PEDROELGRANDE
12-08-2012, 16:05:09
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Las 121,35 hectáreas de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá necesitan una inversión urgente para el mantenimiento de 62 edificios en estado vulnerable, vías, laboratorios y espacios públicos. Las directivas buscan diferentes estrategias para mejorar la infraestructura. Uno de los aliados clave tendrá que ser el Gobierno nacional.
Hace 76 años comenzó a erigirse uno de los experimentos urbanísticos más destacados del país: el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Desde entonces, sus 121,35 hectáreas han sido terreno fértil para la expresión arquitectónica al servicio de un proyecto modernizador en lo educativo, lo cultural y lo disciplinar.
En su interior, las edificaciones son el reflejo de la historia constructiva nacional, con sus aciertos y desaciertos. La conservación de las estructuras está relacionada de manera estrecha con las técnicas, los materiales y los diseños que prevalecieron en cada época; al igual que con la disponibilidad presupuestal y las voluntades de las administraciones para conservar este legado, dentro del cual existen 17 propiedades catalogadas como Patrimonio Arquitectónico de la Nación (véase recuadro 1).
En la Ciudad Universitaria se evidencian tres claras tendencias arquitectónicas. La primera es la clásica, que disimula su carácter tradicional tras fachadas con muy poco ornamento, la eliminación de aleros y el pañete blanco. Está representada por los edificios con los que se inauguró la sede en 1936 y otros de las décadas de los cuarenta y cincuenta. Se distinguen por sus líneas simétricas, pequeñas ventanas, el uso de técnicas y elementos tradicionales de construcción y por su escasa altura.
Según Rodrigo Cortés Solano, decano de la Facultad de Artes, estas características les otorgan una solidez estructural, que los hace menos vulnerables a sismos y al desgaste por usos no contemplados. La Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, el viejo edificio de Ingeniería y el de Artes Plásticas son ejemplos de este periodo. No obstante, su longevidad y la falta de un mantenimiento adecuado también los afecta.
La segunda tendencia es más moderna y surgió a partir de 1960, por el afán de romper con la proporción de los espacios, sin considerar los usos. “Para los arquitectos de esos años, si bien los edificios simétricos tenían la ventaja de la estabilidad, asimismo tenían la desventaja de la “monotonía”, por su estructura tradicional heredada de los siglos XVIII y XIX en Francia. Querían imponer nuevos paradigmas”, explica el profesor Cortés.
La tercera es la contemporánea, representada por los edificios de Ciencia y Tecnología y el de Posgrados de Ciencias Humanas (conocido como el Salmona), entre otros.
Años de experimento
En los años sesenta surgieron edificios novedosos para el contexto local. El principal exponente es el de la Facultad de Artes, de 13.800 m2 (construido en dos etapas, en 1963 y 1975). En este se experimentó con una planta asimétrica, con grandes vacios cubiertos y combinación de columnas muy separadas entre sí con muros de carga altos y esbeltos (paredes como soportes).
Fue creado para las necesidades de enseñanza de la arquitectura en ese momento, con talleres amplios para la elaboración de planos, maquetas y la investigación en artes plásticas. Sin embargo, esa innovación mostró sus desventajas en pocos años por su inestabilidad física. Actualmente, el diseño asistido por computador y las nuevas pedagogías exigen el replanteamiento de esta clase de ambientes.
“El Edificio de Artes está compuesto por seis secciones, cada una con una pauta de construcción particular. En los años sesenta era muy deficiente el conocimiento técnico sobre la arquitectura asimétrica del concreto. Se hacía difícil calcular los esfuerzos, la transmisión de carga hacia el suelo, el peso de la estructura, la movilización de la gente en el interior y el riesgo sísmico”, indica el decano de Artes.
Se sumaron factores como las remodelaciones internas (se eliminaron o sumaron muros y columnas), la mayor ocupación para dar cabida a nuevas carreras y áreas administrativas y, según indagaciones recientes, se utilizaron materiales donados con muy buena voluntad, pero que no eran los adecuados para el tipo de obra.
