nuevo coche, nuevo iPhone... siempre queremos más. En el camino nos olvidamos del espíritu. Vivimos en una suerte de estupidez organizada que provoca, entre otras cosas, una amnesia de la historia. Por eso no recordamos aquellos momentos tan trágicos de la humanidad y esta doble faz, positiva y negativa, del hombre.
¿Qué sería la estupidez organizada?
Creo que el poder y las élites nos quieren estúpidos. Porque, si fuéramos menos estúpidos, ¿por qué votaríamos a personas que no resuelven nada? ¿Por qué votaríamos por el sinsentido? ¿Por qué aceptaríamos universidades que no nos educan?
Junto a una tecnología que vende la idea de un progreso ilimitado, tenemos el ruido de las redes sociales, que nos instalan en una suerte de puro presente. En cierto modo, la tecnología es una ilusión vacía que promueve la amnesia del pasado.
Una ilusión vacía, me gusta esa frase. Un factor de esa amnesia es la tecnología, sí, pero también la necesidad permanente de entretenimiento. La gente necesita distracción todo el tiempo y la obtiene. Lo cual significa que nos olvidamos o que no queremos enfrentarnos a las preguntas fundamentales. Primero, ¿quién soy? Después, ¿qué hago con mi vida? Y, por último, cuando uno se enfrenta con el sentimiento trágico de la vida, ¿cómo lidiar con eso? Son, desde siempre, las preguntas que proponen el arte y la cultura. Hoy en cambio tenemos pseudoculturas.
¿Cómo es eso?
Una pseudocultura es la del kitsch, que nos hace creer que la vida tiene que ser divertida, sexi, acelerada, superficial; otra es la pragmática, la de la ciencia y la tecnología, que dice que solo puede ser verdadero lo empíricamente calculable y que solo importa lo útil; otra es la del capitalismo y la farándula, que celebra la fama y la riqueza; otra es el esnobismo estético, que venera con nostalgia las “obras bellas” para huir de la realidad. El vacío espiritual que provocan estas pseudoculturas alienta una desesperación que se traduce en el consumo de drogas, la violencia o el nacionalismo. La cultura, en el sentido real del término, es lo que ayuda a encontrar tu propia respuesta a las preguntas fundamentales. Por eso la educación cultural y el arte son tremendamente importantes, y por eso también todos los líderes no democráticos lo primero que hacen es librarse del mundo de la cultura y la educación. En Estados Unidos, y lo que pasa allí pasa un poco más tarde en Europa, unas 300 personas mueren todos los días por sobredosis. Y unas 100 mueren por disparos de armas de fuego. Es una civilización en decadencia. Y, para ser sinceros, vemos el mismo fenómeno en Europa. Pero ¿el camino de salida es el retorno al fascismo, es decir, depositar nuestra fe en falsos mesías, en demagogos que prometen “acabar con la corrupción en la política”?
En su libro describe cómo la ideología extrema anula el pensamiento crítico. Y ofrece ejemplos tanto de izquierda como de derecha.
"Esto es lo que sucede, por ejemplo, con la ideología woke, que es una forma de neoestalinismo. La cultura de la cancelación fue inventada por Hitler y por Stalin, no hay nada nuevo allí."
Así es. El problema es que los extremistas, de izquierda o de derecha, son personas inteligentes. Pero, como decía Robert Musil, la inteligencia puede llevar a la mayor estupidez. Esto es lo que sucede, por ejemplo, con la ideología woke, que es una forma de neoestalinismo. La cultura de la cancelación fue inventada por Hitler y por Stalin, no hay nada nuevo allí. En mi libro imagino una conversación con Thomas Mann. Él fue testigo de la crisis de su civilización, presenció la crisis de la democracia y el surgimiento del fascismo. Basado en Schiller, advierte que los seres humanos tenemos esta doble naturaleza y nos recuerda al mismo tiempo nuestra nobleza de espíritu. No hay atajos, la vida humana es un trabajo duro. Como dijo Cicerón, cultura animi philosophia, el cultivo del alma humana es la búsqueda de la sabiduría. Aquí está el centro del problema. Ya no hay más cultura. Ya nadie quiere creer en el alma. Ya nadie habla de sabiduría. No advertimos que la vida es búsqueda. Y es el mundo del humanismo el que ofrece el centro para evitar el fanatismo y cualquier forma de extremismo.
¿De qué está hecho ese humanismo? ¿De las ideas de la Ilustración ya despojadas de su fe absoluta en el progreso? ¿De principios religiosos?
