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Destinos de cuna
Por María del Pilar Camargo, periodista de Semana.com
INFORME ESPECIALLa ausencia de los padres ha agudizado la guerra en Medellín, donde la violencia ha sido el único camino para muchos jóvenes. Cinco historias de vida de niños y adolescentes atrapados en el ciclo de la guerra.




Que niños y adolescentes sean las víctimas y los víctimarios del conflicto violento que desata el miedo en Medellín tiene sus porqués. Historias de vida demuestran que muchos menores cometen prácticas delictivas impulsados por la carencia afectiva y la necesidad de un referente de autoridad: un padre o una madre.

El fenómeno de los padres ausentes agudiza la violencia juvenil antioqueña, y parece que este síntoma de las familias disfuncionales o el abandono de los padres biológicos no está siendo valorado como se lo merece.

Y es que la ausencia de los padres tiene varias presentaciones: son negligentes ante la crianza de los hijos, están sumidos en el encierro de una prisión, fueron asesinados por un grupo ilegal armado,o pertenecen a una banda criminal. Sumado a la falta de la figura paternal o maternal están las circunstancias socioeconómicas precarias en las que habitan los menores de edad.
De acuerdo con Daniel López, sicólogo de la Universidad de Antioquia y especialista en salud mental del niño y adolescente de la Universidad CES, el fenómeno de los padres ausentes se manifiesta en el desplazamiento y el conflicto armado, flagelos donde el niño, en algunas ocasiones, es criado por personas diferentes a los padres biológicos.

"Se habla de trastorno cuando el padre ausente es producto de algún efecto traumático como una muerte accidental, un asesinato, el desplazamiento forzado, el ingreso a una cárcel o cualquier acción que haya generado un trauma para el niño. Si los cuidadores son adecuados no se generará ningún trauma en el menor", agrega López.

La personalidad de los menores que viven estas circunstancias es frágil. Son personas hiperactivas, agresivas, con dificultades en el lenguaje, disposición al aislamiento y propensos a desarrollar el trastorno Oposicionista desafiante, donde se evidencia la carencia de la figura de autoridad y por lo tanto, su acceso inadecuado a la ley.

Según Freddy Edgardo Gómez, juez de menores y coordinador del Centro Especializado para la Adolescencia, CESPA, la mayoría de los adolescentes que ingresan al Sistema de Responsabilidad Penal provienen de familias recompuestas, donde se presenta la figura del padrastro y el medio hermano; monoparentales, donde sólo está el referente maternal; y disfuncionales, donde el padre es consumidor de droga, alcohólico o asume conductas delictivas.

"Algunos cuidadores no son un referente de autoridad para los menores y por lo tanto, no hay ningún acatamiento de normas por parte del adolescente, quien puede tener un referente afectivo pero no de autoridad. Ellos dicen que se hacen matar por la mamá o la hermana mayor pero no obedecen. En las familias recompuestas el padrastro quiere imponer reglas y el muchacho entra en conflicto porque no acata normas de un desconocido", apunta Gómez.

Lea cinco historiasde vida de menores de edad que viven distintos destinos de cuna, sometidos a vivir con la ausencia de sus padres: Amor entre rejas, Abuela madre, Los niches, La promesa de no volver a delinquir y Los 12 hijos de Granada.

Otro problema: el consumo de drogas

Los menores atraviesan más conflictos. El Juez Freddy Edgardo Gómez explica otras características generacionales de los adolescentes que agreden la normatividad penal: el 90% son desescolarizados y el 98% son consumidores de estupefacientes.

"Cerca de un 65% de los jóvenes que infringen la ley son policonsumidores. Consumen ruedas, coca y marihuana", señala Gómez.

En algunos casos, junto a la desintegración familiar, el consumo de drogas aumenta. El segundo Estudio de salud mental del adolescente y consumo de sustancias psicoactivas de Medellín concluyó que once de cada cien alumnos de bachilleratos de colegios públicos y privados, rurales y urbanos, entre los 10 y 19 años, fuman marihuana, y que a partir de los doce años y medio, los estudiantes consumen bazuco y heroína. A las conclusiones se sumó también el uso de hongos y cacao sabanero entre adolescentes.

¿Cómo se judicializa a un menor de edad?

En Antioquia la judicialización de los procesos de criminalidad en menores de edad se maneja desde los circuitos judiciales.

El Circuito Judicial de Medellín conoce las conductas delictivas cometidas por adolescentes en municipios como Barbosa, Bello, Copacabana, Girardota, Medellín, Itagüí, Caldas, Sabaneta, La Estrella, Amagá, y Angelópolis. Mientras se define su situación judicial los adolescentes son llevados al CESPA, un centro transitorio con capacidad de 30 cupos que alberga a los jóvenes por un tiempo máximo de 36 horas.

El organismo encargado de los adolescentes que delinquen en los 116 municipios restantes del departamento es el Distrito Judicial de Antioquia. El departamento se divide en 25 circuitos judiciales, cada uno integrado a su vez por varios municipios.

Cuando el menor es capturado la Policía de Infancia y Adolescencia lo traslada a la cabecera del circuito y centro transitorio, respectivos.

Y es que 2.057 hombres y 204 mujeres entraron en 2009 al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes, así se desprende del informe estadístico de ese año del Centro de Servicios Judiciales de ese sistema.

