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En Cali, las adolescentes también son protagonistas del crimen

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En Cali, las adolescentes también son protagonistas del crimen
Por: Laura Marcela Hincapié | Reportera de El País Domingo, Septiembre 22, 2013

En la ciudad se han identificado cinco pandillas conformadas solo por mujeres adolescentes. ¿Por qué una niña le pierde el miedo a la muerte?

Ese día Yurany se vistió como la modelo de un video de reggeaton: un short diminuto, un top que solo le tapaba sus pequeños senos, tenis, gorra. El pelo, recogido en trenzas, le llegaba hasta la cintura. En el maquillaje también se esmeró: sombras escarchadas en los ojos, labios brillantes y rosados.

La chica de 14 años estaba despampanante. No para un video. Ni siquiera para una fiesta. Yurany ayudaría a matar a un tipo.

A un desconocido, claro. La muchacha no sabía quién era. Tampoco le importaba. Ella solo pensaba en el millón de pesos que le pagarían por la vuelta. Su labor: llamar la atención del hombre, entretenerlo un rato, luego llevarlo a un lugar oscuro donde quedara indefenso.

El tipo apenas vio a Yurany, se le salieron los ojos como al personaje de un dibujo animado. Y ella, con la coquetería de una adolescente traviesa, le dijo que la invitara a un heladito. El plan resultó.

Pero el trabajo de Yurany fue más allá. Estuvo con los sicarios cuando golpearon a ese desconocido, cuando le dispararon, cuando lo torturaron. Ayudó a envolver el cuerpo en bolsas, a montarlo en un carro, a tirarlo como un bulto en un barranco. Yurany ya no le temía a la muerte.

Esta misma historia se repitió cuatro veces. Cuatro víctimas. Cuatro millones de pesos para la niña que vive en el barrio El Poblado de Cali.

***

Es martes 17 de septiembre y en el Centro de Servicios Judiciales para Adolescentes hay dos menores detenidas. Una de ellas participó en el atraco a un agente del CTI. La muchacha de 16 años iba con su novio, que intentó robarle el celular al investigador. Y él, como estaba armado, reaccionó, mató al joven e hirió a la menor.

Han pasado algunas horas desde el episodio y Alison, de cara angelical y cuerpo menudo, está recostada en una silla, a la espera de que empiece su audiencia. Tiene una venda en la mano derecha donde recibió el disparo. Viste una camiseta de rayas negras y blancas, como un presagio: parece disfrazada de presa. A su lado, su mamá llora cada vez que contesta el celular.

Uno de los investigadores del centro se atreve a predecir lo que ocurrirá a continuación: la chica dirá que no sabía que su novio iba a robar, que ella no hizo nada. Pero -advierte- esa versión ya es cuento: en Cali, las niñas y adolescentes no solo son espectadoras de la violencia. Hoy muchas son protagonistas.

En lo que va de este año cien jovencitas han sido aprehendidas en la ciudad por diferentes delitos. Los fiscales de menores cuentan que la mayoría está entre los 13 y 17 años y vive en barrios de estratos 1 y 2, donde desde pequeñas se acostumbran a andar la calle, a no depender de los papás, a rebuscarse lo del almuerzo, la ropa, el vicio.

Las historias casi siempre son las mismas: atracos callejeros, porte ilegal de armas, porte de estupefacientes, extorsiones, secuestros, lesiones personales.

En los robos, así estén acompañadas de hombres, siempre son las niñas las que llevan las armas. Incluso, las que amenazan a las víctimas y guardan los objetos hurtados. Los funcionarios judiciales cuentan que este año se han aumentado las detenciones de adolescentes por extorsión, pues ellas se encargan de recoger el pago de las vacunas.

En otros casos, su misión es algo que en las pandillas se conoce como ‘picar arrastre’. Es decir, llevar a la víctima hasta sus victimarios. El asunto funciona así: si se trata del robo de un taxi, por ejemplo, la menor aborda el vehículo y le pide al conductor que la lleve a un determinado sitio, donde luego lo agreden sus compañeros delincuentes. Si es un secuestro, el plan es el mismo.