Lo anterior –agudizado por la escasez presupuestal para el mantenimiento– llevó a que las instalaciones de la Facultad llegaran a un estado crítico, que representaba un riesgo inminente para sus 2.500 ocupantes; por eso, desde el pasado 23 de julio fue desalojado. La solución es demolerlo (su reparación es inviable por los costos) y levantar una nueva casa para las artes de la UN.
El proceso de diseño, estudios técnicos, licenciamiento, construcción, interventoría y dotación costará unos 60 mil millones de pesos. El proyecto se dividirá en tres etapas, la primera de las cuales tendrá un costo de 20 mil millones y cuenta con el aval del Consejo Superior.
El decano sostiene que es la decisión más certera, porque, además, le solucionará la necesidad de espacio a la Escuela de Cine y Televisión, la cual se ubica, desde hace 25 años, en un edificio provisional al lado del Estadio Alfonso López. “Los 12 mil millones de pesos para construir los Laboratorios de Imagen y Sonido serán utilizados en el nuevo edificio, lugar en donde se concentrarán tres de las seis escuelas de la Facultad”.
Miles de millones de inversión
En el campus, 62 edificios afrontan diversos problemas de vulnerabilidad. María Clemencia Vargas, vicerrectora de la sede Bogotá, afirma que son inmuebles que en su mayoría sobrepasan los 50 años de funcionamiento, con el desgaste propio del tiempo, variaciones en su comportamiento por la interacción con construcciones posteriores, cambios en los diseños originales y perturbaciones por las condiciones del suelo de la ciudad.
Sobre esto último, Ignacio Mantilla Prada, rector de la Universidad Nacional de Colombia, recuerda que la Ciudad Blanca –como también se denomina al campus– se ubica en terrenos que alguna vez fueron humedales, lo que afecta la estabilidad del terreno y, por ende, la infraestructura física construida sobre este.
“Prácticamente, todos los edificios requieren reforzamiento para que sean antisísmicos y cumplan con la ley, pero obviamente no tenemos los recursos”, sostiene el rector. En total, se requieren dos billones de pesos para intervenir 301.914 m2, valor que no incluye la adecuación del espacio público ni la dotación mobiliaria.
La inversión es necesaria para adoptar la nueva regulación de sismorresistencia NSR-10 (en la actualidad, los estudios de vulnerabilidad están ajustados a la norma de 1998), modernizar las líneas hidráulicas y redes eléctricas y reparar las fachadas.
La arquitecta Juanita Montoya, jefe de la Dirección de Infraestructura de la UN en Bogotá, indica que la mayor parte de los cableados y las tuberías son obsoletas por su antigüedad. Esto acarrea costos extra en consumo de servicios públicos por escapes de agua y riesgos de cortos circuitos.
“Otro tema crítico es el estado de los laboratorios. Muchos se sitúan en edificios viejos, algunos patrimoniales, en los que no se pueden hacer mayores adecuaciones para no alterar el aspecto original. Hoy, las normas técnicas de aislamiento de estos espacios de investigación requieren altos estándares de calidad y acabados específicos que, en la mayoría de los casos, no se cumplen”, detalla Montoya.
Sobre este aspecto, la vicerrectora de la UN en Bogotá resalta que existen proyectos para ampliar la capacidad de laboratorios, aulas de clase e instalaciones deportivas (véase recuadro 2). Estos se llevarán a cabo a través de varias estrategias. Una es solicitarle más recursos de funcionamiento al Gobierno nacional, a través de los ministerios de Educación y de Hacienda y Crédito Público. Lo asignado en la actualidad es insuficiente para cubrir las necesidades reales de sostenimiento.
Por otra parte, dice la profesora Vargas, la sede formulará un plan, a mediano y largo plazo, para la conservación de las edificaciones patrimoniales, la actualización de clínicas, laboratorios, talleres y aulas. Para financiarlo, será necesario reformular la reglamentación del Fondo de Construcciones.