Las mujeres ingresan por porte ilegal de arma de fuego; porte, tráfico o fabricación de estupefacientes; y hurto calificado y agravado.

Por su parte, los hombres ingresan por los mismos delitos más homicidio, acto sexual abusivo, atentado contra la libertad sexual, violencia intrafamiliar, lesiones personales dolosas, extorsión y secuestro.

Menores en conflicto

Un niño o adolescente entra en el conflicto violento por varias causas. En primer lugar, su familia de escasos recursos le exige producir y generar dinero para pertenecer a ese hogar, por tal razón, el joven se desescolariza para trabajar. En segundo lugar está la familia disfuncional, y en tercer lugar, la delincuencia organizada, donde los adolescentes son "carritos" de droga y de armas.

"Algunos jóvenes sancionados manifiestan una carencia de afecto impresionante. Son huérfanos de amor. Algunos pedagogos de centros de internamiento de la ciudad están usando mascotas como táctica para fortalecer los vínculos afectivos de los jóvenes. Se encariñan con un perro, por ejemplo", cuenta el juez Gómez.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Medicina Legal, durante el periodo comprendido entre enero y mayo de 2010 se cometieron 884 homicidios, lo cual representa un aumento del 21,8 por ciento, respecto al mismo periodo en el año 2009, cuando se produjeron 726 asesinatos.

A la alarmante cifra se suma el incremento del homicidio de niños, niñas y adolescentes con edades entre los 11 y 17 años. Es el grupo poblacional que más incremento de homicidios presentó respecto a 2009. Hace un año se registraron 45 casos, en 2010 se reportaron 83 en el mismo periodo, de enero a mayo.

Otra de las conclusiones se refiere a los niños, niñas y adolescentes entre los 0 y 17 años, cuyos asesinatos en el 2010 ocupan el 9,9 por ciento de la totalidad de homicidios.

"Los grupos armados ilegales están conformados cada vez más por niños, niñas y adolescentes, ya que son más fácilmente influenciables y no generan mayores costos de sostenimiento económico para las agrupaciones", subrayó la Personería de Medellín en entrevista con el periódico El Tiempo. El Organismo denunció que el asesinato de menores de edad aumentó 138% por su ingreso a grupos armados.

Frente a la alta tasa de homicidios de menores de edad el juez Gómez acepta que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y el CESPA no ofrecen hasta el momento espacios posprocesos que vinculen al adolescente, que cumplió la sanción, a un proyecto productivo.

De los 4 mil 600 jóvenes judicializados, cerca de 400 son sancionados, de los cuales 20 son asesinados como “ajuste de cuentas” una vez egresan del Centro de Atención al Joven Carlos Lleras Restrepo, más conocido como La Pola, la cárcel de menores de Medellín.

"No se trata de tirarlos a la calle. No queremos que el joven haga su bachillerato aquí y de pronto la universidad en Bellavista. Un adolescente vuelve a su mismo medio si no aprende algo diferente", señala Gómez.

El tema es de urgencia e interés nacional. La cifra de homicidios se acerca a las mil víctimas con el negativo cese de la violencia entre combos delincuenciales. Si las confrontaciones armadas presentadas en la Comuna 13, al Occidente de Medellín, continúan y se expanden a otras zonas, la violación al derecho a la vida de los más jóvenes (hijos de los victimarios, por ejemplo) deberá ser un tema prioritario para el gobierno de Juan Manuel Santos.

Trabajo periodístico - Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín.

Fuente:http://www.semana.com/noticias-nacio...na/143484.aspx

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Última edición por ripley; 01-09-2010 a las 18:11:30
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Amor entre rejas
Por María del Pilar Camargo, periodista de Semana.com
CRÓNICAJorge Jaramillo es uno de los 106 mil presos bajo custodia del Inpec, Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario. Su hija Manuela, de cuatro años, lo visita cada mes en la cárcel Bellavista y habla con él a diario por celular. Cuando Manuela cumpla 36 años Jorge saldrá libre. Entre rejas sobrevive una historia de amor que parecía prohibida. Sus nombres han sido cambiados para proteger sus vidas.




Hace cuatro años nació Manuela Jaramillo. Ella tiene ojos oscuros, pestañas largas, labios delgados y piel tersa. Para Manuela, la casa de su padre es fea y sucia. Lo visita hace 48 meses. Para verlo ha madrugado 48 domingos a las seis de la mañana para hacer una fila de más de cuatro mil personas, entre mujeres y niños. La acompaña Adriana Torres, su madre.
"Qué pereza que mi papá viva en esa casita. No me gusta pa’ dormir allá. Me gusta ir pero un ratico. Dígale a mi papá que nos vayamos a vivir a otra casa los tres junticos", le confiesa Manuela a su madre.

Adriana tiene cejas delgadas, ojos verdes, nariz pulida, labios rojos y gruesos, pómulos levantados y piel blanca. Sin arrugas, sin expresión, sin maquillaje. No es modelo. Nació hace 26 años en un municipio del nordeste antioqueño, vive al nororiente de Medellín, es miope como sus otras seis hermanas mayores, le gustan los veteranos, dice que es profeta de Dios, y presagia que el padre de su única hija, Manuela, estará libre en los próximos meses. Él, Jorge Jaramillo, está condenado a 38 años de cárcel.

Manuela nació por el amor de un farmaceuta y una regente de farmacia 22 años más joven que él.

