Ver la Versión Completa Con Imagenes : Cosas que me gustan
Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
RICARDO69
20-03-2024, 11:56:48
CAMINANDO EN AMOR PROPIO
Andrés Lara
En marzo de 2019, mi novia terminó conmigo.
Me quedé sin entender. Volví a casa y durante todo el camino me preguntaba: "¿por qué?".
- Lo único en mi cabeza era su voz diciendo: "te amo"
- Pasé un mes buscando respuestas a lo que estaba pasando.
- Un día, entré a la habitación de mi padre y le pregunté: Papá, ella decía que me amaba"
- "Hijo, cuando alguien entra en tu vida y después de algún tiempo se va, puede ser cualquier cosa menos amor".
Nunca vas a superar tus traumas si sigues buscando en el amor una lógica, construye una nueva historia"
- Le pregunté: " Y, ¿de dónde viene esa fuerza para empezar algo nuevo?"
- "No te preocupes por eso, todo comienzo viene de un final"
- Una semana después, mi padre fue diagnosticado con una enfermedad rara y degenerativa que lo iba a matar en poco tiempo.
- Mi madre no lo abandonó, se quedó.
- Mi padre salía cada viernes para comer pizza con dos hermanos.
- Cuando dejó de caminar, mis tíos comenzaron a traer la pizza aquí a casa.
- Ellos decían: "Sin su padre, no tiene gracia"
- Mi padre desde siempre ha conservado tres amigos con los cuales programan actividades, este año, mi padre no puede ir, porque él ya no camina.
- Sus amigos salieron de donde viven y vinieron hasta aquí a casa.
- Los amigos de mi padre trajeron la foto de los cuatro.
Clavaron la foto de cada uno en la pared de la habitación y dijeron: "Ahora, nuestra casa es su casa"
- Mi padre lloró.
- Mis padres completaron 29 años de casados en junio, Ellos siempre bailaban ese día para celebrar, pero hoy mi padre ya no puede levantarse.
- Mi mamá entró en la habitación y puso la música que más les gustaba y bailaron
- Ella dijo: "Hijo mío, trae la silla de ruedas".
- Pregunté: " ¿Qué vas a hacer?”.
- Respondió: "Lo que tu padre haría por mí si fuera al revés".
- mi mamá puso a mi padre en la silla, se arrodilló junto a él y dijo: "vamos a bailar", mi padre llorando dijo ¿cómo? Ella abrazó a mi padre e hizo girar la silla, se quedó arrodillada toda la música
- Después de ver esa escena volví a mi habitación con los ojos inundados, y consciente de que había aprendido lo que era el amor de verdad.
Decidí abrir la laptop y escribir este texto, porque hoy veo que el mundo está distorsionando y complicando demasiado el amor.
- Un montón de gente diciendo: “Quédate con alguien que te mire como tú los haces, que hace aquello por ti, que te lo dé, que no sé qué más”...
- Este montón de reglas y demandas son cosas creadas por la cabeza.
- Viejo, dónde quiera que estés, no sé si lo sepas, pero por ti aprendí a caminar y a amar de verdad
��El resto, es ilusión.
Ayudante De Santa
06-11-2015, 22:19:08
Flébil
20-03-2024, 12:02:02
Awww qué lindo!!!! no estoy llorando, tú estás llorando :jijoju:
Es cierto, amar no debería ser nada complicado.
RICARDO69
20-03-2024, 12:13:09
Awww qué lindo!!!! no estoy llorando, tú estás llorando :jijoju:
Es cierto, amar no debería ser nada complicado.
Yo si estoy llorando...
Flébil
20-03-2024, 12:24:57
Yo si estoy llorando...
:( :( por una buena causa.
RICARDO69
27-03-2024, 11:05:57
Hoy, vi a un tipo muy triste...
Tenía ojeras, producto de quien sabe cuantas noches de insomnio.
La mirada perdida.
Lo noté triste, cansado, débil y sin ganas de seguir luchando.
Me acerqué para ponerle una mano en el hombro y decirle que todo iba a estar bien. Pero no pude.
Mi mano chocó con un espejo.
Y no pude llegar a él...
RICARDO69
11-04-2024, 10:50:26
La Mentira le dijo a la Verdad: “Vamos a darnos un baño juntas, el agua del pozo es muy agradable”.
La Verdad –todavía sospechosa– probó el agua, y descubrió que realmente era agradable.
Así que se desnudaron, y se bañaron.
Pero, de repente, la Mentira saltó del agua y huyó... vistiendo las ropas de la Verdad.
La Verdad, furiosa, salió del pozo para recuperar su ropa.
Pero el Mundo, al ver la Verdad desnuda, miró hacia otro lado, con ira y desprecio.
La Verdad regresó al pozo, y desapareció para siempre; ocultando su vergüenza.
Desde entonces, la Mentira corre por el mundo vestida como la Verdad; y la sociedad está muy feliz porque... el Mundo no desea conocer la Verdad desnuda.
Pintura: La Verdad que sale del pozo.
Jean-Léon Gérome, 1896.
https://pbs.twimg.com/media/E6ZFJtKX0AUrbg0.jpg
Flébil
11-04-2024, 11:26:50
Me encantan los dos escritos. Muy buena reflexión y, el otro, cuánto sentimiento en la introspección.
RICARDO69
17-04-2024, 14:45:42
Llevo varias horas en la ventana, contemplando la furgoneta que hay aparcada junto al parque.
De aquí no me muevo mientras que ese vehículo siga ahí. Y el motivo es que mi sobrino Nico desapareció hace 8 años en ese mismo parque y varios testigos coincidieron en La presencia de una furgoneta azul y blanca, de las mismas características a la que ahora veo.
Jamás podré olvidar ese día, ya que mi hermano Iván y su esposa Lola me pidieron que, mientras estaban fuera, me ocupara de Nico, que entonces tenía 10 años. Y yo me confié por la habitual tranquilidad del barrio y porque cada poco me acercaba a esta ventana en la que me encuentro y lo veía jugar. Si cierro los ojos, veo de nuevo a Nico, saludándome desde la distancia. Feliz.
Cuando me asomé y vi que Nico no estaba una punzada me atravesó supe que algo había sucedido. Corrí hasta el parque, gritando su nombre, pero nadie lo había visto. Y aunque varias personas me ayudaron y la policía no tardó en llegar, Nico no apareció. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
Encontré, tirada, la moneda de plata que le regalé por su sexto cumpleaños y que siempre llevaba consigo.
Algunos testigos comentaron la presencia de la furgoneta y hubo quien acusó al hombre que pedía limosna en la puerta de la iglesia. Se llamaba Juan, y tenía muy mal carácter, huraño. Siempre tenía a su lado el carro de un supermercado que usaba para llevar lo que encontraba por la calle. Sobre todo viejas televisiones, que nunca entendí el uso que les daba.
Algunos padres le dijeron a la policía que sus hijos habían contado que Juan se les acercaba cuando jugaban en el parque. La policía interrogó a Juan y registró el vagón de tren abandonado en que dormía, en la estación. Nada sospechoso. Yo también lo hice, y solo encontré envoltorios de los caramelos de limón que tanto le gustaban a Nico. La policía me dijo que eso no significaba nada
Mi hermano Iván y su esposa se separaron poco después, creo que la desaparición de Nico aceleró la ruptura. De hecho, ese día discutieron, el niño me lo contó, con los ojos llorosos, al llegar a casa. Le dije que hablaría con sus padres, pero nunca llegué a hacerlo. No fue necesario porque todo se derrumbó con la desaparición de Nico.
Como si no les importara o sin una pista fiable, percibí como la policía dejó de investigar el caso de Nico. Meses después ya no era bien recibido en la comisaría. Seguí investigando por mi cuenta.