Las 121,35 hectáreas de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá necesitan una inversión urgente para el mantenimiento de 62 edificios en estado vulnerable, vías, laboratorios y espacios públicos. Las directivas buscan diferentes estrategias para mejorar la infraestructura. Uno de los aliados clave tendrá que ser el Gobierno nacional.
Hace 76 años comenzó a erigirse uno de los experimentos urbanísticos más destacados del país: el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Desde entonces, sus 121,35 hectáreas han sido terreno fértil para la expresión arquitectónica al servicio de un proyecto modernizador en lo educativo, lo cultural y lo disciplinar.
En su interior, las edificaciones son el reflejo de la historia constructiva nacional, con sus aciertos y desaciertos. La conservación de las estructuras está relacionada de manera estrecha con las técnicas, los materiales y los diseños que prevalecieron en cada época; al igual que con la disponibilidad presupuestal y las voluntades de las administraciones para conservar este legado, dentro del cual existen 17 propiedades catalogadas como Patrimonio Arquitectónico de la Nación (véase recuadro 1).
En la Ciudad Universitaria se evidencian tres claras tendencias arquitectónicas. La primera es la clásica, que disimula su carácter tradicional tras fachadas con muy poco ornamento, la eliminación de aleros y el pañete blanco. Está representada por los edificios con los que se inauguró la sede en 1936 y otros de las décadas de los cuarenta y cincuenta. Se distinguen por sus líneas simétricas, pequeñas ventanas, el uso de técnicas y elementos tradicionales de construcción y por su escasa altura.
Según Rodrigo Cortés Solano, decano de la Facultad de Artes, estas características les otorgan una solidez estructural, que los hace menos vulnerables a sismos y al desgaste por usos no contemplados. La Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, el viejo edificio de Ingeniería y el de Artes Plásticas son ejemplos de este periodo. No obstante, su longevidad y la falta de un mantenimiento adecuado también los afecta.
La segunda tendencia es más moderna y surgió a partir de 1960, por el afán de romper con la proporción de los espacios, sin considerar los usos. “Para los arquitectos de esos años, si bien los edificios simétricos tenían la ventaja de la estabilidad, asimismo tenían la desventaja de la “monotonía”, por su estructura tradicional heredada de los siglos XVIII y XIX en Francia. Querían imponer nuevos paradigmas”, explica el profesor Cortés.
La tercera es la contemporánea, representada por los edificios de Ciencia y Tecnología y el de Posgrados de Ciencias Humanas (conocido como el Salmona), entre otros.
Años de experimento
En los años sesenta surgieron edificios novedosos para el contexto local. El principal exponente es el de la Facultad de Artes, de 13.800 m2 (construido en dos etapas, en 1963 y 1975). En este se experimentó con una planta asimétrica, con grandes vacios cubiertos y combinación de columnas muy separadas entre sí con muros de carga altos y esbeltos (paredes como soportes).
Fue creado para las necesidades de enseñanza de la arquitectura en ese momento, con talleres amplios para la elaboración de planos, maquetas y la investigación en artes plásticas. Sin embargo, esa innovación mostró sus desventajas en pocos años por su inestabilidad física. Actualmente, el diseño asistido por computador y las nuevas pedagogías exigen el replanteamiento de esta clase de ambientes.
“El Edificio de Artes está compuesto por seis secciones, cada una con una pauta de construcción particular. En los años sesenta era muy deficiente el conocimiento técnico sobre la arquitectura asimétrica del concreto. Se hacía difícil calcular los esfuerzos, la transmisión de carga hacia el suelo, el peso de la estructura, la movilización de la gente en el interior y el riesgo sísmico”, indica el decano de Artes.
Se sumaron factores como las remodelaciones internas (se eliminaron o sumaron muros y columnas), la mayor ocupación para dar cabida a nuevas carreras y áreas administrativas y, según indagaciones recientes, se utilizaron materiales donados con muy buena voluntad, pero que no eran los adecuados para el tipo de obra.
