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(En la muerte de Gabo) El amor en los tiempos del fútbo

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Predeterminado (En la muerte de Gabo) El amor en los tiempos del fútbol Calificación: de 5,00

Salvo la estupidez de la caverna uribista representada en una pobre infeliz, en mala hora elegida como representante a la Cámara, perdida en el laberinto de sus miedos, sus odios y su ignorancia, el mundo lamentó la muerte de Gabriel García Márquez, y como lo dice El País de España, en su portada, casi toda dedicada a este colombiano inmortal, en estos día hay un: "Homenaje planetario a Gabriel García Márquez.

En esta sección quiero publicar un delicioso texto del periodista argentino Jorge Barraza, en el que habla de fútbol con nuestro Nobel.


Cita:
El amor en los tiempos del fútbol

Por: JORGE BARRAZA |8:10 p.m. | 17 de Abril del 2014


Gabriel García Márquez fue hincha de Junior, de Barranquilla.Foto: AFP

Esta fue la charla que tuvieron en 1995 García Márquez y el periodista argentino Jorge Barraza.

Corría el año de 1995. Jorge Barraza, periodista y colaborar de EL TIEMPO, fue invitado por Gabriel García Márquez a dar un taller en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que era de Gabo. Y después de cumplir con sus labores, el argentino tuvo una charla con el escritor colombiano. Aquí la reproducción de esa conversación, que en su momento fue publicada por el diario 'El Gráfico'. (Lea también: El día en que Gabriel García Márquez amó el fútbol) ((En la muerte de Gabo) El amor en los tiempos del fútbo).

***

Estar frente a Gabriel García Márquez es, cuanto mínimo, sobrecogedor. No por su sencillez, desde luego no por su afabilidad ni por su don de gente. Intimida el aura de su talento, inhibe su condición de genio, inquieta el Nobel que corona imaginariamente su cabeza, su condición de ser el escritor latinoamericano más leído de la historia.

Pero si desean saberlo –y todos lo desean- cómo es García Márquez, debo decir que el que yo conocí es el hombre más simple, más natural del mundo. No tiene la culpa de haber sido un fenomenal periodista y un fabuloso escritor. Por lo demás, es un miembro del pueblo, un colombiano enhiesto, un costeño orgulloso de sus ritmos y sus sones, de su guayabera blanca, del Caribe y de la gente de su aldea. Aunque su casa sea el mundo ("Ya ni sé dónde vivo", confiesa), me atrevo a aventurar que ese señor no ha salido nunca de Cartagena. Acaso, en una licencia, la correntada lo haya arrastrado hasta Barranquilla, no más. Y lo feliz que debe ser por ello.

El personaje, que no se considera tal aunque sabe que lo es, que aborrece (lo garantizo) el rótulo de intelectual aunque lo ejerza, ama la charla cotidiana con el pescador, el mesero, la lavandera… En su estructura mental, forma parte de una comunidad de iguales en la que unos pescan, otros comercian, aquellos labran la tierra, él escribe.

Por haber amado tanto el fútbol como el periodismo, la suerte me puso frente al ‘Gran Maestro’. Inolvidable experiencia. Dictar un curso de periodismo en su Fundación fue la excusa. Y en la charla franca, entre miguitas de pan y vino blanco, brotó con fuerza primaveral el fútbol. Esa melaza que nos embriaga, perfume de multitudes, manjar que nunca nos empalaga.

La Vitrola es un antiguo restaurante y sitio ideal para beber unos tragos a la caída del sol, y hace juego con Cartagena: paredes descascaradas, mucha madera lustrada por los años, cuadros que son una crónica de la ciudad. Fue el sitio elegido por Gabo para compartir un almuerzo. Los camareros lo conocen, como casi todos los parroquianos, pero lo dejan vivir: el saludo respetuoso, la sonrisa de unas damas ‘high society’, la palmada con alguno, no más.

La puntualidad, la menos latina de sus características, mantuvo su invicto: dijo a la una, a la una estuvo. Llegó solo, sin su custodia, manejando su plateado automóvil, que bien podría ser un Alfa Romeo o un Honda. No reparé. Sonriente, distendido, con una guayabera blanca idéntica a la que vistió en 1982 cuando el rey Gustavo de Suecia le entregó el Premio Nobel.

“No recuerdo haber estado nunca un sólo día sin escribir”, contó justificando su aire turístico y locuaz. “Y ya llevo casi cuatro meses sin hacerlo. ¡Mi Dios!, en México me esperan tres novelas. Debería haberme ido, pero me sigo quedando”, añadió.

Asocié aquella antología de Atahualpa: "El carro tira pa'lante, el alma tira pa'trás".