2 años después, me enteré de la desaparición de un niño de 10 años en una ciudad cercana. Me desplacé hasta el lugar y un vecino me contó que vio una furgoneta junto al parque, pero que la policía no le prestó atención, y también me contó que algunos padres culpaban a un mendigo, que dormía en un vagón abandonado. Pregunté si solía empujar un carro cargado de viejas televisiones. Pero no fue capaz de confirmar este punto. Fui a la estación, me colé en los vagones abandonados y no encontré nada. No se lo conté a mi hermano
Aquí sigo, junto a la ventana. De pronto, veo como llega al parque un niño, aparentemente solo, de unos 10 años. Veo a Nico en ese niño. Aunque no quiero apartar la vista, una fuerza incontrolable me empuja a correr hacia el parque. Bajo las escaleras a toda velocidad. Corro con el corazón en la garganta, pero cuando llego al parque la furgoneta ha desaparecido, y tampoco hay rastro del niño. Me giro buscándolo o a unos padres que lo reclamen. La angustia se apodera de mí y no pienso con claridad. Empiezo a buscar una señal, algo que me indique un camino a seguir.
A un par de metros, en el suelo, creo ver algo que me es muy familiar. Cuando me agacho, no puedo creer de lo que se trata:
¡Una moneda de plata.!
Nada más levantar la vista mi corazón se acelera al descubrir junto a la puerta de la iglesia un carro cargado con viejas televisiones. Corro al encuentro pero no hay nadie, y cuando pregunto todos dicen no haber visto nada. Guiado por mi intuición, me dirijo hacia La estación. A pocos metros, creo ver movimiento en el interior del vagón abandonado. Aunque el miedo me atenaza, comienzo a subir la escalerilla metálica.
Nada más entrar, veo que hay envoltorios de caramelos en el suelo. De limón, descubro, al acercarme.
Sobre la mayoría de los asientos hay viejas televisiones apiladas, y muchas más al final del pasillo, formando una pared. Me acerco lentamente. Descubro una luz roja, intermitente, sobre un interruptor, en la parte inferior de una televisión. Justo cuando lo pulso una mano agarra mi hombro derecho. Cuando me giro, encuentro a Iván, mi hermano, que me dice:
- Déjalo ya, volvamos a casa.
- ¿Cómo sabías dónde estaba?, le pregunto, sorprendido.
Porque es lo que haces desde hace 8 años, cuando se cumple el aniversario de Nico, venir aquí y pasar las horas frente a estas viejas televisiones que no funcionan.
Antes de abandonar el vagón giro la cabeza y veo como las televisiones se conectan.
Puedo ver a Nico, en todas las pantallas, saludándome desde la distancia.
RICARDO69
22-04-2024, 10:41:01
Mi mama tenía muchos problemas. No dormía y se sentía agotada. Era irritable, gruñona y amargada. Siempre estaba enferma, hasta que un día, de pronto, ella cambió.
La situación estaba igual, pero ella era distinta.
Cierto día, mi papa le dijo:
- Amor, llevo tres meses buscando empleo y no he encontrado nada, voy a tomarme unas cervecitas con los amigos.
Mi mama le contestó:
- Está bien.
Mi hermano le dijo:
- Mamá, voy mal en todas las materias de la Universidad...
Mi mama le contestó:
- Está bien, ya te recuperarás, y si no lo haces, pues repites el semestre, pero tú pagas la matrícula.
Mi hermana le dijo:
- Mamá, choqué el carro.
Mi mama le contestó:
- Está bien hija, llévalo al taller, busca cómo pagar y mientras lo arreglan, movilízate en autobús o en el metro.
Su nuera le dijo:
- Suegra, vengo a pasar unos meses con ustedes.
Mi mama le contestó:
- Está bien, acomódate en el sillón de la sala y busca unas cobijas en el clóset.
Todos en casa de mi mamá nos reunimos preocupados al ver estas reacciones.
Sospechábamos que hubiese ido al médico y que le recetara unas pastillas de "me importa un carajo de 1000 mg" Seguramente también estaría ingiriendo una sobredosis. Propusimos entonces hacerle una "intervención" a mi mamá para alejarla de cualquier posible adicción que tuviera hacia algún medicamento anti-berrinches
Pero cuál no fue la sorpresa, cuando todos nos reunimos en torno a ella y mi mamá nos explicó:
"Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que cada quien es responsable de su vida, me tomó años descubrir que mi angustia, mi mortificación, mi depresión, mi coraje, mi insomnio y mi estrés, no resolvían sus problemas sino que agravaban los míos.
Yo, no soy responsable de las acciones de los demás, pero sí soy responsable de las reacciones que yo exprese ante eso.
Por lo tanto, llegué a la conclusión de que mi deber para conmigo misma, es mantener la calma y dejar que cada quien resuelva lo que le corresponde.
He tomado cursos de yoga, de meditación, de milagros, de desarrollo humano, de higiene mental, de vibración y de programación neurolingüística, y en todos ellos, encontré un común denominador: finalmente todos conducen al mismo punto.
Y, es que yo sólo puedo tener injerencia sobre mí misma, ustedes tienen todos los recursos necesarios para resolver sus propias vidas.
Yo sólo podré darles mi consejo si acaso me lo piden y, de ustedes depende seguirlo o no.
Así que, de hoy en adelante, yo dejo de ser: el receptáculo de sus responsabilidades, el costal de sus culpas, la lavandera de sus remordimientos, la abogada de sus faltas, el muro de sus lamentos, la depositaria de sus deberes, quien resuelve sus problemas ó su llanta de repuesto para cumplir sus responsabilidades.
A partir de ahora, los declaro a todos adultos independientes y autosuficientes.
Todos en casa de mi mamá se quedaron mudos.
Desde ese día la familia comenzó a funcionar mejor, porque todos en la casa saben exactamente lo que les corresponde hacer.
Autor:
¡¡¡UNA MUJER FELIZ!!!
RICARDO69
11-05-2024, 14:53:47
VESTIR A MI MADRE
Un día sucede, sin aviso,
te agachas a ras del suelo, tocas sus pies y los descalzas,
Comienzas a mirarla desde abajo sin verle a los ojos,
comienzas a vestirla y ella se deja, apoyando sus manos en tus hombros
y no sucede nada más.
Sin embargo, tú percibes su derrota
y comienzas a amarla de otro modo,
vencido tú tambien, ambos vencidos,
Y el tiempo comienza la cuenta atras...
RICARDO69
17-05-2024, 13:02:54
Un zar estaba enfermo y dijo:
- Daré la mitad de mi reino a quien me cure.
Entonces, se reunieron todos los sabios y empezaron a discutir cómo curar al zar. Nadie sabía que hacer. Sólo un sabio afirmó que se podía curar al zar.
- Si se encuentra a un hombre feliz -dijo-, se le quita la camisa y se le pone al zar, éste se curará.
El zar mandó que buscaran a un hombre feliz por todo su reino, pero por mucho que sus emisarios cabalgaron por todos sus territorios, no pudieron encontrarlo.
No había ni uno que estuviese satisfecho de todo. Uno era rico, pero estaba enfermo; otro gozaba de buena salud, pero era pobre; otro era rico y gozaba de buena salud, pero su mujer era malvada, o bien sus hijos; todos tenían algún motivo de queja.
Un día, a última hora de la tarde, el hijo del zar pasaba junto a una pequeña isba y oyó a alguien que decía:
- Gracias a Dios he trabajado bastante, he comido cuanto necesitaba y ahora me voy a la cama. ¿Qué más puedo pedir?
El hijo del zar se alegró, ordeno que le quitasen la camisa a ese hombre, que le diesen una cantidad de dinero a modo de compensación, todo el que quisiera, y que llevaran la camisa al zar.
Los emisarios fueron a ver al hombre feliz y quisieron quitarle la camisa; pero ese hombre feliz era tan pobre que ni siquiera tenía camisa.
RICARDO69
05-06-2024, 14:36:57
A los 40 años Franz Kafka (1883-1924) que nunca se casó ni tenía hijos, paseaba por el parque Berlín cuando conoció a una niña que lloraba porque había perdido su muñeca favorita.
Ella y Kafka buscan la muñeca sin éxito. Kafka le dijo que se reuniera con él al día siguiente y volverían a buscarla.
Al día siguiente, cuando todavía no habían encontrado la muñeca, Kafka le dio a la niña una carta "escrita" por la muñeca que decía: "Por favor no llores. Tuve un viaje para ver el mundo, te escribiré sobre mis aventuras."