Por eso -dicen algunos líderes que trabajan en los barrios más violentos de la ciudad- casi todas las niñas que se dedican a estas actividades ilícitas son muy bonitas. Como Yurany, como Alison.

Aparte de bellas, ambiciosas. Un expandillero del barrio El Retiro asegura que exigen mínimo el 30 % de lo robado o hasta el 50 %, si su papel es determinante. Las muchachas que aprenden a arreglarse para seducir, a seducir para robar, a robar para comer; también matan para sobrevivir. De las 40 jóvenes que están recluidas en el Centro de Formación Valle del Lili, cinco cometieron homicidios.

Una de ellas está acusada del asesinato de un joven en el barrio Mojica. El muchacho -según la versión de la menor- la agredió e intentó tirarle una moto encima. Pero ella no se dejó: sacó un cuchillo, le metió una puñalada en el estómago, salió corriendo.

En otros casos los crímenes también fueron así, con la cabeza caliente, en una pelea, sin planearlo. Las víctimas: un indigente que insultó a una chica de 15, un pelado de una pandilla que quiso aprovecharse de una jovencita de 16...

En el resto, el dinero resulta ser el único móvil. En el Centro de Formación Valle del Lili está internada, por ejemplo, una menor que participó en el homicidio del oftalmólogo Felipe Betancourt, ocurrido hace dos años en el barrio San Fernando. La adolescente, que ese momento tenía 16, hacía parte de la banda de ‘fleteros’ que atacó al médico. En la investigación se encontraron varias conversaciones telefónicas que habrían demostrado que la joven coordinó el atraco.

Junto a ella, hay otra niña acusada de participar en un asesinato en Puerto Tejada. La menor robó a un hombre y luego ayudó a matarlo a machetazos.

Pero algunas veces, el instinto asesino se les ha despertado de repente. Un investigador de la Policía recuerda un caso aterrador que ocurrió hace unos años en el barrio El Valladito. Una adolescente estaba desesperada con el llanto de su hijastra de dos años, así que le reventó una botella de cerveza en la cabeza y luego la asfixió con un gancho de ropa. Los vecinos la acusaron, pero ninguno quiso declarar ante un juez. La muchacha de 16 años quedó libre.

***

Yurany nunca ha jalado el gatillo, pero ya tiene varios muertos encima. A la niña, que no le importa ver morir a un hombre que la invitó a un helado, nunca se le ha pasado por la cabeza dispararle a alguien. Ella prefiere pedirle el favor a sus amigos. Así ocurrió dos veces: dos pandilleros que la amenazaron y golpearon. Dos tipos que no sabían que Yurany desde hace mucho dejó de temerle a la muerte.

Quizá ocurrió cuando tenía 12 años y empezaba a andar la calle. Aquel día que un tipo la tiró en un rincón y estrenó su cuerpo de muñeca. O quizá, esa vez, cuando tenía 14, que unos desconocidos le ofrecieron un trabajo como mesera en Popayán y terminó en un prostíbulo de Florencia (Caquetá). Quizá en esos cuatro meses de golpes, de gritos, de viejos verdes, Yurany empezó a creer que las cosas ya no podrían empeorar. La muerte, entonces, antes de atemorizarla, sería, si acaso, un alivio.

Como no le importaba morir, para ella cualquier vuelta resultaba sencilla. Luego de seducir a esos hombres que sus amigos asesinaban, se dedicó a transportar marihuana y cocaína de Cali a Buenaventura. Una banda del Puerto le pagaba 500 mil por cada viaje. Estuvo en ese negocio desde los 15 hasta los 16 años. Yurany parecía una maga escondiendo droga.

Pero la chica, cómplice de asesinatos y tráfico de drogas, cayó por arrebatarle el bolso a una señora. Fue en el sector de La Hacienda. Ese día salió a robar con sus amigos y, como ya era costumbre, ella misma amenazó a la mujer con una ‘pacha’ (pistola hechiza). Los policías la sorprendieron. Por primera vez, su suerte ya no estaba en sus manos. Un juez la acusó de intento de homicidio y estuvo once meses en el centro Valle del Lili. Allí sí conocería un miedo desconocido. Pánico al encierro.