Lo anterior –agudizado por la escasez presupuestal para el mantenimiento– llevó a que las instalaciones de la Facultad llegaran a un estado crítico, que representaba un riesgo inminente para sus 2.500 ocupantes; por eso, desde el pasado 23 de julio fue desalojado. La solución es demolerlo (su reparación es inviable por los costos) y levantar una nueva casa para las artes de la UN.
El proceso de diseño, estudios técnicos, licenciamiento, construcción, interventoría y dotación costará unos 60 mil millones de pesos. El proyecto se dividirá en tres etapas, la primera de las cuales tendrá un costo de 20 mil millones y cuenta con el aval del Consejo Superior.
El decano sostiene que es la decisión más certera, porque, además, le solucionará la necesidad de espacio a la Escuela de Cine y Televisión, la cual se ubica, desde hace 25 años, en un edificio provisional al lado del Estadio Alfonso López. “Los 12 mil millones de pesos para construir los Laboratorios de Imagen y Sonido serán utilizados en el nuevo edificio, lugar en donde se concentrarán tres de las seis escuelas de la Facultad”.
Miles de millones de inversión
En el campus, 62 edificios afrontan diversos problemas de vulnerabilidad. María Clemencia Vargas, vicerrectora de la sede Bogotá, afirma que son inmuebles que en su mayoría sobrepasan los 50 años de funcionamiento, con el desgaste propio del tiempo, variaciones en su comportamiento por la interacción con construcciones posteriores, cambios en los diseños originales y perturbaciones por las condiciones del suelo de la ciudad.
Sobre esto último, Ignacio Mantilla Prada, rector de la Universidad Nacional de Colombia, recuerda que la Ciudad Blanca –como también se denomina al campus– se ubica en terrenos que alguna vez fueron humedales, lo que afecta la estabilidad del terreno y, por ende, la infraestructura física construida sobre este.
“Prácticamente, todos los edificios requieren reforzamiento para que sean antisísmicos y cumplan con la ley, pero obviamente no tenemos los recursos”, sostiene el rector. En total, se requieren dos billones de pesos para intervenir 301.914 m2, valor que no incluye la adecuación del espacio público ni la dotación mobiliaria.
La inversión es necesaria para adoptar la nueva regulación de sismorresistencia NSR-10 (en la actualidad, los estudios de vulnerabilidad están ajustados a la norma de 1998), modernizar las líneas hidráulicas y redes eléctricas y reparar las fachadas.
La arquitecta Juanita Montoya, jefe de la Dirección de Infraestructura de la UN en Bogotá, indica que la mayor parte de los cableados y las tuberías son obsoletas por su antigüedad. Esto acarrea costos extra en consumo de servicios públicos por escapes de agua y riesgos de cortos circuitos.
“Otro tema crítico es el estado de los laboratorios. Muchos se sitúan en edificios viejos, algunos patrimoniales, en los que no se pueden hacer mayores adecuaciones para no alterar el aspecto original. Hoy, las normas técnicas de aislamiento de estos espacios de investigación requieren altos estándares de calidad y acabados específicos que, en la mayoría de los casos, no se cumplen”, detalla Montoya.
Sobre este aspecto, la vicerrectora de la UN en Bogotá resalta que existen proyectos para ampliar la capacidad de laboratorios, aulas de clase e instalaciones deportivas (véase recuadro 2). Estos se llevarán a cabo a través de varias estrategias. Una es solicitarle más recursos de funcionamiento al Gobierno nacional, a través de los ministerios de Educación y de Hacienda y Crédito Público. Lo asignado en la actualidad es insuficiente para cubrir las necesidades reales de sostenimiento.
Por otra parte, dice la profesora Vargas, la sede formulará un plan, a mediano y largo plazo, para la conservación de las edificaciones patrimoniales, la actualización de clínicas, laboratorios, talleres y aulas. Para financiarlo, será necesario reformular la reglamentación del Fondo de Construcciones.