"Él jura que cuando yo era chiquita me ponía inyecciones", recuerda Adriana. Luego sonríe.

Adriana conoció a Jorge cuando ella tenía 15 años y él 37. Mientras que Adriana recuperaba basura para una campaña de reciclaje liderada por el grupo Scout, Jorge trabajaba un día más como propietario de la farmacia del barrio. Adriana cruzó las puertas de la droguería, y zas, él se enamoró, ella no.

"Niña, ¿usted por qué está recogiendo basura?", le preguntó Jorge.

Los amigos de Adriana se burlaban de la coquetería del boticario. Para Adriana, Jorge era "el doctor del barrio, el terapeuta, el sicólogo".

Pasaron varios meses para que Adriana volviera a la droguería. Era un sábado y buscaba el tratamiento médico para la enfermedad de una de sus tías. Una mujer exuberante y cuchibarbie la recibió. Adriana nunca había sentido una mirada tan llena de odio. Esa señora imponente, de contextura gruesa y con unos 45 años de edad sin aparentar, era la esposa de Jorge.

Mientras habla, Adriana se limpia constantemente los ojos con sus manos. Desde sus 12 años usó gafas. Hoy, lentes de contacto. En noveno grado rompió sus anteojos, y por temor al castigo de sus padres ocultó el daño durante varios meses. Comenzó a padecer dolores de cabeza. Volvió por obligación a la farmacia. Jorge le prometió arreglar sus gafas y llamarla cuando estuvieran listas. Luego, la madre de Adriana reconoció la voz del droguero y reprendió a su hija por "meterse con un hombre casado". Adriana se apenó. No quería que la vieran con un hombre tan mayor. Él no le gustaba. No le simpatizaba. No lo quería ni como amigo.

Jorge pensó lo mismo que Mario Benedetti cuando este poeta uruguayo escribió Táctica y estrategia. Su estrategia era que Adriana, "un día cualquiera, sin saber cómo ni con qué pretexto, por fin lo necesitara".

Durante cinco años Jorge atendió la enfermedad de la madre y fortaleció su amistad con las hermanas; le traía regalos de Estados Unidos, la buscaba a la salida del colegio, la llamaba a larga distancia, la invitaba con falsas excusas a Santafé de Antioquia y le prometía divorciarse. Intentos fallidos. Adriana se enamoró dos veces pero no de él.

Su primer amor se llamó Andrés Restrepo, lo conoció cuando ella tenía 16 años y él 21. Mantuvie ron su noviazgo durante tres años, hasta un día cuando Andrés decidió no volver. Desapareció por quince días. Cuando volvió, Adriana miró sus ojos y predijo el porqué de su huida.

"¿Qué vino a decirme? Que tiene otra novia, la de toda la vida, que está embarazada y que se alejó pa’ casarse", adivinó Adriana.

Seis meses después Adriana se reencontró con su segundo amor: Óscar Londoño, un amigo del grupo Scout. Óscar terminó con su novia, Marcela Cano, y viajó con Adriana durante un año por la Costa colombiana. Adriana tenía 18 años.

"Yo era muy cotizona. Era flaca, y con pelo largo y liso. Era muy bonita. Yo dije, '¡Ahora sí Jorge menos!', con ese papasito de Óscar como la pasaba de rico", recuerda Adriana.

Su historia de aventura con Óscar duró un año. Su segundo novio también le era desleal.
"Adriana, yo la quiero mucho, por si cualquier cosa pasa, sepa que yo la quiero mucho", le confesó Óscar.

"¿Cierto que usted siguió con Marcela y ella está embarazada?", auguró otra vez Adriana.

Pasaron cinco años para que funcionara la estrategia de Benedetti. Adriana tenía 20 años y aceptó una oportunidad laboral que le ofreció Jorge: ser su ayudante en la farmacia. Las llamadas telefónicas con Jorge comenzaron a demorar más, Adriana se reía de sus ocurrencias, y empezó a entender que necesitaba ese hombre mayor pero leal.

Después de lograr enamorarse, Adriana comenzó a vivir intranquila. La perseguían carros de vidrios polarizados y recibía llamadas amenazantes provenientes de la esposa de Jorge. Cuando se firmó el divorcio del farmaceuta y la mujer de unos 50 años, Adriana se sintió plenamente feliz.

Según la madre de Manuela, Jorge empezó a ganar buena plata: "Traía mercancía desde Panamá para un San Andresito, la droguería empezó a crecer, invirtió en taxis, ganado. Era muy bueno para los negocios".

Los padres de Manuela vivieron en unión libre hasta un día a las siete de la mañana, cuando dos oficiales del Gaula tocaron la puerta del apartamento.

Jorge fue retenido por homicidio y secuestro agravado. Por estar con él en el momento de la captura, Adriana estuvo interna en el Buen Pastor durante tres meses.

Para ella, su novio es inocente y víctima de falsos testimonios y extorsión. Hasta hoy, Jorge ha pagado seis años de condena.

En la cárcel Jorge se enteró del embarazo de Adriana.

"Que berriondera que le toque a una hija vivir sin mí", le confesó Jorge a Adriana. Él tiene tres hijos de su primer matrimonio.

"Dios aborrece la injusticia y tengo plena confianza que Manuela va terminar su infancia y empezar su adolescencia con su papá libre (…) Los óscares (sic) no van a tener nada que ver cuando él salga y venga por Manuela y por mí", expresa Adriana.