El humanismo es la tradición que toma en serio la idea del ser humano. Por eso, para mí el humanismo comienza con Sócrates y las preguntas fundamentales: ¿qué es una buena vida? ¿Qué es una buena sociedad? De esas inquietudes surgen los valores morales. Y esos valores deben ser trascendentales, espirituales, porque no somos robots, no somos máquinas, no podemos reemplazar calidad por cantidad. Solo los valores que son trascendentales pueden ser universales, verdaderos para todos. Lo que significa que el humanismo tiene raíces religiosas. Nuestra vida es el intento constante, hasta el final, de convertirnos en seres humanos mejores de lo que somos. Y el intento de encontrar respuestas a los acertijos de la vida en medio de las elecciones cotidianas. Esto incluye el tipo de sociedad que queremos. Allí reside la belleza de la vida. Mann habló de un humanismo militante para enfrentar a las fuerzas que quieren destruirlo. Hoy esas fuerzas son el eterno fascismo y lo que podríamos llamar el tecnofascismo.
¿Cómo sería un humanismo militante?
No es que deberíamos ser parte de la polarización, pero sí de la fuerza que pone de manifiesto las mentiras. Las mentiras de los demagogos, la mentira de que los niños ya no necesitan leer libros porque tienen las redes sociales, la mentira de ahogarnos en el entretenimiento mientras olvidamos las musas, la mentira de que no necesitamos invertir en la cultura porque no es práctica. La esencia del humanismo es proteger la dignidad de cada ser humano. Y el modelo político del humanismo es una democracia donde la gente de las más diferentes procedencias pueda vivir en armonía porque comparte valores fundamentales. Una sociedad capaz de proteger lo que es vulnerable: a los niños, a las personas mayores, a los enfermos, a los desempleados... hasta los animales y la Madre Tierra son vulnerables, así que se los protege.
En su libro dice que la academia y las universidades hoy son baluartes de la estupidez. ¿Es tan grave el asunto?
Se supone que las universidades deben ofrecer al mundo el conocimiento de las universitas. De allí viene su nombre. Universitas es la educación liberal, que se expresa en la historia, la filosofía, la literatura, las artes. Que no son ciencias duras, pero que representan el arte superior de la lectura, que permite ver las conexiones entre las cosas y los fenómenos. Es un entrenamiento sobre lo que significa ser un ser humano, sus paradojas y misterios, y que incluye el arte, desde la literatura de Dante a la música de Carlos Gardel. Por eso La montaña mágica, de Thomas Mann, es un libro tan importante para mí, porque trata sobre todo de enfrentar las grandes preguntas y la búsqueda de las respuestas correctas. Las universidades ya no ofrecen este tipo de educación. Prevalecen las ciencias duras y la tecnología, cosas con las que se pueda hacer dinero. Max Weber habló del peligro de reducir el mundo solo a los hechos.
¿Qué piensa de la inteligencia artificial?
Hay muchas cosas importantes que se pueden hacer con inteligencia artificial. Google me permite encontrar mi camino en Buenos Aires, por ejemplo. Pero el problema empieza cuando la inteligencia artificial comienza a reemplazar aquellas capacidades que nos hacen humanos. Ahora los estudiantes están usando el ChatGPT para hacer sus tesis. Quizá hasta obtengan una buena nota. Pero esto no les permite usar su entendimiento y esforzarse para crear algo propio. Esto hace a la gente más estúpida.
Parece que esta generación les está quitando a las siguientes la posibilidad de entrenar el pensamiento crítico a través del esfuerzo de la escritura, porque acceden a un texto ya dado.
Hace treinta y tres años fundé una revista, Nexus. Lo hice junto con un viejo editor judío que por milagro sobrevivió al Holocausto y luego, después de la guerra, decidió que quería invertir todo lo que tenía en mantener vivo todo lo que Hitler había querido destruir. Fundó una editorial y una librería. Murió en 1992, pero antes me enseñó dos cosas. Decía que después de la Segunda Guerra Mundial la ciencia y la tecnología no conocieron límite, pero que a nivel cultural estábamos de vuelta en la Edad Media. Por esto creía que debíamos seguir el ejemplo de los monasterios, donde se conservaban ciertas cosas y saberes para transmitirlos a las generaciones futuras. Por otro lado, tenía la esperanza de que surgiera una suerte de nuevo Renacimiento. Y yo creo que, si no nos destruye la bomba, ese resurgimiento vendrá desde abajo, de las tiendas de libros independientes, de la gente que sigue leyendo, de los jóvenes que están renunciando a X y a Facebook porque saben que están siendo engañados por el sistema.
Quiero creer que todavía tenemos un sentido de la calidad. La gente sabe quién es un verdadero amigo, sabe íntimamente si la vida que está llevando tiene sentido o no. Es decir, el problema no está del lado de la demanda, sino del lado de la oferta. Nuestra generación tuvo suerte. Nuestros influencers no fueron las Kardashian, sino García Márquez, Vargas Llosa, Kafka... Eso hace una gran diferencia. Hoy nuestra obligación moral es tratar de que la generación joven se aparte de la estupidez que se le ofrece.
HÉCTOR M. GUYOT
Fuente: La Nación (Argentina) - GDA