***

La historia de Yurany no sorprende al investigador. Tampoco la de Alison ni la de las tantas niñas que están detenidas por delitos graves en Valle del Lili. Al hombre, que desde hace años analiza la delincuencia juvenil en Cali, le preocupa un asunto que va más allá de aquellos delitos que cometen las jovencitas en compañía de sus novios o amigos.

Su olfato de detective está tras las nuevas pandillas femeninas. Grupos de niñas que actúan solas, sin mandaderos. Allí ningún hombre es el jefe. Cada una tiene una función y entre todas se reparten las ganancias. En Cali -revela el experto- ya se han identificado cinco grupos: ‘las de El Calvario’, ‘las de Sucre’, ‘el Combo de la India’, ‘las de El Vergel’ y ‘las de Potrero Grande’. Cada pandilla tiene entre diez y quince integrantes.

La mayoría delinque en el centro bajo la modalidad del cosquilleo, es decir, robar a los transeúntes sin que se den cuenta. También hurtan en los almacenes de ropa, extorsionan a los comerciantes, venden drogas, trafican armas.

La hermana Alba Estela Barreto de la Fundación Paz y Bien conoce dos pandillas de niñas entre los 13 y 16 años, en El Retiro y Manuela Beltrán. La mujer, que trabaja con jóvenes en alto riesgo, explica que algunas se organizaron para defenderse de los hombres. “Ellas no querían que las siguieran utilizando ni maltratando”.

Así sea por acabar el machismo, por tener dinero para fumar y comprar ropa, por demostrar que son valientes o por simple curiosidad, hoy muchas adolescentes de los barrios más violentos de Cali están inmersas en la delincuencia. Líderes juveniles creen que en el oriente cerca del 60% de las menores pertenece a alguna pandilla.

Una prueba de ello es el aumento de las aprehensiones de muchachas. El padre Guillermo Pulgarín, director del Centro de Reclusión Valle del Lili, cuenta que el año pasado solo se ocupaban unas 30 de las 40 camas disponibles que tiene la entidad para jovencitas. Este año, sin embargo, el cupo siempre ha estado completo. Incluso, algunas veces se han solicitado más ingresos.

***
Son las tres de la tarde del jueves 19 de septiembre. Ha pasado un mes desde que Yurany recuperó la libertad. La chica alta, trigueña, ojos negros, labios gruesos, ya tiene 17 años. Viste un jean y una blusa blanca con los hombros descubiertos. Su belleza sigue intacta como aquel día que parecía una bailarina de reggeaton.

Ahora está en uno de los salones de clase del Centro de Atención a la Familia de Comfandi, en Cali. Desde que salió del Valle del Lili, Yurany asiste a este lugar dos o tres veces a la semana; para recibir clases de sistemas y atención psicológica. Estar allí le ha hecho bien. Las profesoras dicen que ella tiene disposición, que quiere cambiar. Ya lo está haciendo, de hecho. No ha vuelto a la calle. Hace 16 meses no se fuma ni un cigarrillo de marihuana. Mientras juguetea con los aretes en forma de mariposa que lleva puestos, confiesa que el tiempo que estuvo interna le sirvió para eso, para cuidarse, para valorar su libertad y, claro, odiar el encierro.

Pero Yurany sigue sin temerle a la muerte. Entonces la espera como lo hace un enfermo terminal. Sabe que en cualquier momento puede aparecer. Lo sabe porque la conoció a los 13 años, cuando quedó embarazada y su bebé falleció antes de nacer. Porque la volvió a ver dos años después, cuando otra vez quedó embarazada y tuvo que abortar porque el feto creció por fuera de la matriz. Esa vez casi se mueren ambos. Ahora, con cinco de meses de embarazo, la vuelve a sentir. Allí, detrás de ella, como una joroba.



Fuente El País Cali

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