Así comenzó una historia que continúa hasta el final de la vida de Kafka.
En sus encuentros, Kafka le leía las cartas de su muñeca cuidadosamente escritas con aventuras y conversaciones que la niña consideraba adorables.
Finalmente, Kafka le trajo la muñeca (compró una) que había vuelto a Berlín.
"No se parece en absoluto a mi muñeca", dijo la niña.
Kafka le entregó otra carta en la que la muñeca escribía: "Mis viajes me cambiaron" La niña besó a la nueva muñeca y la trajo feliz a casa.
Un año después, Kafka murió.
Varios años después la niña adulta encontró una carta en la muñeca. En la pequeña carta firmada por Kafka decía:
"Todo lo que amas probablemente se perderá, pero al final el amor volverá de otra manera".
RICARDO69
18-06-2024, 13:38:09
Mi esposo me engaña y así soy muy feliz.
Mi esposo me engaña y así soy muy feliz.
Yo sé perfectamente que mi esposo me engaña y así soy feliz
Cuando regresa a casa cansado agotado después de todo un día de trabajo le pregunto -cómo te fue? El me contesta sonriente -muy bien - sé que me está mintiendo sé que se esfuerza mucho para que su familia no le falte nada
Cuando está enfermo también me engaña cuando le pregunto cómo estás y él me contesta - mejor, aunque siga igual
Cuando algo anda mal en la familia él me abraza y me consuela fingiendo una fortaleza que no tiene me engaña al hacerme creer que él es muy fuerte y que nada lo derrumba pero yo sé que por dentro él está igual o más triste que yo
Me engaña cuando me da el gasto de la casa pues me dice que le ha ido bien esta semana cuando yo sé que se ha quedado sin un centavo en el bolsillo. Pero no le importa mientras a su familia no le falte nada.
Y no conforme con ello también engaña a mis hijos cuando le piden dinero y regalos él se los da como si fuera millonario sí sin pensar que yo me doy cuenta que tiene que trabajar horas extras para darles a ellos esa alegría
Y se engaña a sí mismo creyendo que es el hombre perfecto cuando solamente es el mejor padre y el mejor marido del mundo
RICARDO69
03-10-2024, 12:41:27
Callejero…
Viejo y solo, pensé que un perro iba a colmar mi existencia.
Lo encontré; callejero, sucio, hambriento; le acaricié, me siguió sin temor.
Ahora es mi perro, yo soy su dueño.
Hablo con él, él me responde lamiéndome las manos.
-“Fido, mañana no tendremos para comer, la jubilación se acabó, tendremos que esperar!".
Llega ese día bendecido, en la fila, con los demás jubilados; la cartilla destrozada por el tiempo, estrechada entre las manos; espero mi turno. Fido menea el rabito contento.
Él sabe que hoy comeremos más y un poco mejor.
Ya es invierno…
Está fría mi casa, sin fuego…
Él está cerca y me calienta…
El comienzo de la primavera nos encuentra unidos, agradeciendo al sol, mientras del corazón, me nace una oración:
′Gracias, Señor, por haber creado al perro".
(Charles Bernal, "Sueños de luna")
RICARDO69
02-11-2024, 10:51:14
Un granjero tenía unos cachorros para vender, así que hizo un cartel anunciando a los cuatro cachorros y fue a clavarlo a un poste en el borde de su patio. Mientras estaba clavando el último clavo, sintió un tirón de su overol. Miró hacia abajo para ver a un niño pequeño.
- Señor", dijo el chico, Quiero comprar uno de sus cachorros
El agricultor se limpió el sudor de su frente y respondió:
- Bueno, estos cachorros son muy finos y cuestan bastante
El chico bajó la cabeza por un momento. Entonces, cavando en su bolsillo, sacó un puñado de monedas y se lo sostuvo al granjero.
- Tengo treinta y nueve centavos. ¿Es suficiente para echar un vistazo?
El granjero sonrió y dijo:
-Claro. silbó, gritando, ¡Aquí, Dolly!
Dolly salió corriendo de la casa del perro, seguida por cuatro pequeños cachorros. El chico presionó su cara contra la cerca, los ojos brillantes de emoción. Cuando los cachorros se acercaban a la cerca, notó que algo más se movía dentro de la caseta del perro.
Un cachorro más pequeño emergió lentamente, deslizándose por la rampa torpemente, haciendo todo lo posible para alcanzar a los otros.
- Quiero ese", dijo el chico, señalando al cachorro más pequeño.
El granjero se arrodilló a su lado y dijo:
- Hijo, no quieres ese cachorro. No podrá correr y jugar como los otros.
El chico dio un paso atrás, enrolló una pierna de sus pantalones, y reveló un soporte de acero en su pierna, unido a un zapato especial. Mirando al granjero, dijo:
- Yo tampoco corro muy bien, y necesitará a alguien que lo entienda.
Con lágrimas en los ojos, el granjero recogió al cachorro y suavemente se lo entregó al niño.
- ¿Cuánto? preguntó el chico.
- Es gratis, dijo en voz alta el granjero, el amor no cuesta nada.
RICARDO69
14-11-2024, 13:04:52
"Gallinas", de Rafael Barrett, 1910
Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel.
Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí.
Antes era un hombre. Ahora soy un propietario.
RICARDO69
20-01-2025, 17:14:28
https://pbs.twimg.com/media/GhrSTVZWgAAD_mN?format=jpg&name=small
RICARDO69
25-01-2025, 16:12:03
Esta es una hermosa carta de Fiona Apple explicando a sus fans por qué debe posponer una fecha de su concierto. Me impresiona su decisión instantánea de elegir el amor sobre su carrera. Realmente, el mundo necesita más de esto.
Me acaba de entrar una basurita a los ojos...
"Son las 6 p.m. del viernes y estoy escribiendo a unos cuantos miles de amigos que aún no he conocido. Estoy escribiendo para pedirles que cambiemos nuestros planes y nos veamos un poco más tarde. Aquí va el asunto.
Tengo un perro, Janet, y lleva unos dos años enferma, con un tumor que ha crecido lentamente en su pecho. Ahora tiene casi 14 años. La adopté cuando tenía cuatro meses. Yo tenía 21 entonces — una adulta, oficialmente — y ella era mi hija. Es una pitbull, y fue encontrada en Echo Park, con una cuerda alrededor de su cuello y mordeduras por toda la cara y las orejas. Era la que los peleadores de perros usaban para aumentar la confianza de los contendientes.
Janet tiene casi 14 años y nunca la he visto iniciar una pelea, morder, o siquiera gruñir, así que entiendo por qué la eligieron para ese terrible rol. Es una pacifista. Janet ha sido la relación más constante de mi vida adulta, y eso es un hecho. Hemos vivido en numerosas casas y formado algunas familias improvisadas, pero en realidad siempre hemos sido solo nosotras dos. Dormía conmigo, con su cabeza en la almohada, y aceptaba mi cara llena de lágrimas en su pecho, con sus patas alrededor de mí, cada vez que tenía el corazón roto, o el espíritu roto, o simplemente me sentía perdida.
Estaba bajo el piano cuando escribía canciones, ladraba cada vez que intentaba grabar algo, y estuvo en el estudio conmigo todo el tiempo que grabamos el último álbum. La última vez que regresé de la gira, estaba tan vivaz como siempre, y está acostumbrada a que me ausente algunas semanas cada 6 o 7 años. Tiene la enfermedad de Addison, por lo que es peligroso para ella viajar, ya que necesita inyecciones regulares de cortisol, porque reacciona al estrés y la emoción sin las herramientas fisiológicas que nos impiden a la mayoría de nosotros entrar en pánico.
A pesar de todo esto, ella es alegre y juguetona sin esfuerzo, y solo dejó de comportarse como una cachorra hace unos 3 años. Es mi mejor amiga, mi madre, mi hija, mi benefactora, y es quien me enseñó lo que es el amor. No puedo ir a Sudamérica. No ahora. Cuando volví de la última parte de la gira en Estados Unidos, había una gran, gran diferencia. Ya ni siquiera quiere salir a pasear.