Por estos días, Adriana y Jorge exigen una revisión del proceso judicial a la Fiscalía General de Bogotá.

Si Jorge no obtiene la libertad, se casará con Adriana en una ceremonia civil que se realizaría en la casita fea y sucia.

"Toda prisión tiene su ventana", dijo el poeta Gilbert Grantiant.

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Antiguo 01-09-2010 , 18:07:00   #3
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Abuela madre
Por María del Pilar Camargo, periodista de Semana.com
CRÓNICAUna mujer de 62 años, casada hace 46, bailarina de cumbia y paso doble, y habitante hace 35 años de la Comuna uno de Medellín, es la madre de cinco nietos. La figura maternal de Susana Correa le dio vuelta al destino de dos hermanos adolescentes que no viven con ninguno de sus padres. Sus nombres han sido cambiados para proteger sus vidas.




Para llegar a la casa de Jefferson y Esteban Álzate, en uno de los barrios de la Comuna uno de Medellín, hay que subir más de 173 escalones. No hay vía para automóviles, motos o bicicletas, sólo habitantes recorren el camino estrecho, empantanado y sucio.

Cuando hay balacera los jóvenes 'gatilleros' bajan los escalones corriendo y sujetan con sus manos las pistolas. Los más de 173 escalones son testigos de los tiroteos entre combos delincuenciales juveniles, los embarazos no deseados de las mujeres más jóvenes y coquetas del barrio, y hasta de lo que alimenta y hace feliz a los ciudadanos de ese sector.
Después de llegar a la meta aparece Susana Correa, quien recibe a sus nietos hijos con una gaseosa fría. Ella vive hace 35 años en esa casa, arriba de los 173 escalones. Los hermanos Álzate tienen 14 y 15 años, y desean ser profesionales gracias a esa mujer.

Jefferson y Esteban vivieron con su madre unos meses y luego en casa de su padre un tiempo, pero ni la mujer que hoy tiene 38 años ni el hombre cuatro años mayor que ella, se responsabilizaron de sus roles. Ambos padres confiaron en que la mejor solución era entregar sus hijos a la abuela paterna. Padre y madre sólo se pusieron de acuerdo en el destino de sus hijos, hoy ellos no pueden verse ni hablarse.

Susana, una mujer de contextura gruesa, mirada nostálgica, sin una pizca de maquillaje y con una sonrisa amplia, está casada con un hombre que conoció a sus 13 años y que es seis años mayor que ella. Él saluda sin mirar a los ojos, es cacheticolorado, y tiene puesto un sombrero antioqueño con una pluma de color naranja.

"¡Ah! Es un hombre borracho. Molestón ahora. Yo le digo a ellos (Jefferson y Esteban) que no le pongan atención cuando llega así a la casa", confiesa Susana cuando se le pregunta por su aniversario número 46.

La abuela madre de los hermanos Álzate es bailarina de cumbia y pasodoble de un grupo de la tercera edad, el proyecto artístico es tan famoso en el barrio que fue el encargado de recibir en el sector a los invitados de los pasados IX Juegos Suramericanos.

Hace varias semanas Susana está incapacitada para bailar, tiene sus pies hinchados y se le dificultad caminar. Ella demora cerca de una hora si baja los 173 escalones.

Susana ha vivido en varios municipios antioqueños: Tapartó, Pueblo Rico, Turbo, Santa Isabel y Remedios. Tiene seis hijos, cinco hombres y una mujer. Todos viven en las casas contiguas a la suya. Es una vecindad familiar.

Hoy Susana vive con su marido y sus nietos hijos, Jefferson y Esteban.

Según Susana, los padres de los hermanos Álzate no se comprendieron bien y hace más de 10 años decidieron separarse y aceptar la propuesta de que la abuela paterna criara a los nietos mientras sus padres trabajaban.

Los hermanos estudian octavo y noveno grado en una institución educativa pública del sector donde se educan desde su preescolar. El que estudia más es el mayor: Jefferson, él se ganó una beca en uno de los institutos educativos del Centro de Medellín, allí aprende sobre programas informáticos, mantenimiento de sistemas tecnológicos e inglés. Esteban también terminó beneficiándose del premio. Ambos asisten a la clase los sábados al medio día.

En las mañanas los jóvenes se dedican a hacer tareas y destinos, es decir, regar las matas, barrer el andén, trapear y ayudar a mantener aseado su hogar. Asisten a clase en las tardes.

En casa de su abuela, Jefferson y Esteban sólo ven fútbol. Ver películas es el plan cuando están en la casa de su padre, quien está casado hace once años con una mujer amiga de su infancia y con quien tiene un hijo de nueve años.

Cada sábado su padre les da la "liga", una cuota semanal de cinco mil pesos para cada uno. Hace unos años, Susana no soportó la desobediencia de los hermanos Álzate y le pidió a su hijo que se hiciera cargo de su crianza. Jefferson y Esteban se fueron a vivir con su padre pero el cambio sólo duró dos meses.

"No queremos volver allá, no nos llevamos bien con la madrasta (…) Ella creía que nosotros teníamos que hacer todo", manifiesta Jefferson.