Cuando dice "ya ni sé dónde vivo", es porque tiene seis casas: una en México, donde pasa gran parte de su tiempo; una en Cartagena, en la histórica zona amurallada, y otras en La Habana, París, Barcelona y Bogotá. Sin pedírsela, echa sobre el mantel su primera gran anécdota…

“En París, viví tres años gracias a ‘Relato de un Náufrago’", dijo.

¿Cómo recompensa?

No, como exiliado… (risas por el foro).

¿Y cómo así?

Es que, cuando terminaba de narrar la historia, le pregunto a este muchacho Luis Alejandro Velasco por el temporal. ‘¿Qué temporal?’. La tormenta… ‘No hubo ninguna tormenta’, me dice. ¿Qué ocurrió? Que había un voluminoso contrabando en un barco de la Armada. Neveras, lavadoras, aparatos de radio… En las fotos que los conscriptos trajeron de recuerdo había unas enormes cajas detrás. Todas decían General Electric, Philco… Estaba completa hasta la cubierta. Y en uno de esos cimbronazos que pega un barco en el mar, se desataron los bultos y arrojaron a los ocho marineros al agua. Imagina el revuelo que hubo cuando eso salió publicado. Por eso digo que, gracias a aquello, conocí París.

Sin pretenderlo, Gabo acaba de ingresar en una de sus grandes pasiones, la cual califica como "el mejor oficio del mundo": el periodismo. Y el escenario es Cartagena, donde comenzó esa cuerda en el diario ‘El Universal’, allá por 1948.

Intercalo un bocadillo: este hombre puede mentirle a cualquier mujer acerca de su edad, por nada del mundo le darían los 68 años que tiene…

“¡Qué historia aquella de ‘Relato de un Náufrago’! Un mes después de sucedida, en marzo de 1955, la empezamos a publicar en ‘El Espectador’. Y como era tan apasionante, el diario comenzó a multiplicar sus ventas. Llevábamos ocho o nueve capítulos. Entonces vino el director Guillermo Cano y me pidió, lo más campante, que hiciéramos cien capítulos. ¡Una locura! Todo tiene un final, le dije. Además, si me lo hubiese dicho antes, yo habría podido estirarla más. Así y todo la dejé en catorce episodios…

¿Cómo la fue haciendo?

Otra locura. Velasco, el náufrago, un muchacho de Bogotá, venía al diario, nos sentábamos, tomábamos un tinto (café) y hablábamos. Se iba a su casa, volvía al día siguiente y así. Si hoy tuviéramos al protagonista de esa historia, no lo dejaríamos mover hasta que contara todo…

Por temor a perderlo, o a perder la nota…

¡Y lo que costó! Porque yo le preguntaba, bueno y ¿qué pasó el quinto día?: ‘Nada’. No puede ser que en 24 horas solo en el mar no te haya sucedido nada. Piensa… Y por ahí me dice: ‘Tenía mucha hambre y atrapé una gaviota, pero, al intentar despresarla, la despedacé. Al final no pude comerla. Y lo que es peor, la sangre atrajo a los tiburones’. ¿Ves?, ya me has contado algo. Tenía que sonsacarle, forzarle recuerdos. Pero eso fue al principio, al final él estaba más ducho que yo…

Eleva la vista, la pierde en un punto cualquiera, disfruta de sus recuerdos. Dice que hace treinta años que no lee ‘Cien años de Soledad’. La última vez fue cuando entregó los originales para la impresión.

¿Por qué?

Porque nunca la hubiese publicado: hasta hoy me seguiría corrigiendo. Y además no me gustaría.

Nuevamente, ¿por qué?

Porque hay muchísimos términos que ya no utilizaría, hoy no me gustan.

Tiene una enorme gratitud hacia la Argentina. Es que, tras un largo peregrinaje, fue la Editorial Sudamericana la que decidió publicarle la célebre obra que le dio reconocimiento universal. Y en un momento en que ya tenía agujeros en los zapatos y en el estómago…

Cuenta que ‘Cien años de Soledad’ vendió, está seguro, 30 millones de ejemplares: “Aunque sólo cobré los derechos de cinco millones”, afirmó.

¿A qué se debe?

Es muy difícil controlar. Circulan cantidades de ediciones ilegales. Y hay muchos países, por ejemplo del Este europeo, en los que sabemos que el libro fue muy vendido, donde es imposible fiscalizar nada.

Cinco millones de ejemplares de los que el autor cobra el 10 por ciento del precio de tapa. Sólo de un título. No obstante, no es la obra que más dividendos le ha reportado al colombiano más célebre de todos los tiempos. Esa fue ‘El amor en los tiempos del cólera’, que fue un suceso en Estados Unidos.