Sé que no está triste por envejecer o morir. Los animales tienen un instinto de supervivencia, pero no tienen un sentido de mortalidad o vanidad. Por eso son mucho más presentes que nosotros. Pero sé que se acerca el momento en que dejará de ser un perro, para convertirse en parte de todo. Estará en el viento, en el suelo, en la nieve, y en mí, dondequiera que vaya. No puedo dejarla ahora, por favor entiendan. Si me vuelvo a ir, temo que morirá y no tendré el honor de cantarle para que se duerma, de acompañarla en su despedida.
A veces me lleva 20 minutos solo decidir qué calcetines usar para dormir. Pero esta decisión es instantánea. Estas son las elecciones que nos definen. No seré la mujer que pone su carrera por delante del amor y la amistad. Soy la mujer que se queda en casa, horneando tilapia para mi amiga más querida y antigua. Y la ayudo a sentirse cómoda, segura, importante.
Muchos de nosotros, en estos días, tememos la muerte de un ser querido. Es la amarga verdad de la vida que nos hace sentir aterrados y solos. Ojalá pudiéramos apreciar también el tiempo que yace justo al lado del final del tiempo. Sé que sentiré la esencia de ella y de mi amor por ella en sus últimos momentos. Debo hacer todo lo posible para estar allí. Porque será la experiencia más hermosa, intensa y enriquecedora de la vida. Cuando ella muera.
Así que me quedo en casa, escuchándola roncar y jadear, y me deleito con el aliento más horrible y pestilente que jamás haya emanado de un ángel. Y les pido su bendición.
Nos veremos.
Con cariño,
Fiona."
RICARDO69
05-02-2025, 15:19:31
Perdonen si empiezo con una confidencia personal: yo, que soy contrario a los toros, entiendo de toros.
Durante años, cuando me recogieron en Zaragoza durante la posguerra, traté casi diariamente con don Celestino Martín, que era el empresario de la plaza. Eso me permitió conocer a los grandes de la época: Jaime Noain, El Estudiante, Rafaelillo, Nicanor Villalta. Me permitió conocer también, a mi pesar, el mundo del toro: las palizas con sacos de arena al animal prisionero para quebrantarlo, los largos ayunos sustituidos poco antes de la fiesta por una comida excesiva para que el toro se sintiera cansado, la técnica de hacerle dar con la capa varias vueltas al ruedo para agotarlo... Si algún lector va a la plaza, le ruego observe el agotamiento del animal y cómo respira. Y eso antes de empezar.
Vi las puyas, las tuve en la mano, las sentí. El que pague por ver cómo a un ser vivo y noble le clavan eso debería pedir perdón a su conciencia y pedir perdón a Dios. ¿Quién es capaz de decir que eso no destroza? ¿Quién es capaz de decir que eso no causa dolor? Pero, claro, el torero, es decir, el artista necesita protegerse. La pica le rompe al toro los músculos del cuello, y a partir de entonces el animal no puede girar la cabeza y sólo logra embestir de frente. Así el famoso sabe por dónde van a pasar los cuernos y arrimarse después como un héroe, manchándose con la sangre del lomo del animal a mayor gloria de su valentía y su arte.
Me di cuenta, en mi ingenuidad de muchacho (los ingenuos ven la verdad), de que el toro era el único inocente que había en la plaza, que sólo buscaba una salida al ruedo del suplicio, tanto que a veces, en su desesperación, se lanzaba al tendido. Lo vi sufrir estocadas y estocadas, porque casi nunca se le mata a la primera, y ha quedado en mi memoria un pobre toro gimiendo en el centro de la plaza, con el estoque a medio clavar, pidiendo una piedad inútil. ¡El animal estaba pidiendo piedad...! Eso ha quedado en la memoria secreta que todos tenemos, mi memoria del llanto.
Y en esa memoria del llanto está el horror de las banderillas negras. A un pobre animal manso le clavaron esas varas con explosivos que le hacían saltar a pedazos la carne. Y la gente pagaba por verlo.
El que acude a la plaza debería hacer uso de ese sentido de la igualdad que todos tenemos y darse cuenta de que va a ver un juego de muerte y tortura con un solo perdedor: el animal. El peligro del toreo, además de inmoral como espectáculo, es efectista, y si no lo fuera, si encima pagáramos para ver morir a un hombre, faltarían manos y leyes para prohibir la fiesta.
Gente docta me dice: te equivocas. Esto es una tradición. Cierto. Pero gente docta me recuerda: teníamos la tradición de quemar vivos a los herejes en la plaza pública, la de ejecutar a garrote ante toda una ciudad, la de la esclavitud, la de la educación a palos. Todas esas tradiciones las hemos ido eliminando a base de leyes, cultura y valores humanos. ¿No habrá una ley para prohibir esa última tortura, por la cual además pagamos?
Perdonen a este viejo periodista que aún sabe mirar a los ojos de un animal y no ha perdido la memoria del llanto.
Francisco González Ledesma, periodista y escritor.
RICARDO69
07-02-2025, 10:39:26
El primer día de clase, la maestra doña Tomasa les dijo a sus alumnos de quinto grado, que ella siempre trataba a todos por igual, que no tenía preferencias ni tampoco maltrataba ni despreciaba a nadie.
Muy pronto comprendió lo difícil que le iba a resultar cumplir sus palabras. Había tenido alumnos difíciles, pero nadie como Pedrito. Llegaba al colegio sucio, no hacía las tareas, pasaba todo el tiempo molestando o dormitando, era un verdadero dolor de cabeza. Un día no aguantó ya más y se dirigió a la dirección.
- Yo no soy maestra para soportar la impertinencia de un niño malcriado. Me niego a aceptarlo por más tiempo en mi clase. Ya casi son las vacaciones de Navidad, espero no verlo cuando volvamos en enero.
La directora la escuchó con atención, y sin decirle nada, revisó los archivos y puso en las manos de doña Tomasa el libro de vida de Pedrito. La profesora lo comenzó a leer por deber, sin convicción. Sin embargo, la lectura le fue arrugando el corazón:
La maestra de primer grado había escrito: “Pedrito es un niño muy brillante y amigable. Siempre tiene una sonrisa en los labios y todos le quieren mucho. Entrega sus trabajos a tiempo, es muy inteligente y aplicado. Es un placer tenerlo en mi clase”.
La maestra de segundo grado: “Pedrito es un alumno ejemplar con sus compañeros. Pero últimamente se encuentra triste porque su mamá padece una enfermedad incurable”
La maestra de tercero: “La muerte de su mamá ha sido un golpe insoportable. Ha perdido el interés en todo y se pasa el tiempo llorando. Su papá no se esfuerza en ayudarlo y parece muy violento. Creo que lo golpea.”
La maestra de cuarto: “Pedrito no demuestra interés alguno en clase. Vive cohibido y cuando intento ayudarle y preguntarle qué le pasa, se encierra en un mutismo desesperanzador. No tiene amigos y está cada vez más aislado y triste”
Por ser el último día de clase antes de las Navidades, todos los alumnos le llevaron a Doña Tomasa unos hermosos regalos envueltos en fino y coloridos papeles. También Pedrito le llevó el suyo envuelto en una bolsa de papel. Doña Tomasa fue abriendo los regalos de sus alumnos y cuando mostró el de Pedrito, todos los compañeros se echaron a reír al ver su contenido: un viejo brazalete al que le faltaban algunas piedras y un frasco de perfume casi vacío.
Para cortar por lo sano con la risa de los alumnos, Doña Tomasa se puso con gusto el brazalete y se echó unas gotas de perfume en cada una de las muñecas. Ese día, Pedrito se quedó el último al salir de clase y le dijo a su maestra: “Doña Tomasa, hoy usted huele como mi mamá”
Esa tarde, sola en su casa, Doña Tomasa lloró un largo rato. Y decidió que en adelante, no solo iba a enseñar a sus alumnos lectura, escritura, matemáticas… sino sobre todo, que los iba a querer y les iba a educar el corazón.