Luego, la madre, que toda su vida ha sido empleada doméstica, decidió arrendar una habitación en la Comuna uno para vivir con los dos adolescentes y su otra hija de once años; sin embargo, según Susana, las hermanas de la madre la sedujeron para que se retractara de su decisión. Jefferson y Esteban ven a su madre cada fin de semana. No quieren vivir en otro lugar que no sea al lado de su abuela.

El fenómeno de los padres ausentes y las abuelas madres se populariza en los sectores populares de la ciudad. Jefferson y Esteban admiten que muchos de sus amigos tienen madres solteras o abuelas responsables de su crianza.

Según ellos, este abandono propicia que los adolescentes ingresen a los combos delincuenciales donde encuentran mejor trato.

"Los papás no se comprenden, los dejan solos, las mamás los gritan (a los amigos) y les dicen groserías, entonces ellos se van porque nadie los comprende", explica Esteban.

La violencia propiciada por adolescentes ha llegado a los oídos y ojos de los hermanos Álzate.

"Un compañero se salió del colegio para estar en eso. Los hermanos son esos mariguaneros (sic) y esos manes que se mantienen armados. Ellos le daban pistolas para que las guardara. Yo lo veo por ahí pero no le hablo. Esos manes me dan susto, uno se pone a saludar y de pronto alguien cree que uno está con ellos y me hacen algo", declara Esteban, que aparenta tener más conocimiento de lo que pasa afuera de su casa que Jefferson.

Los hermanos Álzate dicen que nunca han hecho "favores" a quienes delinquen en el barrio. Saben quiénes son. Los han visto correr con armas en las manos y apuntando desde la montaña de su casa a la del barrio contiguo, en una violencia armada entre combos juveniles que venden droga a plena luz del día o en la noche; no importa la hora, importa el lugar.

"A ellos no les da pena fumar en la calle. Los hemos visto vendiendo. Un día, uno que es primo de un amigo, nos mostró un arma", expresa Esteban.

En el descenso de los más de 173 escalones hay gallinas que serán cocinadas y perros callejeros que son mascotas; música de reggaetón a todo volumen, dos mujeres embarazas de unos 15 y 16 años que hablan, y rastros de sangre en el andén.

Jefferson y Esteban recorren el sendero todos los días y varias veces, expuestos a comenzar una vida ilegal en cualquier momento; sólo una persona es la responsable de sus no. Se niegan a participar de la violencia y se resisten a la sexualidad irresponsable, al robo, y a los favores; esa persona es su abuela madre Sandra Correa.

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Los niches
Por María del Pilar Camargo, periodista de Semana.com
CRÓNICAJóvenes urabeños que superan los 15 años de edad huyen de la "limpieza social" de ese municipio antioqueño y viajan a Medellín para delinquir. Con armas blancas cometen hurtos calificados y agravados en el Centro de la ciudad. Juan Felipe Vargas es un niche que vivió su niñez y adolescencia sin la compañía de sus padres. Hoy está retenido en La Pola. Su nombre ha sido cambiado para proteger su vida.




Juan Felipe Vargas nació hace 16 años en San José de Apartadó, en Urabá, Antioquia. Vivió su niñez y adolescencia en el barrio Obrero, de ese mismo municipio.

Hace más de un año llegó a Medellín y hace tres meses es uno de los jóvenes internados en el Centro de Atención al Joven, Carlos Lleras Restrepo, más conocido como La Pola, la cárcel de menores.
Es un niche más que viajó a la ciudad por amenazas contra su vida. Cuando decidió robar en las calles del Centro de Medellín, sabía que se arriesgaba a no volver por mucho tiempo a Policarpa, un parque de charcos naturales de Urabá, donde iba a “tirar baño”. En ese municipio antioqueño estudió en una escuela pública hasta tercero de primaria. En su adolescencia optó por la ilegalidad para conseguir dinero y gastarlo en “farras” y ropa.

La negligencia de sus padres biológicos ante su crianza acercó a Juan Felipe a una de sus tías; una mujer que lo apoyaba y defendía, y a quien le confiaba sus problemas. Hace unos días perdió contacto con ella, no tiene su teléfono fijo, y en la audiencia para definir su situación judicial estuvo solo frente a un juez de menores. Sin ningún familiar o allegado. Condenado a una ciudad desconocida.

Los deportes preferidos, fútbol y natación; la comida favorita, la bandeja paisa pero la de Urabá –con pescado en vez de chicharrón y arroz con coco-.

Durante su niñez y parte de su adolescencia disfrutó de vivir en Urabá.

Estuvo tranquilo en su pueblo natal hasta que se le llamó “uno de los desatinados”. Juan Felipe necesitaba plata para comprar droga y robaba a los habitantes de su barrio.

“Los paracos de allá matan mucho, ellos dicen que hacen limpieza y matan a todos los desatinados. Pasan en moto, toman fotos. Yo me calenté y me tenían fichado (…) Allá mataban a los pelaos al lado de uno”, recuerda.

Dos hombres de unos 22 y 23 años les aconsejaron a Juan Felipe y a dos de sus amigos que se fueran a vivir al Centro de Medellín donde los esperaban otros jóvenes urabeños conocidos además de niches como “Los morenos”, una de las más de 160 bandas que existe en la ciudad según la Personería de Medellín.

Un miércoles de mayo de 2009 Juan Felipe y sus compañeros decidieron comprar un tiquete de bus con destino a la urbe, no tenían equipaje ni dinero pero sí ánimo de independencia y comodidades. Horas después llegaron a un hotel en un lugar del Centro donde pagaban 15 mil pesos por su estadía diaria.