Sus novelas han sido traducidas a decenas de idiomas. Se me ocurrió preguntarle cómo puede un lector chino o noruego percibir su genio literario, sus licencias y sus giros, por ejemplo.

¿Podrá apreciarlas igual que nosotros en el castellano?

¿Sabes que siempre me había preguntado lo mismo? Y hablando con un japonés, por caso, me comentó exactamente lo que yo había querido expresar. Pero no me preguntes cómo…

Por la tarde volvimos a vernos. Esta vez en el hotel Las Américas Beach Resort, cuando su germánica puntualidad volvió a manifestarse. A las cinco, acordamos. Y allí estaba esperándonos. Ruborizado por la tardanza, hube de recurrir a una argentinada: el tránsito.

¿Por qué es alérgico a los reportajes?

Verás, en primer lugar, porque no me quedo contento conmigo mismo. Cuando regreso de la entrevista, me cuestiono: por qué no habré dicho esto, por qué lo habré dicho de este modo. Y también que lo transcriban con exactitud. Para ser preciso, uno debiera responder a un cuestionario por escrito, pero esto tampoco es deseable.

Hay un segundo motivo que prefiere no hacer público: García Márquez nunca quedó satisfecho de ninguna nota que le hicieron. Con un agravante: le ha parecido un horror el nivel del periodismo que lo ha confrontado. Esto lo llevó, en 1994, a crear la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, patrocinada por la Unesco, en la que se llevan realizados 32 talleres de perfeccionamiento. Dos de ellos dictados por argentinos: Tomás Eloy Martínez, dilecto amigo de Gabo, y quien esto escribe (Jorge Barraza).

Como ciudadano común, García Márquez no ha sido impermeable al fútbol. Gustó de él y fue continuo espectador en su época de periodista en ‘El Heraldo’, de Barranquilla, según contó: "Todos los muchachos del diario íbamos al estadio", recordó. Ante la clásica pregunta sobre de quién era hincha, respondió orgullosamente: "¡De Junior, por supuesto!". Afirmación tan contundente me trajo a la memoria al colosal Carlos Monzón. Consultado por lo mismo, santafesino de alma como era, respondió: "¡De Colón!, ¿de qué otro cuadro se puede ser en este mundo…?"

Le contamos que, apenas 24 horas atrás, allí mismo en Cartagena, habíamos presenciado el partido Junior 7-1 Quindío. Que vimos un gran equipo. Sonrió. Pero Gabo aún sigue dolorido con la Selección Colombiana, por aquel fracaso en el Mundial de USA-1994.

No pudo anotar ni el gol de la dignidad. Estaba eliminada desde el primer día”, comentó Gabo sobre el desempeño de la Selección en USA-1994.

Le comentamos que ahora sí parece un equipazo. No lo entusiasma. Hacemos un alto para entregarle, a manera de símbolo por este sublime encuentro, el regalo más sagrado que un hincha de fútbol pueda ofrendar: una camiseta de fútbol. En este caso, la casaca oficial de la Selección Argentina. Con derechos plenipotenciarios (y gran humor), se mofó: “¿Esta es la del 5 a 0…?”.

No obstante, damos fe que lo sedujo. Al despedirnos, se la olvidaba y preguntó inquieto: "¡¿La camiseta?!"

¿Qué sintió aquella histórica tarde del 5-0?

Un gran desconcierto, porque ya no supe qué iba a suceder con Colombia en el Mundial y no he elaborado un análisis de lo que ocurrió sino hasta reunirme contigo.

Totalmente distendido, saboreando un pescado costeño, salió con otra humorada cuando quise saber cómo ve el deporte hoy: “Por televisión…” y Retrocedió su memoria a 1950…

“Con un grupo de muchachos del periódico y amantes de las letras, editamos ‘Crónica’, un semanario que pretendió ser de género literario y cultural y terminó siendo deportivo por imperio del público. Ocurrió que, para el primer número, elegimos como personaje a un futbolista, Heleno de Freitas, el brasileño tan promocionado. Y causó sensación. Luego cambiamos el perfil de los protagonistas y el interés decayó totalmente. La gente exigía que versáramos sobre deportes. En esos tiempos llevábamos a los futbolistas a tomar ron blanco y a interesarlos sobre literatura en el estadero Los Almendros, frente al viejo estadio Romelio Martínez. Especialmente a los de Sporting de Barranquilla, el gran rival de Junior. De esa época tengo un lindo recuerdo de un zaguero ecuatoriano con quien hicimos amistad, el ‘Chompi’ Henríquez, gran muchacho”, comentó Gabo.