Cuando se reincorporaron a clase en enero, Doña Tomasa llegó con el brazalete de la mamá de Pedrito y con unas gotas de perfume. La sonrisa de Pedrito fue toda una declaración de cariñoso agradecimiento. La siembra de atención y cariño de Doña Tomasa fue fructificando en una cosecha creciente de aplicación y cambio de conducta de Pedrito. Poco a poco, fue volviendo a ser aquel niño aplicado y trabajador de sus primeros años de la escuela. Al final del curso, a Doña Tomasa le costaba cumplir sus palabras de que, para ella, todos los alumnos eran iguales, pues sentía una evidente predilección por Pedrito.
Pasaron los años, Pedrito se fue a continuar sus estudios en la universidad y doña Tomasa perdió contacto con él. Un día recibió una carta del doctor Pedro Altamira, en la que le comunicaba que había terminado con éxito sus estudios de medicina y que estaba a punto de casarse con una muchacha que había conocido en la universidad. En la carta le invitaba a la boda y le rogaba que fuera su madrina de boda.
El día de la boda, Doña Tomasa volvió a ponerse el brazalete sin piedras y el perfume de la mamá de Pedrito. Cuando se encontraron, se abrazaron muy fuerte y el Doctor Altamira le dijo al oído: “Todo se lo debo a usted, Doña Tomasa”. Ella, con lágrimas en los ojos, le respondió: “No, Pedrito, la cosa sucedió al revés, fuiste tú quien me salvaste a mí y me enseñaste la lección más importante de la vida, que ningún profesor había sido capaz de enseñarme en la universidad: me enseñaste a ser maestra"
RICARDO69
08-06-2025, 10:16:25
Fui a la perrera por un cachorro… y volví a casa con una perrita vieja y ciega…
Fui a la perrera con una idea clara: quería un cachorro. Uno pequeño, juguetón, con ojos brillantes y energía desbordante. Desde que murió Rocky, mi perro durante doce años, la casa estaba demasiado silenciosa. No tenía prisa por reemplazarlo, pero ese silencio... dolía. Necesitaba volver a escuchar pasos, sentir respiraciones suaves a mi lado por la noche.
En la protectora olía a desinfectante y a resignación. Me recibió una voluntaria amable, María, y me llevó hasta los cheniles. Allí ladraban, saltaban, pedían atención decenas de perros. Me senté frente a una jaula donde un peludo negrito movía la cola como un molinillo.
— Es muy alegre —dije.
— Tiene dos meses. Es un amor —respondió María con una sonrisa. Pero luego añadió—: Quiero mostrarte a alguien más.
Fruncí el ceño, pero la seguí. Al fondo, casi escondida, había una jaula más silenciosa. En un rincón, hecha un ovillo, yacía una perra. Más grande, con el pelaje grisáceo y los ojos cerrados.
— Ella es Gerda. Tiene trece años. Está ciega. La encontramos al borde de la carretera. Creemos que sus dueños la abandonaron. Ya no podía valerse por sí sola. No se mueve mucho… creemos que está esperando el final.
No dije nada. Solo la miré. No había súplica en su postura, ni rencor. Solo una calma resignada. Como si ya no esperara nada.
— Me la llevo —dije, sin pensarlo dos veces.
María parpadeó sorprendida. Me explicó lo que implicaba cuidar de una perra tan mayor. Asentí. Lo entendía. Pero dentro de mí, algo ya había decidido.
Los primeros días fueron duros. Gerda apenas comía, apenas se levantaba. Yo me acostaba junto a ella y le susurraba: “Ya estás en casa. Estoy aquí.” Su cuerpo temblaba. A veces, lloraba en silencio por la noche. Me despertaba, la acariciaba, y volvía a dormirse.
Y entonces comenzaron los milagros pequeños.
Al cuarto día, fue sola al cuenco de comida. Al séptimo, se acercó y apoyó su cabeza en mis rodillas. Lloré. Era su primera señal de confianza.
Empecé a investigar cómo cuidar a una perra ciega. Coloqué cascabeles en las puertas, no moví los muebles, le hablaba más. Gerda empezó a reconocer mis pasos, mi voz. Aprendíamos a vivir de nuevo. Juntos.
Un mes después, ya conocía cada rincón de la casa. Salía al jardín, alzaba el hocico al sol. La gente preguntaba: “¿Es tu perra? Pero… ¡es muy mayor!” Yo asentía: “Sí. Es mi niña.”
Un día, durante un paseo, se acercó un cachorro juguetón. Revoltoso, torpe, movía la cola sin parar. Intentó jugar con Gerda, pero ella se asustó y gimió. La tomé en brazos. Esa noche, estuvo inquieta, deambulando por la casa.
Al día siguiente, volví a la protectora. El cachorro seguía allí.
Y así llegó Max a nuestras vidas.
Temía que Gerda no lo aceptara, pero Max fue paciente. Se tumbaba a su lado, la respetaba. Hasta que un día, Gerda le apoyó la pata encima. Desde ese momento, fueron inseparables.
Max se convirtió en sus ojos. La guiaba, la empujaba suavemente con el hocico, la esperaba si se detenía. Y ella… rejuveneció. Caminaba más, incluso jugaba. A veces, juraría que sonreía.
Ha pasado un año. Gerda ya no es la perra vieja y abandonada. Es el corazón de este hogar. Serena, sabía. Max es su sombra fiel. Y yo… entendí que, a veces, no recibimos lo que queríamos, sino lo que necesitábamos.
Porque el amor no entiende de edades.
Y no solo salvé a Gerda.
Nos salvamos los dos.
RICARDO69
11-06-2025, 09:24:23
El hombre estaba sentado en la mesa de la cocina, sorbiendo su sopa lentamente. Su esposa hablaba con un tono elevado — ni cuenta se dio de que ya le estaba gritando. Solo eran los nervios, solo el cansancio. Le reclamaba que otra vez le había prestado dinero a su amigo, ese que nunca se apura en pagar. Porque claro, él quiere quedar bien con todos, pero en la casa el presupuesto ya ni alcanza: hay que pagar el crédito, cubrir la universidad de la hija — que es de paga —, su mamá necesita arreglos en la casa, ¿y quién más si no ellos?
Le decía que la alfombra seguía ahí tirada, que no la había llevado a la tintorería. Que la lámpara nueva sigue en la caja, y la del techo ya ni prende bien. Le llovía con reclamos, como lluvia menudita. Pero no era coraje, no era rabia. Solo cansancio. Como siempre. Y él… él comía su sopa. Callado. Ya está acostumbrado. Sabe que ella va a gritar un rato… y luego se le pasa.
Se fue a casa a comer — más barato y más tranquilo. Además su estómago ya no anda bien, y la sopa de casa es como medicina. Ella pidió el día para arreglarse una muela, y de paso hizo de comer. Todo normal. Todo rutinario.
Hasta que, de pronto, ella se detuvo. Lo miró bien. Diferente. Él había envejecido. Ya no tenía esos rizos dorados que tanto le gustaban — solo quedaba una calva brillante. Arrugas bajando por el cuello, la espalda encorvada, los hombros vencidos. Ahí estaba, comiendo en silencio. Sin discutir. Tragándose no solo la sopa… sino la vida misma.
Todo eso era huella del tiempo. Huella de los años cargando preocupaciones. Porque la vida no perdona: se lleva la juventud, la frescura, las risas sin motivo. Y lo que deja… es el cansancio. Y una sopa servida en el plato.
Y pensar que alguna vez fue su novio. Ese que le llevaba lilas, que le tocaba la guitarra y le cantaba canciones, que la levantaba en el aire mientras reían a carcajadas. Ese que la abrazaba fuerte, la besaba con ternura. Veían pelis, caminaban por el parque tomados de la mano... Y ahora está ahí: canoso, encorvado, callado. ¿Y ella? Ella le grita, como si fuera un desconocido.
Pero algo le dolió en el pecho. Lo vio, no como a un señor… sino como a su chavo. A su amigo. A su amor. Y se acercó. Lo abrazó por detrás. Pegó su mejilla a su espalda.
Él dejó la cuchara. Le tomó las manos con cuidado. Le dio un beso. Y en ese momento… todo volvió a tener sentido.
Porque son esos momentos los que sostienen la vida. Cuando el niño y la niña — aunque ya con canas — se vuelven a tomar de la mano y siguen caminando. Juntos. Apoyándose. Llevando el amor a cuestas.