“Nos recibieron unos pelaos de allá, de Urabá (…) Los niches son un combito de negros, también son los morenos… Pero mentiras, que ahí también hay blancos”, explica.

Juan Felipe robaba en la noche a los transeúntes de la Avenida Oriental.

En el día vivía cómodamente en el hotel, con televisor y equipo de sonido. Con la plata robada compraba tennis y ropa, y se cortaba el pelo en las peluquerías del Centro.

“Cuando me dijeron que me fuera pa’ Medellín yo pensé que acá era bueno porque como es grande no lo cogen a uno pa’ matarlo (…) Aquí la gente es egoísta (…) Lo único bueno es… ¿Cómo es?… Eso que es grande de EPN (sic), que es como una biblioteca y lo dejan entrar a uno para estar en los computadores (…) Eso, en La Alpujarra”, relata.

Juan Felipe no conoce la ciudad, sólo el Centro.

Su estadía en hoteles terminó cuando, junto a un niche mayor, robaron a un adulto de la tercera edad cerca del Jardín Botánico, sabían que el hombre que salía del banco tenía 700 mil pesos en efectivo. Cuando intentaron llevarse el dinero la víctima los amenazó con una navaja, Juan Felipe sacó su arma blanca y lo “chucé en el estómago en defensa propia también’’.

La retención se hizo bajo el delito de hurto calificado y agravado. Para Juan Felipe estar en La Pola representa un cambio de mentalidad.

“En este encierro uno reflexiona. A veces me aburro. Uno aparenta que está bien pero no… Ah, igual uno se amaña. Cuando salga me voy otra vez pa’ Apartadó, yo no quiero seguir aquí pa’ que me llenen la cabeza y siga robando, y si tengo ya los 18 años me metan a… ¿Cómo es?… Bellavista. A mí me han dicho que allá duermen en los corredores’’, dice con asombro.

Según Freddy Edgardo Gómez, juez de menores y coordinador del Cespa, Centro Especializado para Adolescentes, el fenómeno de los niches estuvo en furor entre 2008 y 2009.

“De los 4 mil 600 jóvenes judicializados, cerca de 400 son sancionados, de los cuales 20, una vez cumplen la sanción y egresan de La Pola, son asesinados como ‘ajuste de cuentas’”, revela Gómez. Juan Felipe conoció a cuatro de las personas asesinadas, eran amigos que delinquían con él.

“Uno no cree que va a pasar. Yo conocí a uno que estaba aquí internado, salió, y después la mamá de un amigo que también está internado aquí, le dijo que habían matado a Camilito. Me da miedo que me maten a mí acá. Por eso, cuando salga me voy pa’ Apartado”, expresa Juan Felipe con temor.

De acuerdo con Sandra Patricia Castro, trabajadora social de La Pola, como medida de protección para los jóvenes que son liberados, la institución está “preparando el montaje de un plan posinstitucional”.

Cuando sea libre, Juan Felipe espera terminar los estudios de primaria y bachillerato en Urabá, “pagar servicio”, y no volver nunca más a Medellín, la ciudad grande y desconocida.

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Antiguo 01-09-2010 , 18:09:19   #5
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La promesa de no volver a delinquir
Por María del Pilar Camargo, periodista de Semana.com
PERFILDesde los siete años Alejandro López cumple las leyes de la calle: hurto, porte ilegal de armas, retención ilícita de bienes, consumo de droga y complicidad en torturas. Hoy tiene 15 años y es padre de un niño recién nacido. Alejandro quiere ser como el papá que nunca tuvo. Su nombre ha sido cambiado para proteger su vida.




Ser ingeniero automotriz y viajar a África y Japón son los sueños de Alejandro López, uno de los jóvenes que participa del Programa Fuerza Joven de la Alcaldía de Medellín. Vive al nororiente de la ciudad, en la Comuna cuatro, tiene 15 años, y hace unas semanas es padre de un niño.

Durante sus últimos ocho años de vida vivió más tiempo en la calle que en su casa. Amigos buenos y malos reemplazaron la compañía de su madre y la ausencia de su padre. Alejandro tiene dos tatuajes: un dragón y su apodo escrito en chino; y cinco perforaciones: en una ceja, una oreja, el labio inferior y dos en la lengua. Hoy no trae aretes puestos. Practica porrismo en el Inder, Instituto de Deporte y Recreación, donde hace acrobacias y giros mortales. Su comida favorita son los frijoles. El guiso de cebolla y tomate es la mezcla que le parece menos agradable.
Por maltrato intrafamiliar la madre de Alejandro se separó de su esposo en 1995. A los cuatro meses de nacido, Alejandro fue abandonado por su padre, sólo lo veía una o dos veces al año.

Cuando cumplió seis años fue la última vez que supo de él.

A los siete años Alejandro se sentía sólo, la mamá trabajaba en las noches y en las mañanas, y él decidía si quería ir a la escuela. La mayoría de las veces prefería estar en la calle, donde se entretenía y charlaba con amigos de confianza y otras “personas que uno piensa que le están haciendo un bien a uno, y no, es para sacarles ellos el cuerpo y meterlo a uno en cosas malas”, recuerda.

“En la calle hay falsedad, vicios, malos pensamientos, malas influencias (…) Quiero cambiar el estilo de vida, dejar tanto la calle, estar ocupado y superarme”, revela ante la mirada fija de su madre.