Casi no va al fútbol. La última vez que asistió a un estadio, comentó, fue en Barcelona. Y a modo de irónico reproche, lanzó su sentencia futbolera: "Mientras exista el árbitro, el fútbol será impredecible". Lo sabe de sus tiempos de futbolista aficionado…

“Jugaba como defensa, cuando estaba interno en el colegio de Zipaquirá, Cundinamarca. Antes, en la primaria del colegio San José, de Barranquilla, el médico me había recomendado practicar el fútbol por razones de salud, ya que leía mucho y no hacía deporte”, afirmó.

No nacen de él nombres como Maradona o Pelé, ni aun Valderrama. Tampoco vale inducirlo. No sería un García Márquez puro. Y sería llevarlo al plano de reportaje que tanto desdeña. Sólo hay que arrojar, como al viento, un nombre…

Pelé…

Una gran estrella.

Maradona…

Más es lo que se conoce de él por los que no lo quieren que por los que sí lo queremos.

De jugadas memorables y partidos épicos, surgió naturalmente un nombre singular: el de Rigoberto García Memuerde, goleador, protagonista de anécdotas y personaje legendario de Junior entre fines del 40 y la década del 50: "El ‘negro’ Rigoberto era muy simpático y tenía una fuerza brutal", memoró Gabo. "Era tanta la potencia de su remate que una tarde, en el colmo de su fuerza, casi mata un arquero. Una vez me confesó: 'Me pesaba la yuca (el pie). Y lo fulminé'…"

Estewil Quesada, periodista y caribeño empedernido, presente en la charla, agregó otra deliciosa historia de Rigoberto. La del día de su apoteosis. Se presentó un domingo el moreno ante el fabuloso Heleno de Freitas, brasileño que por entonces era centrodelantero y un poco entrenador de Junior.

-Maestro, no puedo jugar…- aseguró Rigoberto.

-¿Y por qué? –quiso saber Heleno, que había sido súper estrella de Botafogo, de Boca Juniors y de la Selección Brasil.

-Tengo una lesión en el menisco.

Heleno, famoso por su mal carácter, sabía que Rigoberto era indispensable para ganar el partido. Lo miró feo, y en tono casi de reproche, le dijo: “¿Y desde cuando los negros tienen meniscos?”. Desconcertado, Rigoberto entró y metió cuatro goles.

No fue una sonrisa de salón. Gabo se rió como se ríe en la taberna, alegre y despreocupadamente. El fútbol también pudo con él.


JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
Fuente: El Tiempo

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Predeterminado El día en que Gabriel García Márquez amó el fútbol

Y para completar, este cuento en el que muestra en toda su dimensión, su amor por el fútbol.

Cita:
El día en que Gabriel García Márquez amó el fútbol

Por: EL COMERCIO | 9:05 p.m. | 17 de Abril del 2014


Gabo era hincha de Junior.Foto: EL COMERCIO

El fallecido escritor relató en 'El Juramento' cómo se dejó ganar por la pasión del balompié.

Este es el texto de 'El Juramento', el cuento que escribió García Márquez para evidenciar su afinidad con el fútbol.

***

Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad. No sé si mi matrícula de hincha esté todavía demasiado fresca para permitirme ciertas observaciones personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos quedado de acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la pérdida absoluta y aceptada del sentido del ridículo, voy a decir lo que vi --o lo que creí ver ayer tarde-- para darme el lujo de empezar bien temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía. En primer término, me pareció que el Junior dominó aMillonarios desde el primer momento. Si la línea blanca que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?).

Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía. Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes habría sido Dos Santos --que ayer se portó como cuatro-- cortándole el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas condiciones literarias.

Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica.

No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago --públicamente-- a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo --desde el punto de vista deportivo-- la oveja descarriada.


[Gabriel García Márquez-Junio de 1950]

EL COMERCIO
Perú
Diario GDA (Grupo de Diarios de América)
Fuente: El Tiempo

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No sabía que le gustaba el fútbol al hombre. Ese tipo de personajes suelen aborrecerlo, como por ejemplo Borges.

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Antiguo 19-04-2014 , 08:20:17   #4
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Predeterminado Respuesta: (En la muerte de Gabo) El amor en los tiempos del fútbo

El mismo lo decia, enamorado de la cultura popular colombiana, y el futbol inevitablemente forma parte de ella.

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gabo hincha del junior, gabo y el fútbol, gabriel garcía márquez, jorge barraza y gabo, maradona y gabo, muerte de gabo, pelé y gabo

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