Porque sí… el amor también estaba ahí. En esa cocina, en esa sopa, en cada mirada. Y si el amor está — se puede seguir. Juntos. Sosteniéndose para que el viento del tiempo no los arrastre. Ese viento que, tarde o temprano… se lleva a todos.
RICARDO69
21-06-2025, 15:49:06
"Una vez me desmayé en el bus... y nadie se dio cuenta porque pensaron que estaba dormido."
Me pasaba seguido. El mareo. La vista nublada. El estómago vacío. Pero ese día fue distinto. Llevaba 48 horas sin comer bien. Pan duro, agua del grifo y un café que encontré en una reunión donde solo entré a limpiar.
Iba sentado en la última fila del bus, cabeza contra la ventana, los audífonos sin batería puestos solo para que nadie me hablara.
De pronto, todo se fue haciendo borroso. Cerré los ojos para descansar, pero no era sueño. Era el cuerpo rindiéndose.
No supe cuánto tiempo pasó.
Cuando reaccioné, el bus seguía andando. La gente subía y bajaba. Nadie me preguntó nada. Nadie notó nada.
Nadie me tocó el hombro para ver si estaba bien. Porque, claro... los pobres siempre parecemos dormidos. Siempre parecemos cansados. Y en este mundo, el cansado no preocupa. Estorba.
Me bajé en la terminal, con las piernas temblorosas. Me miré en el reflejo de una ventana. Tenía ojeras marcadas, labios resecos y esa expresión que no es tristeza... es abandono.
Esa noche me hice una promesa. No una de esas que uno grita. Una silenciosa. Me dije: "Mañana, algo cambia... Aunque sea poco."
Al otro día me metí a una iglesia solo para usar el baño.
Me crucé con un tipo que estaba organizando sillas. Le pedí agua. Me dio un vaso y me preguntó:
-¿Quieres ayudarme con esto?
Esa pregunta, tan simple, me dio algo que no había sentido en semanas: utilidad.
Desde ese día empecé a ayudar ahí. Me daban comida, tareas pequeñas, y al mes me ofrecieron trabajo cuidando las instalaciones. Hoy ya como tres veces al día. Ya no me desmayo. Y cuando veo a alguien dormido en el bus, lo miro dos veces... porque sé que a veces el sueño no es sueño. Es hambre disfrazada de silencio.
"Hay ausencias que nadie nota... hasta que un cuerpo cae y se dan cuenta de que no era invisible, solo estaba perdiendo la guerra sin hacer ruido."
RICARDO69
26-10-2025, 11:56:28
…Lo más difícil de vivir con un perro no es lo que crees.
No es salir con él bajo la lluvia, en el frío, cuando estás cansado y todo te duele.
No es renunciar a viajes, a planes, escuchando: «Ven sin él».
No es el pelo en todas partes — en la cama, en la comida, en los labios.
No es limpiar una y otra vez, sabiendo que pronto volverá a estar sucio.
No son las facturas del veterinario ni el miedo de perder algo importante.
No es la libertad perdida — porque ahora la libertad se llama «nosotros».
Y no es que tu corazón ya no te pertenezca.
Todo eso es amor. Todo eso es vida. Todo eso es tu elección.
Lo más difícil llega despacio, como un dolor antiguo, como el frío que se mete en los huesos.
Un día simplemente ves: ya no puede.
Lo intenta, pero no puede. Corre hacia ti, pero más despacio.
Los ojos son los mismos, pero en ellos brilla un «Estoy aquí, pero me cuesta».
Y recuerdas cómo era. Y cómo se volvió — todo tuyo, fiel hasta el final.
Siempre creyó que estarías allí, que lo ayudarías, que lo salvarías.
Y lo hiciste. Pero ahora no puedes salvarlo de la vejez.
Lo más duro es saber que para ti fue luz,
pero para él tú eras todo su universo.
Vivió por ti, respiró por ti, te amó con todo su ser.
Y tú no estás listo. No estás listo para dejarlo ir.
Luego llega el silencio.
La almohada vacía. El cuenco que nadie lamerá.
Y tu corazón — herido.
Sales de nuevo — pero sin él.
Y te descubres diciendo al vacío: «Vamos, mi buen amigo».
Pero si pudieras volver atrás en el tiempo — lo elegirías otra vez.
Con todo el dolor, con todo el cansancio, con todo el amor.
Porque es verdadero.
Tener un perro en tu vida es dejar entrar el fuego,
que te calentará para siempre. Incluso cuando se apague.
RICARDO69
07-11-2025, 18:01:42
Durante años no soporté al perro de mi vecino.
Cada tarde, sin falta, en cuanto giraba con el coche hacia nuestra pequeña calle de Toledo, antes incluso de ver el río Tajo, él empezaba a ladrar. Fuerte, agudo, insistente.
Podía estar aún al principio de la calle y ya sentía cómo algo se me encogía por dentro. Ese ladrido metálico cortaba el aire como un cuchillo.
Al principio me decía: los perros ladran, es lo que hacen.
Pero con el tiempo, aquel sonido se me metió bajo la piel.
Murmuraba cada vez que lo oía: ese perro me tiene manía.
Cerraba la puerta del coche de golpe, subía más rápido la cuesta de la casa, como si pudiera escapar del ruido.
Se había vuelto algo personal, como si me retara.
Mi mujer lo veía de otra manera.
—No es malo —me dijo una noche mirando por la ventana—. Está solo. Siempre atado, haga sol o llueva. Nadie le habla.
Tenía razón. Los vecinos no eran precisamente cariñosos. La luz del patio quedaba encendida todas las noches, pero nunca salían.
El perro, un mestizo marrón con una oreja caída y ojos del color de las hojas mojadas, estaba siempre en el mismo rincón. Un cuenco rajado, una manta que apenas lo era.
A veces mi mujer le tiraba un trozo de pan por encima del muro.
—Al menos que alguien piense en él —decía.
Y cuando no podía hacerlo, me pedía que lo hiciera yo. Refunfuñaba, pero lo hacía.
El perro ladraba una vez, tal vez como agradecimiento. Yo giraba la cara para no cruzar su mirada.
Así pasaban los años: su ladrido, mis suspiros.
El tiempo siguió su curso. Su ladrido se volvió parte de nuestras vidas, como el tic tac del reloj. Al principio molesto, luego familiar.
Ladraba cuando llegaba a casa, al cartero, a los truenos, a las sombras.
Ladraba al mundo para decir: sigo aquí.
Y sin darme cuenta, me acostumbré a necesitar ese sonido.
Hasta que un día llegó el silencio.
Era el día en que traía a mi mujer del hospital.
Había estado enferma mucho tiempo.
Conduje por la calle de siempre, el Tajo a la izquierda, el Alcázar al fondo.
Apagué el motor. Nada.
—¿Lo oyes? —me preguntó.
—¿Qué?
—El perro. No ladra.
El silencio pesaba.
Me acerqué a la valla. El patio estaba vacío. La hierba alta, el cuenco seco.
Llamé a la puerta. Nadie.
Un vecino encogió los hombros: se habían mudado.
Llamé a la protectora de animales.
Me dijeron: «Si hay peligro, entra y avísanos.»
Así lo hice, con el vecino como testigo.
Y allí estaba. Entre bolsas de basura, medio escondido.
Flaco, sucio, temblando.
Las costillas marcadas, la respiración débil.
Alzó un ojo y me miró. El mismo ojo que antes me desafiaba.
Ahora solo había cansancio. Y la mirada de quien ha dejado de esperar.
Me arrodillé y lo levanté en brazos.
Era tan ligero... solo huesos y un poco de calor que me golpeó como un recuerdo.
Nadie respondió cuando llamamos. Lo metí en el coche.
Mi mujer se llevó las manos a la boca.
—Dios mío...
—Los vecinos se han ido —dije—. Lo han dejado atrás.
—Llévalo al veterinario —ordenó. No fue una petición. Asentí.
La veterinaria lo examinó, suspiró y sonrió levemente.
—Deshidratado, muy delgado... pero tiene fuerza. Quiere vivir.