Alejandro fue cómplice en torturas que pudieron llegar a ser homicidios, sin embargo, su retención se debió a un hurto simple. Su vida ilícita comenzó con los “favores”. Alejandro cuidaba casas o cuadras enteras.

“Las convivires, los paracos, son supuestamente la seguridad del barrio. Un día estábamos mis amigos y yo relajados cuando llega tal persona y nos dice ‘vengan parceros, los necesitamos pa’ tal cosa a ver si ustedes nos pueden hacer el favor y se quedan tal noche acá y cuidan esto’.

Nosotros por quedar bien decíamos que sí y nos entregaban armas, una 38 larga pa’ cada uno (…) Uno rondaba cuadras seguidas y donde pasara algo por allá, se lo achacaban (sic) a uno y se lo cobraban”, relata Alejandro.

También presenció torturas de adultos acusados por jóvenes de 25 a 30 años, quienes realizaban la “limpieza social” del barrio. Las víctimas eran los supuestos ladrones del sector. “Los cogen y los castigan, los golpean y los torturan… Hasta los llegarán a matar… A mí no me tocó ver que los mataran. Yo cambiaba una pieza para que ellos relajados torturaran a la gente (…) Hay uno de ellos que tiene la casa y la presta, sólo pide que la desocupen, hagan lo que tengan que hacer y después la organicen. Una vez tenían a uno amarrado con un lazo, uno tenía una tira y el otro tenía la otra, y los dos jalaban, lo iban ahorcando y ahí le preguntaban cosas y si no respondía lo iban jalando más. Era horrible”, recuerda Alejandro.

Otro de los delitos que cometió fue la retención ilícita de bienes. “Es el apoderamiento de casas por días o horas. La calle tiene muchas leyes. Los dueños en los barrios tienen un pagadiario para las personas a las que les prestan dinero. Si no lo pagan les hacen un allanamiento y les quitan cualquier bien, un televisor o una nevera. Hasta que no pagaban no se lo devolvían. Uno hacía favores y sacaba las cosas”, explica Alejandro.
Hoy Alejandro consume bajas dosis de marihuana. Hace cuatro años pagaba por esta misma droga, más “perico y pepas”. Desde que era niño vio a las personas consumir las sustancias psicoactivas en la calle y sintió curiosidad. Con mil pesos compró su primer “bareto”, el dinero se lo daba su madre sin saber para qué realmente lo quería.

Alejandro está dispuesto a dejar la droga por su bebé. Hace tres años conoció a la madre de su hijo, una joven de 14 años. Hoy son novios y planean vivir juntos en unos años.

“El bebé es como la bendición. Después de la noticia, Alejandro tuvo un cambio brusco, se alejó de la calle, los amigos, y comenzó a trabajar con el suegro, que es oficial de construcción”, cuenta Carmen Herrera, madre de Alejandro. La mayoría de los amigos de Alejandro son hijos de madres solteras como él. Aunque Alejandro se cansó de vivir ilegalmente, su espíritu rebelde sigue vivo frente a la figura paternal: hace seis años habita con su padrastro, a su padre biológico no quiere volverlo a ver.

“Si no me hizo falta cuando estaba pequeñito y estaba creciendo, ya pa’ qué”, cuenta Alejandro.

En 10 años Alejandro se proyecta viviendo con su esposa e hijo en un apartamento.

“Como la familia que yo nunca tuve. Yo sí voy apoyar y acompañar a mi hijo”, promete Alejandro.

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Antiguo 01-09-2010 , 18:10:13   #6
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Los doce hijos de Granada
Por María del Pilar Camargo, periodista de Semana.com
CRÓNICAEl asesinato de una mujer embarazada de 38 años en Granada, Antioquia, en 2002, dejo huérfanos en ese entonces a siete menores de edad que hoy viven solos, integran una banda delincuencial, se comportan como si fueran autistas, y necesitan de compañía y amor maternal. Hasta hoy se desconocen los culpables. Sus nombres han sido cambiados para proteger sus vidas.




Un mañana de septiembre de 2002 unos hombres encapuchados llegaron a la casa de Ligia González y le preguntaron por su marido Alirio Suárez. Su esposo se había ido para Venecia a coger café. Los sospechosos volvieron en la tarde y se llevaron a Ligia, que estaba embarazada de un niño con ocho meses de gestación. A 500 metros de su casa le dispararon y la asesinaron en el patio de la casa contigua. Los seis hijos menores de edad: Diana, Valentina, Marisol, Rosa, José y Camilo, vieron marcharse a su madre, escucha ron los tiros y algunos de ellos lograron ver el cadáver. El hecho ocurrió en una de las veredas cercanas al corregimiento Santana, en Granada, Antioquia.
Ligia tenía otra hija menor de edad, Margarita, de 13 años, a quien había dejado viajar a Cali con una tía para trabajar en una panadería y así evitar que fuera reclutada por la guerrilla. La mujer tenía otros cuatro hijos mayores de edad. Dos hombres y dos mujeres: Ricardo, Fernando, Sonia y Ana. Por seguridad, Alirio no asistió al entierro de Ligia. Fernando viajó de Medellín a Granada para el velorio de su madre, pero ese día en un paro guerrillero fue asesinado. El rumor del homicidio llegó al cementerio, sus hermanos lo reconocieron por la ropa que traía puesta.