Esa sonrisa abrió algo dentro de mí.
Lo trajimos a casa.
Agua tibia, un poco de comida, una manta vieja.
Le pusimos un nombre: Canela, por el brillo rojizo de su pelaje.
Los primeros días apenas se movía.
Mi mujer tarareaba suavemente, y a veces él levantaba la cabeza, como si recordara una melodía de otra vida.
Días después, al volver del trabajo, el aire olía a lluvia y tierra.
Giré por nuestra calle y lo escuché: un ladrido.
Breve, claro, inconfundible.
Reí en voz alta, sin poder evitarlo.
Lo entendí al fin.
No era ruido.
Era un bienvenido.
Canela decía: has vuelto, te veo.
Desde entonces ladra cada día —cuando corto el césped, cuando salgo, cuando regreso.
Mi mujer lo llama «su manera de querer».
Y tiene razón.
Le acaricio el cuello.
—Antes no entendía tu lenguaje —le digo.
Porque eso era: su idioma.
Ladrar significaba: sigo aquí. No me he rendido. Espero a que alguien me escuche.
Cuando desapareció su voz, algo faltaba.
Cuando volvió, la casa volvió a tener alma.
Por las noches paseo con él junto al río.
La gente se detiene:
—¿Cuántos años tiene? ¿Qué le pasó en la oreja? ¿Por qué te mira así?
Sonrío.
—Era el perro de mi vecino. Ahora es de la familia.
Antes creía que el silencio era paz.
Ahora sé que, a veces, un poco de ruido es lo más hermoso del mundo.
Cuando entro en nuestra calle y lo oigo ladrar, bajo la ventanilla.
Dejo que su voz entre como aire fresco.
Ya no es ruido.
Es lealtad. Es perdón.
Es el sonido de una segunda oportunidad.
Es el sonido del hogar.
RICARDO69
20-11-2025, 11:19:55
Estaba mirando por la ventana cuando noté a mi hijo recostado en el jardín junto a nuestro perro, Manchas. La escena me llamó la atención, pero fue un papel sobre la mesa lo que realmente me detuvo: una hoja doblada, escrita con la letra de mi hijo.
Mi hijo le había escrito una carta a su perro como si le hablara a un hermano:
"Hola, Manchas. Hoy quiero decirte algo importante. Desde que viniste a vivir con nosotros, todo es diferente. Ya no me quedo solo cuando los demás están ocupados, porque tú siempre te quedas conmigo. Cuando te hablo y me miras con tus ojitos buenos, siento como que sabes lo que digo.
Gracias por estar conmigo cuando lloro y hacer ruiditos para que me calme, por correr conmigo cuando estoy contento y por dormir a mi lado cuando tengo miedo. Tú eres mi mejor amigo, aunque no puedas hablar. A veces creo que sí me entiendes, y eso me pone muy feliz.
Sé que no vas a estar conmigo para siempre, pero mientras estés, te voy a dar muchos abrazos, te voy a compartir mis galletas y te voy a decir todos los días que te quiero. Porque te quiero un montón, aunque no sepa decirlo tan lindo como lo siento de verdad."
Al terminar de leer, sentí una presión en el pecho que era como una mezcla de ternura, sorpresa y culpa por no haber imaginado cuánta compañía encontraba mi hijo en su perro.
Guardé la carta. No por nostalgia, sino porque ese día descubrí una parte de mi hijo que la rutina suele ocultar, y porque Manchas —sin entenderlo del todo— era protagonista de una historia que para él significaba mucho más que un simple juego en el jardín.
https://tse4.mm.bing.net/th/id/OIP.zOy-7aj565i9fylZ5lb-jgHaE8?rs=1&pid=ImgDetMain&o=7&rm=3
Sofia3673
28-11-2025, 07:45:52
A veces siento que ciertas calles guardan la memoria mejor que las personas. Hay una, cerca de mi casa, por la que casi nunca paso… salvo cuando algo dentro de mí me empuja. No sé explicarlo.
La última vez que caminé por ahí era casi de noche, y el sol dejaba una luz anaranjada sobre los portales. Justo entonces vi una sombra pequeña cruzar la acera, como la de un niño corriendo hacia algún lugar. Me detuve. No había nadie. Solo el sonido de una pelota rebotando… pero no vi ninguna pelota.
Me acerqué un poco más y, en la esquina, encontré un papel doblado. Era un dibujo infantil: un parque, una figura pequeña en un columpio y, detrás, una furgoneta azul. Igual que la que todos describían hace años, cuando desapareció el hijo de mis vecinos.
Sentí un escalofrío. Miré alrededor, convencida de que alguien me observaba, pero la calle estaba vacía. Guardé el dibujo en el bolsillo y seguí caminando, aunque cada paso pesaba más que el anterior.
Al llegar a casa, puse el dibujo sobre la mesa. No sé por qué, pero cuando lo miré de nuevo, juraría que la figura del columpio ya no estaba allí.
RICARDO69
23-01-2026, 11:09:39
A veces siento que ciertas calles guardan la memoria mejor que las personas. Hay una, cerca de mi casa, por la que casi nunca paso… salvo cuando algo dentro de mí me empuja. No sé explicarlo.
La última vez que caminé por ahí era casi de noche, y el sol dejaba una luz anaranjada sobre los portales. Justo entonces vi una sombra pequeña cruzar la acera, como la de un niño corriendo hacia algún lugar. Me detuve. No había nadie. Solo el sonido de una pelota rebotando… pero no vi ninguna pelota.
Me acerqué un poco más y, en la esquina, encontré un papel doblado. Era un dibujo infantil: un parque, una figura pequeña en un columpio y, detrás, una furgoneta azul. Igual que la que todos describían hace años, cuando desapareció el hijo de mis vecinos.
Sentí un escalofrío. Miré alrededor, convencida de que alguien me observaba, pero la calle estaba vacía. Guardé el dibujo en el bolsillo y seguí caminando, aunque cada paso pesaba más que el anterior.
Al llegar a casa, puse el dibujo sobre la mesa. No sé por qué, pero cuando lo miré de nuevo, juraría que la figura del columpio ya no estaba allí.
Muy bueno. Gracias por el aporte
RICARDO69
23-01-2026, 11:11:18
"Yo quería un perro que me acompañara a correr, pero el destino me mandó una perra que me obligó a detenerme. Y en ese silencio, encontré quién era yo realmente."
Mateo era el prototipo del éxito moderno: siempre con prisa, tres teléfonos sonando al mismo tiempo y una ansiedad que no lo dejaba dormir. Para él, la vida era una competencia que iba ganando, o eso creía, hasta que un ataque de pánico lo dejó tirado en medio de una oficina de cristal a los 29 años.
El médico fue claro: "O bajas el ritmo, o tu corazón lo hará por ti".
Como parte de su terapia, Mateo decidió adoptar un perro. Fue al refugio buscando un Husky o un Galgo, algo "atlético" que encajara con su imagen. Pero en la última jaula, vio a "Luna". Era una perra vieja, de patas cortas y orejas desiguales, que lo miró con una calma que Mateo no había sentido en años.
—Esa perra es muy lenta, Mateo —le dijo el encargado—. No te va a servir para correr.
—No importa —respondió él, sin saber por qué—. Siento que ella sabe algo que yo no.
Los primeros días fueron una tortura para Mateo. Él quería caminar rápido, pero Luna se detenía en cada árbol, en cada grieta del pavimento, en cada rayo de sol que cruzaba la acera. Mateo miraba su reloj, desesperado. "¡Vamos, Luna, muévete!"
Pero Luna se sentaba y lo miraba con sus ojos color miel, como diciendo: ¿A dónde vas con tanta prisa, si no hay nadie esperándote al final del mundo?
Una tarde, frustrado porque Luna se negó a seguir caminando por la ruta de siempre, Mateo tuvo que seguirla por un callejón que nunca había tomado. Luna lo llevó hasta un pequeño local abandonado con un letrero de "Se Renta" casi invisible.
En ese momento, algo hizo clic en la cabeza de Mateo. Él siempre había soñado con tener su propio taller de carpintería, pero lo había pospuesto por el "éxito" de la oficina. Se quedó mirando el local. Luna se echó en la entrada y suspiró, satisfecha.
—¿Aquí es, Luna? —susurró Mateo.
Mateo renunció a su empleo. Usó sus ahorros para rentar el local. Durante meses, mientras él lijaba madera y construía muebles, Luna dormía entre el aserrín, despertándolo solo cuando era hora de ver el atardecer. Mateo descubrió que ya no necesitaba pastillas para dormir. Descubrió que sus manos, antes pegadas a un teclado, eran capaces de crear belleza.
Un año después, su taller era el más famoso de la zona. Un cliente, asombrado por la paz que se respiraba en el lugar, le preguntó:
—¿Cómo pasaste de ser un ejecutivo estresado a este artesano tan tranquilo? ¿Cuál fue tu secreto?
Mateo señaló a Luna, que en ese momento perseguía una mosca con una lentitud envidiable.
—Mi secreto fue dejar de usar GPS y empezar a seguir a una perra que no sabe leer mapas, pero que conoce perfectamente el camino hacia la paz. Ella no me enseñó a correr; me enseñó a llegar a donde mi alma siempre quiso estar.
Hoy, Mateo ya no corre. Camina al ritmo de Luna. Y cuando la gente le pregunta por qué su perro es tan lento, él siempre responde lo mismo:
—No es lenta. Es que ella ya llegó a su destino, y me está esperando a que yo termine de entender que la meta no es el final del camino, sino el paseo mismo.
RICARDO69
29-04-2026, 12:26:37
Me llamo Sergio, tengo 49 años y soy auxiliar de enfermería en una residencia de mayores a las afueras de Zaragoza.
En mi familia, durante años, fui “el que no llegó”.
Mi padre, Antonio, había sido profesor de Lengua en un instituto. Un hombre serio, de camisa planchada, libros bien ordenados y frases dichas como si estuviera corrigiendo un examen.
Mi hermana, Beatriz, trabaja en recursos humanos en Madrid. Siempre ocupada, siempre con reuniones, siempre hab lando de equipos, objetivos y responsabilidades.
Y luego estaba yo.
Yo levanto a personas mayores de la cama. Les ayudo a lavarse. Les corto la comida cuando las manos ya no obedecen. Les cambio las sábanas. Les escucho repetir la misma historia cinco veces, y las cinco veces respondo como si fuera la primera.
Para mí, eso siempre ha sido un trabajo de verdad.
Para mi padre, no tanto.
Cuando algún vecino le preguntaba a qué me dedicaba, él nunca decía:
“Mi hijo trabaja en una residencia.”
Decía:
“Sergio está en el ámbito sanitario.”
Y cambiaba de tema.
Yo fingía no haberlo oído.
Con los años uno aprende a tragarse ciertas cosas sin que se note demasiado.
En las comidas familiares, Beatriz hablaba de Madrid, de sus entrevistas, de sus proyectos, de sus viajes de trabajo. Mi padre la escuchaba con orgullo. Le hacía preguntas. Recordaba nombres, fechas, detalles.
Cuando me tocaba a mí, decía:
“¿Y tú, Sergio? ¿Sigues en lo mismo?”
En lo mismo.
Como si mi vida estuviera aparcada en algún sitio.
Yo contestaba:
“Sí, papá. Sigo.”
Nunca le contaba lo que pasaba “en lo mismo”.
No le decía que había señoras que se peinaban antes de bajar al comedor porque todavía querían sentirse guapas. No le decía que había hombres que habían mandado en una casa entera y ahora temblaban porque no podían abrocharse un botón. No le decía que, a veces, lo más importante del día era sentarse dos minutos al lado de alguien que no esperaba ninguna visita.
No se lo contaba porque ya conocía su cara.
Educada, sí.
Pero lejana.
La Nochebuena del año pasado estábamos los tres en casa de mi padre, en su piso de toda la vida. Desde que mi madre murió, él intentaba mantener las cosas como antes. El mantel bueno. La vajilla de las fiestas. Las servilletas dobladas con cuidado.
Beatriz había llegado de Madrid con su abrigo elegante y el móvil siempre cerca. Mi padre había preparado la cena con esa manía suya de que todo tenía que estar perfecto.
Al principio, la noche fue tranquila.
Hasta que mi padre se levantó para ir al baño.
Pasaron unos minutos.
Luego oímos un golpe seco.
Beatriz se quedó blanca.
“¿Papá?”
No contestó.
Llegué a la puerta antes que ella. No estaba cerrada.
Mi padre estaba sentado en el suelo, apoyado contra el mueble del lavabo. El pantalón del pijama estaba mojado. Tenía la cara roja.
No solo por el susto.
Por la vergüenza.
“Salid”, dijo enseguida. “Salid de aquí.”
Beatriz sacó el móvil y empezó a hablar demasiado rápido.
“Hay que llamar a alguien. A un médico. A urgencias. Papá, no te muevas. Sergio, haz algo.”
Cuanto más hablaba ella, más bajaba él la mirada.
Yo conocía esa mirada.
La veía muchas veces en la residencia.
No era solo dolor. Era miedo a dejar de ser uno mismo. Miedo a convertirse en una carga. Miedo a que alguien te mire y ya no vea a tu padre, ni a tu profesor, ni al hombre que fuiste.
Solo un cuerpo en el suelo.
Me agaché a su lado.
“Papá, mírame.”
Apretó los labios.
“Vete tú también.”
“No. Así no.”
Cogí una toalla limpia y se la puse con cuidado sobre las piernas. Luego miré a Beatriz.
“Prepara una tila. Y deja la puerta casi cerrada.”
Ella quiso protestar, pero se calló. Por una vez entendió que no hacían falta más palabras.
Cuando nos quedamos solos, hablé bajo.
“Voy a ayudarte a levantarte. Sin prisas. Tú me dices si te duele algo. Lo hacemos a tu ritmo.”
Mi padre no respondió.
Así que añadí:
“Esto lo hago todos los días. Y no voy a dejar que te sientas humillado.”
Entonces se le llenaron los ojos de lágrimas.
Nunca había visto a mi padre así.
No era el profesor serio. No era el hombre que siempre tenía razón. No era el padre que corregía hasta los silencios.
Era simplemente mi padre.
Un hombre mayor que necesitaba ayuda sin perder la dignidad.
Le expliqué cada gesto. Primero los pies bien colocados. Luego una mano en mi brazo. No tirar. No forzar. Respirar. Esperar. Y después, arriba, juntos.
Temblaba un poco.
Yo lo sujeté.
Cuando por fin se sentó en el sillón, le llevé ropa limpia. Me giré cuando hizo falta. No pregunté de más. No hice comentarios. No convertí aquello en un drama.
Porque mi trabajo también es eso.
No solo lavar, levantar o acompañar.
También es saber callarse cuando una persona ya tiene bastante con su vergüenza.
Más tarde, Beatriz volvió con la tila. Mi padre seguía mirando mis manos.
Esas manos que tantas veces había mirado como si no hubieran llegado muy lejos.
Entonces dijo:
“Sergio.”
Le miré.
Su voz sonaba baja.
“Yo nunca he entendido tu trabajo.”
Tragué saliva.
Él siguió:
“Y aun así lo he juzgado. Me da vergüenza haberlo hecho.”
Beatriz empezó a llorar primero. Yo bajé la cabeza.
Mi padre me cogió la mano.
“Hace falta mucha fuerza para hacer lo que haces. Pero, sobre todo, hace falta mucho respeto. Y tú tienes más del que yo supe ver.”
A la mañana siguiente no dio ningún discurso. No era su estilo.
Pero cuando Beatriz preguntó si quería que buscáramos a alguien para ayudarle en casa, él me señaló y dijo:
“Preguntadle a tu hermano. Él sabe de estas cosas.”
Esa frase me bastó.
Yo no tengo un despacho elegante. No llevo traje. No tengo un cargo que impresione en una cena.
Pero sé levantar a una persona sin hacerla sentirse acabada. Sé tapar una vergüenza con una toalla. Sé coger una mano hasta que el miedo baja.
Hay trabajos que no brillan.
Pero sostienen a la gente cuando todo lo demás falla.
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