Ana inscribió a José y Camilo en un internado en Rionegro, allí permanecieron hasta 2006. Las hermanas de Ligia llevaron a Diana, Valentina, Marisol y Rosa, al Hogar Campesino Niña María, donde las Franciscanas de María Auxiliadora recibían a las niñas huérfanas por el conflicto armado, con edades entre los 8 y 17 años.

Las religiosas sólo recibieron a Marisol y Rosa, de 10 y 12 años; Diana y Valentina, de 2 y 4 años, viajaron a Medellín a casa de Ana, allí vivieron cerca de ocho meses, hasta cuando Valentina contó a sus hermanas Marisol y Rosa, que el esposo de Ana las maltrataba, razón que justificaba que las hijas más pequeñas de Ligia regresaran a su pueblo natal.

Después de unas semanas, las cuatro hermanas estaban juntas en el internado. Transcurrieron los años y Diana comenzó a comportarse como si fuera autista, no hablaba sino que se movía en un solo punto; años más tarde empezó a filosofar y preguntaba a las religiosas para qué se nacía si se tenía que morir.

Diana y Valentina eran calladas, retraídas, impacientes, no les gustaba que les preguntaran por su madre, y temían que su padre muriera. Él las visitaba algunas veces al año, llevaba un mercado o trabajaba por unos días en el internado.

"Nadie sabe por qué la mataron (Ligia). El papá nunca ha dicho nada. Las muchachas dicen que él iba a la casa, dejaba embarazada a la mamá, pasaban dos años y volvía", recuerda la franciscana Nubia Salazar, que crió por ocho años a las hijas de Ligia y a quien Diana y Valentina la llaman "mami".

Hace más de siete años Sonia, una de las hijas mayores de Ligia, llevó a dos de sus hijas al Hogar Campesino porque no tenía el tiempo ni el dinero para criarlas: Victoria y Carla. Hoy están en el internado Diana, Valentina, Victoria y Carla; las primeras dos son las tías y las últimas, las sobrinas.

"Ellas están desamparadas por completo. Tienen tías mayores pero ni las vienen a visitar. Por la matada violenta de la mamá recibieron siete millones en una casa que el Municipio les dio, donde viven solos José y Camilo, que tienen 13 y 14 años, al más pequeño lo han cogido robando, es el de una bandita de por aquí y ya se ha volado de la correccional de San José", dice María Noelí Maya, colaboradora en el internado hace cinco años.

Hace un mes Diana y Victoria intentaron escaparse del Hogar. Se negaron a obedecer las órdenes de las religiosas y se volaron, cogieron un bus con destino a Rionegro pensando que las llevaría a Medellín, el conductor las reconoció y la policía dio con su paradero.

"Yo quiero es que me adop ten", confiesa Victoria.

"Esa familia es separada, es muy desunida", dice Diana cuando se le pregunta por sus hermanos.

"Una hermana está por la finca del centro recreativo con mi hermano, otra en Medellín, otra en Cali, otra en Bogotá, y otra en Puerto Valdivia", explica Valentina.

"Ellas vivían con nosotras pero se fueron", agrega Diana.

Marisol y Rosa se graduaron de bachillerato, conocieron dos jóvenes, se retiraron del internado, se casaron y hoy tienen hijos. Ana vive en Medellín y Sonia en Granada. Diana, Valentina, Victoria y Carla sufren de crisis nerviosa y son niñas rebeldes y agresivas con las religiosas en algunos momentos. Ellas son víctimas de la violencia que azotó a Granada desde el año 2000. Entre 1998 y 2004 hubo once masacres que dejaron cerca de 70 muertos, entre policías, soldados y civiles.

"En 1999 empezaron las situaciones violentas y las muertes selectivas por parte de los paramilitares, y en retaliación vino la guerrilla en el 2000 e hizo la destrucción de la mayor parte del pueblo. Hasta el 2006 hubo una serie de aconte cimientos trágicos, sobre todo en las veredas que hoy están sembradas por minas y la guerrilla tomó po sesión de varios territorios rurales", rememora Aura Inés Llano, rectora del Colegio Municipal de Granada, Jorge Alberto Gómez.

Según Gloria Elsy Ramírez, pre sidenta de la Asociación de Víctimas Unidas de Granada, en la historia de la violencia antioqueña, Granada es el único pueblo del oriente del Departamento reconstruido totalmente.

"En un pueblo de 20 mil habitantes, la violencia desplazó el 90% de su población, asesinó más de 700 personas y desapareció más de 180", reconoce Gloria, quien es víctima de desplazamiento forzado. La vereda donde vivía está declarada zona minada.

La Asociación de Víctimas Unidas de Granada creó el Salón del Nunca Más, una propuesta que surgió "como una necesidad vital de la comunidad para dar cuenta de sus víctimas pero no desde las estadísticas sino desde sus recuerdos, vivencias y relatos", eso dice un cartel colgado en la fachada del edificio lateral al templo, donde se ubica el Salón. En el espacio hay fotografías de las víctimas, reseñas de la violencia, bitácoras –cuadernos donde escriben los familiares a las víctimas-, y una fosa común vertical y simbólica incorporada en una de las paredes.

"Se llama Nunca más porque nunca más queremos que esto se repita. Hay que hablar para desahogar el alma y limpiar el cuerpo", confiesa Gloria.

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